Emir Lovelace - Capítulo 2
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2: Capítulo 01 2: Capítulo 01 Aproximadamente un año atrás… Londres, Inglaterra.
El curso de fotografía en el que Cameron había entrado era totalmente lo opuesto a lo que yo creía que sería y me odié a mí misma por no haber aceptado a entrar también y disfrutar de la naturaleza británica.
Y en cambio, decidí ir de vacaciones a Dublín, Irlanda, en busca de libertad y quitarme el estrés generado por el trabajo en una oficina en donde no tuve permiso de vacacionar hasta haber cumplido un año y por fin había llegado el día.
—Habiendo tantos lugares a donde ir, elegiste el sitio más frío que hay, Spirit—dijo Cameron a través de la llamada telefónica.
Él era mi mejor amigo desde la universidad y le gustaban los chicos al igual que a mí.
Yo iba rumbo al aeropuerto en un taxi y como mis padres habían decidido tomarles más importancia a otros familiares, simplemente me limité a enviarle un mensaje a mi madre sobre donde estaría los próximos dos meses.
—Es verano—repliqué, dándole un sorbo a mi malteada de fresa—no hay mucho frío en esta temporada.
Sobreviviré.
—Es la primera vez que viajarás sola a un país desconocido—declaró, nervioso—tengo miedo de que algo te pase y yo no me entere y no pueda ir por ti.
—Tú elegiste tu curso de fotografía y no quería quedarme sin hacer nada en mis valiosas vacaciones, así que no te preocupes.
Estaré bien.
Voy a llamarte tres veces al día—prometí.
—Tienes que informarme si ves irlandeses sexys—bromeó.
—Te enviaré fotografías de primera mano, ya lo sabes—reí.
La decisión de ir a Dublín fue apresurada.
No aparté ningún alojamiento y temía que tuviera que dormir la primera noche en algún parque, congelándome hasta morir.
Después de colgarle a Cameron, busqué posibles hoteles en donde poder reservar e ir en cuanto llegara, puesto que el vuelo era de una hora y media, y deseaba tener un sitio cálido donde pasar la noche en Irlanda.
No tardé en hallarlo, reservé mi habitación y llegué al aeropuerto.
Dos horas después, despegué en dirección a Dublín.
Tenía una extraña corazonada y esperaba que fuera positiva.
Había tardado un largo tiempo en superar la ruptura de una relación de dos años y mi corazón estaba totalmente sano, pero todavía indispuesto para volver a amar.
Además, dudaba que en Dublín encontraría a alguien y mucho menos me enamoraría en dos meses.
Era absurdo.
En el trayecto, me dediqué a mirar a través de la ventanilla las luces de Londres, las cuales iban haciéndose cada vez más diminutas a medida que nos elevábamos más.
Quizá no estaba nevando como era característico de ahí, pero Dublín estaba sufriendo una lluvia torrencial al instante de llegar al aeropuerto.
Las turbulencias se debían a la tormenta y fue un aterrizaje muy salvaje.
Aproveché a colocarme el abrigo más grueso y el gorro para el frío, a sabiendas de que no sería de mucha ayuda, ya que no preví que llovería y dejé mi paraguas e impermeable en el departamento.
Y tal como predije, al segundo de entrar en contacto con la lluvia, quedé completamente empapada.
Todos corrimos a refugiarnos y dejamos enormes charcos de agua de camino al acceso al aeropuerto.
Los irlandeses nos enviaron miradas iracundas al divisar como estábamos dejando los suelos que minutos antes habían estado limpios.
Disimuladamente, me acerqué a recoger mis cosas para huir.
Afuera seguía lloviendo y ningún taxi estaba aguardándome para ir al hotel, así que no tuve otro remedio más que esperar pacientemente.
Incluso la luz se iba y venía cada diez minutos.
¡Hermosa manera de darle la bienvenida a mis vacaciones!
Me senté en el suelo porque estaba abarrotado de personas esperando salir después de la tormenta y abracé mis rodillas para darme un poco de calor y saqué mi teléfono.
No había señal y los gritos de los bebés y niños pequeños inundó el ambiente, haciéndose más difícil de afrontar.
A las diez en punto de la noche, se apagaron las luces y no volvieron a encender, provocando más caos.
Solían darme terror las tormentas cuando era pequeña y me preocupaba muy poco cuando había en Londres, pero me di cuenta que no estaba en casa y ni siquiera en el hotel como para echarme a dormir y olvidarme del asunto.
De pronto me vi envuelta en una serie de temblores involuntarios en mis manos y comencé a sudar.
Ansiedad.
La ansiedad había vuelto y en el peor momento.
“La luz volverá pronto, favor de quedarse en su lugar hasta que la tormenta termine”.
La voz femenina que surgió de un megáfono en algún punto del aeropuerto me hizo respingar y me obligué a guardar la calma.
No había nada qué temer.
Agobiada, me levanté del suelo, tomé mis maletas, iluminé el camino con la linterna del teléfono y me acerqué a una columna en donde recargué mi espalda para apaciguar mi respiración agitada.
—Todo está bien, Spirit, todo está bien—me repetí en un murmuro.
Al cabo de una hora, la luz regresó y sentí que mi alma regresaba a mi cuerpo.
Las personas comenzaron a movilizarse rumbo a la salida y me uní a ellos.
No iba a estar un segundo más ahí sin la protección de un techo y la calidez de una cama.
Tras poner un pie fuera del aeropuerto, fruncí el ceño al ver la ola de gente peleándose por conseguir un taxi, los cuales eran escasos debido a la lluvia, que continuaba, pero con menor intensidad.
Aferré mis maletas y aventuré a formarme a la larga fila de espera.
Volví a mojarme y me sentí mareada al ver un taxi a lo lejos y me arriesgué a tomarlo.
El resto de personas aún no había reparado en él y corrí con desesperación bajo la lluvia.
Detrás del taxi, alcancé a ver un lujoso coche y me pregunté a quien estaría esperando.
Sin embargo, ni bien había sujetado la puerta para abrir, cuando alguien me agarró de ambos hombros y tiró de mí hacia atrás, haciendo que cayera sobre mi trasero en un charco de agua.
—¡Este es mi taxi, idiota!
—me gritó.
Era un hombre de edad mediana, con el rostro congestionado de coraje y me envió la peor de las miradas.
A través de las gotas de agua que caían en mis pestañas, alcancé a notar que, en efecto, planeaba robarse mi taxi y no supe de donde encontré las fuerzas necesarias para levantarme, pero lo hice.
Me puse en pie y lo empujé de vuelta, haciendo que cayera de la misma manera que yo.
—En ningún lado veo su nombre como para decir que el taxi le pertenece—le espeté, irritada.
—¡Maldita mocosa!
—vociferó el sujeto al tiempo que se levantaba y arremetía contra mí con rudeza.
Me jaló del cabello y me abofeteó con tal fuerza que me hizo ver todo negro unos segundos.
Caí de bruces al mismo charco y tosí, sintiendo el sabor de mi propia sangre en mi lengua.
Maldita sea.
Y lo más lamentable es que todos podrían estar viendo el espectáculo y no pensaban ayudarme para no tener problemas.
—¡Infeliz!
—le grité, al tiempo que me le fui encima a arañazos.
El hombre gritó, aturdido y el señor del taxi decidió largarse sin ayudarme, dejándonos en medio de la calle como un par de dementes.
—¡Perra!
—exclamó y alzó el puño, no la palma, en alto, dispuesto a darme el último golpe de mi vida.
Cerré los ojos en espera del golpe, pero este jamás llegó.
De hecho, sentí como aflojaba su agarre de mi otro brazo.
Abrí los ojos y parpadeé, perpleja.
Una persona se había dignado a ayudarme.
Tenía sujetada la mano de mi agresor con la que planeaba golpearme, lo más alejado de mí.
Aun con muchísimo miedo, corrí a refugiarme detrás de mí salvador.
—Te has atrevido a golpear a una mujer frente a mis ojos—le oí decir al sujeto, al que no podía verle bien su rostro porque llevaba una gorra oscura sobre la cabeza y el resto de su atuendo también, como si quisiera pasar de inadvertido.
Debía medir cerca de los dos metros porque el otro hombre se miraba insignificante junto a él.
—Ella quería robarse mi taxi y… —balbuceó el hombre, entornando los ojos cuando mi salvador acercó su rostro al suyo con violencia.
—Me he aprendido cada detalle de tu mediocre rostro—le siseó con fiereza—así que, si vuelvo a verte una vez más en mi vida, no correrás con demasiada suerte.
Ahora lárgate antes de que cambie de opinión.
Empujó al hombre lejos de él y no se movió de donde estaba hasta que lo vio desaparecer bajo la lluvia.
—G-Gracias—logré decir, tiritando de frío y con mucho dolor en mi cabeza, gracias al golpe.
Lo escuché suspirar y después se volvió hacia a mí.
Como me había sentado en la acera, él se arrodilló para inspeccionarme.
—¿Te duele mucho?
—su voz fue gentil, como una caricia.
Parecía de mi edad o un poco mayor.
Negué con la cabeza y fue el peor error.
Cerré los ojos para apaciguar el dolor y él pareció darse cuenta.
—Te llevaré a un hospital—sentenció.
—Estoy bien—susurré.
Su rostro era imposible de ver por la gorra y porque él estaba decidido a no mostrármelo, moviéndose en ángulos en los que me era imposible poder ver con detenimiento sus facciones.
Me abracé a mí misma, en silencio, sintiendo las gotas caer sobre mí.
Él se incorporó y a los pocos segundos, la lluvia había cesado, o al menos ya no caía sobre mi cabeza.
El extraño había abierto un paraguas para cubrirme únicamente a mí de la lluvia.
Y alcancé a escuchar que hablaba por teléfono.
La llamada duró unos minutos hasta que él se volvió a arrodillar para darme su sudadera, la cual olía riquísimo.
Fue muy amable e incluso me ayudó a levantarme para ponerme debajo del techo.
—¿En dónde vives?
—me preguntó.
—Soy de Londres, estoy de vacaciones aquí—respondí y enseguida me mordí la lengua.
No debería haberle dado tanta información.
—De acuerdo, ¿en qué hotel te hospedas?
—reformuló otra pregunta.
Pero yo no recordaba el nombre, así que saqué mi teléfono y le mostré la captura del hotel.
—De tantos lugares, elegiste el más lejano al aeropuerto—murmuró, contrariado.
—No te preocupes, esperaré a un taxi después de que todas las personas se marchen—suspiré.
—A estas alturas, es probable que ese demente regrese a buscarte—carraspeó—yo te llevaré a ese hotel para que estés a salvo, vamos.
Extendió su mano a mí y me quedé mirando su palma unos segundos con aire dubitativo.
—Si quisiera hacerte daño, habría dejado que ese hombre te golpeara a su antojo—replicó al ver mi expresión.
—¿Por qué me estás ayudando?
—coloqué mi mano sobre la suya y sentí mucha calidez, seguido de una corriente eléctrica, que hizo latir más rápido mi corazón.
—No me gustan las injusticias y esta noche es muy fría, húmeda e incómoda, sé que deseas estar en una cama bebiendo chocolate caliente en vez de estar lidiando con este horrible lugar.
Su manera de hablar era elegante, pulcra y concisa.
De repente, detrás del coche lujoso, aparcó otro incluso más llamativo, pero deportivo.
Con la mano que tenía libre, recogió mis maletas con facilidad y se encaminó hacia el segundo coche.
Caminé torpemente, sintiendo que era todo muy extraño.
Me acababan de dar una paliza y un sujeto que parecía ser de clase alta, me había salvado y ahora quería llevarme al hotel sana y salva.
La persona que llevó el deportivo, salió corriendo del asiento del piloto para darle paso a él y ayudarle a meter mis maletas en la parte de atrás.
—Sube—me dijo en cuanto se deslizó detrás del volante.
Titubeando, obedecí, observando como el antiguo chofer se despedía de nosotros con la mano bajo la lluvia.
—¿Quién…?
—Encenderé la calefacción—me interrumpió y rápidamente el calor me estremeció y cerré la boca, disfrutando de la calidez.
Puso en marcha le vehículo y aceleró, en dirección al corazón de Dublín.
En el transcurso, no pude evitar observar a mi alrededor, pese a estar adormilada.
Descabelladamente, me sentía a salvo en el coche de un desconocido.
Disimuladamente, lo miré a través del rabillo del ojo, pero continuó siendo imposible verle el rostro.
Solo alcanzaba a verle la barbilla y sus perfectos labios rosados.
Tenía la mandíbula muy marcada, señal de ser muy varonil y masculino.
—¿A menudo ayudas a las chicas en apuros?
—le pregunté para romper el frío silencio.
—No suelo salir mucho—fue su respuesta, simple y directa, sin entrar en detalles, dejándome en claro que no le apetecía charlar conmigo.
El sonido de mensaje de mi teléfono me salvó de sentirme más incómoda de lo normal.
Era Cameron.
Al pobre quedé de avisarle cuando llegara, pero por los apagones, y la falta de señal, fue imposible.
Le envié un mensaje corto, diciéndole que le contaría más al rato lo que había pasado y que no se preocupara.
—¿Hay alguien esperándote en el hotel?
—preguntó él, mirando de reojo mi teléfono.
—No.
He venido sola a vacacionar.
Por alguna razón, no quise mentirle.
Parecía ser de confianza.
—Debiste haber venido con alguien más.
Viajar sola es peligroso.
—Si lo dices por ese hombre que me atacó, te doy la razón, pero si eso no hubiera ocurrido, yo estaría bien.
Nuevamente hubo silencio de su parte.
Y así fue hasta que por fin llegamos al hotel.
Era un sitio sumamente económico y pequeño, pero se miraba acogedor.
Él simplemente se quedó unos segundos observando el edificio y después suspiró, contrariado.
—No salgas sola de noche e intenta avisarle a algún familiar cuando salgas para que sepa donde estarás, aunque sea a la distancia—me indicó—no habrá buenas personas en tu camino la próxima vez.
—Lo sé, muchas gracias…
—dije, avergonzada, dispuesta a bajarme y volteé a verlo rápidamente— ¿puedo saber cómo te llamas?
Mi pregunta lo desconcertó y alcancé a notar nerviosismo en sus movimientos.
Se humedeció los labios y bajó la cabeza para que no pudiera verle ni siquiera la barbilla.
Recargó ambas manos en el volante y asintió.
Como yo tenía su sudadera, él tenía una playera manga larga negra, que lo hacía lucir igual de extraño y misterioso.
Y hasta ese momento advertí que tenía un cuerpo atlético.
—Me llamo Emir Lovelace.
—Muchas gracias por salvarme, Emir Lovelace—repetir su nombre me hizo estremecerme—yo me llamo Spirit Norwood y siendo honesta, no pensé que la libraría en esa pelea con ese hombre.
—Estoy a favor de la igualdad de género, pero cuando es en esas circunstancias, me parece nefasta la reacción de los hombres que se atreven a violentar a una mujer y peor aun cuando ellas no tienen la culpa.
Los arranques de ira de los de mi gremio son nauseabundos.
Asentí, reflexionando lo que acababa de decir.
—Disfruta tus vacaciones aquí, Spirit Norwood y ten cuidado cuando salgas.
—¿Cómo podré devolverte el favor?
—sonreí levemente, esperando que no notara mis intenciones de volver a verlo.
—No te preocupes, fue un placer ayudarte—su respuesta fue modesta y fría.
—Tengo que devolverte tu sudadera—insistí.
—Consérvala.
No nos volveremos a ver.
—¿Cómo estás tan seguro de eso?
Tú sabes dónde me hospedo.
—Porque así lo he decidido yo.
Abrió su puerta y bajó para ayudarme con mis maletas, haciéndome quedar como una tonta.
Las dejó en el lobby del hotel y luego regresó a su coche, aun con la cabeza agachada.
—¿Ni siquiera podré verle el rostro a mi salvador?
—ladeé la cabeza.
Y por una fracción de segundo, me permitió verle su sonrisa torcida, que hizo que mis rodillas temblaran.
—Cuídate, Spirit Norwood.
Y dicho eso, abordó el coche y desapareció en la oscuridad de la noche.
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