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Elian: Criaturas Modernas - Capítulo 46

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Capítulo 46: La Captura

Elian corría como un destello vivo entre la oscuridad. Sus pasos golpeaban la tierra húmeda del bosque con una fuerza que levantaba pequeñas nubes de polvo. Saltaba troncos caídos, cruzaba arroyos que salpicaban como cuchillas frías contra su piel, y espantaba a animales nocturnos que huían al sentir la vibración de su velocidad.

El viento le cortaba el rostro, pero él no reducía el ritmo. No podía. Cada segundo que pasaba lo sentía como una cuenta regresiva hacia el desastre.

—Maya… Daniel… no deberian ir allí— exclamó con un nudo en la garganta, mientras la silueta de Gentrace comenzaba a asomarse a lo lejos.

Su corazón golpeó más fuerte.

Aún estaba a tiempo. Tenía que estarlo.

—Esperenme un poco más —dijo, acelerando aún más, dejando una estela casi luminosa detrás de él.

El silencio espeso de la noche solo era interrumpido por los ecos de la violencia dentro de Gentrace. En uno de los salones, Kenneth Wu e Ivan Morell peleaban salvajemente contra cuatro guardias armados. El resplandor de luces de emergencia parpadeaba sobre ellos, iluminando cuerpos que se estrellaban contra mesas metálicas y cristales rotos.

Heridos, jadeando y cubiertos de sangre ajena, los vampíricos terminaron por derrotar a los guardias. El último cayó con un sonido seco que resonó en todo el salón.

Cuando Kenneth e Ivan salieron al pasillo, y se sorprendierón al encontrarse frente a ellos a Elias y Clarisse, quienes avanzaban entre sombras.

—¿Necesitan ayuda, hermanos? —preguntó Elias con tono calmo, aunque sus ojos brillaban con instinto bélico.

Ivan frunció el ceño.

—No debieron venir. Ya no estaban en los planes del grupo.

Clarisse entrecerró los ojos, ofendida por el desdén.

—Ese acuerdo que hizo el grupo ya no sirve —dijo Elias con dureza— porque los demás vampíricos del grupo están muertos.

Kenneth se quedó inmóvil.

—¿Qué? ¿Todos están muertos?

—Sí —respondió Clarisse—. Encontramos sus cuerpos en el tercer piso.

Ivan apretó los dientes, lanzando una mirada amenazante, cargada de significado.

—Seguro no fueron los guardias quienes los mataron —sentenció Ivan—. Esto huele a algo más…

Elias dio un paso adelante.

—¿Qué quieres decir, Ivan?

Ivan escupió sus palabras con rabia contenida:

—El enemigo nos emboscó. Sabía nuestros movimientos. Alguien tuvo que entregar información.

Todo esto es demasiado sospechoso.

Kenneth levantó una mano, fingiendo mantener el control.

—Calma, señores. Victor está aquí… escondido, manejando esta emboscada desde alguna sala blindada. ¿Por qué no aprovechamos eso y lo destruimos?

Una sonrisa lenta se formó en los labios de Elias.

—Sí. Deberíamos unirnos… y acabar con Victor de una vez.

Ivan Morell se acercó a Elias ofreciendole la mano, como si fuera a estrechar una tregua improvisada. Pero en un movimiento rápido y afilado como una cuchilla, deslizó su dedo por la ropa de Elias, embebida en una mancha oscura. Se llevó la sangre a la lengua.

En cuanto el sabor le golpeó la boca, su expresión cambió a puro odio.

—Esta sangre… —gruñó— es de Maurice Lang.

Lo mataste, maldito traidor. ¿Crees que puedes engañarnos, idiota?

Elias sonrió apenas, con un gesto que destilaba arrogancia y desprecio.

Kenneth reaccionó primero, lanzándose sobre Clarisse, mientras Ivan se abalanzaba sobre Elias con un rugido inhumano. El choque entre ellos fue brutal: golpes, zarpazos, crujidos de huesos y destellos de sangre volaron por el pasillo destrozado.

Aunque heridos, Kenneth e Ivan demostraron ser oponentes feroces. Patearon, resistieron, esquivaron… incluso llegaron a acorralar por segundos a sus rivales. Pero no fue suficiente.

Elias y Clarisse eran más rápidos. Más fuertes. Más hambrientos.

La pelea terminó abruptamente cuando ambos, con una sincronía escalofriante, lanzaron a sus oponentes contra las ventanas rotas del pasillo. El vidrio los atravesó como agujas brillantes, y quedaron ensartados entre los marcos metálicos, sus cuerpos colgando inertes.

Elias secó la sangre de su rostro.

Clarisse no esperó. Se acercó a los cuerpos aún tibios y bebió con avidez. Elias la imitó sin remordimiento. Cuando terminaron, se levantaron con una energía renovada y una mirada fría.

—Vamos a la guarida de Kael—dijo Elias—.

Maya y Daniel llegaron finalmente a los exteriores de Gentrace y se detuvieron, atónitos. El edificio parecía una ruina viviente: ventanas destruidas, paredes rajadas, luces de emergencia parpadeantes… y en el techo, un enorme agujero negro, como la boca de un mounstruo.

Se miraron, tragando saliva.

La puerta principal estaba entreabierta. Sin seguro.

Entraron despacio, iluminando el camino con las Linternas Lazarus. Habia algo de oscuridad adentro por luces destruidas. El polvo, humo y un olor metálico a sangre reciente cubrían el lugar.

Desde el fondo del edificio, un estruendo retumbó, seguido de gritos apagados y el choque de metal.

—La pelea aún sigue —susurró Daniel—. Y parece que la policía todavía no llega.

Maya apretó la linterna entre sus dedos.

—Puede ser que en esa pelea… esté Elian.

Ambos se dirigieron con cautela hacia las escaleras del segundo piso. Cada paso crujía entre cristales rotos y pedazos de muebles. La tensión era tan densa que parecía que el aire se podía cortar.

Subieron.

El segundo piso era aún peor: pasillos teñidos de sangre, puertas arrancadas, humo espeso y muchos cuerpos sin vida…

—Estemos alerta Maya…—susurró Daniel, con el corazón acelerado.

La calma volvió por un momento. Un silencio espeso, como si el edificio contuviera la respiración por un instante. Al final del segundo piso y frente a la puerta del Área de Seguridad, donde Victor Kael y Celina se encontraban, se detuvieron los dos guardias hipnotizados.

Uno de ellos habló con voz vacía, casi mecánica:

—Ya pueden salir, señor Kael. Ya acabamos con todos los vampíricos. Solo… nosotros sobrevivimos.

Arriba, camuflados entre la oscuridad del techo, Elias y Clarisse estaban suspendidos como depredadores listos para caer sobre su presa. El momento se aproximaba.

La puerta del Área de Seguridad se abrió lentamente.

Victor salió con paso firme acompañado de Celina y dos científicos armados. Su gesto era duro, arrogante… pero sus ojos delataban que algo no cuadraba.

—Tontos —espetó—. Aún queda un vampírico por matar.

La computadora todavía registra su radar.

Celina dio un paso adelante, con sus ojos brillando de ambición.

—Victor, es el momento perfecto —dijo en voz baja, casi seductora—. Podemos probar la medicina ultramutada. Tendrías la oportunidad de enfrentar a un vampírico real… con habilidades nuevas.

Victor la observó… y sonrió.

—Tienes razón. Iremos a la bóveda. Es hora de poner a prueba mi creación.

Se dieron media vuelta para dirigirse al ascensor que llevaba al subterráneo.

Pero no alcanzaron a dar más de tres pasos.

Un sonido seco, como un latigazo en el aire, resonó cuando Elias se dejó caer desde el techo, sujetando el cuello de Victor con una fuerza monstruosa.

Los científicos se sobresaltaron. Celina retrocedió un paso. Victor quedó paralizado.

—Hola, creador —susurró Elias con una sonrisa torcida, apretando el cuchillo contra la garganta de Victor—. ¿Y cómo es eso de que quieres acabar con tus propias creaciones? Eso… no es muy correcto que digamos.

Clarisse cayó detrás de él, bloqueando completamente la entrada al ascensor. Sus ojos azules brillaban con un hambre violenta.

Los científicos apuntaron sus armas hacia los dos vampíricos, temblando. Celina también levantó su pistola.

—Suelten sus armas —ordenó Elias con una voz que retumbó en el pasillo—. ¿De verdad creen que pueden ganarle en velocidad a dos vampíricos?

El filo del cuchillo presionó un poco más. Un hilo de sangre bajó por el cuello de Victor.

Victor respiró profundo. Sabía que no tenía salida.

—Está bien… Elias —cedió—. Tú ganas. Te llevaré a la bóveda donde está la medicina ultramutada.

¡Todos! ¡Suelten sus armas!

Las pistolas cayeron una por una al suelo, resonando como campanadas de rendición.

Elias empujó a Victor hacia las escaleras que conducían al sótano. Clarisse vigilaba la retaguardia, asegurándose de que nadie se moviera más rápido de lo debido.

Así, en procesión tensa y forzada, bajaron por las escaleras hacia el subterráneo.

La bóveda los esperaba.

Y allí abajo, la medicina ultramutada decidiría quién sería monstruo… y quién sería presa.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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