Emir Lovelace - Capítulo 27
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 27: Capítulo 26
A pesar de que Emir y yo teníamos tantas ganas de tener sexo, el frío originó que nos metiéramos bajo las sábanas y abrazarnos para mantenernos lo suficientemente calientes para lograr dormir y no morir en el intento. Irlanda era un país helado, pero Suiza le ganaba por tres veces.
En algún momento de la noche, le di la espalda y sentí sus brazos envolver mi cintura y atraerme a su cuerpo, asegurándose de que no pudiera escapar de él, aunque, de todas maneras, jamás lo haría. Yo quería estar a su lado para siempre.
Cuando llegó la mañana, el frío continuaba siendo nuestro arrullo, pero no tan intenso como en la noche.
Me levanté primero y fui al sanitario, ahogando un bostezo.
No podía creer que me hallaba en Suiza, en el país que siempre había soñado conocer y en compañía de mi mejor amigo y de Emir, y por supuesto, de Demian, mi nuevo segundo mejor amigo.
Me reí de solo pensar en cómo le habría ido en la noche al entrar a la habitación de Cameron.
Luego de asearme, salí a la pequeña cocineta y encontré todo lo necesario para preparar café caliente y admirar un rato la majestuosidad de las montañas desde el enorme balcón.
Me preocupaba que Cameron aun no hubiera venido a buscarme desde la noche anterior, pero él solía tener el sueño pesado y ser demasiado flojo, además, con el terrible frío de aquí, era más que obvio que elegiría estar bajo las sábanas que conmigo.
Sentada con mi exquisita taza de café, observé por un largo rato el panorama. Algunas personas estaban comenzando su día y otras parecían estar terminando.
No obstante, yo me hallaba deleitándome de las mejores comodidades gracias a Emir Lovelace, el Príncipe de Irlanda, a quien, a promesa suya, estaba rendido a mis pies y dispuesto a hacer todo por mí, incluso renunciar a la corona, algo que claramente no iba a permitir; pero me sentía feliz de que por fin había encontrado a alguien que me hiciera sentir especial y única en el mundo.
Escuché ruido en la habitación, señal de que Emir ya había despertado y esperé tranquilamente a que llegase a hacerme compañía.
—¿Es mi imaginación o hace menos frío que ayer?
La voz de Emir seguía adormilada y se acercó a besarme la frente mientras tomaba asiento a mi lado con su respectiva taza de café.
Volteé a verlo y me derretí de tanta ternura. Sí él siempre se miraba extremadamente adorable y atractivo estando normal, cuando se acababa de levantar incrementaba su belleza.
—Supongo que la temperatura se regula en momentos del día, pero baja terriblemente por las noches…
De repente, unos fuertes golpes desesperados provenientes de la puerta nos desconcertaron.
Emir fue el primero en levantarse y ponerse a la defensiva.
Y cuando alcanzamos a escuchar la voz de Cameron, yo me partí de la risa y Emir rodó los ojos, sulfurado.
—Únicamente dormido deja de fastidiar—bufó y se acercó a abrirle con aire hostil.
—No seas duro con él—le pedí, sin dejar de reírme.
Tras abrir la puerta, mi mejor amigo pasó ignorando a Emir y corrió hacia mí con desesperación.
—¡Hay alguien en mi habitación! ¡Se metió un ladrón!
Los ojos de Cameron estaban desorbitados.
—¿De qué hablas? —le di un sorbo a mi café, sin dejar de sonreír. Detrás de Cam, Emir resopló y negó con la cabeza, regresando a la habitación.
—Acabo de despertar y encontré a un sujeto durmiendo a mi lado, muy atractivo, por cierto—hizo memoria y se ruborizó—incluso me tenía abrazado, pero ese no es el punto. ¡Es un ladrón!
—¿Qué te hace pensar que es un ladrón? ¿Te robó algo? —me mordí los labios para no echarme a reír.
—Su corazón.
Cameron dio un respingo y se escondió detrás de mí cuando Demian hizo acto de presencia en nuestra suite.
— ¡Es él! —lo señaló Cameron.
—Demian, ¿qué pensabas cuando decidiste dormir y abrazar a mi mejor amigo sin que él supiera de ti? —lo interrogué y dejé de sentir el temblor de las manos de Cameron sobre mis hombros.
—Espera, ¿lo conoces? —me riñó Cameron.
—Sí, es amigo de Emir y mío, le dimos acceso a tu habitación porque también estará con nosotros a partir de ahora—le expliqué con suavidad.
—¿Y se te hizo fácil solamente enviarlo a mi habitación sin comentarme nada?
—Ya era demasiado tarde, Cam, lo siento. Demian necesitaba un sitio donde dormir—me encogí de hombros.
—Un placer conocerte, Lucien Cameron, mi nombre es Demian Jenkins—extendió la mano hacia él y alcancé a ver un brillo peculiar en sus ojos color hazel.
Cameron, como quien no quiere la cosa, se la estrechó.
Terminé de beber mi café y a ambos les señalé la cafetera.
—Hay café por si gustan.
Cómicamente, al cabo de diez minutos, me hallaba cocinando para todos, es decir, los cuatro. Y Emir ni siquiera tenía idea de que ambos chicos yacían todavía en nuestra habitación hasta que regresó y se quedó con expresión ceñuda al verlos.
—No pues ahora parece que esto es una guardería—siseó al momento de sentarse junto a Cameron.
—No pasa nada. Me parece buena idea desayunar juntos—dije para aliviar la tensión.
Cuando desayunamos, Cameron y Demian se enfrascaron en una amistosa conversación para conocerse mientras que Emir y yo simplemente nos limitamos a observarlos.
—Bien, voy a hacerles una oferta jugosa que estoy seguro que no van a declinar—sentenció Emir al término del desayuno. El tono de su voz era serio y sus manos sobre la mesa delataba que hablaba con severidad. Los dos chicos lo miraron con el ceño fruncido—les voy a entregar dinero suficiente para que se pierdan durante una semana aquí en Zermatt y no nos molesten a Spirit y a mí, ¿qué dicen? Obviamente me refiero a que el resto del día no entren a nuestra suite o quieran estar con nosotros, no que desaparezcan como tal.
—¿Qué? —increpó Cameron.
—Quieren tiempo a solas—tradujo Demian con desdén—y Emir es muy listo para conseguir lo que quiere y yo acepto la oferta. No me caería mal perderme en este sitio, comprar y probar cosas exquisitas y mucho más…
Emir centró su atención en Cameron, esperando su respuesta y yo hacía lo posible por no reírme. Dios. Era muy gracioso.
—¿Nos estás sobornando para que tengas sexo libremente con Spirit? —carraspeó Cameron.
Y Emir cerró los ojos, intentando controlar la poca paciencia que le quedaba y cuando los abrió, Cameron titubeó, puesto que le envió una mirada fulminante.
Cameron tardó exactamente cinco minutos en aceptar a regañadientes la oferta de Emir, con la condición de que no fuéramos tan obvios.
—¿Acaso a ti te tenemos que monitorear tus encuentros sexuales? —le ladró Emir.
—Ya, los dos. —Intervine. —Por favor, Cam, acepta el dinero y diviértete. Necesitamos un respiro todos, en serio.
—Yo me encargaré de llevarlo a divertirse, no se preocupen de nada—acotó Demian, guiñándonos un ojo.
Cameron parpadeó y Demian lo agarró del brazo, tirando de él para salir de nuestra suite.
—Espera, ¿eres gay?
—Pensé que mi abrazo en la mañana ya te había dado una idea—replicó Demian, sonriendo maliciosamente.
—Pero… ¿eres pasivo o activo? Porque yo soy…
—¡Largo! —exclamó Emir y cerró la puerta, asqueado y sulfurado. Se frotó las sienes con mucho pesar.
— ¿Qué ocurre? ¿En serio te desagrada que sean homosexuales? —me acerqué a él, preocupada.
Los ojos de Emir se postraron en mí y negó con la cabeza, esbozando una tenue sonrisa cansada.
—De ninguna manera, corazón, simplemente quiero paz, y estar solamente contigo, sin nadie más, ¿comprendes? Y ese par es como tener dos niños escandalosos.
Su respuesta me alivió. Por un momento pensé que los odiaba por su orientación sexual.
Por lo que le eché los brazos al cuello y le di un tierno beso en la mejilla.
—Adoro que quieras pasar tiempo conmigo, pero no tienes por qué preocuparte, estoy contigo, no me iré a ninguna parte.
Él me tomó de la cintura, atrayéndome a su cuerpo.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.
Emir se inclinó a rozar tiernamente su nariz con la mía y yo me puse de puntillas para alcanzar sus labios.
El beso fue apasionado, llegando al punto que, en cuestión de segundos, nuestros cuerpos reaccionaron a la excitación contenida y dejamos de sentir el helado frío del ambiente.
Él me tomó de la mano y tiró de mí hacia la habitación con desesperación y urgencia, haciéndome reír.
—¿Qué tanto me deseas? —aventuré a preguntarle, a sabiendas de que estaba cegado completamente por el deseo y podía verlo perfectamente a través de sus pantalones de seda.
—Te deseo a tal punto que en este momento me resulta doloroso…—dijo, con la voz ronca.
Para ser sincera, pese al frío nocturno, se me había ocurrido dormir con una bata de seda, es decir, del mismo material que el pijama de Emir y como la habitación era cálida, las sábanas lograban cumplir con su labor de darme calor junto al cuerpo de él, por lo que, en ese preciso instante, agradecí no llevar pantalones.
La urgencia de Emir era tan escandalosa que incluso tropezó al intentar cerrar la puerta de la habitación y yo rompí a reír. Era más que obvio que no quería otra interrupción.
Y sin previo aviso, me lanzó a la cama y se despojó de su abrigo para luego subirse sobre mí.
Comenzó a besarme con un frenesí delicioso que terminó por encenderme por completo también y me quité el abrigo para quedar únicamente con la bata, esperando por él.
Emir me atrapó entre sus brazos con una fuerza que me arrancó el aliento. Sus labios chocaron con los míos, intensos, hambrientos, como si quisiera devorarme. Su lengua se abrió paso sin permiso, reclamando mi boca con el dominio de un hombre que no pensaba detenerse esta vez.
Su cuerpo me empujó contra la pared mientras sus manos me recorrían como si quisiera memorizarme con las yemas de los dedos. Besó mi cuello, succionando con firmeza justo donde sabía que me hacía gemir, y siguió descendiendo hasta el nacimiento de mis pechos, que temblaban ante su aliento cálido. Esa área en específico era su delirio. Él amaba esa parte de mi cuerpo y me hacía sentir tan deseada.
—No puedo soportarlo más… —gruñó, la voz ronca, desbordada.
Le mordí el labio inferior, jadeando. Estaba igual que él. Impaciente. Ardiente. Desesperada.
Pero de pronto se apartó con una maldición entre dientes.
—¡Los preservativos! —bufó, revolviendo entre su ropa con torpeza.
El deseo en mí amenazaba con desvanecerse a cada segundo. No podía permitirlo. Me levanté de un salto, lo abracé por detrás, y deslicé mis manos por su abdomen hasta que mi palma envolvió su erección. Seguía tan duro que dolía.
—No necesitamos eso —susurré contra su oído, mientras lo acariciaba con lentitud—. Quiero sentirte así. Todo. Sin nada entre nosotros.
Él se estremeció bajo mis manos. Su cuerpo vibraba como un cable tenso.
—¿Estás segura? No quiero que…
—¿…me embaraces? —dije, entre risas suaves.
Asintió, el deseo y la duda luchando en sus ojos.
—¿Y qué tiene? —susurré mientras me giraba hacia él y tomaba su mano para llevarla entre mis piernas—. Soy tuya. Hazlo. Mételo. Ahora.
Emir soltó un gruñido que me hizo temblar las piernas. Me sujetó con violencia deliciosa por la cintura, me alzó una pierna contra su cadera y bajó mis bragas con un solo tirón, desgarrándolas por un costado. Sus dedos se deslizaron entre mis piernas y soltó un suspiro jadeante al encontrarme empapada.
—Mierda, estás tan mojada… —murmuró.
Me empujó contra la pared y su cuerpo me aplastó con la urgencia de quien ha esperado demasiado. Su erección rozó mi entrada sin barreras, caliente, pulsante, provocándome un gemido quebrado.
Lo miré. Le abrí las piernas un poco más. Y él no se contuvo.
Me penetró de una sola embestida, profundo, brutal, desgarradoramente placentero.
Solté un grito que se ahogó en su cuello mientras él comenzaba a moverse dentro de mí con fuerza, sin tregua. Cada estocada me hacía golpear la espalda contra la pared, pero no me importaba. Lo único que quería era sentirlo más, más hondo, más rápido, más todo.
—¡Emir! —grité—. ¡No pares, por favor!
Él obedeció con gusto. Me sujetó las muñecas por encima de la cabeza con una mano, y con la otra, me tomó del muslo, clavándome contra su cadera en una embestida rítmica, salvaje. Estaba completamente dentro, frotando cada rincón de mi interior con su miembro palpitante.
—Así… —jadeó contra mi oído—. Así te gusta, ¿verdad? Sentirme sin nada. Caliente y mojada para mí.
Yo solo podía gemir y aferrarme a su espalda, mientras su boca se apoderaba de mis pechos. Su lengua jugueteó con mi pezón hasta que lo dejó erecto y sensible. Cada succión, cada mordida suave, me empujaba más cerca del clímax.
—Me vuelves loco —murmuró entre jadeos—. Quiero venirme dentro de ti. Quiero llenarte.
Eso bastó. Mi cuerpo se sacudió en espasmos incontrolables. Grité su nombre cuando el orgasmo me azotó con una intensidad que me hizo ver destellos. Las piernas me flaquearon. Solo él me sostenía.
Pero Emir no había terminado.
Aceleró el ritmo, completamente perdido en el placer. Sus caderas golpeaban las mías con brutalidad deliciosa. Me sentía poseída. Desnuda. Expuesta. Amada.
Y entonces lo escuché gruñir, una maldición baja, un “mierda” rugido desde el pecho… y lo sentí venirse dentro de mí, caliente, intenso, derramándose mientras enterraba el rostro en mi cuello, temblando.
Quedamos jadeando, nuestros cuerpos aún enlazados, sudados, marcados por lo que acababa de pasar.
Emir salió lentamente de mí, con una ternura nueva en su mirada, y me cargó entre sus brazos. Me depositó en la cama como si fuera frágil, como si después de toda esa tormenta, yo fuera su calma.
Nos miramos. Y supe que lo que habíamos hecho no era solo sexo. Había sido una declaración silenciosa de que ya no había vuelta atrás. Esta vez nos habíamos unido piel a piel, sin nada de por medio.
Sabía que mi rostro era un desastre, pero Emir parecía ser todo un dios griego: sonrosado, sudoroso y extremadamente guapísimo, mirándome con sus preciosos ojos oscuros y regalándome su maliciosa sonrisa torcida.
—Ahora comprendo por qué querías alejar a Cameron y a Demian—dije entre risas. Me sentía aún sofocada y en el limbo por lo que acababa de pasar y él me guiñó el ojo.
—No podía hacer esto con ellos de espectadores—respiró hondo, rodando por la cama hasta quedar boca arriba para recuperar el aliento.
Nos quedamos unos segundos en silencio y nuestras miradas volvieron a encontrarse.
Me percaté que las pupilas de él volvieron a agrandarse, señal de que estaba recuperándose más rápido de lo que pensaba. Su mirada descendió a mis pechos y al resto de mi cuerpo y nuevamente volvió a fijarse en mis ojos, como súplica.
Bajé la mirada a su enorme amiguito que se había recuperado por completo y comprendí a lo que se refería. Sonreí.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com