Emir Lovelace - Capítulo 21
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
21: Capítulo 20 21: Capítulo 20 El sol ya estaba casi sobre nosotros cuando por fin los alejamos de ese maldito lugar.
Daemon, o, mejor dicho, Demian Jenkins subió también a la camioneta de Emir y pidió que lo dejáramos cerca del corazón de la ciudad.
—¿No se supone que ibas a ayudarnos?
—masculló Emir, irritado.
—Por supuesto, pero necesito descansar primero —replicó, restándole importancia, aunque sentí el peso de su mirada—.
Prometo volver a contactarte lo antes posible, Spirit.
Dicho esto, cerró la puerta del Jeep, dejándome sola con el cretino al que antes idolatraba por ser tan genial y misterioso.
Me removí incómoda en el asiento, sintiendo una mezcla de emociones que no lograba descifrar del todo.
Había aceptado la invitación de Emir de sentarme en el copiloto, principalmente porque su mirada denotaba un cansancio extremo, uno que reflejaba el mío.
A pesar de que estaba decidida a mandarlo por un tubo tras haberme mentido tanto, había algo en su actitud que me desarmaba.
Su preocupación por mí era palpable, casi angustiante, y aunque me resistía a admitirlo, una pequeña parte de mí lo apreciaba.
Incluso pude notar cómo su semblante se ensombreció cuando rechacé su mano para subir al vehículo.
Una mueca apenas perceptible se formó en su rostro, y por un instante, pareció más humano que nunca.
—¿Podemos hablar?
Cerré los ojos al escucharlo.
Su voz no solo me dolía; me perforaba el alma con cada sílaba.
Era un recordatorio cruel de la mentira en la que me había envuelto.
—No hay nada de qué hablar, Emir.
Solo llévame al aeropuerto.
Necesito ir a casa.
—Dijiste que confiarías en mí… —Confié en ti —lo interrumpí, mi voz llena de veneno—.
Estar en ese lugar durante días por tu culpa me dio mucho tiempo para pensar.
Especialmente cuando descubrí que estás a nada de ser el Rey de este país.
Solté una risa amarga, rota, que resonó como una bofetada en el silencio del Jeep.
—Y, ahora que lo pienso, el famoso príncipe de Irlanda, que se oculta de las cámaras y no deja que nadie vea su rostro, se llama Dominic Cavanaugh.
¿Estoy en lo correcto?
¿Ese es tu verdadero nombre?
Por primera vez desde que me había subido al vehículo, lo miré directamente.
Había aparcado unas calles más adelante, lejos de donde dejamos a Demian, como si necesitara alejarse del mundo entero para enfrentarme.
Sus ojos estaban clavados en mí, llenos de algo que parecía un arrepentimiento absoluto.
Su rostro estaba tenso, como si contuviera lágrimas o, quizá, el deseo de golpear algo.
O tal vez ambas cosas.
—Y que estás comprometido con la Marquesa, ¿verdad?
—aguijoneé con una sonrisa desquiciada, dejando que la risa amarga volviera a brotar—.
La Marquesa, Eleanor Darcy.
La misma loca que me secuestró sin motivo alguno.
¿O sí lo había?
Lo vi temblar, como si mis palabras fueran dagas que atravesaban su armadura de príncipe perfecto.
Pero no iba a detenerme.
No después de todo lo que me había hecho pasar.
—Jugaste sucio, Dominic —declaré, con la voz quebrada pero cargada de determinación.
Mi pecho subía y bajaba frenéticamente, como si estuviera liberando todo el peso que había cargado durante días—.
Y este juego llega a su fin ahora.
Yo no quiero formar parte de esta locura, no más.
—Soy Emir—repuso en un hilo de voz—tu Emir… —No.
Emir es alguien ficticio, no existe, no para mí.
Me giré hacia él, desbordada de emociones.
La rabia y la tristeza luchaban por tomar el control, pero ambas se unían en un grito silencioso que resonaba en cada palabra.
—No me hagas esto, te lo imploro… —Tuve suficiente.
Tanto Demian Jenkins, ese sujeto extraño del muelle, Eleanor Darcy, tu estúpido hermano, tu reino y tú… —mi voz se quebró, pero me forcé a continuar, sin bajar la mirada— pueden irse al carajo.
Lo vi cerrar los ojos, como si mis palabras fueran un veneno que corría directamente hacia su alma.
Cuando volvió a abrirlos, había algo más que dolor en su mirada.
Había súplica.
—Spirit, por favor… —¡No!
—lo interrumpí con un grito, sintiendo cómo las lágrimas se acumulaban en mis ojos.
Me odiaba por estar al borde del llanto frente a él, pero no podía evitarlo—.
No vuelvas a decir mi nombre como si todavía tuvieras derecho a usarlo.
¡Me engañaste!
Me arrastraste a tu mundo lleno de secretos y mentiras, y todo para qué, Dominic, ¿para qué?
Su respiración se volvió pesada, y su mirada buscó la mía como un náufrago buscando una tabla de salvación.
—Todo lo que hice fue para protegerte… —¿Protegerme?
—solté una carcajada vacía, sin vida—.
¿Protegerme de qué?
¿De ti mismo?
Porque, déjame decirte algo, Dominic, tú eres el mayor peligro al que me he enfrentado.
No porque seas el príncipe de Irlanda o el próximo rey, sino porque confíe en ti.
Te entregué algo que nunca le había dado a nadie: mi fe.
Y la destruiste.
Él intentó acercarse, pero levanté una mano para detenerlo.
—No quiero tus explicaciones.
No quiero tus disculpas.
Lo único que quiero es alejarme de ti y de este maldito reino.
Un silencio espeso cayó sobre nosotros.
Solo se escuchaba el sonido de nuestra respiración y el eco de mis palabras en el espacio reducido del Jeep.
—Spirit… —susurró de nuevo, pero esta vez su voz apenas era audible.
Lo ignoré.
Abrí la puerta del vehículo con brusquedad y bajé, sintiendo el aire frío golpear mi rostro.
Era un alivio, un recordatorio de que todavía estaba viva, de que todavía podía decidir mi propio camino.
Mientras me alejaba, escuché cómo él maldecía en voz baja y golpeaba el volante, pero no me giré.
No esta vez.
Apenas había dado unos pasos cuando escuché la puerta del Jeep abrirse de golpe y sus pisadas rápidas tras de mí.
—¡Spirit, espera!
—gritó Emir con desesperación.
No me detuve.
Mi cuerpo entero estaba al límite, agotado y tembloroso, pero mi voluntad seguía firme.
Lo escuché acercarse, y antes de que pudiera reaccionar, sentí su mano agarrando mi brazo con fuerza, obligándome a detenerme.
—¡Suéltame!
—le grité, girándome violentamente, intentando zafarme, pero él no cedió.
—No puedo dejarte ir así —dijo, su voz rota pero decidida.
Sus ojos brillaban bajo la tenue luz del amanecer, cargados de emociones que no quería ver—.
No puedo perderte, Spirit.
—¡Ya me perdiste!
—espeté, tirando de mi brazo con toda la fuerza que me quedaba, aunque él no aflojaba su agarre—.
Me perdiste en el momento en que decidiste mentirme, en el momento en que me arrastraste a este infierno sin importarte cómo saldría de él.
Su mandíbula se tensó, y por un segundo, el peso de mis palabras pareció aplastarlo.
—No sabes todo lo que he hecho por ti —murmuró, acercándose más, su rostro peligrosamente cerca del mío—.
Todo lo que sacrifiqué… —¿Sacrificaste?
—repetí, incrédula, casi riendo de lo absurdo que sonaba—.
¿Qué sacrificaste, Dominic?
¿Un par de mentiras más?
¿Tu orgullo de príncipe?
¡Mientras yo estaba secuestrada, sola, aterrorizada, tú seguías jugando tu estúpido papel de héroe!
Él me soltó de golpe, como si mis palabras lo hubieran quemado.
Por un momento, parecía que iba a decir algo, pero simplemente cerró los ojos, apretando los puños a su costado.
—No entiendes… —comenzó, pero lo interrumpí.
—No, Dominic, tú no entiendes —dije, dando un paso hacia él, enfrentándolo—.
No entiendes lo que es ser tratada como un peón en el juego de alguien más.
No entiendes lo que es sentir que tu vida no te pertenece.
Pero ya no más.
Esta es mi vida, y no voy a dejar que tú, ni nadie más, la controle.
Giré sobre mis talones y comencé a caminar de nuevo, esta vez con más determinación.
Pero antes de que pudiera alejarme lo suficiente, su voz volvió a alcanzarme, quebrada y desesperada.
—¡Te amo, Spirit!
Me detuve en seco, sintiendo cómo esas palabras se clavaban en mi espalda como una daga.
Cerré los ojos, intentando contener las lágrimas que amenazaban con desbordarse, pero no me giré.
—Si de verdad me amaras —respondí con frialdad—, me habrías dicho la verdad desde el principio.
Y con eso, seguí caminando, dejando atrás al hombre que una vez pensé que podría confiar con todo mi corazón.
Emir no volvió a intentar detenerme, pero su mirada era un peso que podía sentir incluso mientras me alejaba.
Cada paso que daba parecía arrancarme un pedazo de lo que había sido, como si la persona que había llegado a Irlanda nunca pudiera volver a ser la misma.
El amanecer empezaba a teñir el cielo con un resplandor anaranjado, y el frío de la mañana me abrazaba, recordándome lo frágil que me sentía.
Mi cuerpo estaba agotado, mi mente aún más, pero la necesidad de escapar era más fuerte que cualquier otra cosa.
Apenas llegué a la esquina de la calle, una camioneta negra se detuvo a pocos metros de mí.
Mi instinto me gritó que corriera, pero mis piernas estaban al borde del colapso.
Las puertas del vehículo se abrieron, y un hombre bajó, vestido completamente de negro, con una mirada fría y calculadora que no auguraba nada bueno.
—Señorita Norwood, vendrá con nosotros.
Retrocedí un paso, mis ojos buscando desesperadamente una salida.
—¿Quiénes son ustedes?
¿Qué quieren de mí?
El hombre no respondió.
Detrás de él, otros dos sujetos aparecieron, rodeándome lentamente como si estuvieran cazando a su presa.
—¡No voy a ir a ninguna parte!
—grité, intentando mantener la compostura, pero mi voz tembló, traicionando mi miedo.
De repente, un sonido familiar rompió el tenso silencio.
—¡Aléjense de ella!
Era Emir.
Venía corriendo hacia nosotros, su rostro una mezcla de furia y determinación.
Uno de los hombres intentó detenerlo, pero Emir lo derribó con un golpe limpio antes de colocarse entre ellos y yo, protegiéndome con su cuerpo.
—Spirit, quédate detrás de mí —ordenó, sin apartar la mirada de los atacantes.
—Esto no tiene nada que ver contigo, príncipe —dijo el hombre que parecía liderar el grupo, con un tono burlón—.
Solo estamos siguiendo órdenes.
—¿Órdenes de quién?
—preguntó Emir, su voz llena de peligro.
El hombre sonrió, pero no respondió.
En cambio, hizo un gesto con la mano, y los otros dos se lanzaron hacia Emir.
—¡No!
—grité, pero Emir ya estaba luchando, moviéndose con una habilidad que nunca antes había visto.
A pesar de estar en desventaja numérica, Emir parecía tener el control, esquivando golpes y devolviéndolos con precisión.
Sin embargo, los hombres no se rendían, y su ataque se volvía cada vez más agresivo.
Justo cuando parecía que Emir estaba a punto de ser superado, un sonido de motor se escuchó a la distancia.
Una segunda camioneta apareció, y de ella bajaron más hombres, pero esta vez reconocí una figura familiar: Demian.
—¡Vaya escena conmovedora!
—dijo Demian, con una sonrisa sardónica mientras caminaba hacia nosotros.
Los hombres que habían atacado a Emir parecieron dudar, retrocediendo ligeramente al verlo.
—Jenkins… —murmuró el líder, como si el nombre fuera una amenaza en sí misma.
Demian se detuvo junto a Emir, lanzándole una mirada rápida antes de enfocarse en el grupo frente a nosotros.
—Spirit no irá a ninguna parte con ustedes —dijo con calma, pero su tono estaba cargado de autoridad—.
Dile a tu jefe que este juego se terminó.
El líder dudó, evaluando la situación.
Finalmente, hizo un gesto para que sus hombres se retiraran.
—Esto no ha terminado —advirtió antes de subirse a la camioneta, y en cuestión de segundos, habían desaparecido.
El silencio que quedó después fue ensordecedor.
Miré a Emir y luego a Demian, ambos respirando con dificultad, pero ninguno dispuesto a mostrar debilidad.
—¿Por qué sigues aquí?
—le preguntó Emir a Demian, con un tono acusador.
—Porque alguien tenía que asegurarse de que ella no terminara muerta —respondió Demian, encogiéndose de hombros como si fuera obvio.
Ambos hombres se miraron, y la tensión entre ellos era palpable.
Me sentí atrapada entre dos fuerzas opuestas, sin saber en quién confiar.
—Llévame al aeropuerto —dije finalmente, rompiendo el silencio—.
Ahora.
Emir me miró, sus ojos suplicantes, pero no dijo nada.
Finalmente, asintió y comenzó a caminar hacia el Jeep.
Demian me lanzó una última mirada antes de dar media vuelta y desaparecer en la oscuridad.
No sabía si alguna vez entendería lo que había sucedido esa noche, pero una cosa era segura: mi vida nunca volvería a ser la misma.
En camino al aeropuerto, estuve con la mirada fija en la ventana.
Era más que obvio que tenía que llegar a casa y estar a salvo, puesto que, si me quedaba más tiempo en Dublín, me continuarían intentando secuestrar y yo estaba harta.
Cameron había tenido la razón en todo.
¿Con qué cara iba a contarle lo que me había ocurrido?
Él debía estar muy preocupado porque no me vio bajar del avión aquella noche.
—No mentí cuando te dije que te amo—susurró Emir.
Incluso llamarlo por su nombre real me provocaba náuseas.
—No puedes amar tan pronto a una persona—le contradije.
Como yo estaba en los asientos traseros, sentí su mirada a través del espejo retrovisor.
—Yo sí—repuso—tardé en darme cuenta de que eres la persona a quien quiero a mi lado, incluso si tengo en contra a mi familia.
Puse los ojos en blanco, incrédula.
—No digas tonterías—reí con sarcasmo—admite que jugaste conmigo, príncipe Dominic.
—No es verdad—insistió—cuando me enteré que Eleanor mandó a secuestrarte, enloquecí y me di a la tarea de encontrarte por mis propios medios.
—¿Debería sentirme conmovida porque el joven príncipe por fin hizo algo por sí solo sin ayuda de sus sirvientes?
—ironicé.
Emir resopló.
—Deja de hablar como tonta.
—Estoy siendo similar a ti—musité—y jamás voy a perdonarte, Dominic.
—Mi nombre es Emir—siseó, poniéndose de peor humor.
—Dominic es tu nombre, deja de ser tan descarado.
—Dominic Emir Cavanaugh Lovelace.
—¿Qué?
—Ese es mi nombre completo.
Parpadeé.
Así que había usado su segundo nombre y apellido.
Muy inteligente.
—Eso no cambia nada.
—Quiero que sigas diciéndome Emir.
—¿Por qué debería hacerlo?
—Porque eres la única persona que tiene permitido decirlo—objetó—y si lo escuchaste de Aria, Xavier o mi hermano, fue porque se los pedí para que guardaran el secreto.
—Llévame al aeropuerto—repetí.
Entonces escuché como Emir le ponía seguro a todas las puertas.
—¿Qué crees que haces?
—increpé, sobresaltada.
—Iremos a un lugar a conversar y de ahí te llevaré al aeropuerto—prometió.
—¿Era necesario asegurar las puertas?
—Se llama tomar medidas drásticas.
Cerré la boca porque era inútil protestar.
Me odiaba a mí misma por seguir confiando en él, aunque no debería.
Dominic o Emir, no sabía incluso cómo llamarlo, era, por así decirlo, el único que podría protegerme y detestaba admitirlo.
Aceleró el paso, adentrándonos más a las afueras de la ciudad, y reconocí el camino hacia el mirador, que tiempo atrás había sido hermoso y ahora me causaba un mal recuerdo.
Maldito mentiroso.
Fuimos ascendiendo por la colina a paso acelerado.
El motor rugía ante la presión en la que él continuaba forzándolo e incluso las llantas rechinaron, provocando que las personas repararan en nosotros, pero a Emir no le importó.
Aceleró todavía más hasta que logró estabilizar el Jeep y se detuvo muy cerca del acantilado.
El frío era brutal, incluso teniendo un poco de sol sobre nosotros.
Lo observé bajar del vehículo y abrirme enseguida.
Sin mirarlo, me deslicé fuera, sintiendo que me calaban los huesos el aire helado.
Caminé un par de pasos, insegura, puesto que, a pesar de que mi tobillo ya no me dolía demasiado, seguía sensible, recordando por donde habíamos ido esa noche y llegué justo al borde del acantilado, el cual ya no me pareció tan peligroso.
Emir se aproximó a mí y se sentó.
Con solo su mirada supe que deseaba que yo hiciera lo mismo.
A una distancia considerable, me senté.
Mi cabello azotaba mi rostro por las ráfagas de aire y me dediqué a mirar la ciudad, esperando a que él empezara a hablar.
—Mírame, no tolero que estés ignorándome, Spirit—dijo, en tono de súplica.
A regañadientes, obedecí.
Lo miré a los ojos con el ceño fruncido y él tragó saliva, consternado.
—Te escucho, Príncipe—dije con frialdad.
—Detente, por favor, no me digas así—susurró—soy Emir, solo Emir.
—No puedo—repliqué, con un nudo en la garganta—eres el Príncipe de Irlanda y no puedo seguir tratándote como si no lo fueses.
Lo siento.
—La corona y mi título dejaron de importarme el día que te conocí—humedeció sus labios y quedé perdida en el movimiento de sus largas pestañas oscuras acariciando sus mejillas sonrosadas por el frío—ni siquiera ese matrimonio arreglado con la Marquesa me es importante, además, ella está enamorada de mi hermano Ewan.
—¿Qué?
—Sí, pero él no le corresponde a sus sentimientos y esa es la razón por la cual fuiste secuestrada.
—¿A qué te refieres?
—incrementé mi ceño fruncido.
Emir apretó las mandíbulas y sacudió la cabeza en negación.
—Eleanor vio en las noticias locales las fotografías que les tomaron a Ewan y a ti en ese hotel en el que te estabas hospedando—espetó, manteniendo moderada su voz—mi hermano te tenía en sus brazos y eso la alteró, ella pensó que estabas saliendo con él.
Me levanté precipitadamente con los ojos entornados.
Emir me imitó y alzó las palmas de sus manos, alerta a mis movimientos.
—¡¿Qué?!
¡Fue en contra de mi voluntad!
¡Ese infeliz apareció de repente en una cafetería y no dejó de seguirme!
—grité, histérica y casi perdí el equilibrio gracias a mi estúpido tobillo, pero Emir me agarró— ¡Yo no tengo la culpa de nada!
—Te creo.
Pero Eleanor no y sé que sigue detrás de todo, por eso quiero protegerte, Spirit.
Ahora más que nunca, debes estar conmigo.
Me acercó a él suavemente y no me opuse.
Me ardían los ojos gracias a las lágrimas contenidas y me mordí los labios para no llorar.
—Yo lo único que quería era enamorarme y ser correspondida—sollocé.
Emir se acercó un poco más, invadiendo el espacio que tanto intentaba mantener entre nosotros.
Su respiración era pausada, como si estuviera intentando mantener la calma, pero sus ojos hablaban de una tormenta interna.
—Y lo lograste.
Mi corazón ahora late por y para ti, Spirit—confesó Emir, tomándome por sorpresa—sé que es demasiado pronto, pero cuando te secuestraron, comprendí que lo que sentía por ti era más que solo atracción y me hice la promesa de recuperarte y enfrentarme a quien sea, incluso a mi título y la corona.
—No, esto está mal, no puedes simplemente estar con alguien que no pertenece a tu círculo real —No eres una chica común, Spirit.
Eres tú.
Y eso es suficiente para que valga la pena arriesgarlo todo.
Su voz tenía una intensidad que hizo que mi corazón se detuviera por un momento.
No estaba acostumbrada a que alguien me hablara de esa manera, con tanta honestidad y pasión.
Intenté apartarme, pero él no me dejó, manteniendo su mano en mi rostro, cálida y reconfortante.
—¿Por qué haces esto más difícil de lo que ya es?
—susurré, mi voz quebrándose.
—Porque tú haces que todo lo demás sea irrelevante —respondió sin vacilar—.
Mi vida, mis responsabilidades, mi título… nada de eso importa si no estás en ella.
Quería gritarle, decirle que estaba siendo egoísta, que no podía dejar todo atrás por alguien como yo.
Pero las palabras se atoraron en mi garganta, bloqueadas por el peso de mis propios sentimientos.
¿Cómo podía rechazarlo cuando todo en mí deseaba creer en lo que estaba diciendo?
—Emir, esto no es real —dije finalmente, mi voz apenas un murmullo—.
Es el estrés, el caos… no estás pensando con claridad.
—¿No es real?
—preguntó, con una sonrisa amarga mientras bajaba la mirada por un momento—.
Spirit, he tenido una vida llena de cosas irreales.
Esto… lo que siento por ti, lo que tú me haces sentir… es lo más real que he tenido en años.
Sentí que mis defensas comenzaban a desmoronarse.
Su confesión era una carga que no sabía si podía cargar, un peso que amenazaba con aplastarme.
Quería creerle, pero el miedo seguía siendo más fuerte.
—No puedo ser la razón por la que destruyas tu vida —dije, mi voz temblando—.
Tienes un deber, Emir, una vida que no incluye a alguien como yo.
Sus manos bajaron de mi rostro, pero no se apartó.
—¿Y qué pasa con mi derecho a elegir?
—preguntó, su voz firme pero no menos angustiada—.
¿Acaso no tengo derecho a ser feliz, Spirit?
Lo miré, y en ese momento supe que no había forma de detenerlo.
Emir estaba decidido, y no importaba cuánto intentara alejarlo, él estaba dispuesto a desafiar al mundo por mí.
Pero la pregunta seguía siendo: ¿estaba yo dispuesta a desafiarlo por él?
—Yo… —Que el mundo arda, que mi sangre deje de ser real y mi nombre sea olvidado.
No me importa.
Si la corona me exige renunciar a ti, entonces renuncio al trono, al reino y al destino.
Porque sin tu amor, abdico a mi deber como príncipe, y sin tu corazón, renuncio a ser hombre.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com