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Elian: Criaturas Modernas - Capítulo 41

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Capítulo 41: Reuniones Y Sorpresas

Maya y Daniel llegaron al departamento de Elian buscandolo a eso de las tres de la tarde.

Subierón las escaleras con cuidado, echando miradas rápidas a todos lados, como Nayra les había recomendado. El pasillo estaba vacío, solo se escuchaba el zumbido lejano de un ascensor que no subia nunca. Tocaron el timbre varias veces, esperando escuchar los pasos de Elian, pero nadie contestó. La puerta permaneció cerrada, quieta.

Daniel se pasó la mano por el cabello, nervioso. —¿Y si está adentro, pero…?

—No —lo interrumpió Maya, apretando los labios—. Elian no está. Yo lo sentiría.

Se quedarón unos minutos más, como si la espera pudiera cambiar la realidad. Al final, Maya suspiró y se apartó de la puerta.

—Es hora de prepararnos. Esta noche nos infiltramos en Gentrace.

Daniel levantó las cejas. —Así, directo. Como si estuviéramos hablando de entrar al cine sin pagar.

Ella lo miró seria, y él se encogió de hombros. —Ok, ok, era un chiste.

Se separaron en la esquina, cada uno hacia su casa, con la certeza de que en unas horas estarían metidos hasta el cuello en algo que podía salir muy mal. El sol caía lentamente, tiñendo la ciudad de naranja, como si la normalidad se despidiera a propósito.

****

Mientras tanto, en la mansión alquilada, ya habían llegado Evelyn Grant, Gregory Vale y Kenneth Wu. El lugar olía a vapor de cigarrillos electrónicos y perfume caro. Solo faltaba Maurice Lang, que venía desde Texas.

—¿Dónde diablos está Maurice? —gruñó Gregory, impaciente.

Evelyn sacó su celular y lo llamó por videollamada. —¿Ya vienes, querido?

—Ocho minutos —respondió Maurice con esa voz pesada que siempre parecía un decreto.

No pasaron ni diez cuando un rugido metálico hizo vibrar los ventanales. El dron–helicóptero de Maurice descendía en el jardín trasero con luces rojas encendidas, como si viniera de un concierto de rock gótico. El césped se agitaba como un mar oscuro bajo las hélices. La compuerta se abrió y apareció Maurice Lang, con un abrigo largo que flameaba como si tuviera vida propia.

—Siempre con entradas dramáticas —murmuró Kenneth, rodando los ojos.

—Es que le gusta la novela —rió Evelyn, cruzando las piernas.

Maurice entró con aire triunfal.

—Elias Monroe tuvo problemas con su dron y llegará mas tarde—dijo un vampirico.

—Bah, seguro que no viene porque se acobardó —dijo Maurice, dejándose caer en un sillón.

—Y Clarisse dijo que está enferma —añadió Richard Slade, con tono burlón.—Tal vez quiere solo quiere usarnos.

—Entonces los dos quedarán fuera del grupo. Y los que se quedan fuera… —Maurice se inclinó hacia adelante, mostrando los dientes—serán destruidos.

—¿O sea que vamos a matar a Elias y Clarisse? —preguntó Ivan Morell, como si necesitara confirmación.

—Exacto —respondió Maurice.

Evelyn sonrió torcida. —Yo me encargaré de Clarisse. Ya le tengo cariño a esa idea.

El ambiente se llenó de risas cortas y miradas oscuras. Maurice se volvió hacia Richard.

—¿Ya hipnotizaste a Alan, verdad?

—Sí, esta mañana —dijo Richard con calma—. Y ahora mismo le voy a escribir para que instale el virus en las oficinas de Gentrace.

Sacó el celular y tipeó un mensaje rápido. A los pocos segundos, Alan Richter, que aún estaba bajo la influencia de la hipnosis, recibió la orden. En ese momento, en Gentrace, Alan se levantó de su asiento con discreción, salió de la sala del laboratorio y se escabulló por un pasillo. Ya eran las seis de la tarde aproximadamente.

Se deslizó dentro de la oficina de servidores, mirando a todos lados como si estuviera robando galletas en la cocina de su madre. Encendió una computadora y conectó su dispositivo celular a la computadora e instaló el programa. En menos de cinco minutos, el virus estaba instalado, programado para activarse a medianoche.

—Listo —murmuró para sí mismo, como si supiera que alguien escuchaba.

Envió la confirmación a Richard: Trabajo hecho.

Richard mostró la pantalla a Maurice. —Está listo.

Maurice sonrió satisfecho. —A las doce tendremos diez minutos libres. Entramos como fantasmas y salimos con lo que queremos.

—Diez minutos es suficiente para nosotros —agregó Evelyn, echando el humo de su vapeador—. Y de sobra para bañarnos en sangre si hace falta.

Rieron todos, como si la muerte fuera un chiste privado. Después pasaron a revisar detalles: rutas, drones de apoyo, la manera exacta de cubrir las cámaras. Cada palabra tenía filo.

—

Al mismo tiempo, Nayra caminaba a toda prisa hacia la comisaría. El edificio se alzaba imponente, aunque con grietas en la fachada y un aire descuidado. Dos policías fumaban en la entrada, conversando tranquilos. Ella respiró hondo, subió los escalones y entró.

El interior olía a café viejo y a papeles húmedos. Tras un mostrador metálico, un oficial la miró con rostro cansado.

—¿En qué puedo ayudarla? —preguntó, sin entusiasmo.

—Necesito denunciar algo urgente —dijo Nayra, apoyando las manos en el escritorio—. Hay un grupo peligroso que planea atacar la empresa Gentrace esta madrugada.

El policía arqueó una ceja. —¿Un ataque? ¿De qué tipo?

Nayra tragó saliva. —Son vampíricos. Los mismos responsables de las muertes extrañas de los últimos meses. Y tengo pruebas.

Sacó su celular y le mostró capturas de conversaciones, fotos, videos. El oficial dejó el bolígrafo y se inclinó, ya con más interés.

—Espere aquí un momento. Voy avisar al jefe encargado.

Minutos después, Nayra fue llevada a la oficina del jefe de policía, Charles, un hombre robusto de mirada severa. Ella explicó todo otra vez: los nombres, los planes, las pruebas. Charles escuchó en silencio, apenas asintiendo.

—Entiendo… —murmuró finalmente—. Espere un momento.

Escribió en su celular y comenzó una videollamada con audifonos. Charles le conto el caso a alguien con tono sereno. Nayra no podía escuchar lo que le respondía la otra persona, pero tenia un mal presentimiento. Cuando colgó, Charles la miró penetrantemente. Sus ojos se habian vuelto de color rojizo y tenian un brillo imposible de confundir.

Nayra se levantó de golpe, intentando abrir la puerta, pero dos policías la interceptaron.

—Señorita Kovarik —dijo Charles, con voz gélida—. Queda detenida por denuncia falsa y obstrucción a la justicia.

—¡¿Qué?! —exclamó Nayra, forcejeando—. ¡Ustedes están con ellos!

La arrastraron hasta los calabozos. La puerta de hierro se cerró con un golpe seco. Sentada en la fría banca de cemento, Nayra se abrazó a sí misma. El miedo era real, pero más real era saber que los vampíricos tenían aliados en todas partes.

—Debo salir de aquí—dijo. Pero la noche apenas estaba comenzando.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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