Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Emir Lovelace - Capítulo 16

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Emir Lovelace
  4. Capítulo 16 - 16 Capítulo 15
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

16: Capítulo 15 16: Capítulo 15 No sabía cuánto tiempo había pasado, pero calculaba un par de horas, cuando escuché pasos acercándose.

Me arrastré hasta que mi espalda tocó la fría superficie de la pared y cerré los ojos, fingiendo estar dormida para poder escuchar lo que ellos dirían al instante de entrar a mi prisión.

Pero no lo hicieron.

Se quedaron afuera y comprendí que estaban espiándome a través de una rendija sin necesidad de abrir la puerta completa.

Tenía tantas ganas de arrancarles los ojos.

Si Ewan quería verme destruida o quien fuera que me hubiera mandado a secuestrar, no le iba a hacer el favor.

Tendría que asesinarme para poder verme derrotada, aunque ni siquiera sabía porque me odiaba, a menos que mi hipótesis sobre la aversión hacia Emir fuese real y sintiera celos de su propio hermano de alguna manera.

Me dolía todo el cuerpo y el polvo del almacén me hacía estornudar a menudo y la comezón en toda la piel era porque me hallaba en el suelo, hecha un ovillo, amordazada y sometida.

El dolor y ardor espantoso en mis muñecas amarradas eran cada vez más insoportables.

Lo que más me preocupaba era Cameron.

¿Hasta qué momento él se daría cuenta de que algo estaba mal?

Llegué al punto de perder la conciencia un par de veces más, a causa de la deshidratación, puesto que yo bebía agua en exceso porque hacía algunos años tuve sobrepeso y me vi obligada a cambiar mis hábitos alimenticios para erradicar la resistencia a la insulina de mi cuerpo.

Tenía la boca seca y rasposa.

Mi lengua parecía una lija.

Había estado muy al pendiente de la presencia de esos hombres, pero probablemente bajé la guardia al estar pensando en beber agua, así que no me percaté cuando la puerta se abrió y cerré los ojos ante la luz que me pegó en la cara de forma brusca.

—Seguro tienes hambre, ¿no?

Era el demonio.

Sus enormes cuernos eran lo que más me incomodaban de su máscara y su estúpida voz tranquila, como si no se diera cuenta que yo estaba secuestrada por su culpa.

No respondí porque no podía hacerlo.

Tenía tapada la boca.

—Odio la oscuridad—le oí decir y de inmediato las luces del almacén se encendieron, provocando que me ardieran más los ojos.

Parpadeé, tratando de enfocar mejor la vista y enseguida volteé a verlo para intentar ver alguna característica en su apariencia y me ayudara a reconocerlo después.

—No podrías reconocer mi rostro debajo de esta máscara, preciosa—se burló.

Y era verdad.

La máscara cubría absolutamente toda su cabeza hasta por debajo de la mandíbula.

Gracias a la luz, alcancé a notar que sus ojos no eran oscuros, sino claros y, a decir verdad, se me hicieron vagamente familiares.

Sus iris eran color hazel.

Pero ¿dónde habría podido ver esos ojos?

Él se arrodilló frente a mí, dejó la bandeja de comida sobre el suelo y me ayudó a sentarme de manera gentil.

Me quitó la venda de la boca y me acercó la botella de agua a mis labios.

—Sé que tienes sed, bebe—me instó.

Fruncí el ceño, dubitativa.

—No tiene veneno—bromeó y le dio un trago— ¿lo ves?

Solamente así, obedecí.

En cuanto el agua tocó mis labios, comencé a beberla con desesperación, haciendo que la botella crujiera en las manos del demonio.

A él pareció divertirse porque si no me lo hubiera quitado de mi boca, habría incluso ingerido el plástico.

—Tengo más—dijo, y fue por una botella más grande.

Le dio un sorbo para que me cerciorara de nuevo de que era confiable y me la bebí entera—maldita sea, preciosa, de haber sabido que tenías mucha sed, habría venido antes.

Sentí como mi estómago se estremecía y emitía ruidos extraños.

—Déjame ir—susurré.

Los ojos del demonio parecieron haberse compadecido de mí, pero rápidamente volvió a ponerse severo.

—Las órdenes no las doy yo, pero créeme, no vas a estar mucho tiempo aquí.

—Entonces van a matarme—afirmé, dándome por vencida.

—No, preciosa, claro que no—me aseguró, pero no se notaba tan seguro de sus palabras.

—¿Qué quieren de mí entonces?

Dinero no tengo y tampoco nada qué puedan robarme o quitarme—mascullé—a menos que quieran mi cuerpo para venderlo o traficar mis órganos.

El demonio se desconcertó y parpadeó, azorado.

—Y de una vez te explico que mis órganos no están en tan buen estado, hace tiempo sufrí de sobrepeso y tuve hígado graso, mis riñones probablemente tengan piedras y son inútiles—seguí hablando atropelladamente—y de mi piel ni se diga, soy alérgica al sol y tengo que usar muchas cremas para la irritación y… De pronto, el demonio dejó escapar una sonora carcajada y se dobló hacia adelante por el esfuerzo.

Cerré la boca abruptamente y me encogí.

¿Y si era un psicópata con trastorno de personalidad múltiple en potencia y había desbloqueado otra personalidad, tipo fragmentado?

—Pero si quieren mi cuerpo de manera sexual para dejarme ir—titubeé, muerta de miedo—les advierto que no será fácil… —Ay, eres muy divertida, preciosa—dijo, aun entre risas—pero para tu buena suerte, aquí nadie quiere tu cuerpo de ninguna manera, y mucho menos yo.

Lo miré con extrañeza.

—No es que me importe, pero ¿por qué menos tú?

Sus ojos color hazel me observaron con algo parecido a la ironía, pero más bien fue como si le diera lástima mi ingenuidad.

—Podrías incluso bailar desnuda frente a mí, con la intención de seducirme y jamás verías ninguna reacción de mi cuerpo hacia ti—me informó.

—¿Por qué no?

—De alguna manera me sentí ofendida.

—Me gustan los hombres, ya sabes, la testosterona, músculos, barba, y en especial el miembro viril, que, para ser sincero, es lo único bueno que tienen, ya que carecen de responsabilidad afectiva—dijo, riéndose como anteriormente lo hizo, dejándome totalmente estupefacta.

Y ahora todo tomaba sentido.

Ningún hombre heterosexual, a menos que tuviera algún interés en ti, no te trataría con delicadeza, tal era el caso de este chico enmascarado de demonio, que, al parecer, por confesión suya, era gay.

Cameron también lo era y por eso logramos conectar tan bien.

¿Cómo es que no lo noté antes?

Podía usar la experiencia que tenía con mi mejor amigo para persuadirlo a que me ayudara, aunque técnicamente tener un amigo homosexual no era algo del cual deberías tener experiencia.

—¿Acaso te mordió la lengua el ratón?

—interrogó.

—Te ves muy masculino para que te gusten los de tu mismo sexo, disculpa.

—Mi apariencia no me define, preciosa—me guiñó el ojo y me ofreció la comida—quiero que comas, por favor.

—Escucha, chico demonio, quiero ir a casa.

No puedo quedarme aquí—dije, en un último intento para persuadirlo—si me ayudas a huir, prometo presentarte a una persona que podría ser tu verdadero amor y olvidar este mal momento.

—¿Chico demonio?

—Bueno, no sé tu nombre y usas esa grotesca máscara encima.

—Prefiero que me digas Daemon, se escucha menos aterrador.

—Es lo mismo—inquirí.

—Mi nombre real empieza con “D” y si vas a llamarme con algún apodo, que sea Daemon.

—De acuerdo—resoplé—Daemon, necesito que me ayudes.

—No puedo dejarte escapar.

Me están pagando para tenerte aquí, además, me asesinarán en cuanto se den cuenta que te estoy ayudando y las personas que nos contratan son de la élite de Irlanda—me advirtió, asustado—no me enorgullezco de hacer esto, pero necesito dinero, preciosa, así que, por favor, coopera conmigo.

No quiero hacerte daño.

—Sé que el dinero es fundamental, Daemon, pero hay otras alternativas.

Si quieres puedes venir conmigo a Londres, allá te conseguiré un buen empleo.

Pero él se limitó a negar con la cabeza.

Los cuernos se miraban más terroríficos que antes.

—Tienes que comer—me recordó, zanjando el tema con frialdad—o vendrá otro compañero a darte la comida y él no será paciente ni amable como yo.

Me estremecí.

Asentí y Daemon me ayudó a comer, siendo muy amable y atento.

Limpiaba las comisuras de mis labios con un pañuelo y me observaba masticar, en espera de darme más.

—Si necesitas ir al sanitario, dime, ¿está bien?

Voy a estar afuera montando guardia.

—Necesito ir ahora.

Daemon asintió, se levantó y me ayudó a hacerlo también.

Me liberó los pies y colocó nuevamente la venda en mi boca.

Percibí en su mirada consternación por tener que restringirme y me llevó afuera.

Lamentablemente, él me cubrió los ojos con otra venda y me tensé.

—El protocolo es no dejarte ver nada—me comentó en un susurro—pero no te preocupes, voy a guiarte.

Confía en mí.

Después de varios minutos de caminar por quién sabe dónde, nos detuvimos.

Daemon abrió una puerta y me dio un pequeño empujón para seguir andando.

—Voy a liberar las vendas de tus manos y ojos—volvió a susurrar—en cuanto termines de hacer tus necesidades, te vas a acercar a mí para que te vuelva a atar, ¿entendiste?

Asentí.

Cuando me liberó, escudriñé a mi alrededor.

Era un baño, obviamente, pero había más de uno, como si se tratara de un sitio en donde acudían muchas personas.

Me llevé una total decepción al ver que no había ninguna ventana por la cual escapar.

Estaba atrapada.

Aproveché para hacer mis necesidades y lavarme la cara y manos, además de darme masaje en las muñecas.

Tenía unas severas marcas rojas que estaban a punto de cortarme gravemente la piel.

Sin embargo, una oleada de desesperación y tristeza me invadió.

Busqué un rincón lo suficientemente alejado de la puerta para sentarme a llorar.

Abracé mis rodillas, deseosa de que todo fuese una pesadilla, repitiendo en mi cabeza que todo iba a terminar en cuanto despertara.

¿De qué me servía haberme enamorado de Emir Lovelace, si gracias a conocerlo a él, me encontraba secuestrada?

Nadie de mi familia tenía idea de que yo estaba atrapada, en riesgo y sola en un país desconocido.

¿El secuestro era el precio de enamorarme?

No obstante, unos pasos apresurados me sobresaltaron, pero no me moví, solo esperé a que entraran.

—¿Qué haces ahí?

¿No deberías estar cuidando a la chica?

Era la misma voz del tipo que llevaba puesta la máscara de Jason.

Me encogí y abracé con más fuerza mis rodillas.

—La traje al sanitario, ¿por qué?

—repuso Daemon a la defensiva.

—Oh, vaya, eso significa que comienza a cooperar, ¿no?

—¿Qué quieres, Jeff?

—carraspeó Daemon, y se escuchó un forcejeo extraño.

—Quiero echar un vistazo, ¿qué tal si necesita ayuda?

—Déjate de tonterías y vete con los demás.

Yo me haré cargo de ella.

—¿No se suponía que te gustaban los hombres?

¿O ella es la primera mujer que ha despertado tu apetito sexual normal?

—se burló.

—¿Qué más te da?

Déjala en paz.

No quiero pelear contigo.

—A Lorenz no le gustará saber que estás jugando a ser el criminal que le brinda confianza a la víctima para que ella genere el síndrome de Estocolmo y se enamore de ti como en los libros y películas—rio.

—Me impresiona que te hayas informado tanto e incluso te tomaras la molestia de leer para poder fundamentar tus argumentos.

Eres inteligente cuando quieres, Jeff, pero quiero que te mantengas alejado de la chica—gruñó Daemon.

Me limpié las lágrimas y decidí mantenerme sumisa ante las exigencias de ellos, o de lo contrario, el único aliado que tenía, podrían asesinarlo y terminaría sola, a manos del resto de su equipo.

A pasos torpes, le jalé la palanca del WC para avisarles que ya estaba por salir.

Giré el pomo de la puerta y abrí.

Y para mi buena suerte, solo estaba Daemon, esperando.

—¿Lista?

—alzó las vendas y cuerdas.

Moví la cabeza de arriba abajo y extendí mis muñecas hacia él.

Regresamos de la misma manera al almacén en donde permanecí callada.

Daemon decidió que sería buena idea montar guardia adentro, junto conmigo, para poder vigilar mejor, por si en caso alguien se asomaba a molestarme.

La dinámica se repitió varias veces más, dándome cuenta que ahí llevaba aproximadamente un par de días, casi tres y Daemon no me decía nada, por más que intentara sacarle información valiosa para saber quién había mandado a secuestrarme.

—¿Conoces a Ewan Lovelace?

—le pregunté cómo quien no quiere la cosa.

—¿Sabes?

Estoy aquí adentro contigo para protegerte, pero si no paras de hablar, me iré y no me importará que alguien más venga—siseó, fastidiado.

—Solo responde—insistí.

Daemon había accedido a dejarme sin cubrir la boca para poder conversar y parecía estar arrepentido.

Sus ojos se postraron en mí con incertidumbre.

—Jamás había escuchado ese nombre, pero me resulta familiar de alguna parte—respondió, harto—y el hecho que más o menos se me haga conocido el nombre, no quiere decir que lo conozca o que él me haya dado la orden de secuestrarte.

—Al menos dame una pista, Daemon, necesito saberlo.

Es algo imposible que me tengan aquí si jamás le he hecho daño a alguien.

—No lo sé, pero te aseguro que no es personal, sin embargo, probablemente te cruzaste con alguien equivocado en el momento menos adecuado—manifestó su disgusto—y lo que voy a decirte es algo que no debería hacer, y, aun así, lo haré, porque entiendo tu situación.

Recargué la cabeza en la pared sin dejar de mirarlo.

—Fue la realeza irlandesa—dijo por fin, después de varios segundos de silencio.

—¿Qué?

¿La realeza?

¿Por qué?

—me sobresalté— ¿qué les pude haber hecho yo?

—No tengo idea, pero fue algo rápida la petición de tu secuestro—bajó la voz—y ciertamente, estábamos en el aeropuerto para tomarnos un respiro del trabajo cuando nos llamaron nuevamente.

Mi cabeza comenzó a trabajar a toda velocidad.

Haciendo memoria en mi comportamiento, pero no hallaba ninguna lógica.

¿Qué quería de mí la realeza?

O mejor aún, ¿cómo sabían de mí ellos, si nunca nos habíamos visto?

Y de repente, el recuerdo de Eleanor Darcy se me vino a la mente y la vez que nos conocimos en ese puente.

—No puede ser, Eleanor Darcy—susurré—no creo que sea posible.

—¿Qué?

—¿Fue Eleanor Darcy?

—le pregunté sin rodeos.

Daemon, a través de la máscara, frunció el ceño y después parpadeó, anonadado.

—Entonces, después de todo, sí conoces a la realeza como tal, Spirit Norwood, porque para que menciones a la princesa con tanta confianza, quiere decir que la conoces y viceversa—declaró, impresionado—así que no insistas en saber por qué y para qué estás aquí, si sabes perfectamente lo que hiciste.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Acerca de
  • Inicio
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo