Emir Lovelace - Capítulo 18
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
18: Capítulo 17 18: Capítulo 17 «Perspectiva de Emir Lovelace» —¿De cuándo es esto?
—mascullé, esforzándome por mantener el control de mis emociones.
Eleanor reprimió un sollozo, pero no respondió.
—Habla —exigí entre dientes, con la voz cargada de tensión.
—Es de anoche —balbuceó, con la voz quebrada—.
No sé quién es, pero ya me encargué de ella.
—¿Qué hiciste, Eleanor?
—entorné los ojos, tratando de mantener la calma.
Ella sorbió por la nariz y me dio la espalda, esquivando mi mirada.
—Hice lo que tenía que hacer… O bueno, lo que hicieron mis padres.
Apreté el teléfono con tanta fuerza que lo lancé al suelo, rompiendo el silencio con un estallido que la sobresaltó.
—¿Dominic?
—se giró hacia mí, alarmada.
La agarré de los hombros con brusquedad, obligándola a enfrentarme.
—¿Dónde está la chica?
¿Qué le hiciste?
—exigí, zarandeándola sin control.
—¿Qué te pasa?
¿Por qué me tratas así?
¡Suéltame!
—forcejeó con todas sus fuerzas, pero no la dejé ir.
—¡¿Dónde está Spirit?!
—grité, completamente fuera de control.
Aquello la desconcertó aún más.
—¿La conoces?
¿Conoces a esa zorra que se metió con Ewan?
—exclamó, su miedo desvaneciéndose para dar paso a un arrebato de demencia.
Mis dedos se deslizaron de sus hombros, liberándola, y le di una patada a su teléfono, terminando de destrozarlo.
—Has secuestrado a alguien muy importante para mí, Eleanor —carraspeé, indignado—, y te aseguro que ella no tiene nada que ver con mi hermano.
—¿Quién es ella?
¿Por qué es tan importante para ti… y para Ewan?
—insistió, confundida.
—Para Ewan no lo es —sisé con furia—.
Y voy a averiguar por qué demonios estaba con ella en ese lugar.
—Pero… —Y tú —la miré con un desprecio que hizo que retrocediera—, libera a Spirit ahora mismo… o dime dónde está para que yo vaya por ella.
—No lo sé —titubeó, nerviosa—.
Mis padres lo saben… ellos… —Entonces llévame con ellos ahora mismo —espeté, mi voz cargada de amenaza.
—No puedo —respondió, firme, con una determinación que me heló la sangre.
—¿Qué?
—le espeté, incrédulo.
Le lancé la peor de mis miradas, una cargada de ira y desdén, pero ella me la sostuvo con una altivez que no había visto antes.
—Esa chica debe pasar al menos unos días aislada, para reflexionar sobre lo que hizo al intentar involucrarse con personas de la realeza —declaró, con una frialdad calculada—.
Y aunque te lleve con mis padres, las personas a las que les pagamos tienen órdenes claras: no liberarla hasta después, Dominic.
Parpadeé, intentando procesar la absurda magnitud de sus palabras.
—¡Ella no sabe que pertenezco a la realeza!
—exclamé, anonadado por su lógica retorcida.
Eleanor soltó una risa amarga y en su rostro apareció una sonrisa lunática, una que jamás imaginé ver.
—Eres demasiado inocente, Dominic.
¿De verdad crees que esa chica es tonta?
—me espetó con malicia—.
Ella sabe perfectamente quién eres y por eso se acercó a ustedes.
—Joven príncipe, suelte a la marquesa Eleanor, por favor.
Giré el rostro hacia atrás y encontré a sus guardaespaldas, tensos y preparados para intervenir si era necesario.
Pero no eran los únicos: los míos también hicieron acto de presencia, creando un ambiente cargado de tensión y hostilidad, como una chispa a punto de encender un incendio.
Solo entonces me di cuenta de lo que estaba haciendo.
Mis manos estaban aferradas a Eleanor con demasiada fuerza, peligrosamente cerca de su cuello.
Ni siquiera supe en qué momento había perdido el control de esa manera.
Alcé las manos, alejándolas de Eleanor, y ella retrocedió de inmediato, retomando su papel de damisela en peligro.
Pero esta vez lo vi con claridad: mi supuesta prometida no era más que una mujer trastornada, incapaz de aceptar el rechazo de mi hermano.
—¿Cuándo y dónde la van a liberar?
—pregunté con firmeza, clavando mi mirada en la suya.
—Yo te avisaré—respondió con una sonrisa maliciosa, acompañada de un guiño que heló mi sangre—.
Mientras tanto, ve pensando cómo advertirle a esa chica que se mantenga lejos de Ewan, o lo lamentará.
—Has perdido completamente la razón—observé, incrédulo—.
Si tanto te preocupa, al que deberías cuestionar es a mi hermano.
Él fue quien la buscó.
Pero ¿sabes qué?
De eso me encargo yo.
Tú solo dime dónde y cuándo la van a liberar, y me ocuparé del resto.
Con los nervios a flor de piel, subí a mi camioneta y arranqué, acelerando para alejarme de allí lo más rápido posible.
Ahora, mi preocupación no solo recaía en la salud de mi padre, sino también en la seguridad de Spirit, quien estaba en peligro a manos de los sicarios de los marqueses reales.
Me aterraba la idea de que pudieran hacerle algo para someterla.
Conociéndola, sabía que no se los pondría fácil.
¿Y si la lastimaban de alguna manera?
¿Y si, al final, terminaba odiándome por ello?
Tendría toda la razón para hacerlo, y yo jamás me lo perdonaría.
Regresé a casa, atormentado por mis propios pensamientos durante todo el camino.
¿Qué esperaba al involucrarme con Spirit Norwood?
¿Que me dejarían estar con ella, a pesar del maldito compromiso arreglado con Eleanor, una chica que, hasta hacía menos de una hora, pensaba que era tan desdichada como yo, y que resultó ser una psicópata enamorada de manera enfermiza de mi hermano, quien ni siquiera estaba interesado en ella?
Me detuve antes de que los guardias me cedieran el paso y retrocedí.
No quería estar en casa, pero tampoco tenía a dónde ir.
Estuve largo rato en la entrada, debatiéndome si entrar o no.
Finalmente, accedí.
Habría regresado al hospital, pero ver a Eleanor y a Ewan era lo último que quería.
Planeaba enfrentar a mi hermano cuando mi padre se pusiera mejor, y quedarme a esperar con ellos en el hospital no me parecía lo más sensato.
En mi habitación, me quedé tendido sobre la cama, mirando el techo con rabia e impotencia.
Estaba en la comodidad de mi hogar, mientras Spirit debía estar en un lugar tan deprimente, asustada y sintiendo que todo había acabado.
Maldije entre dientes, y de repente se me ocurrió una idea.
No sabía si sería posible, pero no podía perder la esperanza.
A lo largo de los años de rebeldía, rodeado de personas aficionadas a las motocicletas y la adrenalina, había formado algunos vínculos.
De todos ellos, solo había mantenido una verdadera amistad con uno: Demian.
La última vez que hablamos fue hace dos inviernos.
Me había contado que estaba haciendo el trabajo sucio para miembros de la realeza y la élite comercial del país.
Aunque intenté persuadirlo para que aceptara un empleo legítimo, se negó por orgullo.
Busqué su número en mi agenda y lo llamé de inmediato.
La llamada entró, pero no obtuve respuesta.
Así que le envié un mensaje para que, cuando lo viera, me respondiera.
“Necesito hablar urgentemente contigo.
Llámame”.
El resto de la noche no dormí nada, tal vez un par de horas.
Mi mente no dejaba de pensar en ella y en los miles de maneras en las que podría acabar con Ewan y Eleanor.
¿A qué había ido mi hermano a buscar a Spirit al hotel?
Y, aún peor, ¿por qué tuvo la osadía de cargarla?
Por lo poco que pude ver, ella parecía incómoda y parecía haber estado peleando contra él.
En cuanto amaneció, recibí una llamada de mi madre, informándome que mi padre ya estaba fuera de peligro, pero seguiría en observación por un par de días más.
Me sentí aliviado, porque eso significaba que tendría más tiempo para buscar a Spirit sin que mis padres estuvieran encima de mí.
Apresuré a alistarme.
Si Demian no respondía, solo podía significar una cosa: estaba en medio de uno de sus trabajos, y era muy probable que Spirit estuviera involucrada en él.
Salí disparado hacia el único lugar donde podía conseguir información certera: el pub más miserable de Dublín.
Sabía que me iban a pedir una cantidad considerable de dinero, así que llevé mi chequera personal.
Aunque era pleno día, los cantineros solían estar ahí, preparando todo para la noche.
—¿Vas a alguna parte?
Me detuve en seco justo cuando estaba a punto de subir a mi Jeep.
Era Ewan, mi hermano.
Siempre había preferido reflexionar antes de actuar o hablar, pero esta vez mi cuerpo se movió por sí solo.
Le asesté un puñetazo en la mandíbula, lo suficientemente fuerte como para hacerlo trastabillar hacia atrás, aunque no logró derribarlo.
Ewan se llevó una mano al rostro, escupió sangre y me desafió con la mirada, como si esperara que continuara.
Sin decir una palabra, avancé, golpeándolo con el hombro al pasar.
Más tarde me encargaría de rendir cuentas con él; por ahora, lo único que importaba era localizar a mi amigo.
El bar estaba cerrado al público, y recordaba que la parte trasera era donde solían recibir visitas para negocios turbios.
Había prometido a mi padre que jamás volvería a frecuentar sitios como este, pero simplemente no podía quedarme de brazos cruzados mientras la familia de Eleanor decidía el destino de Spirit.
Respiré hondo antes de apagar el motor y bajar del Jeep.
Aparqué lo suficientemente lejos para que nadie pudiera reconocerme ni identificar el vehículo.
Me coloqué la capucha de la sudadera y caminé hacia la parte trasera del bar.
Atravesé un tramo embarrado hasta llegar a una puerta de metal.
Estaba entreabierta, y un tabernero se encontraba tirando la basura.
—Hola, buen día —saludé.
El hombre no respondió; parecía demasiado ocupado.
—Estoy buscando a Demian Jenkins.
De inmediato, se irguió y me miró con desdén.
—¿Quién lo busca?
—Emir Lovelace.
Su expresión endurecida me dijo todo lo que necesitaba saber.
—Largo.
Demian ya no trabaja aquí, o al menos no con frecuencia.
—Lo sé, pero estoy aquí para saber si alguien puede darme su nuevo número o decirme dónde encontrarlo.
Perdí el anterior —mentí con firmeza.
El hombre gruñó, visiblemente irritado.
—Hace poco cambió de número.
—Te pagaré considerablemente si me das esa información —dije, mostrando una sonrisa torcida mientras sacaba mi billetera.
El tabernero me evaluó con la mirada, sopesando mi oferta.
—Cien euros —exigió.
—Te daré quinientos si me dices también dónde vive.
Quizá mil —ofrecí, sacando el efectivo.
El brillo en sus ojos delató su interés, pero también su avaricia.
Sin embargo, cuando vio el dinero, su mirada se endureció nuevamente.
—¿Eres hijo de algún mafioso o perteneces a la realeza?
Suspiré con frustración.
Estaba agotado de ser amable.
Estrujé los billetes y los lancé al suelo frente a él.
—¿Quieres saber cuánto me importa el dinero?
—lo desafié, pisando los billetes con determinación—.
Esto no es más que migajas para mí.
El hombre tragó saliva, intimidado, pero trató de mantener la compostura.
—Dame el dinero y te daré lo que buscas.
—Perfecto.
Solo si te arrodillas y lo recoges.
De lo contrario, solo obtendrás cien euros, como pediste al principio.
Su rostro se tornó rojo de furia, y en un instante, me agarró de las solapas de la sudadera.
—¿Te has vuelto loco, mocoso insolente?
Le sostuve la mirada, sintiendo cómo la paciencia se me escapaba.
Con un movimiento rápido, saqué el taser de mi bolsillo.
El grito del hombre llenó el callejón mientras la descarga eléctrica lo derribaba.
Mantuve el botón presionado, asegurándome de que entendiera mi determinación.
—Dame la información que pedí o te arrepentirás —ordené, con un tono glacial.
Antes de que pudiera continuar, se recuperó sorprendentemente rápido y me tacleó, llevándome al suelo con fuerza.
Sus manos grandes rodearon mi cuello, buscando asfixiarme.
Mi respiración se aceleró, pero en lugar de ceder, sonreí entre dientes.
Desde que tenía ocho años, el judo había sido mi pasión.
Era un escape, una forma de liberar la presión de ser el futuro rey de Irlanda.
Con los años, perfeccioné técnicas avanzadas, incluso aquellas consideradas prohibidas por su peligro, como el Ashi-Garami.
Pero cuando mis padres vieron que planeaba competir en torneos, me obligaron a abandonarlo.
Ser príncipe significaba sacrificios, y mi sueño de convertirme en un experto quedó enterrado bajo el peso de la corona.
Hoy, esas enseñanzas prohibidas eran mi mejor arma.
Usando su peso en mi contra, proyecté mi pie hacia su estómago, desestabilizándolo.
Luego, moví mi pierna para aplicar presión en su rodilla con toda la fuerza que tenía.
El grito de dolor que soltó fue suficiente para impulsarme a seguir.
Mi pie seguía aplastando su articulación, y aunque sabía que estaba al borde de romperla, no me detuve.
—¡Oye, suéltalo!
—gritó una voz detrás de mí.
No tenía tiempo para entretenerme.
Con un movimiento final, golpeé su rodilla con fuerza suficiente para escuchar el crujido.
El hombre cayó al suelo, incapaz de moverse.
—¿Dónde está la información?
—espeté, poniéndome de pie.
—¡Jamás te la daré!
—aulló el tabernero, sujetándose la rodilla rota mientras su rostro se contorsionaba de dolor.
Rodé los ojos, exasperado por la pérdida de tiempo.
—Estás haciendo esto más difícil de lo que debería ser —suspiré, enderezándome.
Antes de que pudiera continuar, un hombre más robusto apareció desde el interior del bar, apresurándose para auxiliar a su compañero.
—¿Qué demonios le has hecho?
—me espetó, lanzándome una mirada cargada de furia mientras ayudaba al tabernero a sentarse.
—Simplemente quería hablar de negocios y declinó la oferta de manera violenta —respondí con frialdad, sacudiéndome el polvo de la sudadera con un gesto casual—.
Con los quinientos euros que hay en el suelo, pueden llevarlo al hospital.
El hombre frunció el ceño, evaluándome, pero no dijo nada más.
En su mirada había desconfianza, aunque también temor.
No era raro; mi actitud calculadora y la determinación que mostré hace un momento no dejaban lugar a dudas sobre hasta dónde estaba dispuesto a llegar.
—Hazlo ahora —ordené, señalando los billetes con un leve movimiento de la cabeza—.
Y quizás tú puedas ayudarme.
Estoy buscando a Demian Jenkins.
El recién llegado apretó los labios, pero no respondió de inmediato.
En su rostro había una mezcla de duda y lealtad hacia su amigo herido, lo que me hizo comprender que obtener información de él sería igual de complicado.
Me crucé de brazos y lo miré directamente a los ojos.
—No quiero tener que repetir lo que acaba de pasar.
Dame la información que necesito y no habrá más problemas.
El hombre vaciló, mirando a su compañero que seguía en el suelo, jadeando entre maldiciones.
Finalmente, dejó escapar un bufido y señaló hacia el interior del bar con un leve movimiento de cabeza.
—Demian ya no aparece por aquí tan seguido, pero cuando lo hace, suele pasar tiempo en la trastienda.
Tal vez alguien más dentro tenga lo que buscas.
—Gracias —respondí seco, aunque mi mirada se endureció al notar su tono evasivo—.
Espero que no estés intentando hacerme perder el tiempo.
Sin esperar respuesta, di un paso hacia la puerta abierta que llevaba al interior del bar.
Las luces tenues y el olor a madera vieja y alcohol rancio me envolvieron al cruzar el umbral.
El lugar estaba casi vacío, salvo por un par de figuras al fondo, que parecían sumidas en una conversación.
Me acerqué a la barra, donde un hombre con un trapo en la mano estaba limpiando una jarra.
Era más mayor, con arrugas profundas y una mirada de quien había visto demasiado.
—¿Buscando algo, chico?
—preguntó sin mirarme, con un tono que denotaba poca paciencia.
—A Demian Jenkins —respondí directo, apoyando las manos en la barra—.
Me dijeron que alguien aquí podría decirme dónde encontrarlo.
El hombre dejó la jarra y levantó la vista, evaluándome con ojos fríos.
—¿Quién pregunta?
—Emir Lovelace.
El nombre parecía tener un peso que el tabernero no esperaba.
Sus cejas se alzaron ligeramente antes de volver a su expresión neutral.
—No sé qué quieres con él, pero no es buena idea involucrarte.
—Eso no es algo que decidas tú —respondí con una media sonrisa peligrosa—.
Solo dime lo que necesito saber.
El hombre suspiró, bajando la vista como si estuviera sopesando las consecuencias de lo que diría.
—Hace un par de días, alguien mencionó que estaba trabajando para un cliente nuevo.
Algo grande, de mucho dinero.
Podría estar en el puerto viejo, en los almacenes que usan para… intercambios discretos.
Y únicamente podrás adentrarte cuando sea de noche.
Esa era la pista que necesitaba.
—Gracias —dije con un leve asentimiento.
Antes de girarme, añadí—: Si estás mintiendo, me aseguraré de que te arrepientas.
La amenaza velada hizo que el hombre se tensara, pero no respondió.
Salí del bar sin perder tiempo, mi mente girando con planes mientras me dirigía de nuevo a mi Jeep.
El puerto viejo no estaba lejos, pero cada segundo contaba.
Spirit podría estar ahí, atrapada, y no podía permitirme llegar demasiado tarde.
Encendí el motor y me lancé hacia mi destino, sintiendo la adrenalina fluir por mis venas.
Esto era un juego peligroso, y yo estaba dispuesto a apostar todo.
Las calles de Dublín pasaban a toda velocidad mientras el motor rugía con fuerza.
Cada curva y cada semáforo parecía un obstáculo que intentaba retrasarme.
Mi respiración era profunda, intentando mantener la calma, pero mi mente ya estaba en el puerto viejo, anticipando lo que podría encontrar allí.
Spirit.
Era el único pensamiento que resonaba en mi mente.
Su rostro, su sonrisa, su fuerza.
Pero también su vulnerabilidad, esa que intentaba ocultar tras su actitud decidida.
Si algo le había pasado… Apreté con fuerza el volante, sintiendo cómo mi rabia y mi determinación se entrelazaban en un nudo en mi pecho.
Cuando llegué al puerto viejo, el lugar estaba tan lúgubre como lo recordaba.
Contenedores oxidados, grúas gigantes inmóviles, y el sonido del agua golpeando los muelles.
Bajé del Jeep y observé mi entorno con cautela.
No podía simplemente irrumpir sin un plan.
Esperé pacientemente en el Jeep hasta que el sol finalmente se escondió detrás del horizonte, dejando que la penumbra cubriera el puerto viejo.
El lugar parecía aún más desolado bajo la tenue luz de los faroles oxidados que iluminaban apenas lo suficiente para distinguir las sombras de los contenedores apilados y las grúas inmóviles.
La noche ofrecía la cobertura perfecta para moverme sin ser visto.
Bajé del vehículo, ajustándome la capucha de la sudadera y ocultando mi rostro tanto como pude.
El crujir de la grava bajo mis pies era el único sonido que rompía el silencio inquietante del lugar.
Caminé hacia el corazón del puerto, siguiendo las pocas luces que permanecían encendidas.
Cerca de uno de los almacenes, noté la figura de un hombre sentado en una caja de madera.
Su postura relajada y el cigarro que colgaba de sus labios lo hacían parecer alguien que no tenía prisa por ir a ningún lado.
Su ropa desgastada y la expresión hosca en su rostro lo delataban como uno de esos tipos que sabían más de lo que estaban dispuestos a decir.
A lo lejos, una luz tenue salía de uno de los almacenes.
El número “17” estaba pintado en letras grandes y descoloridas en la parte superior.
Era la única señal de actividad en ese lugar olvidado.
Me acerqué lentamente, calculando cada paso para no parecer una amenaza, pero tampoco alguien débil.
Cuando estuve a una distancia prudente, aclaré mi garganta para llamar su atención.
—¿Tienes fuego?
—pregunté, señalando un cigarro imaginario en mi mano.
El hombre alzó la mirada, examinándome con ojos entrecerrados.
Dio una calada profunda a su cigarro y exhaló el humo lentamente antes de responder.
—No fumo para desconocidos —dijo con voz rasposa, su tono cargado de desconfianza.
Sonreí levemente, intentando mantener la calma.
—No estoy aquí para fumar.
Estoy buscando a alguien.
Él arqueó una ceja, curioso, pero aún cauteloso.
—¿Y por qué piensas que yo sabría algo?
—Porque este lugar no es precisamente un sitio donde uno venga a pasar el rato —respondí, inclinándome un poco hacia él.
Saqué un billete de cien euros de mi bolsillo y lo sostuve frente a su rostro—.
Y porque sé que la información tiene precio.
El hombre observó el billete por un momento, sopesando si valía la pena el riesgo.
Finalmente, lo arrebató con dedos sucios y lo guardó en el bolsillo de su chaqueta.
—Habla.
—Busco a Demian Jenkins —dije en un susurro, manteniendo la voz baja para evitar llamar la atención de cualquiera que pudiera estar cerca—.
Necesito saber si alguien aquí sabe dónde está.
El hombre resopló, como si acabara de escuchar un chiste interno.
—¿Qué te hace pensar que yo conozco a alguien como él?
—Porque tú pareces saberlo todo, y porque no creo que estés aquí por el aire fresco.
El hombre soltó una carcajada seca y apagó su cigarro contra la caja de madera.
—Puede que lo sepa.
Pero si quieres esa información, tendrás que pagar más que esto.
—Golpeó el bolsillo donde había guardado el billete.
Asentí, sacando otros cien euros.
—Habla primero.
Si lo que dices es útil, te daré el resto.
Él me miró con escepticismo, pero finalmente habló.
—Escuché que Demian ha estado trabajando para alguien grande últimamente.
Alguien de la élite, ya sabes.
Viene por aquí de vez en cuando, pero no se queda mucho tiempo.
Si quieres encontrarlo, puede que lo veas rondando el almacén diecisiete.
Mi estómago se revolvió al escuchar el número.
Lo agradecí con un movimiento de cabeza y comencé a alejarme, listo para investigar el almacén que había mencionado.
El hombre habló de nuevo antes de que me alejara demasiado.
—Oye, chico.
Si te metes con Demian, más vale que sepas lo que estás haciendo.
Ese tipo no es alguien con quien jugar.
—Gracias por el consejo —respondí sin voltear.
Ahora tenía un nuevo objetivo, y el tiempo se estaba agotando.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com