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Emir Lovelace - Capítulo 28

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Capítulo 28: Capítulo 27

Tiempo después, cuando Emir se dio cuenta que hacer el amor más de cinco veces en el día sin el descanso adecuado, era demasiado para él, nos duchamos para afrontar lo que quedaba del día.

Salimos a comer al restaurante del hotel y a enfrascarnos en una armoniosa conversación sobre nuestras vidas. Aunque a mí, de vez en cuando, me venían a la mente los momentos íntimos que habíamos compartido hacía un rato y él notó mis mejillas ruborizadas.

—¿Te sientes bien? —me preguntó con inocencia y acarició una de mis mejillas.

—Sí, ¿por qué preguntas? —me excusé en mi comida.

—Tu rostro está ruborizado.

—Ah, eso, no te preocupes—eludí, dándole un sorbo a mi taza de chocolate.

Él se relamió el labio inferior, en donde yo le había mordido y tenía un pequeño corte rojizo.

Y recordar el momento exacto de ese mordisco provocó que volviera a sonrojarme.

No obstante, sentí la mano de Emir acariciarme la pierna por debajo de la mesa con disimulo y di un respingo.

—Ya entendí por qué estás así—susurró en complicidad, con una sonrisa pícara.

—Es que me siento avergonzada, es decir, estamos aquí como si nada, pero ese rato… —cubrí mi rostro con las manos, sintiendo que los colores de mi cara eran lava.

Entonces él me agarró las manos para que lo mirara a la cara.

—Sigo sin creer que de verdad alguien como tú se haya fijado en mí.

Emir sacudió la cabeza en negación y me abrazó por encima de los hombros con cariño. Me envolví en su perfume y calor corporal, haciéndome estremecer.

—Ve haciéndote a la idea, corazón, porque pronto serás mi esposa y todo el mundo lo sabrá.

Asentí, no muy segura de creerle, puesto que había demasiado en juego como para asegurar que sería algo real lo de ser su esposa.

En primer lugar, nos conocíamos hace casi dos semanas atrás y él juraba amarme, dejar su reino y corona por mí, e incluso me trajo a Suiza para pasar tiempo juntos y huir de su familia, dejando a su padre enfermo. Era descabellado, pero no podía ser que él se atreviera a fingir con algo tan serio y mucho menos con la salud de su padre.

Incluso había accedido a traer a mi mejor amigo con nosotros para que yo estuviera tranquila.

—¿Prometes no romper mi corazón? —murmuré en el hueco de su cuello.

—Lo prometo—me aseguró con firmeza y su cuerpo continuó relajado y su corazón latiendo con normalidad. No sentí ninguna tensión que pudiera decir lo contrario en su lenguaje corporal.

Hablaba en serio.

—¿Hoy podremos ir a turistear más por los alrededores? —le pregunté.

—Por supuesto.

Terminamos de comer, él sin dejar de abrazarme, y después salimos a la calle en donde el frío nos caló los huesos, pero ya estábamos preparados.

La ciudad era diferente a la luz del día, pero igual de hermosa.

La nieve estaba cuidadosamente lejos de las aceras porque ahí cuidaban cada detalle, limpiando todo con sal para que los transeúntes no sufrieran accidentes y mucho menos los vehículos, aunque eran escasos. Normalmente las personas elegían usar bicicletas.

—¿A dónde vamos primero? —me preguntó.

—No lo sé, no conozco aquí—reí.

—Bien, porque muero por llevarte a un sitio que estoy seguro que te va a encantar; pero tenemos que irnos en coche para llegar.

—¿No hay transporte público?

—Sí, un autobús que va directo ahí, pero…

—¡Vamos! ¿Acaso jamás te has subido a un autobús? —sonreí de oreja a oreja, persuadiéndolo.

—Nunca he pisado uno, pero haré una excepción por ti—resopló, regalándome una sonrisa traviesa.

—¡Entonces no perdamos más tiempo! —lo agarré fuertemente de la mano.

Emir me dirigió hacia la parada de autobuses que estaba a unas cinco calles y aguardamos impacientemente. Había bastante gente esperando y no alcanzamos a entrar al primero que llegó y tampoco al segundo. Percibí que Emir estaba a nada de perder la paciencia cuando por fin llegó el tercero, en el que tuvimos casi todo el sitio libre para elegir. Él decidió ir hasta el fondo en donde había asientos para dos, para no tener que ir revueltos con los demás.

Como yo iba del lado de la ventana, fui admirando las montañas majestuosas que se hacían cada vez más grandes a medida que nos alejábamos de la ciudad.

—¿El sitio a dónde quieres llevarme es a las afueras de Zermatt? —inquirí, volteando a verlo y entrelacé mi mano con la suya, recargando mi cabeza en su hombro.

—Más o menos—no entró en detalles—es secreto.

Asentí, emocionada.

Al cabo de casi cuarenta minutos de viaje, comprendí que nos hallábamos en lo más alto de las montañas y parpadeé, perpleja.

Había mucha gente tomando fotos, señalando algo en la lejanía y alcancé a ver un Teleférico que se perdía entre lo alto de las montañas.

El autobús se detuvo y bajamos con el resto de personas.

Emir no me soltó la mano en ningún momento y me instó a caminar hacia un pequeño edificio de donde parecía ser el inicio del Teleférico.

—No me digas que…

Él asintió, esperando mi reacción.

—¡Siempre había querido subirme a uno! —salté de emoción y él rio.

—Cuando vine por primera vez aquí, exigí subirme con Ewan. Teníamos como diez años y él ocho. Fue una experiencia alucinante. Desde entonces jamás volví a subirme.

— ¿Por qué no?

—Porque a partir de ahí, nuestras visitas solo se concentraron en estar únicamente en la residencia de la realeza suiza. Éramos niños, pero querían que jugáramos con los hijos de los reyes, ya sabes, para formar alianzas y vínculos. Al principio fue divertido, después ya no.

—¿Ocurrió algo con los hijos de ellos?

Emir hizo una mueca.

—Al igual que mis padres, esa familia también tiene dos hijos, pero no son los dos varones. La mayor es una chica, Luzia y el menor un chico, Markus.

Fruncí el ceño, sin entender.

—Querían emparejarme con la hija mayor—me tradujo y alcé ambas cejas.

—¿Y no se supone que te habían emparejado con la marquesa? —sisé. Era el colmo que tuviera tantas opciones.

—Exactamente. Con Eleanor fue desde que nací y ella ni nacía, pero el trato ya estaba. Sin embargo, cuando empezamos a venir aquí, pensaron que sería buena idea intentar ver si yo tenía más química con Luzia y anular el trato con la marquesa.

La fila avanzó y caminamos sin dejar de platicar.

—¿Y qué pasó? ¿Hasta qué edad dejaron de venir aquí? —insistí.

Emir se rascó el cuello con incomodidad.

—Pues… Luzia se enamoró de mí y dejé de venir cuando me di cuenta de ello. Para ese entonces yo tenía veinte años y no tenía idea de que el trato de casarme con Eleanor ya estaba de todas maneras, hasta los veinticinco, pero eso ya lo sabías.

—¿Y tus padres y los de ella supieron del enamoramiento?

—Por supuesto, pero yo dejé en claro que no estaba interesado.

—O sea que tiene casi diez años que no venías aquí para no encontrártela.

Él asintió.

Me quedé en silencio por unos segundos.

—¿Ella no te gustó por qué es fea o porque su personalidad es una mierda?

Emir me soltó la mano brevemente para darme su teléfono.

—Entra a mi galería. Ahí hay fotos de su familia recientemente. Esas fotografías me las hicieron llegar por correo y las descargué para luego enseñárselas a mis padres, pero después de que las veas, bórralas.

Volvió a apoderarse de mi mano mientras yo miraba las fotos.

La tal Luzia era una mujer muy elegante, rozando lo irreal. Piel tan blanca como la nieve misma manchada de pequeñas pecas cafés, con el rostro pequeño, ovalado y femenino, sus ojos eran cafés y su cabello rojo como el fuego recogido con una tiara y suelto por detrás. Era hermosa. Llevaba un vestido pegado color oro, que le hacía lucir su esbelto cuerpo delgado y pocas curvas, pero con mucho porte. Sonreía diplomáticamente junto a una pareja, que debían ser sus padres, los reyes. Ellos estaban sentados y ella de pie, al lado de ellos. Sus progenitores eran pelirrojos, y podría decirse que ella era la réplica de cada uno.

Pero la persona en esa fotografía que captó toda mi atención fue la del chico que estaba del otro lado de ella, junto a la reina.

Era demasiado alto, el cuerpo atlético y muy trabajado, incluso más que el de Emir. Llevaba puesto un traje verde esmeralda y su rostro era similar al de sus padres y hermana, pero al mismo tiempo diferente.

Tenía pecas, aunque no exageradamente, y su cabello era de un color rojizo dándole al naranja. Y lo que me impactaron más fueron sus ojos mieles, que miraban divertidos a la cámara y su sonrisa traviesa, que parecía burlarse o reírse internamente de un chiste en su cabeza. Y tenía una cicatriz en la ceja derecha.

Así que él era Markus, el hermano menor de Luzia y antiguo amigo de infancia de Emir.

Era muy atractivo.

—¿Y bien?

La voz de Emir me hizo salir del ensimismamiento y regresé a la realidad. Le devolví el teléfono sin borrar nada y él lo guardó en su bolsillo.

—Ambos hermanos son muy atractivos—logré decir, aturdida.

—En apariencia nada más. Es que son muy fríos y simples—se encogió de hombros—Luzia supuestamente se enamoró de mí porque le compartí de mi hamburguesa la vez que salimos los cuatro a dar un paseo por Zermatt. Y no supe si bromeaba o no, pero comprendí que era porque jamás había tenido el contacto masculino real de alguien que no fuera de su familia. Ni siquiera es que yo fuera súper amable con ella. Únicamente le ofrecí mi comida y lamentablemente Luzia confundió mi amabilidad con flirteo.

—¿Y qué me dices de Markus? —pregunté con interés, e incluso me sorprendí por tener esa curiosidad en él, pero Emir no pareció notarlo.

Avanzamos un poco más en la fila.

—Es fácil hablar con él, o bueno, en aquel entonces lo era. Me agradaba e incluso también Ewan pensaba lo mismo que yo, pero las personas cambian, Spirit. Es posible que ahora Markus sea igual o más desagradable que mi hermano.

—En la foto parecía estar riéndose de algún chiste interno.

—Tal vez estaba burlándose y no pudo contenerse para la foto. En eso, quizá no ha cambiado. Él nos hacía reír con sus ocurrencias.

—Deberías retomar su amistad. Se ve que podría ser un buen amigo, en especial en nuestras circunstancias, ¿no crees?

—Puede que tengas razón, pero no sé si sigue siendo confiable. ¿Y si se le ocurre dar aviso a mis padres de que estamos aquí?

Me tensé y él me dio un breve apretón de manos.

—¿Y cómo se apellidan?

—Ante la ciudadanía, son los Fankhauser, los reyes de Suiza, pero tienen otro apellido—hizo memoria—no logro recordarlo. Ese apellido es de parte de la madre de ellos porque de ella viene la dinastía de la sangre real.

Aquella información me dejó pensativa, pero como comenzamos a avanzar más rápido en la fila, me concentré en lo que teníamos enfrente.

Las pequeñas cápsulas para el teleférico se llenaban rápidamente después de pagar el boleto de manera virtual o físicamente. Y como Emir era demasiado astuto, las compró en menos de un minuto para no tener que perder más tiempo.

—Por aquí—me dijo, sin soltarme para no perderme entre la multitud.

Nos movimos a través de las personas y nos colocamos justo frente a donde las cápsulas llenas iban a vaciarse.

Pero la cantidad de personas era excesiva y comencé a desesperarme, comenzando porque Emir solamente tenía su mano aferrada a mí, pero su cuerpo estaba interceptado por más personas, alejándose de mí.

—¡No me sueltes! —le oí gritar, aferrándose a mi mano.

De pronto, en cuanto las primeras tres cápsulas se desocuparon, la gente apenas dejó que bajaran los demás para arremeter con fuerza y ocupar los lugares correspondientes.

En ese forcejeo, me solté de la mano de Emir y fui empujada por todos hacia las cápsulas.

Intenté moverme contra corriente, pero fue inútil. Alcancé a ver a Emir buscándome con desesperación, y tuve que girar sobre mí misma para no caer por debajo de las cápsulas, las cuales tenían un agujero lo suficientemente grande para que una persona cayera al vacío de la montaña.

De un empujón, entré a una cápsula vacía e intenté salir, pero seis personas evitaron que saliera porque entraron corriendo a ocupar sus lugares y en cuanto la puerta se cerró, palidecí, viendo a Emir acercarse desde afuera y mirarme consternado.

La última persona que entró después de mí se encargó de presionar el botón para cerrar la puerta. Ni siquiera repararé si era un hombre o una mujer porque iba con un gorro y un cubre bocas negro.

—¡Emir! —grité— ¡Debo bajarme! ¡Mi novio no alcanzó a subir! —chillé, forzando la puerta.

—Disfruta el viaje y cuando bajes, vuelve a subir con él—me riñó una adolescente junto a mí.

—Pero esta cosa regresa al mismo lugar, ¿no? —pregunté.

—Dependiendo. Nosotros bajaremos en la estación de abajo y si quieres volver arriba, harás el viaje sola de regreso.

—¿Qué? Pero muchas personas bajaron aquí mismo—balbuceé.

—Porque se subieron en la estación de abajo—carraspeó la misma chica, aburrida de contestarme.

Nos empezamos a mover lentamente, lejos de la estación, y observé a Emir a lo lejos, mirándome con angustia.

Abatida, no tuve otra opción más que sentarme a ver el hermoso paisaje. Por más que era una belleza, no podía disfrutarlo porque Emir no estaba a mi lado.

¿Por qué demonios tenía que pasar algo, lo suficientemente ridículo como para separarnos de esa manera?

Las montañas eran gigantes, el manto blanco le daba el toque nostálgico y bello que las películas lograban transmitir.

Recargué la cabeza en el cristal y suspiré.

Si Emir hubiera estado a mi lado, habríamos entablado una conversación amena sobre lo hermoso de Suiza, pero me hallaba rodeada de personas desconocidas.

—No todo es tan malo si lo ves desde otra perspectiva.

Fruncí el ceño cuando escuché una voz masculina con un acento interesante. Y como pensé que quizá le hablaba a alguien más, hice caso omiso y seguí mirando a través del cristal.

—Tu novio va a esperarte en la estación de abajo, estoy seguro.

Mi mirada se desvió directamente al dueño de esa voz con acento curioso. Y reparé en que él había sido el último en entrar a la cápsula y cerrarle la puerta a Emir.

Él estaba enfrente mío sentado, su gorro y cubre bocas no dejaba que le viera el rostro completamente y me recordó a Emir, cuando quería estar de incógnito. Lo único que podía verle a ese sujeto eran sus ojos mieles mirándome con fijeza y el inicio de sus cejas, que eran de un color rojo naranja, pero el gorro cubría gran parte de ellas. Al parecer tenía muchas pecas en lo poco que lograba verse a través de su disfraz.

Su ropa no era oscura, pero era gris.

Me encogí de hombros, ignorándolo.

Lo menos que deseaba era hablar con un extraño.

—Eres turista, ¿verdad?

Cerré los ojos, resignada y al abrirlos, lo miré con desdén.

—Vinimos a vacacionar. —Respondí de manera tajante.

Él asintió y noté que había sonreído porque sus ojos se achicaron levemente.

Era muy extraño.

Sin embargo, me causó cierta inquietud. Sus ojos y el color de ellos, me resultaron familiares de alguna parte y no percibía maldad en él.

—Asumo que eres de aquí, ¿verdad? —dije, para suavizar un poco mi respuesta anterior.

—Desde que nací, para ser exactos.

—¿Y a menudo te subes aquí?

—Es la primera vez en muchos años que lo hago.

—Ya veo…

—¿Puedo saber cómo te llamas?

Bien. Si antes no me había parecido malvado, ahora ya no me parecía inofensivo. ¿Por qué quería saber mi nombre?

—¿A todo el mundo le vas preguntando su nombre? —murmuré, a la defensiva.

—No, pero eres la única persona que no va disfrutando el paseo y quiero que te relajes.

Y era cierto.

Yo era la única idiota que iba tensa, ignorando el paisaje y los demás tomaban fotos, reían y conversaban sobre la maravillosa vista y ese sujeto intentaba ayudarme.

—Primero dime tu nombre–sentencié.

—Me llamo Tove Hess—extendió su mano, lo suficiente para que pudiera estrecharla.

–Spirit Norwood—se la estreché con nerviosismo. Ambos llevábamos guantes y, aun así, sentí la calidez de su palma.

—Así que viniste con tu novio a vacacionar, eh, ¿y de dónde nos visitan? —se recargó en el asiento, muy cómodo y metiendo sus manos dentro de su abrigo gris. Pero sus ojos mieles postrados en mí.

—Londres.

—¿Sí? Pensé que, de otra parte, por lo que vi, tu novio tiene rasgos islámicos, e incluso su nombre, Emir, ¿no?

Tragué saliva.

Vaya, ¿acaso era muy observador o yo estaba actuando paranoica? Porque acepto que dije el nombre de Emir a gritos, pero no como para que se lo aprendiera de memoria, en especial sus rasgos.

—No tengo idea. Nos conocimos en Londres—me encogí de hombros, restándole importancia.

El tiempo de paseo en el teleférico era de aproximadamente una hora y más de cuarenta minutos me la había pasado mirando sin ver a través del cristal y el resto del viaje hablando con ese chico, Tove Hess, y evadiendo algunas preguntas personales.

—Estamos a punto de llegar a la estación de abajo, tal vez tu novio esté ya esperándote—me tranquilizó.

Asentí.

La estación no estaba tan abarrotada de personas, lo que me permitió bajar sin tener que luchar contra corriente y llegar a piso firme.

Tove se abrió paso entre los demás, siguiéndome con las manos metidas en sus bolsillos y con aire relajado.

—Gracias por la ayuda, Tove, ahora esperaré a que vuelva mi novio—le dije, a modo de despedida.

—Preferiría quedarme un poco más hasta que él esté aquí.

Guardé la calma y dejé que ese sujeto me hiciera compañía en lo que Emir aparecía.

Y para mi mala suerte, pasaron los minutos y casi una hora y él no estaba por ninguna parte. El frío comenzaba a ser más denso y había menos personas.

—¿Quieres que te lleve a algún sitio en donde puedas contactarlo? —se ofreció Tove.

—¿Crees que no vendrá? Es decir, ¿es difícil venir a esta estación sin venir en el teleférico?

—Tendría que rodear la montaña completa y tardaría más de dos horas.

Me llevé las manos a la cabeza para no ponerme histérica. Era obvio que la única manera de contactar a Emir era en el hotel en donde había dejado su número de teléfono en la recepción. El mío lo había perdido cuando me secuestraron y no me tomé la molestia de aprenderme el suyo ni el de Cameron.

—¿Podrías llevarme por favor al hotel en donde nos hospedamos? —le pregunté a Tove con vergüenza.

Él asintió, emocionado.

—Sígueme.

Obedecí a regañadientes.

—¿Los coches pueden subir hasta acá?

—No, pero yo vine en otra clase de vehículo.

Fruncí el ceño.

—¿A qué te refieres…?

Me quedé boquiabierta cuando, al bajar un tramo de la colina, vislumbré un helicóptero.

Al principio pensé que era una broma, pero cuando lo vi saludar al piloto, me sentí intimidada.

—¿Qué?

—Ven, ¿acaso pensaste que de verdad un coche podría subir una montaña? —añadió, riéndose debajo del cubre bocas y me ofreció la mano para subir.

—¿Eres de la mafia o de la realeza? —titubeé, tomando su mano.

Era como estar con Emir, pero diferente. ¿Quién era este sujeto?

Pero no respondió. Lo escuché darle indicaciones al piloto en alemán, una de las lenguas habladas en Suiza, y que claramente no entendía absolutamente nada.

Antes de que nos pusiéramos en marcha, le indiqué el nombre del hotel y él le pasó la información al piloto.

Me dio unos cascos para las orejas para que el ruido de las aspas no me perturbara y comenzamos a elevarnos.

Sentí vértigo, pero dejé que mis nervios se disiparan. Jamás había viajado en helicóptero y mucho menos con un desconocido. Dios. Deseaba tanto estar con Emir.

En menos de cinco minutos alcancé a ver el hotel, pero para mi sorpresa, pasamos por encima de él, sin ningún indicio de bajar y volteé a ver a Tove.

—¡Oye! —lo agarré del brazo y me miró, sobresaltado. —El hotel quedó atrás, ¿a dónde me llevas?

—A un lugar mucho mejor—dijo en voz muy alta para que lo escuchara—y créeme, ahí verás a tu novio, confía en mí.

—¿Acaso lo conoces? —retuve el aliento.

Y entonces Tove se quitó los cascos sin dejar de mirarme para después quitarse el gorro y el cubre bocas, dejando al descubierto su rostro por completo.

Y casi sufrí un ataque ahí mismo.

—Perdón por no ser del todo honesto contigo, Spirit Norwood—le oí decir y me agarró de la mano—mi nombre completo es Markus Tove Hess Fankhauser, príncipe de Suiza, segundo en la línea de sucesión y un viejo amigo de Dominic Cavanaugh, tu novio.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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