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Elian: Criaturas Modernas - Capítulo 45

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Capítulo 45: Traiciones Sangrientas

Maya se despidió de sus padres y salió rumbo a la casa de Daniel. La noche estaba fresca, silenciosa, casi expectante. Habían acordado reunirse allí para partir juntos hacia Gentrace.

Cuando llegó, Daniel ya la esperaba en la cochera. Se saludaron rápido, con esa mezcla de urgencia y cariño que compartían desde que todo había comenzado. Los padres de Daniel aparecieron en la puerta y, al ver a Maya, la invitaron a pasar a comer algo. Aún tenían tiempo, así que ambos aceptaron.

Mientras cenaban, Maya y Daniel les contaron casi todo. Los padres escucharon con el ceño fruncido, sin interrumpir.

—Deberían ir a la policía —dijo la madre de Daniel, preocupada.

—Ya hablamos con una amiga —respondió Daniel—. Nayra. Ella va a enviar a la policía cuando empiece la batalla. Dice que les mostrará pruebas directamente a los oficiales.

Los padres intercambiaron miradas tensas, pero no insistieron. Los chicos parecían más decididos que nunca.

Terminada la cena, Daniel se despidió de sus padres con un abrazo fuerte. Según sus Lentes Vance, aún estaban dentro del margen de tiempo. El trayecto tomaría unos treinta y cinco minutos.

Al acercarse al vehículo —el Axiom Mobility Spectra Z-5, modelo 2064— el auto reaccionó de inmediato. Sus paneles electrocrómicos emitieron un leve brillo y un escáner azul recorrió el rostro de Daniel, detectando su iris.

—Buenas noches, Daniel —dijo el vehículo con una voz cálida y programadamente amable.

—Buenas noches, Spectra —respondió Daniel, como si hablara con un viejo amigo—. Abre las puertas, por favor… y registra a Maya. Es mi amiga. Tendrá acceso completo.

El auto procesó unos segundos.

—Identidad aceptada. Huella, voz y retina de Maya disponibles para acceso temporal. Bienvenida, Maya.

El Spectra Z-5 contaba con triple identificación biométrica, carrocería de polímero de grafeno y sensores de proximidad capaces de activar un campo defensivo ante cualquier movimiento sospechoso. Era uno de los autos más seguros del 2064.

Cuando ambos subieron, las puertas se cerraron suavemente y la iluminación interior se ajustó sola.

La voz del auto habló otra vez:

—Destino: sede corporativa de Gentrace. Distancia: 18 kilómetros. Tiempo estimado de llegada: treinta y cinco minutos. Condiciones del tráfico: estables. ¿Desean iniciar ahora?

Daniel respiró hondo y miró a Maya.

—Es ahora o nunca —dijo.

Maya asintió.

—Iniciemos —respondió ella.

Y el vehículo arrancó con absoluta suavidad hacia la oscuridad de la noche.

Durante el camino, Maya no podía evitar que le vinieran recuerdos de Elian: momentos simples, miradas que parecían decir más de lo que hablaban, incluso aquella risa tímida que él soltaba cuando se ponía nervioso. Todo eso le revolvía el pecho.

En medio del silencio del viaje, Daniel recordó algo.

—Ah, oye, casi me olvido —dijo, sacando algo de su mochila—. Hace unos días fabriqué otra Linterna Lazarus.

Le extendió un dispositivo idéntico al suyo, compacto y metálico.

—Quería que la tengas… por si la necesitas.

Maya la tomó con cuidado y sonrió con gratitud. —Gracias, en serio.

Después, Maya le escribió al numero que Nayra les había dado e intentó contactarla para confirmar si ya había avisado a la policía de Columbia. Pero Nayra Kovarik no respondía. Ni los mensajes, ni las llamadas.

Daniel frunció el ceño. —Qué raro…

Maya sintió un nudo en el estómago. Ambos se quedaron con la misma inquietud, pero aún así continuarón con el plan. No había vuelta atrás.

Cuando ya estaban cerca de Gentrace, el Axiom Spectra Z-5 se detuvo automáticamente al captar la orden de proximidad. Daniel activó el comando de voz:

—Spectra, busca un punto oculto y quédate en modo espera. Mantén el sistema de alerta al máximo. Si necesitamos salir rápido, te llamaremos y vienes por nosotros.

El auto aceptó la orden con un tono suave y se deslizó hacia un callejón oscuro, camuflándose entre sombras y apagando sus paneles.

Maya y Daniel siguieron a pie, avanzando sigilosamente. Aún les faltaban unas cuatro cuadras para llegar a la corporación. El aire ya se sentía distinto: tenso, cargado… como si toda la ciudad supiera que algo estaba a punto de estallar.

Mientras tanto, en Gentrace, Victor Kael apenas podía distinguir figuras entre el polvo y las interferencias en las pocas cámaras de seguridad que aún funcionaban. La pelea había convertido las pantallas en un mosaico de humo, chispazos y sombras distorsionadas.

—¿Qué está pasando allí? —preguntó Kael por el auricular, irritado.

—Hubo una explosión en el techo, señor —respondió uno de los guardias—. Después escuchamos múltiples disparos en el tercer piso… Pero en el segundo piso tenemos acorralados a tres. Aún resistimos.

—Ya saben lo que deben hacer. Mátenlos a todos —ordenó Victor, apretando la mandíbula.

Celina, a su lado, observaba las pantallas con los ojos entrecerrados. —Quizá deberíamos usar la medicina ultramutada, Victor. Podríamos estar perdiendo esta batalla.

Uno de los científicos leales intervino, nervioso y temblando de adrenalina:

—Sí, jefe. Esa podría ser nuestra ventaja. Y como ya le dije, yo me ofrezco para la prueba.

Victor lo miró con desdén. —Si alguien va a probar la medicina ultramutada, seré yo. No tú.

Su voz sonó fría, como si ya hubiera tomado la decisión desde hacía tiempo.

—Si esos vampíricos acaban a la seguridad, nos iremos por el pasadizo secreto a la bóveda. Allí me inyectare la formula.

Celina esbozó una sonrisa ambiciosa, casi emocionada por lo que podría ocurrir. Como si la posibilidad de ver a Victor mutar fuera, para ella, más un espectáculo que un riesgo.

En el segundo piso de la corporación, varios guardias intentaban forzar la puerta del laboratorio donde Richard Slade se había atrincherado.

Dispararon contra la cerradura hasta que cedió con un chasquido metálico. Entraron con cautela, linternas y fusiles preparados, barriendo cada ángulo.

No encontraron rastro del vampírico.

Richard, astuto como siempre, se había ocultado en los ductos de ventilación, habiéndose impulsado hasta las rejillas del techo. Desde allí observaba en silencio el caos abajo, esperando el momento exacto para actuar.

Los guardias registraban el laboratorio sin éxito, revisando tras las mesas, gabinetes y estanterías. La tensión era un hilo a punto de romperse.

De pronto, un grito desgarrador cortó el aire.

Uno de los guardias cayó de rodillas, la garganta abierta en un tajo limpio. Detrás de él apareció Clarisse von Albercht, con la mirada brillante y depredadora. Se inclinó apenas para probar la sangre que brotaba y sonrió.

Los guardias restantes dispararon hacia ella, pero Clarisse usó el cuerpo de su víctima como escudo, avanzó con un salto felino y se lanzó sobre otro guardia, hundiendo sus uñas y derribándolo con violencia.

Detrás de los demás surgió Elias Monroe. Su ataque fue contundente: patadas giratorias, codazos precisos y golpes que enviaban a los guardias volando contra mesas, estantes y equipos del laboratorio. Clarisse se movía a su lado como una sombra elegante y letal.

—Eres un excelente profesor de combate —dijo Clarisse con rapidez y una chispa traviesa en sus ojos azules.

En cuestión de segundos, casi todos los guardias estaban en el suelo, agonizando o inconscientes, excepto dos que permanecían heridos, arrastrándose apenas.

—Es hora de seguir con el plan, ¿verdad, querido? —preguntó Clarisse, limpiándose la sangre del labio.

—Sí —respondió Elias, con una tranquila determinación—. Hay que hipnotizarlos.

Ambos se acercaron a los guardias sobrevivientes. Los vampíricos inclinaron sus rostros, y sus ojos se volvieron intensos, luminosos, casi sobrenaturales. En segundos, las pupilas de los guardias se dilataron, se tensaron… y luego se quedaron inmóviles, rígidos como estatuas.

Los dos guardias se incorporaron lentamente, de pie, sin expresión. Totalmente bajo su control.

—¿Qué demonios planean hacer? —se preguntó Richard Slade desde el interior del ducto, observando todo a través de la rejilla metálica.

Abajo, Elias y Clarisse se retiraban del laboratorio sin prisa, como si el caos a su alrededor fuera solo un escenario montado para ellos. Los dos guardias hipnotizados marchaban detrás, rígidos, obedientes, sin parpadear.

—¿Dónde estará el vampírico al que buscaban esos guardias idiotas? —susurró Clarisse con un toque de diversión en la voz.

Antes de que Elias pudiera responder, un estruendo sacudió el silencio: golpes, gritos, disparos… una pelea feroz rugía en otro de los salones de la corporación.

Elias ladeó la cabeza, atento.

—Seguro el vampírico que escapó está ahí. Vamos, Clarisse… —dijo con un brillo oscuro en los ojos—. Aún quedan varios por eliminar.

Ambos avanzaron rápidamente hacia el origen del conflicto, escoltados por los guardias hipnotizados, que caminaban como sombras sin voluntad.

Desde el ducto, Richard siguió sus movimientos con precisión quirúrgica, deslizándose silencioso entre los tubos, escuchando cada palabra.

Una sonrisa fría se dibujó en su rostro.

—Bien… sigan con su teatrito, idiotas —murmuró, dejando escapar una risa contenida—. Yo sabré aprovechar estas traiciones.

Con un movimiento ágil, continuó reptando entre los conductos, decidido a adelantarse a ellos… y a cobrar ventaja en la masacre que acababa de comenzar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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