Embarazada de los bebés de 4 Alfas - Capítulo 195
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Capítulo 195: Así es estar muerto
*Rosa*
Oigo voces en la distancia. Es confuso… como si estuvieran en otra habitación, a través de una puerta cerrada, quizá bajo el agua. No consigo entender lo que dicen, pero reconozco algunas de ellas.
Siento el cerebro pesado, como una esponja que ha absorbido demasiada agua y gotea en el suelo. ¿Por qué no puedo pensar con claridad? Ni siquiera recuerdo qué estaba haciendo.
Me parece un poco irónico que estuviera fingiendo no recordar nada cuando me desperté en el castillo del Alfa Kane y que ahora, mientras intento parpadear, de verdad no pueda recordar casi nada.
Pensar en el Alfa Kane hace que mi corazón se acelere por un momento. ¿Sigue cerca? ¿Están mis bebés en peligro? Quiero levantar la mano para proteger mi abdomen, como hago a menudo, pero siento que mis brazos pesan mil kilos cada uno y no puedo moverme en absoluto.
¿Qué está pasando? ¿Son las drogas que me dio? Me parece que ya he superado todo eso…
Y entonces, lo recuerdo.
Recuerdo el dolor, la incomodidad, las escaleras, la furgoneta, la llegada al castillo de Mark, la medicina… ¡y los bebés!
¡Tuve a mis bebés! Di a luz a los cuatro. ¡Había visto sus caritas con mis propios ojos!
Entonces… ¿por qué no podía despertarme para abrazarlos ahora?
—Parece tan tranquila —oigo decir a Tristán. Sé que es él. Reconozco su voz y está cerca. Puedo entenderlo.
—Como si solo estuviera dormida —responde Reece.
—La mujer más bella del mundo —añade Mark.
—Esperaba tener la oportunidad de volver a besarla —se lamenta Eli.
¿Eli?
¡Eli!
¡Eli está aquí! A él también lo había visto.
Necesitaba abrir los ojos para poder estar con mis hombres y mis bebés. Pero no era capaz.
Sus palabras volvieron a resonar en mi mente y, a medida que el significado calaba en mí, me di cuenta de lo que estaban hablando.
Ahora todo estaba muy claro para mí. No puedo abrir los ojos. No puedo moverme. No puedo hablar… ¡porque estoy muerta!
¿Cómo había ocurrido? ¿Por qué la Diosa Luna permitiría que me pasara esto? ¡Había llegado tan lejos! ¡Había llevado a mis bebés a término y los había dado a luz! Había luchado tanto para mantenerlos a salvo de gentuza como Emily, Bárbara, el Rey Gene, el Alfa Robert, el Alfa Winston y ese horrible Alfa Kane. ¡Y ahora, después de todo eso, ni siquiera había podido decirles que los amaba!
Se me llenan los ojos de lágrimas. Al menos, eso parece. No estoy segura de si es posible o si es solo mi imaginación, considerando que estoy muerta y todo eso. Cuanto más pienso en mis maravillosos Alfas, en mis preciosos bebés y en todos los amigos que he hecho y que dejo atrás, más lloro.
—¿Son… lágrimas? —creo oír preguntar a Tristán.
—¿Está llorando? —pregunta Reece.
—¡Creo que sí! —interviene Mark.
—¿Rosa? Rosa, bebé, ¿puedes oírnos? —me pregunta Eli.
Sigo sin poder responderles, pero el hecho de que puedan ver que estoy disgustada me hace pensar que quizá no estoy muerta después de todo. Utilizo toda la energía que me queda para intentar abrir los ojos. Solo necesito ver sus caras de nuevo.
Concentrándome por completo solo en mi ojo derecho, después de varios segundos, por fin consigo levantar un poco el párpado. Vuelve a cerrarse, pero no estoy dispuesta a rendirme. Parpadeo un par de veces, y entonces mis dos ojos funcionan y estoy despierta… ¡estoy viva!
—¡Rosa! —exclaman los cuatro al unísono, riendo y sonriendo. Me cuesta enfocar la vista, pero miro de una cara a otra, y mi corazón se llena de felicidad al darme cuenta de que sigo viva y de que las bendiciones que la Diosa Luna ha derramado sobre mí están todas aquí.
Los cuatro Alfas están de pie junto a mi cama y, en sus brazos, cada uno sostiene a un precioso bebé: mis bebés.
Eli me seca las lágrimas de las mejillas. —Diosa, estoy tan feliz de verte. ¿Cómo estás, hermosa?
Tengo la boca seca y me cuesta un gran esfuerzo graznar: —Viva. —Todos se ríen, pero no lo decía en broma.
—Claro que lo estás —me dice Tristán, de pie justo al lado de mi hombro izquierdo—. Nunca dejaríamos que te pasara nada, pequeña flor.
Un momento después, oigo otra voz familiar y me estremezco. —¡Apartaos, caballeros! —Es la doctora Travesty. En cierto modo, esperaba no volver a verla nunca más. Está claro que su nombre da mala suerte.
Pero, por otro lado, ella atendió el parto de mis bebés, y estoy viva, así que eso cuenta.
—¡Oh, Señorita Rosa! —dice—. Nos ha dado un buen susto. Me alegro mucho de que ya esté de vuelta. Permítame hacerle una revisión rápida.
—¿Q-qué ha pasado? —pregunto mientras empieza a auscultarme el corazón y los pulmones.
—Perdiste mucha sangre durante los partos —me explica Mark, y puedo oír rastros de tristeza y miedo en su voz—. Temíamos que hubiera sido demasiada.
—Pero la doctora te hizo unas transfusiones y lo arregló todo —me dice Reece.
No puedo imaginar lo aterrador que debió de ser para todos ellos. Lo único que se me ocurre decir es: —Lo siento.
—No lo sientas —dice Eli—. Solo estamos muy agradecidos de que estés bien.
—Está bien, ¿verdad? —le pregunta Tristán a la doctora.
La doctora Travesty asiente. —Lo está. Señorita Rosa, necesitará un tiempo para descansar y recuperarse, pero no veo ninguna razón por la que no vaya a estar perfectamente en unos días.
Eso hace que mi corazón cante. —Gracias, doctora —le digo, tan contenta de que, después de todo, estuviera aquí, ya que al parecer me salvó la vida.
—Ahora, ¿por qué no dejamos que esta mamá abrace a sus bebés? —dice, haciéndose a un lado.
Los hombres me ayudan a incorporarme y, uno por uno, colocan a sus hijos en mi regazo. Los contemplo a través de mis lágrimas, incapaz de creer lo hermosos que son. Dos niñas y dos niños. Puedo ver los rostros de sus padres en cada uno de ellos, pero también me veo a mí misma, y valen cada momento de agonía por el que he pasado desde que me subí a aquel tren.
Vuelvo a llorar, pero con una abrumadora sensación de felicidad. No puedo imaginar que nada en el mundo vuelva a ir mal mientras tenga a estos preciosos bebés y a estos cuatro hombres increíbles.
Por muy horrible que fuera, no puedo evitar declarar: —Creo que… algún día… ¡podría querer volver a hacer esto!
Los hombres intercambian miradas de asombro, y creo que les aterra la perspectiva de que tengamos ocho hijos.
Pero entonces, Mark murmura: —¿Quieres que se lo diga?
—¿Decirme qué? —pregunto, con el miedo creciendo en mi pecho.
Nadie responde y, mientras sigo pasando la mirada de uno a otro, me asusto cada vez más. —¿Decirme qué?
Mark se aclara la garganta y dice: —La doctora Travesty tuvo que… extirparte… tus… órganos reproductores.
—¿Qué? —No puedo creer lo que me está diciendo—. ¿Qué significa eso?
—Significa que no podremos tener más hijos —explica Reece—. Pero no pasa nada. Porque los tenemos a estos cuatro, y nos tenemos los unos a los otros.
—Y aún podremos tener sexo —interviene Tristán. Me giro y lo miro, entrecerrando los ojos. Se encoge de hombros—. Solo quería asegurarme de que esa parte quedara clara.
Eli dice: —Lo sentimos mucho, Rosa. Pero era la única forma de salvarte.
La decepción me invade, pero lo entiendo.
Miro a mis pequeños bultitos y sé que son los únicos hijos que tendré, así que seré la mejor madre que pueda ser.
Aunque me cueste la vida.
Después de todo, ya he estado muerta una vez.
Y viví para contarlo.
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