Emir Lovelace - Capítulo 11
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11: Capítulo 10 11: Capítulo 10 El primer roce de sus labios fue apenas un susurro, una caricia que me dejó suspendida en el tiempo.
Pero no se detuvo ahí.
El beso se volvió más firme, más decidido, y me encontré respondiendo con una urgencia que no sabía que tenía.
Mis manos subieron por su cuello, enredándose en su cabello, atrayéndolo más cerca, como si temiera que este momento pudiera desvanecerse como un sueño.
Él inclinó la cabeza ligeramente, profundizando el beso.
No había prisa, solo una conexión que parecía encajar de manera natural, como si hubiéramos esperado este instante toda una vida.
Sus labios buscaron los míos con una mezcla de dulzura y atrevimiento, y cuando su lengua rozó la mía, fue como si una chispa encendiera un fuego suave en mi pecho.
El tiempo perdió su significado.
Solo existíamos nosotros, entre las vigas de madera, el sol de la tarde y el susurro del viento.
Cuando finalmente nos separamos, nuestras respiraciones eran desiguales, y sus ojos buscaron los míos, como si intentara leer lo que no podía decir en palabras.
—Spirit…
—susurró, mi nombre saliendo de sus labios como una promesa.
Sentí un rubor subir por mi cuello, pero no aparté la mirada.
Aún podía sentir el eco de su beso en mis labios, un recuerdo reciente que sabía que llevaría conmigo mucho tiempo.
Quise decir algo, pero las palabras no llegaban.
Todo lo que estaba en mi mente era el latido acelerado de mi corazón y la sensación de sus labios aún grabada en los míos.
Fue él quien rompió el silencio, aunque su voz sonaba como si aún estuviera tratando de recuperar el aliento.
—De verdad, lo digo en serio, llevo queriendo hacer eso desde…
bueno, desde que te defendí en el aeropuerto—confesó, rascándose la nuca con una timidez que contrastaba con la seguridad de hacía un momento.
Esa simple declaración me hizo sonreír, una sonrisa suave, casi temerosa.
No sabía qué decir.
Entonces no fueron imaginaciones mías cuando comencé a percibir la atracción mutua.
Pero ¿por qué yo, siendo él demasiado perfecto?
Las preguntas se arremolinaron en mi mente, pero ninguna alcanzó mis labios.
—No sé qué decir…
—murmuré al fin, mis manos bajando lentamente de su cuello mientras él seguía observándome, como si fuera la única persona en el mundo que importara.
—No tienes que decir nada —respondió, su sonrisa igual de contenida, igual de vulnerable.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros, pero esta vez era cálido, como un manto que nos envolvía a los dos.
Mis ojos viajaron de nuevo hacia la cabaña, buscando un refugio para mi mente acelerada.
—Supongo que alguien tendrá muchos recuerdos aquí algún día, ¿no?
—comenté, tratando de disipar el torbellino de emociones con una conversación más ligera.
—Ya los tiene —respondió él, su tono cargado de un significado que no pude ignorar.
Volví a mirarlo, pero esta vez no aparté la vista.
Sus ojos eran un refugio y, al mismo tiempo, una tormenta.
Emir no era fácil de descifrar, pero en ese momento, sentí que podía ver más allá de las capas que siempre había mantenido a salvo.
De pronto, Emir se levantó de la hamaca y mantuvo su mirada en Jack durante un par de segundos.
—¿Esto…
cambia algo?
—pregunté finalmente, sin saber bien qué respuesta esperaba.
Él dio un paso más cerca, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo al momento que se inclinó a mí, el aroma de su piel mezclado con el aire fresco del campo.
Su mano volvió a buscar la mía, entrelazando sus dedos con los míos, como si quisieran asegurarse de que no escaparía.
—Solo si tú quieres que lo haga —dijo, su voz firme pero suave.
La honestidad en sus palabras me desarmó.
No había promesas vacías, ni exigencias, solo una simple verdad: este momento nos pertenecía a los dos, y el futuro dependería de lo que decidiera hacer con ello.
Solté un suspiro que no sabía que estaba conteniendo, y una pequeña risa nerviosa escapó de mis labios.
—Esto es mucho para procesar en un solo paseo por la finca —admití, sin soltar su mano.
—Podemos tomarnos todo el tiempo que necesites —respondió, su pulgar trazando pequeños círculos sobre el dorso de mi mano.
Y así, bajo el cielo teñido de tonos cálidos y entre las sombras de una cabaña a medio construir, entendí que algo había cambiado entre nosotros.
No era solo el beso.
Era la promesa implícita en cada gesto, en cada mirada, en cada palabra no dicha.
Una promesa de que este era solo el principio de algo que aún no sabíamos nombrar.
De vuelta a la finca, Jack fue caminando tranquilamente y Emir me daba besos coquetos en el cuello o iba jugando con mi cabello con una sola mano.
Todo más íntimo, más cercano, más dulce.
—No quiero irme nunca de aquí—dije cuando él recargó su barbilla en mi hombro, estábamos a escasos metros de llegar a la finca.
—Vendremos más seguido, te lo prometo—me aseguró, besando mi hombro y después mi cuello.
Xavier y Aria nos esperaban en el establo.
El sol estaba detrás de numerosas nubes grises, lo cual se me dificultó saber con exactitud la hora, pero debía ser pasado el mediodía.
Emir no dejó que Xavier me ayudara a bajar, puesto que, al parecer, le gustaba cargarme y supuse que ellos se dieron cuenta de nuestras miradas y cuchicheos porque se ruborizaron y desaparecieron rápidamente de ahí después de meter a Jack a su lugar.
—¿Quieres conocer el mejor lugar de aquí?
—me propuso Emir con malicia.
—Pensé que ya habíamos ido—bromeé.
—Lo que verás a continuación te gustará más.
Me llevó hasta la casa y subimos al segundo piso.
Caminó en una dirección opuesta a las habitaciones hasta que se detuvo frente a una puerta de doble hoja deslizable.
—¿Podrías?
—me preguntó, señalando las puertas con la barbilla.
Abrí con facilidad y entramos a la estancia.
Lo primero que vi fue que el techo era de cristal, en donde se podía ver perfectamente el cielo nublado y algunas gotas de rocío que habían quedado desde el amanecer.
Luego escudriñé el resto de la habitación y me quedé boquiabierta al comprender que se trataba de un sitio especial para ver películas, un pequeño cine.
La tv era gigante, del tamaño de la pared y había sillas al estilo gamer y sillones que a simplemente vista se miraban muy cómodos, enfrente para disfrutar de buenas películas o series, pero lo más interesante fue que, como todo cine, también estaba el área de golosinas, sodas y palomitas.
—Esto es el cielo… Emir sonrió ante mi comentario.
—¿Quieres estrenarlo conmigo esta noche?
Aun no lo he usado, la última vez que estuve aquí terminé de arreglarlo, y ayer le pedí a Aria que rellenara todo de palomitas, dulces, sodas y frituras de todos los sabores que hay.
—Se me antoja también una hamburguesa para cenar—dije tímidamente.
—Tendrás las hamburguesas que tú quieras.
Moría de ganas de pasar más tiempo con él en todos los ámbitos.
Nos habíamos besado y podía sentir que Emir también se había percatado que aquel beso no fue uno común y corriente, sino que nos hizo vibrar por dentro.
La comida que preparó la señora Aria fue llevada a ese lugar para que pudiéramos estrenar la enorme televisión desde temprano y no esperar a la noche.
Mientras comíamos, me dediqué a observarlo comer y ver una serie.
Y llegué a la conclusión de que podía quedarme a mirar a Emir Lovelace durante horas y no aburrirme.
Más tarde, nos dimos cuenta que el sol comenzó a ocultarse para darle paso a la noche.
Pudimos admirar como poco a poco las estrellas intentaban sobresalir entre las nubes grises.
—Voy a pedirle a Aria que haga hamburguesas—le oí decir, entusiasmado.
Asentí, sonriendo.
—No tardo—prometió y sin pena ni gloria, se inclinó a mí para darme un tierno beso en los labios.
¿Sería posible que él ya me miraba como su novia?
Sacudí la cabeza cuando lo vi marchar y me mordí el labio inferior, pensativa.
Según las indicaciones de Cameron, no podía fiarme de ello.
No significaba nada haber compartido un simple beso.
Emir tenía que pedirme ser su novia, o de lo contrario, seguíamos siendo amigos con derechos.
Con mi ex novio fue tal como Cameron aprobaba: me pidió ser su novia y después nos besamos, no al revés.
Sin embargo, nuestra relación fracasó porque resultó ser un idiota.
Emir era todo, menos un idiota.
Tiempo después, yacíamos devorando deliciosas hamburguesas en la oscuridad.
Nos habíamos movido a un sofá que estaba al otro extremo de la habitación para poder estar cómodos y disfrutar de la televisión en la oscuridad.
—¿En la casa de tus padres tienes un sitio igual que este?
—le pregunté.
—Intenté hacerlo, pero Ewan se adelantó y creó el suyo, así que preferí tener el mío aquí, lejos de todos y compartirlo con alguien que de verdad valga la pena.
Tragué un bocado y volteé a verlo.
—Me encantaría saber por qué mantienes una relación distante con tu familia.
Él no me miró, sino que siguió comiendo y viendo la pantalla.
—Es algo complejo—respondió a los pocos segundos—y mientras estés alejada de todo eso, mejor.
—¿Por qué?
Emir le dio otro mordisco a su hamburguesa.
—Porque conmigo es más que suficiente, Spirit—me miró, a pesar de que mi rostro estaba tenuemente iluminado por la luz de la pantalla— ¿para qué querrías conocer a mi familia?
No son agradables en ningún sentido.
—¿Qué harían tus padres si me ven?
¿asesinarme?
—bromeé.
Pero él no sonrió ni rio, y mi sonrisa se fue desvaneciendo.
—¿Son capaces de hacer algo así?
—titubeé—porque Ewan me pareció un idiota, pero no más que eso.
—Mi vida, aunque no lo creas, no es perfecta—susurró con decepción—podré tener dinero, pero soy prisionero.
—¿Cómo una jaula de oro?
—Exactamente—convino—no me sirve de nada pudrirme en dinero, si el costo es mi libertad.
Enseguida me sentí culpable por estar hostigándolo acerca de su familia y maldije entre dientes ser muy estúpida.
Emir estaba tratando de darme muchas cosas y yo solamente quería indagar sobre su vida, lo cual no era algo malo, pero a él le perturbaba y tenía que respetarlo.
—Lo siento—murmuré, él no me había apartado la mirada de encima—cuando conozco a alguien que me agrada mucho, me entra curiosidad por saber más de su vida y no tanto para incomodar, sino por el simple hecho de tener más temas de conversación y conocer más a fondo a la persona, pero si el tema de tu familia es algo delicado, respetaré tu decisión al reservarte los detalles, Emir.
Mis palabras parecieron aliviarlo y asintió, relajándose en el sofá, pero manteniéndose peligrosamente cerca de mí, a pesar de haber retomado la atención a la pantalla.
Podía sentir su rodilla rozando la mía casualmente.
La habitación de proyección tenía algo hipnótico, casi mágico, con sus luces parpadeando en las paredes y la música suave llenando el espacio.
Pero, para ser sincera, todo eso se desvanecía frente a lo único que realmente tenía mi atención: Emir, sentado a mi lado.
Había pasado apenas unas horas desde nuestro primer beso, pero la sensación seguía quemándome en los labios.
Y aunque trataba de concentrarme en la película, cada pequeño movimiento suyo—el roce de su rodilla contra la mía, la forma en que su brazo descansaba cerca del mío—me hacía olvidar que estábamos allí para mirar una pantalla.
Lo miré de reojo, tomando valor, y encontré su perfil bañado por el resplandor tenue de la pantalla.
Me pregunté si él también estaba pensando en lo mismo que yo, si sentía este mismo deseo, esta misma necesidad de romper la distancia que quedaba entre nosotros.
—¿Quieres apagarla?
—pregunté en voz baja, casi temiendo interrumpir el momento.
Él giró el rostro hacia mí, con esa sonrisa que parecía tener el poder de detener el tiempo.
—¿La película?
Asentí, sintiéndome torpe, pero su respuesta fue directa: tomó el control remoto y apagó la pantalla.
La oscuridad nos rodeó, dejando apenas una lámpara encendida en el rincón, suficiente para ver cómo sus ojos buscaban los míos.
Su mano encontró la mía, y cuando sus dedos rozaron mi piel, fue como si cada uno de mis nervios se encendiera.
Podía sentir mi corazón martillando en el pecho, como si intentara salir corriendo hacia él.
—Si no estás lista… —murmuró, dejando el final de la frase flotando en el aire, suave pero firme, dándome la oportunidad de decidir.
Lo miré, y aunque las palabras se me atascaban, mis acciones hablaron por mí.
Negué con la cabeza, no para rechazarlo, sino para asegurarme de que supiera que lo quería, que lo quería a él.
Cuando nuestras manos se entrelazaron, sentí que algo se rompía dentro de mí, como si por fin hubiera soltado una parte de mí misma que llevaba demasiado tiempo guardada.
Me acerqué despacio, y él hizo lo mismo, hasta que nuestros labios se encontraron otra vez.
Pero esta vez, no fue como antes.
Este beso no estaba lleno de dudas o preguntas, sino de certezas.
Sus manos se deslizaron por mi espalda, cálidas y firmes, atrayéndome más hacia él.
Sentí su respiración contra mi piel, su pulso en sincronía con el mío, como si el universo entero conspirara para hacernos coincidir en este momento.
No había prisa, no había presión, solo nosotros dos y este instante que parecía eterno.
No hablaba, pero sus dedos sobre mi piel transmitían una promesa y una invitación.
El sofá era estrecho, pero no importaba.
Me acomodé sobre él, mis piernas rozando las suyas, mi cuerpo respondiendo a cada movimiento como si hubiese estado esperando este momento durante toda mi vida.
Emir rompió el beso solo lo suficiente para mirarme, sus ojos oscuros ardiendo con una mezcla de deseo y ternura.
—¿Estás segura?
—preguntó, su voz apenas un susurro, pero tan firme que no dejaba lugar a malentendidos.
Asentí, mi corazón latiendo con fuerza desbocada.
No podía decirlo en palabras, pero mi cuerpo se movió hacia él, eliminando cualquier duda que pudiera quedar.
Sus manos encontraron el borde de mi blusa, y sus dedos, cálidos y delicados, la deslizaron hacia arriba, dejando mi piel expuesta a la fría brisa de la noche.
Pero su toque era suficiente para mantenerme ardiendo.
Mi propia inseguridad, mi nerviosismo, todo se desvaneció al sentir la forma en que me miraba, como si yo fuese lo único que importaba.
Me desabrochó el sostén de una manera tan rápida que no me di cuenta de ello hasta después.
Cada beso, cada caricia, fue una tan natural entre nosotros, explorando lentamente, sin prisas, como si quisiéramos memorizar cada detalle del otro.
Sentí como acariciaba mis pechos con mucha satisfacción, dándome leves pellizcos en los pezones sin dejar de besarme y aquello solo provocó que yo enloqueciera.
Solté un gemido cuando aventuró a besarme el cuello y lamerme parte del inicio de mis pechos.
—Insisto, no caben en mis manos—vaciló, sin dejar de acariciarlos.
—No dejes de tocarlos—gruñí, presa del deseo.
—¿Y qué tal esto…?
Entre mis piernas algo palpitó con lascivia, al instante que Emir se llevó mi pecho izquierdo a la boca y mordió el pezón, el cual, gracias a sus caricias, estaba erecto.
Ni siquiera me dio tiempo de decir algo cuando atacó el otro pecho, volviéndome loca.
—¡Emir!
Y en un movimiento rápido, me colocó de espaldas al sillón, situándose él sobre mí.
La luz de la lámpara creaba un ambiente erótico y devastador.
La silueta de Emir encima de mí, observándome con sus hermosos ojos oscuros en la oscuridad era una escena exquisita.
Sus masculinas manos tiraron de mi blusa hacia arriba, quitándomela por completo.
—Necesito verte completamente—ronroneó, y se apartó de mí un momento.
Se aproximó a la puerta doble hoja y las aseguró para que nadie pudiera interrumpirnos, cerró las cortinas y encendió la luz.
Por instinto, me llevé los brazos al pecho, cubriendo mi desnudez.
Me sentí un poco insegura porque él continuaba vestido y yo no tenía la blusa puesta.
—¿Pasa algo?
—preguntó, preocupado.
—No, es solo que… Emir avanzó hacia mí y se acomodó entre mis piernas, siendo muy dulce.
—¿Es tu primera vez?
Negué con la cabeza.
—¿Entonces qué sucede?
—ladeó la cabeza.
—Quiero que te quites la ropa—me ruboricé—porque deseo verte también completamente.
Esbozando una sonrisa, Emir se pasó la playera por encima de su cabeza y me deleite con su marca de nacimiento en forma de luna que tenía sobre el corazón.
Volvió a ponerse de pie y empezó a desabrocharse el cinturón sin dejar de mirarme a los ojos.
Tragué saliva.
En cuanto su pantalón se deslizó hacia el suelo, advertí que había alguien más emocionado y listo para unirse a la fiesta.
—Tu turno—dijo él.
Con nerviosismo y sintiendo que mi rostro iba a explotar por la vergüenza, descubrí mi pecho y también me despojé del pantalón, siendo consciente de la mirada de Emir en mí.
Podía percibir ese deseo compartido entre los dos.
No obstante, él se abalanzó sobre mí.
Me acorraló en el sofá sin dejar de acariciar mis pechos y besarme en los labios con desesperación.
El calor entre nosotros era abrumador, cada movimiento suyo encendía una chispa más en el incendio que llevábamos dentro.
Cuando sentí su erección rozándome, mis manos, como si tuvieran vida propia, se deslizaron hacia abajo, buscando explorar lo que prometía tanto placer.
Pero antes de que pudiera alcanzarlo, Emir atrapó mis muñecas con una precisión que me dejó sin aliento.
—No tan rápido, Spirit —murmuró con una sonrisa cargada de promesas, su aliento cálido acariciando mi rostro.
Con una sola mano inmovilizó las mías sobre mi cabeza, y el gesto, tan firme y seguro, me arrancó un gemido involuntario.
Su boca se apoderó de la mía con una intensidad que me hizo olvidar el mundo.
Su lengua invadía mi boca, profunda, como si quisiera marcarme con cada beso.
El aire se llenó de susurros ahogados cuando dejó mi boca para descender lentamente, dejando un rastro ardiente con su lengua sobre mi mandíbula, hasta detenerse en mi cuello.
Su respiración pesada y sus labios cálidos acariciaron la curva de mi clavícula, provocándome escalofríos.
—¿Sabes cuánto me obsesionan tus pechos?
—murmuró, su voz ronca como un secreto entre nosotros.
No esperó mi respuesta; en su lugar, su lengua rozó uno de mis pezones con una dedicación que me desarmó.
Lamiéndolo, mordisqueándolo suavemente, sus labios alternaban entre dulzura y pasión, arrancándome jadeos que no podía controlar.
Mi espalda se arqueó involuntariamente, buscando más de él, perdiéndome por completo en el torrente de sensaciones que provocaba en mí.
—Eres un sueño hecho realidad —susurró, su mirada oscurecida por el deseo mientras seguía jugando con mi cuerpo—.
Dios sabe cuántas veces he fantaseado contigo así, Spirit.
Quise responderle, decirle algo que estuviera a la altura de ese momento, pero mi mente era un torbellino, y las palabras se perdían antes de llegar a mis labios.
—Déjame hacerte venir —jadeó contra mi piel, sus ojos fijos en los míos como si el universo dependiera de mi respuesta.
Asentí torpemente, mi respiración acelerada y mi cuerpo temblando de anticipación.
Con un movimiento lento, Emir liberó mis manos, pero no me dejó mucho tiempo para recuperar el control.
Bajó sus labios hasta mi vientre, dejando un rastro de besos húmedos y pausados que me quemaban.
Su rodilla se deslizó entre mis piernas, abriéndolas con delicadeza, y el gesto me dejó expuesta, vulnerable ante él.
Mi mirada se fijó en el contorno de su cuerpo, en la forma en que su bóxer negro apenas contenía lo que ocultaba.
Cada movimiento suyo era una promesa, y yo estaba desesperada por que la cumpliera.
De algún lugar, sacó un pequeño empaque plateado.
Observé cómo lo abría, cómo se deshacía de la última prenda que quedaba entre nosotros.
Mi boca se hizo agua al contemplarlo completamente desnudo, como una obra de arte viva, perfectamente esculpido.
Se inclinó sobre mí, sosteniendo mi mirada con una intensidad que me hizo olvidar cómo respirar.
—No solo quiero hacerte venir, Spirit.
Quiero hacerte perderte por completo.
Sus manos eran expertas, y cada movimiento suyo tenía la calma de alguien que sabía exactamente lo que hacía.
Cuando deslizó mis bragas con esa precisión casi reverente, un escalofrío recorrió mi columna.
Estaba completamente desnuda ante él, vulnerable de una forma que nunca había experimentado antes, pero Emir no me dejó tiempo para sentir vergüenza.
Intenté instintivamente cerrar las piernas, buscando protegerme de la intensidad de su mirada, pero su rodilla se mantuvo firme, manteniéndome abierta para él.
Su sonrisa, esa mezcla de ternura y lujuria, me dejó sin aliento.
—No te escondas de mí, Spirit.
Déjame verte, toda tú.
Su voz era un susurro grave que vibraba en el aire, encendiendo cada rincón de mi cuerpo.
Mi corazón latía con fuerza mientras lo observaba manipular el pequeño empaque plateado.
Sus dedos se movían con destreza, desenvolviendo el preservativo y deslizándolo con cuidado sobre su erección.
Era…
impresionante.
Su miembro se alzaba orgulloso, completamente erecto, palpitante, con una perfección que me dejó atónita.
Los músculos de su abdomen se tensaron ligeramente mientras terminaba de acomodarlo, y el hilillo de vello oscuro que nacía justo en la base parecía una invitación irresistible.
Mis manos temblaron, deseando tocarlo, recorrer cada centímetro de su piel caliente, pero no me atreví a interrumpirlo.
En cambio, me limité a observar, embelesada, cómo su pecho subía y bajaba al ritmo de su respiración acelerada.
—¿Te gusta lo que ves?
—preguntó de repente, su voz cargada de confianza, mientras sus ojos me atrapaban con una intensidad abrumadora.
No pude evitar sonrojarme, pero no me molesté en negarlo.
Mi mirada delataba mi deseo, y un pequeño jadeo se escapó de mis labios cuando él se inclinó hacia mí, apoyando ambas manos a los lados de mi cabeza.
Su cuerpo estaba tan cerca que podía sentir su calor envolviéndome, haciendo que el aire se volviera pesado y denso.
—Spirit —murmuró, su boca rozando la mía apenas lo suficiente para que su aliento cálido se mezclara con el mío—.
Quiero que sientas todo, absolutamente todo.
Su voz era una exquisita, y sus labios comenzaron a descender nuevamente, explorando cada rincón de mi piel.
Su lengua trazó un camino tortuosamente lento por mi cuello, deteniéndose en el hueco de mi clavícula, donde dejó un suave mordisco que me arrancó un suspiro entrecortado.
—Eres tan hermosa…
tan increíblemente perfecta —susurró, mientras su boca continuaba bajando.
Su lengua dibujó círculos alrededor de mi vientre, provocándome escalofríos, y yo me arqueé ligeramente, buscando más de ese contacto que me estaba volviendo loca.
—Quiero saborearte, Spirit.
Quiero que te rindas por completo.
Y sin darme tiempo a procesar sus palabras, sentí sus dedos hurgar en mi interior y cerré los ojos, muerta de placer y justo cuando pensé que iba a seguir acariciándome en mi feminidad, se detuvo.
—Estás más que lista—dijo, con la voz entrecortada y me besó apasionadamente.
Sus manos se aferraron a mis caderas, fuertes y decididas, guiándome hacia él con una autoridad que me hizo estremecer.
Su cuerpo estaba perfectamente encajado entre mis muslos, y la calidez de su piel contra la mía me hizo arquear la espalda, buscando más contacto.
Nuestros ojos se encontraron, los suyos oscuros y cargados de una lujuria que me dejó completamente expuesta.
Su mirada me decía que no había marcha atrás, que lo que estaba a punto de suceder iba a atarnos de una forma que nunca podríamos deshacer.
El roce de su erección, firme y caliente, deslizándose contra mi centro, arrancó de mis labios un jadeo quebrado.
Sentía cada centímetro de él, tan cerca y, sin embargo, no lo suficiente.
Mi cuerpo estaba en llamas, un cúmulo de sensaciones que se intensificaban con cada segundo que pasaba sin que me tomara.
—Eres mía, Spirit —murmuró, su voz ronca y cargada de deseo.
Lo siguiente fue un choque de mundos.
Emir se impulsó hacia adelante con fuerza, entrando en mí de una sola embestida que me hizo soltar un gemido desgarrador.
La sensación era abrumadora, un torrente de placer que se apoderó de todo mi cuerpo.
Lo sentía tan profundamente dentro de mí que por un momento no supe dónde terminaba él y dónde comenzaba yo.
Mis uñas se clavaron en sus hombros, y lo atraje más hacia mí, desesperada por esa conexión que nos consumía.
Su respiración era pesada, sus gemidos roncos contra mi oído mientras comenzaba a moverse.
—Dios, Spirit, te sientes tan increíble…
—jadeó, su voz temblando mientras retiraba su erección casi por completo solo para hundirse en mí otra vez, aún más profundo.
Mis pezones se frotaban contra su pecho, provocando que me excitara más y deseara tenerlo dentro de mí por siempre.
Dios, ¿en verdad había algo más rico y delicioso que tener sexo con un chico irlandés de origen turco?
Porque si la respuesta era afirmativa, entonces debía ser una equivocación.
El ritmo que marcó era intenso, cada embestida llenándome completamente, llevándome al límite.
Su control sobre mi cuerpo era absoluto, y yo me rendí a él, dejándome llevar por el placer desenfrenado que estaba provocando.
Su boca buscó la mía, devorándome en un beso húmedo y desesperado, mientras sus caderas seguían moviéndose con un ritmo cada vez más frenético.
El sonido de nuestra piel chocando llenaba la habitación, mezclándose con nuestros gemidos y el latido ensordecedor de mi corazón.
Sus manos dejaron mis caderas para recorrer mi cuerpo, acariciando mis muslos, mis pechos, todo lo que estaba a su alcance, como si quisiera grabar cada parte de mí en su memoria.
Bajó una mano entre nuestros cuerpos, encontrando mi punto más sensible, y el toque fue suficiente para desatarme.
Un grito ahogado escapó de mi garganta cuando el orgasmo me golpeó con la fuerza de una ola, haciéndome temblar bajo él.
Pero Emir no se detuvo.
Sus movimientos se volvieron más erráticos, más urgentes, hasta que finalmente se tensó sobre mí, soltando un gemido grave y gutural mientras alcanzaba su propio clímax.
El silencio que siguió estuvo cargado de respiraciones entrecortadas y el calor de nuestros cuerpos aún unidos.
Cuando levantó la mirada, sus ojos estaban suaves, pero aún llenos de adoración, y una sonrisa satisfecha curvó sus labios.
—Eres todo lo que he deseado, Spirit, permíteme compartir más momentos así contigo—susurró, acariciando mi mejilla con ternura, mientras yo intentaba recuperar el aliento.
Humedecí mis labios y mi mirada bajó hacia su miembro cuando él salió de mi interior, el cual seguía palpitando, pero comenzaba a descender.
—¿Puedo?
—pregunté.
Mi piel estaba sudorosa al igual que la suya y ladeó la cabeza ante mi pregunta.
Él seguía sobre mí, pero casi recargando media espalda en el borde del sillón para no aplastarme.
Maldita sea.
Se miraba malditamente perfecto todo sudado y sonrosado.
Emir aprovechó a quitarse el preservativo y hacerle un nudo antes de dejarlo en el suelo.
—¿Puedo?
—repetí.
—¿Quieres tocarlo?
—arqueó una ceja.
Asentí, sin una pizca de vergüenza.
—Ya estuvo dentro de mí, así que son mis manos las que quieren sentirlo—vacilé.
—Adelante, es todo tuyo—esbozó una sonrisa de oreja a oreja y solamente rocé levemente parte de la cabeza y este empezó a palpitar, recuperándose con éxito— ¿ves lo que provocas en él?
No lo has tocado del todo y ya está listo para otro round… —¿En serio?
—entorné los ojos.
—Muy en serio—murmuró Emir y sin darme tiempo a replicar, me cogió de las manos y la colocó en todo lo largo de su pene, sintiendo su calor y la sangre bombear rápidamente hasta la punta—y yo quiero repetirlo…
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