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Emir Lovelace - Capítulo 17

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17: Capítulo 16 17: Capítulo 16 «Perspectiva de Emir Lovelace» Desde niño, me enseñaron que mi vida no me pertenecía.

Obedecer, seguir reglas y someterme al protocolo real escrito siglos atrás eran las únicas verdades que conocía.

Mis antepasados habían decidido, en su infinita sabiduría, que nuestra tradición era inmutable, incluso si todo resultaba arcaico y ajeno al presente.

Acepté mi destino sin cuestionarlo.

Ser el siguiente en la línea directa al trono irlandés implicaba renunciar a todo aquello que definía quién era.

A los seis años, comencé mi formación como heredero, dejando atrás los pasatiempos que me daban vida: escribir historias que nunca nadie leería, plasmar colores en lienzos que permanecerían en el olvido, perderme en la quietud de la naturaleza, donde los árboles parecían ser los únicos que escuchaban mis pensamientos.

Todo debía sacrificarse por un único propósito: convertirme en un rey excepcional, superior incluso a mi padre y a mi abuelo.

Pero, en lo más profundo de mi ser, deseaba otra realidad.

Fantaseaba con ser el segundo hijo, con la libertad de existir sin el peso de la corona, sin la obligación de abandonar lo que me hacía yo.

La idea de reinar alguna vez me resultaba, en cierto modo, fascinante.

Hasta que descubrí lo que implicaba.

A los veinticinco años, me enteré del trato que mis padres habían hecho con los marqueses desde el día en que nací: una esposa me había sido asignada.

No una mujer con la que hubiera elegido compartir mi vida, sino una que representaba un pacto entre linajes.

Fue entonces cuando comencé a mirar mi destino con desdén.

La corona, que alguna vez me ilusionó, se transformó en una carga insoportable.

Quería elegir.

Por primera vez en mi vida, quería decidir algo que realmente importara: a quién amar, con quién casarme, con quién construir una familia y reinar.

Pero esa elección me fue arrebatada antes de que pudiera siquiera soñar con ella.

Eleanor Darcy —la Marquesa Edith Herbert, aunque prefería su segundo nombre y apellido— era mi futura esposa.

Una mujer de cabello dorado y ojos verdes que reflejaban una tristeza perpetua.

Entre nosotros no había amor, ni siquiera una amistad verdadera, pero compartíamos un entendimiento tácito.

Cuando nos conocimos, fue evidente que no habría química entre nosotros.

Acordamos que nuestro matrimonio sería, en el mejor de los casos, un asunto práctico que discutiríamos cuando llegara el momento.

Eleanor encontró consuelo en mi hermano menor, Ewan.

Tal vez porque tenían la misma edad, o porque él era mucho más sencillo de entender que yo, atrapado en mi mundo de responsabilidades.

Verlos juntos me daba una extraña paz: al menos alguien en esta ecuación podía sentirse menos solo.

Por eso, acepté mi vida tal cual era.

Me resigné a un destino sin amor, creyendo que, si Eleanor y yo podíamos coexistir con serenidad, no había necesidad de buscar algo más.

Hasta que apareció ella.

Hasta que esos ojos castaños, intensos como el otoño, me desarmaron por completo.

Hasta que esa melena rojo ciruela —tan vibrante que parecía desafiar las tormentas— se cruzó en mi camino.

Estaba allí, afuera del aeropuerto, siendo arrastrada por la lluvia y enfrentándose a un hombre que alzaba la mano contra ella.

En ese instante, supe que mi mundo estaba a punto de cambiar, aunque no tenía idea de cómo.

Conocer a Spirit Norwood había sido una de las mejores casualidades de mi miserable vida, y temía perderla.

Aún no la amaba, pero sentía algo por ella, algo inexplicable, y podía jurar que era mutuo.

Su ausencia hacía eternas las noches en las que no podía estar a su lado.

—¿Dominic?

¿Hijo, estás bien?

Sacudí la cabeza, volviendo al presente.

Me había perdido en mis pensamientos durante la reunión con el consejo real, convocada de emergencia tras el incidente de las serpientes en la finca.

Mi madre me miraba preocupada, mientras yo seguía absorto, releyendo el mensaje que le había enviado a Spirit la noche anterior.

Le pedí la dirección de su hotel y le prometí que la vería pronto, pero aún no recibía respuesta.

Mi atención estaba en cualquier parte, menos aquí.

—Sí, madre, estoy bien —respondí mecánicamente.

Esa había sido mi respuesta para todo últimamente.

En el fondo, deseaba que todos dejaran de llamarme Dominic.

Me había acostumbrado a ser Emir, al menos para Spirit.

Ella no conocía mi verdadera identidad ni mi vida, y esa ilusión de normalidad era lo único que me mantenía cuerdo.

Hasta Aria, Xavier y Ewan habían cedido a mi capricho de usar mi segundo nombre y apellido frente a ella.

—¿Qué opina el joven príncipe?

—preguntó Maureen, uno de los consejeros reales y amigo cercano de mi padre.

Era un hombre bajo y robusto, conocido por su sabiduría, aunque siempre parecía intimidado por mí.

—¿Sobre qué, Maureen?

—repuse, intentando disimular mi desconexión con un tono frío.

El consejero titubeó y agachó la mirada, claramente nervioso.

—La guardia real debe vigilar todas las fincas para prevenir que el problema con las serpientes se extienda, joven príncipe.

Suspiré, cambiando de posición en mi asiento.

Todas las miradas estaban sobre mí, especialmente las de mis padres, que esperaban algo brillante de mi parte, como si fuera un experto en resolver crisis con reptiles —Las fincas están demasiado lejos unas de otras para que alguien las ataque todas —dije, aburrido—.

Además, nunca visito las demás, así que no veo la necesidad de poner vigilancia.

El silencio cayó como un balde de agua fría.

La reacción fue inmediata: perplejidad y disgusto.

Maureen tartamudeó, intentando responder, pero lo interrumpí antes de que pudiera decir algo.

—Esta reunión fue una pérdida de tiempo —espeté, girándome hacia mis padres—.

Cancelé compromisos importantes para esto.

Me levanté, dispuesto a irme, pero la mirada fulminante de mi padre me detuvo.

—Siéntate, Dominic —ordenó, furioso.

Obedecí, aunque mi rabia estaba al borde de estallar.

—Retírense, la reunión ha terminado —dijo mi padre con voz dura.

En segundos, la sala quedó vacía, salvo por mis padres y yo.

—¿Qué demonios te pasa, Dominic?

—vociferó, con el rostro rojo de ira—.

¿Te has vuelto loco?

—¡Estoy harto de toda esta maldita mierda de la corona!

—grité, sorprendiéndome incluso a mí mismo.

La vena en la frente de mi padre parecía a punto de explotar.

Se puso de pie, y yo lo imité, enfrentándolo sin titubear.

—¡¿Qué has dicho?!

—¡Que estoy cansado de ser un títere!

—respondí con los puños cerrados—.

Ya no quiero esta vida.

Quiero renunciar a la corona.

El impacto de mis palabras fue devastador.

Mi madre soltó un grito ahogado, y mi padre palideció antes de desplomarse.

Logré sostenerlo antes de que cayera al suelo, llevándolo al sofá más cercano mientras mi madre llamaba al médico de la familia.

—Lo siento —murmuré, incapaz de sostener su mirada.

Dejé que revisaran a mi padre y salí de ahí, en dirección a mi dormitorio.

Ya no estábamos en la finca; me habían obligado a regresar a Dublín, a nuestra casa real.

En mi habitación, los recuerdos comenzaron a abrumarme.

Pensé en Spirit, en cómo me hacía sentir, y en la última conversación que tuve con mi padre antes de todo esto.

Pero también recordé las veces en las que él había intentado darme algo de libertad en esta vida controlada, como aquella vez que me regaló una motocicleta en secreto.

La culpa crecía dentro de mí, y no pude evitar preguntarme si él me perdonaría.

Mi padre sufría del corazón y le habían advertido que debía evitar emociones fuertes para no exponerse a un infarto o un desmayo.

Nunca me había rebelado de esa manera, pero me enloquecía la imposición de reglas sobre mí cuando lo único que deseaba era estar con Spirit Norwood: besarla, deleitarme con su delicioso aroma a lavanda y acariciar su piel.

No llevaba ni diez minutos a solas cuando llamaron a mi puerta y, sin esperar respuesta, entraron.

Las únicas personas que podían hacer eso eran mis padres y mi hermano, Ewan.

—¿Ahora qué le hiciste a nuestro padre?

—preguntó Ewan desde la entrada.

Puse los ojos en blanco al escucharlo y me recosté en la cama, ignorándolo.

—Vete a molestar a otra persona.

—¿Por qué estás tan irritado?

¿Tiene algo que ver con Spirit?

—bromeó, dejándose caer en mi cama sin pedir permiso.

—Cállate.

—Deberías decirle toda la verdad —continuó con tono burlón—, así estará preparada cuando nuestros padres se enteren y vayan tras ella.

Me volví hacia él con desdén.

—Pobre de ti si abres la boca.

Ewan esbozó una sonrisa cínica.

—¿En serio te importa tanto esa chica tan ordinaria?

—recargó su barbilla en las manos, sosteniéndose sobre los codos.

El calor subió a mis mejillas.

—¿Habría algo de malo si la respuesta fuera afirmativa?

Por un instante, mi hermano se puso serio.

—Te casas en un año, ¿lo olvidas?

Me llevé la mano a la frente, frustrado.

—Te encanta fastidiarme, ¿verdad, Ewan?

¿Por qué tanto odio hacia mí?

Si pudiera, te otorgaría la corona y me iría a hacer mi vida feliz, lejos de todos.

—No haces bien las cosas, y, aun así, todos te apoyan —dijo con desprecio—.

Si yo fuera el siguiente en la línea, créeme, ya habría hecho sentir orgullosos a nuestros padres y al país.

Tú no eres más que un idiota que nació con ese privilegio.

—¿A quién quieres engañar?

Tú amas ser el centro de atención, y por eso quieres ser el heredero.

Si tanto quieres brillar, consigue una carrera en actuación y deja de compararte conmigo.

—¿Quién dice que estoy bajo tu maldita sombra?

—Tú mismo, con tu comportamiento estúpido.

Ewan estaba a punto de replicar cuando la puerta se abrió de golpe.

Nuestra madre entró corriendo, el rostro bañado en lágrimas.

—¡Su padre se puso peor!

Ambos nos levantamos de inmediato, el horror dibujado en nuestras caras.

—¿Llamaron a la ambulancia o quieres que lo llevemos nosotros?

—preguntó Ewan, tomando el control de la situación.

—Ya está siendo trasladado —sollozó—.

Vamos, no quiero que vaya solo.

Ewan la acompañó, mientras yo cogía las llaves de mi Jeep al azar.

Bajamos corriendo y vimos a los paramédicos subiendo a nuestro padre a la ambulancia.

—Iré con nuestra madre en la ambulancia —anunció Ewan.

—Yo los seguiré —respondí.

El camino al hospital se hizo eterno.

La ambulancia abrió paso entre el tráfico, y no me detuve hasta llegar al estacionamiento privado.

Corrí tras ellos y seguí a los guardias reales que nos escoltaban al interior.

Fue un caos.

Desalojaron a toda la gente del último piso para que atendieran a mi padre con total tranquilidad.

El arrepentimiento me golpeó como un balde de agua helada, y me sentí la peor escoria del universo.

Me dejé caer en una silla, incapaz de mirar a mi madre a la cara.

Ella lloraba desconsolada en los brazos de Ewan, mientras los guardias nos observaban con impasibilidad.

Un nudo se formó en mi garganta.

¿Y si mi padre no sobrevivía?

¿Y si la última conversación que tuve con él fue una pelea?

Aturdido, me agarré el cabello con impotencia, deseando regresar el tiempo y evitar lo ocurrido.

—Seguramente estás contento con lo que provocaste —me ladró Ewan.

Decidí no caer en su provocación y me alejé.

No era el momento ni el lugar para tener una riña y empeorar las cosas.

Tenía años sin fumar, pero esa situación me empujó a hacerlo.

Al llegar al estacionamiento, pensé en Spirit.

Marqué su número, anhelando escuchar su voz para calmarme.

La llamada fue directo al buzón.

Lo intenté dos veces más, sin éxito.

Comprendí que probablemente estaba ocupada o descansando.

No podía exigirle que respondiera sin explicarle más detalles de lo que ocurría.

Frustrado, compré una cajetilla de cigarrillos y fumé más de la mitad, recordando la última vez que fui feliz junto a mi padre.

Tenía dieciséis años y soñaba con una motocicleta.

Mi madre se oponía, pero mi padre me apoyó en secreto.

En mi cumpleaños, me llevó a la finca de mis abuelos y me mostró mi regalo: una motocicleta lujosa y única.

—Contraté a un motorista profesional para que te enseñe a conducir —me dijo con una sonrisa—.

Aquí podrás practicar a escondidas de tu madre, siempre y cuando seas cuidadoso y no la saques a la autopista.

—Eso le quita el encanto —me quejé.

—Es mi única condición, Dom.

Acéptalo o despídete de la motocicleta.

—Acepto, lo que sea, pero déjame conservarla.

—Buena respuesta.

Ahora ve a ponerte el equipo de seguridad.

Sonreí entre lágrimas al recordar ese momento.

Mi padre siempre quiso darme lo mejor, incluso tratar de darme una vida normal pese a nuestras obligaciones.

Volví al presente.

La culpa me consumía.

Sabía que la primera vez que sufrió un colapso cardíaco también fue por mi culpa, cuando mi rebeldía me llevó a las peores calles de Dublín, en donde me entregué al vicio, fumar, beber, estar en carreras de motocicletas clandestinas y estar a punto de ir a prisión.

Pero lo que más me dolía y me hacía sentir culpable, fue que el primer colapso mortal en el corazón de mi padre, se debió a mí.

Me enteré de una pequeña feria en el barrio más deprimido y pobre de la ciudad.

Iban a participar todos los que había conocido en las carreras de motocicletas, y yo deseaba ir.

Según decían, habría una atracción muy difícil, diseñada para quienes supieran conducir una motocicleta sin vacilar, y el ganador obtendría una suma de dinero considerable.

—Todos iremos —me dijeron—, y tú no puedes faltar.

Eres el que mejor domina los trucos, Emir.

—No estoy seguro de poder hacerlo, ni siquiera sé de qué se trata —me excusé—, pero iré a verlos y a apoyarlos.

—Se llama el “Globo de la muerte”.

Te encantará —alardearon, haciendo que la emoción creciera en mí.

Si tan solo me hubiera negado en aquel entonces, tal vez mi padre no habría enfermado del corazón.

—¿Dominic?

Volví al presente dando un respingo.

Mi cigarrillo cayó al suelo, y lo pisé rápidamente para eliminar la evidencia.

—Hola, Eleanor.

¿Qué haces aquí?

—saludé a mi prometida con una sonrisa forzada.

Ella tenía los ojos fijos en el cigarrillo bajo mi pie.

—Lo siento, no quería importunar —dijo, sorbiendo por la nariz.

No entendía qué hacía allí ni si estaba llorando o tenía un resfriado.

Eleanor siempre llevaba en la mirada una tristeza latente.

—Ewan me llamó y me contó lo de tu padre —respondió, abrazándose a sí misma—.

Vine de inmediato.

Subí a verlo, pero me dijeron que aún no hay noticias…

y que tú habías salido.

—La verdad es que tú, mejor que nadie, conoces a mi hermano —bufé.

—No tanto —dijo, con la voz un poco distante.

—¿A qué te refieres?

Son muy cercanos —bromeé.

Alcancé a notar un leve rubor en sus mejillas.

Aunque Eleanor no lo había admitido nunca, yo sabía que amaba a Ewan.

Estaba profundamente deprimida porque tenía que casarse conmigo y no con él.

Pero lo peor era que mi hermano estaba lejos de corresponder a sus sentimientos.

—¿Ewan tiene novia?

—preguntó sin rodeos.

Fruncí el ceño, confundido por aquel repentino cambio de tema.

—Tengo entendido que no.

¿Por qué, Eleanor?

—respondí, escrutando su expresión neutra y vacía.

Ella sacudió la cabeza en negación y se mordió los labios, vulnerable.

La vi más sensible y desprotegida que nunca, no físicamente, sino emocionalmente.

—¿Viste algo de él con alguien?

—insistí.

Pero tampoco respondió.

Bajó la cabeza en silencio.

—No puedo seguir con todo esto, Dominic, no puedo —soltó un sollozo y se dejó caer sobre el frío asfalto.

Inmediatamente me incliné para ayudarla, pero ella rechazó mi toque.

Me quedé a su lado, sin embargo, rodeándola con mis brazos mientras trataba de consolarla.

—Sé que amas a mi hermano; no puedes negarlo —dije en voz baja, dándole unas suaves palmadas en el hombro.

Ella se estremeció—.

Y, desgraciadamente, no te casarás con él, sino conmigo.

Lo siento tanto, Eleanor.

—Él sabe perfectamente lo que siento y no le importa —susurró entre sollozos, cubriéndose el rostro con las manos.

Temblaba demasiado, incapaz de calmarse, y yo no sabía qué más hacer.

—Quizá porque sabe el riesgo de intentar tener una relación cuando estás legalmente comprometida conmigo y no quiere meterte en problemas—quise apaciguar su dolor con una mentira.

—Y tener a alguien que no es de la realeza como su novia no le asusta, ¿no?

—inquirió con ironía y soltó una risa oscura, que me sorprendió.

—¿De qué hablas?

—Deberías ver más las noticias, Dominic—se limpió las lágrimas con el dorso de sus manos y buscó algo en su bolso—mira.

Me entregó su teléfono luego de entrar a su galería.

Fruncí el ceño al ver una foto de mi hermano cargando a una chica en la entrada de un hotel.

Y no era ningún hotel cualquiera, era el hotel donde Spirit se estaba hospedando.

—Desliza, hay más fotos—susurró.

Obedecí, completamente atónito y sentí como si alguien me hubiera lanzado un balde de agua helada en la cabeza y después algo caliente bajó por todo mi cuerpo.

Era Spirit Norwood, mi Spirit, siendo cargada por Ewan, mi hermano.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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