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Emir Lovelace - Capítulo 14

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14: Capítulo 13 14: Capítulo 13 Mi respiración se aceleró ante sus palabras y sentí que me paralizaba.

¿Acaso era una amenaza?

—¿De qué estás hablando?

¿A qué familia pertenecen?

—logré decir, ignorando que mi corazón quería salirse de mi pecho y que mi mente no dejaba de imaginar posibles escenarios macabros por haberme involucrado con el miembro de una familia demente o que formaba parte de alguna secta o al narcotráfico.

—Es un consejo, tú decides si tomarlo o no—recuperó su sonrisa maliciosa y señaló hacia afuera—la lluvia está parando y aquí es un buen hospital privado al que suelo acudir cuando tengo pequeños malestares.

Si quería indagar más sobre ese misterio familiar, debía comportarme como alguien sensato y para nada imbécil con Ewan Lovelace.

—¿Me ayudarás a bajar?

—le pregunté con suavidad.

Mi cambio repentino pareció intimidarlo porque me miró con extrañeza.

—¿Qué?

¿por qué esa expresión?

—sonreí, divertida.

Por dentro quería echarme a correr muy lejos.

Ewan hizo una mueca de desagrado y negó con la cabeza.

—Eres muy rara.

Me encogí de hombros, restándole importancia.

—Ya me lo han dicho varias veces.

Es un cumplido para mí.

Pese a la incertidumbre de Ewan Lovelace reflejada en su rostro, al ver que yo estaba portándome de manera educada y amigable, me llevó a que me revisaran el tobillo.

Si bien, era un hospital privado, o, mejor dicho, un sanatorio, no era muy sofisticado como pensé, pero mejor que uno público.

Entré sola al consultorio en donde una simpática doctora de unos cuarenta años me atendió.

—Hola, soy la doctora Isabella Ricaldi—me saludó con una media sonrisa.

Me hizo un breve cuestionario personal, incluyendo el motivo de mi visita.

—Oh—dijo, anotando todo en una hoja para abrirme un expediente médico—al parecer eres también amiga del joven Lovelace.

—Algo así—sonreí, aunque fue más una mueca.

—Él venía aquí a menudo cuando era más pequeño e incluso viene a veces cuando necesita un cóctel de vitaminas inyectado, en vez de tomar pastillas.

Como ciertamente no tenía algo qué decir al respecto, me limité a asentir y a escuchar con atención sus indicaciones.

Revisó mi tobillo minuciosamente durante un buen rato, moviendo mi pie en todas direcciones y ahogué varias exclamaciones a causa del dolor.

—Solo fue una torcedura—dictaminó—pero si sigues forzando tu pie, no va a dejar de dolerte.

Tienes que estar en cama una semana y media sin hacer absolutamente nada.

Asentí, sabiendo que aquello iba a ser imposible.

Estaba de vacaciones en Dublín y no había nadie más conmigo para cuidarme y, además, tenía que conseguir otro hotel para que Emir estuviera más tranquilo.

Decidí no mencionarle eso a la doctora y salir cojeando con su ayuda del consultorio con mi receta médica y medicamentos para el dolor.

En la sala de espera estaba Ewan, muy enfrascado en su teléfono como para notar que estábamos frente a él.

—Joven Lovelace—le cortó la doctora con suavidad.

Ewan sacudió la cabeza y alzó la vista a nosotras.

Sus ojos grises irradiaron calidez, lo contrario a lo habitual y me pregunté por qué hasta que noté que su mirada estaba dirigida a ella.

—Doctora Ricaldi—dijo él, entusiasmado.

Parecía un niño pequeño observando un delicioso helado.

—La señorita Norwood necesitará reposo absoluto durante una semana y media—le informó—así que quiero que la vigiles que se tome sus medicamentos a la hora exacta y no dejes que camine por ningún motivo.

Él asintió, complacido de escuchar a la doctora con atención.

En cuanto ella terminó de explicar la situación, se despidió de ambos con una enorme sonrisa antes de regresar a su consultorio.

—Así que te llamas Spirit Norwood—repuso Ewan con malicia.

—¿Qué tiene de interesante que sepas mi apellido?

—me senté a su lado, abrumada.

Se encogió de hombros y se levantó.

—Vamos, te llevaré a tu casa.

Durante unos segundos lo quedé mirando, perpleja.

Aparte de los ojos gélidos ojos grises y la edad que lo diferenciaba de Emir, también me percaté que Ewan no tenía el hermoso lunar cerca de la boca que su hermano sí, el cual se escondía cuando sonreía, en su lugar, tenía una pequeña cicatriz.

—Puedes acercarme nuevamente al restaurante en donde nos encontramos—dije, ocultando mi nerviosismo.

—¿Acaso no escuchaste a la doctora Ricaldi?

No puedes caminar—me miró como si estuviera loca.

—Lo sé, pero no puedo ir en este momento a mi casa—hice una mueca.

—¿Por qué?

—arqueó las cejas con escepticismo—¿acaso no quieres que conozca la miserable vivienda en la que vives?

Suspiré, elevando los ojos al techo con resignación.

—Soy de Londres, ¿contento?

Estoy pasando aquí mis vacaciones y me hospedo en un hotel para nada extravagante, como los que estás acostumbrado.

Una sonrisa irónica atravesó sus labios y supe que el haber sido sincera, fue mi mayor error.

Pude haberle dado una dirección incorrecta y fingir entrar al lobby, para después tomar un taxi y regresar a mi hotel.

Sin embargo, ya no había vuelta atrás.

Ese sujeto no me agradaba ni un poco, estaba segura que algo ocultaba y no sentía que hubiera ese cariño de hermandad con Emir, sino todo lo contrario.

Luego de quedarnos mirando como un par de imbéciles, acepté su invitación para llevarme al hotel a regañadientes.

Pero antes de ello, compró mis medicamentos, poniéndome más incómoda.

¡No soportaba su comportamiento ni presencia!

Yo no entendía cómo es que podían existir personas que dijeran que amarían tener a alguien extremadamente atractivo a su lado sin importarles su personalidad.

Es decir, Ewan era guapísimo, pero tenía un aura escalofriante y repelía cualquier contacto positivo.

Compró los medicamentos y aparcó justo afuera del hotel, enviando una mirada crítica y mezquina al edificio.

—Gracias—añadí, tajante y abrí la puerta, la cual se deslizó ridículamente hacia arriba, llamando la atención del resto de transeúntes.

De pronto, Ewan salió también del coche y corrió a ponerse a mi lado.

Y sin decir una palabra, me cargó sobre el hombro como si fuera un saco de papas.

—¡Bájame!

—grité, desesperada.

Pero me ignoró, regalándoles una sonrisa a las personas para no alarmarlas.

—Mi novia es algo dramática—eludió con aire risueño—y se rehúsa a ir a pasar la noche conmigo en mi casa, así que por eso está en este lugar, pero tiene lastimado el tobillo y debo ayudarla.

No se preocupen.

Atónita, me quedé petrificada ante sus palabras y antes de que yo pudiera protestar, entró al lobby del hotel conmigo en su hombro.

De tan aturdida que estaba, pensé haber visto algunos flashes de cámaras o teléfonos a lo lejos, pero quizá se debió a la ansiedad del momento.

Cubrí mi rostro ante la vergüenza que me produjo.

Los de la recepción debían pensar que yo era una maldita zorra que se acostaba con varios irlandeses y me llegaban a dejar cargando hasta mi habitación.

Como pude, elevé la rodilla del pie sano hacia atrás y con toda la fuerza que reuní, le di un fuerte golpe a Ewan, justo en la boca de su estómago.

El idiota ahogó una exclamación y me dejó caer de golpe, pero me había preparado para saltar antes de que me arrojara lejos.

Caí sobre mi pie sano y me alejé de él rápidamente, poniéndome detrás de un chico que estaba en el lobby.

—¡Vete!

—le grité a Ewan.

Por su parte, él estaba recuperando el aliento.

Tuvo que inclinarse hacia adelante y recargar sus manos en sus rodillas para poder respirar.

Sus despiadados ojos grises se posaron en mí con desprecio.

—Ten mucho cuidado a partir de ahora, Spirit Norwood—carraspeó, acomodándose la ropa y el cabello.

Era una amenaza.

—Por favor, joven, le pido de la manera más atenta que se retire—dijo el chico del hotel.

En su voz se alcanzaba a notar temor.

Ewan no lo terminó de escuchar y se marchó, haciendo que pudiéramos respirar de nuevo con normalidad.

—Señorita—dijo el chico con preocupación, dándose la vuelta para verme—¿está usted bien?

Asentí, a punto de llorar.

—¿Quiere que llamemos a la policía?

—se ofreció.

—No, estoy bien.

Iré a mi habitación a recoger mis cosas para irme a casa.

Comencé a cojear y el chico se percató de ello.

—Me haré cargo de bajarle sus cosas ordenadas, no se preocupe.

Quédese aquí.

—Pero… —Lo haré yo mismo—sonrió y me di cuenta que debía tener unos diecisiete años cuanto mucho, pero era muy alto y guapo.

Tomé asiento en un pequeño sofá y lo vi subir al ascensor con decisión.

Al parecer era nuevo en el lobby porque no lo había visto en todos esos días que estuve ahí.

Lo único bueno de todo es que había ordenado en un compartimiento especial mi ropa interior para que no pasara la vergüenza de que él lo mirara.

De hecho, no había tanto por arreglar porque pretendía irme a otro hotel.

Al cabo de una hora y media, el chico salió del ascensor con mi equipaje.

Él estaba sudando y sonrosado por el esfuerzo de haber levantado todo mi desastre, pero sonreía.

—Revisé toda la habitación y metí todo lo que había afuera en tu valija—me informó.

—Muchas gracias—le agradecí y él se encogió de hombros, sin dejar de sonreír—¿podría pedirte un último favor?

—Por supuesto—cuadró los hombros.

—¿Podrías llamar a un taxi para que me lleve al aeropuerto, por favor?

Él asintió.

—En momento, señorita.

Me dejé caer nuevamente en el sofá y comencé a escribirle un mensaje a Emir sobre mi decisión repentina de volver a Londres y no hospedarme en otro hotel.

Mordisqueé mi dedo pulgar, encontrando las palabras para comunicarle sobre el altercado con su hermano y la manera en la que se comportó al venir a dejarme al hotel, pero decidí decírselo después.

Lo que necesitaba era largarme de ese país.

Me daba tristeza alejarme cuando estaba muy feliz de haber conocido a Emir Lovelace, pero tenía miedo de que su hermano volviera a aparecer y acosarme, sin mencionar la amenaza que me hizo antes de irse.

Algo estaba mal en esa familia.

Estaban ocultando algo.

Si anteriormente habría querido descubrirlo, en este momento ya no me quedaban ganas de ello, sino huir.

El chico de la recepción volvió a los diez minutos.

—En media hora vendrán a recogerla—me avisó.

—Gracias, ¿cómo te llamas?

—Finney Harris —respondió con timidez.

—Bien, Finney, te agradezco mucho tu amabilidad, y si ese sujeto regresa a causar conflictos con respecto a mí, no le des información, ¿de acuerdo?

Que no sepa que me fui al aeropuerto ni nada y llama a la policía.

El adorable chico asintió, haciendo que su cabello ondulado se desordenara y regresó a su área de trabajo, sin dejar de observarme desde aquella distancia.

Cuando el taxi llegó por mí, me despedí de Finney con un abrazo, y abordé, deseosa de llegar a casa lo antes posible.

Si Emir Lovelace sentía algo profundo por mí, iría a buscarme a Londres.

Yo no me iba a quedar a esperarlo y a merced de su extraño hermano en esa ciudad tan fría.

Casi dos horas después, gracias al tráfico sofocante, llegué al aeropuerto.

Le pagué al chófer y sentí escalofríos al recordar la primera noche que llegué y un tipo me golpeó como loco solo por haber tomado el taxi, pero ahí fue donde Emir apareció milagrosamente a mi vida.

Cameron tenía razón, me estaba apresurando demasiado a ese mundo desconocido y era probable que el desenlace no fuera tan positivo.

Me acerqué a comprar una botella de agua para mi medicamento y luego mi boleto de regreso y suspiré.

Había llegado ansiosa por divertirme y ahora me iba sin ganas de nada, solo quería dormir en mi cama.

—El vuelo más próximo con destino a Londres sale en ocho horas, señorita—me dijo la mujer que estaba del otro lado de la computadora.

Su semblante era serio y filoso.

—¿Qué?

¿En ocho horas?

—Sí y si no lo quiere, tendrá que esperar dos días más para el siguiente.

Hay mucha demanda y todos los boletos están siendo apartados de manera digital—manifestó su irritabilidad y me recordó lo idiota que había sido por no comprarlo online.

—Está bien—me resigné—quiero ese boleto.

La mujer asintió y comenzó el proceso de compra.

Detrás de mí había más personas esperando.

¿Cómo iba a esperar ocho horas en el aeropuerto?

Con mi dignidad en el suelo, tomé mi equipaje y caminé lentamente para no cojear y ser víctima de escrutinio ante los demás.

Busqué un sitio donde sentarme y lo encontré hasta el otro extremo de la sala de espera.

Muchas personas yacían durmiendo incómodamente en su asiento y otros jugaban con sus tabletas o leían un libro para matar el tiempo…

Y yo no tenía ninguna de esas cosas para distraerme, salvo mi teléfono, el cual estaba por debajo del ochenta por ciento de batería.

A pesar de que mi teléfono podría apagarse antes de que incluso abordara el avión, opté por seguir redactando el mensaje a Emir, pero me sorprendí al ver un mensaje suyo.

Abrí el mensaje y leí con atención: “No voy a poder verte en los próximos días, Spirit, la situación empeoró.

Revisamos las cámaras de vigilancia de la finca y descubrimos que han robado las cintas de los días que estuviste aquí y ocurrió lo de las serpientes.

Por favor, no te desesperes, te buscaré.

Mándame la nueva dirección del hotel.

Pd.

Me encantaría tanto besarte en este momento.

Emir L.” Sonreí.

Aquel mensaje provocó que mi corazón volviera a sentirse vivo y volviera a tener esa locura de quedarme un poco más en Dublín, pero sacudí esa idea de la cabeza en cuanto el rostro psicópata de Ewan cruzó mi mente.

No.

No.

No.

De ninguna manera me quedaría ahí y menos sin Emir cerca.

Por debajo de la blusa, apretujé el anillo de león que estaba en mi cuello y me estremecí.

Sulfurada, abrí la maleta y saqué la sudadera de Emir para ponérmela y sentirlo cerca de mí, además de que comenzaba a hacer más frío conforme oscurecía.

—¡No entiendes!

¡Déjame en paz!

Absolutamente todos los del aeropuerto nos sobresaltamos cuando escuchamos gritar a una chica.

Enseguida volvimos el rostro a ella y la vimos forcejear con varias personas a su alrededor.

—¡Cálmate, la gente nos está mirando!

—espetó una mujer con aire agresivo y tiró de ella con fuerza—cumplimos tu capricho de viajar en un avión normal, con la condición de que te comportarías, ahora obedece.

Ambas pasaron cerca de mí y lo primero que vi fue a la mujer, que vestía de manera casual, pero algo en su rostro estirado y egocéntrico me decía que era adinerada en exceso.

Luego pasó otro hombre y más de ellos, rodeando a la chica.

Estiré el cuello y fruncí el ceño.

¿Acaso era una celebridad?

De pronto los murmullos se hicieron presentes, y alcancé a escuchar la palabra “Marquesa”.

¿Marquesa?

Me sentí totalmente confundida.

Sin embargo, lo que me impactó fue que reconocí a la chica.

Dios.

¿En serio ella era una Marquesa?

Es decir, ¿de la realeza?

Se me secó la boca.

No podía estar confundiéndome.

Ese cabello perfectamente rubio y ordenado, y esos preciosos ojos verdes nuevamente inundados de lágrimas.

Jamás podría confundir esos ojos tristes por nada del mundo.

¡Era Eleanor Darcy!

La chica que había intentado lanzarse por el Puente Samuel Beckett y evité su fatal desenlace al hacerla reír con mis comentarios fuera de lugar.

—¡Se supone que él no tiene permitido tener novia!

—sollozó Eleanor con tristeza.

—¿Y eso qué?

Tú estás comprometida con el otro desde que naciste, ahora límpiate la cara o no querrás que te tomen fotos viéndote así—siseó la mujer y la abrazó—hablaremos sobre eso en casa y deja de ver las noticias, que son solamente basura, o me veré obligada a quitarte el teléfono.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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