Emir Lovelace - Capítulo 29
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 29: Capítulo 28
Instintivamente, me alejé de él. Y solo porque estábamos dentro del helicóptero, no me lancé fuera de ahí.
Lo quedé mirando con los ojos entornados y él lejos de intentar calmarme, sonrió de oreja a oreja.
—¿Cómo sabías de nosotros? —sisé, a la defensiva.
—Para poder entrar a mi territorio, primero deben pedir permiso y aunque el Príncipe Dominic pidió discreción, era mi deber cerciorarme de que realmente era él el que estaba solicitando entrar, ¿comprendes?
—Claro que comprendo, pero ¿cómo supiste en donde estábamos justo ahora? ¿Nos seguiste? —me horroricé.
El atractivo que había visto en él en aquella fotografía se transformó en desagrado.
Entonces Markus Fankhauser se pasó la mano por su peculiar cabello y suspiró.
—Eres más lista de lo que pensé.
—Habla—le ordené.
Él arqueó una ceja en mi dirección en el momento que por fin estuvimos en tierra, pero parecía ser que estábamos en un sitio privado, y apenas alcanzaba a ver numerosos árboles a nuestro alrededor.
—Si sabes que estás hablando con un Príncipe, ¿verdad?
—Claro que lo sé—espeté—pero yo no soy de aquí, así que no te debo ningún respeto, especialmente si me has traído a este lugar sin mi consentimiento.
—Te traje a mi hogar para que te sea más fácil localizar a Dominic. Vamos, adentro podrás llamarlo.
El piloto nos abrió la puerta y Markus extendió su mano hacia mí con amabilidad.
Irritada, no pude ni siquiera ignorarlo porque, para ser sincera, no parecía ser un imbécil como Ewan.
Le acepté la ayuda y me auxilió, al cargarme para no tener que mancharme los pies con el fango que había debajo de nosotros.
Y solo hasta ese segundo, escudriñé a mi alrededor.
Era un sitio gigante, más que la finca de Emir, y probablemente del mismo tamaño que la verdadera residencia que tenía con sus padres, pero eso no podía saberlo a ciencia cierta.
Seguí a Markus a través de los árboles hasta que por fin advertí el tamaño de la mansión. Sí, era enorme.
—Markus, yo no debería estar aquí.
—Llámame Tove. Yo soy el Príncipe Markus, pero en confianza soy solamente Tove.
Asentí.
—Tove—dije—yo no debería estar aquí.
—Lo sé, pero tampoco creo que quisieras continuar en las montañas, ¿O sí? —añadió con diversión.
Enseguida muchos de sus empleados se acercaron a recibirlo y en cuanto repararon en mí, se detuvieron en seco.
Tove se encargó de hablar con ellos en alemán, y supuse que quizá les dijo que yo era una invitada porque rápidamente se relajaron y fueron amables conmigo.
Lo ayudaron a quitarse el abrigo gris y advertí que llevaba una camisa verde esmeralda por debajo.
Cuando entramos a la mansión, dejó de haber frío y me sentí menos incómoda.
—Por favor, llama a Emir—le supliqué.
—Por supuesto, pero primero quiero comer algo, acompáñame.
Mi paciencia comenzaba a flaquear, pero tampoco podía permitirme hacer un berrinche. Yo no estaba en el territorio de Emir y él tampoco se hallaba a mi lado para dejarme sacar mi mal genio. Me encontraba en otro reino, más frío y quizá más letal que el de Irlanda y sin nadie conocido.
¿Por qué tenía que involucrarme con personas desconocidas que conocían perfectamente bien a Emir?
Él era el Príncipe, él era importante, yo no…
Lo seguí a pasos cautelosos hasta la cocina, que era igual de enorme que el resto de la mansión. Habían empleados por doquier y al ver entrar a Tove, cuadraron los hombros y tras recibir el saludo de él, se relajaron, clavando sus miradas en mí.
Tove les ordenó algo y en cuestión de segundos se pusieron en movimiento.
—Siéntate. Están preparando algo caliente para beber.
—Te lo imploro, Tove, llama a Emir, pronto va a anochecer y estoy segura que debe estar enloquecido por no saber en dónde estoy—hice el ademán de arrodillarme, pero antes de llegar a hacerlo, el Príncipe me agarró de los hombros, sobresaltado.
—¿Qué haces? —se mostró intimidado.
—Si quieres que me arrodille o bese tus zapatos para que llames a Emir, lo haré—lo miré con determinación.
—¿Tan importante es Dominic para ti?
—Emir—le corregí—y sí, él es muy importante y necesito que lo llames, por favor.
—De acuerdo.
Su expresión se suavizó y sacó de su pantalón un teléfono. Buscó unos segundos y colocó el altavoz mientras enlazada la llamada, colocando el móvil en la isla de la cocina.
—¿Hola?
Mi corazón dio un vuelco.
—Hola, Dom, ¿dónde estás?
—Escucha, Markus, en estos momentos no estoy de humor, ¿de acuerdo? No tengo tiempo para…
—¡Emir! —chillé.
—¡¿Spirit?!
—Me temo que sí tienes tiempo ahora—bromeó Tove.
—¿Qué demonios? ¿Por qué ella está contigo?
—Bueno, la abandonaste en el teleférico y me ofrecí a ayudarla.
—No la abandoné, sigo aquí, maldita sea, y estaba a nada de llamar a la policía y hacer que todos sepan que me encuentro en Suiza con tal de encontrarla—gruñó.
—Cálmate—rio Tove—ven a buscarla a mi casa. Ella está bien y de paso, te servirá para visitarme como es debido. Desde hace diez años no has vuelto a venir y Luzia te echa de menos.
Tras escuchar el nombre de ella, me tensé y casi percibí la incomodidad de Emir a través del teléfono.
—Estaré allá lo antes posible. Y por favor, intenta no molestar a mi novia y tampoco divulgar que iré y tampoco la identidad de ella, Markus.
—Descuida, no lo haré. Aquí te esperamos.
La llamada finalizó.
—¿Ves? Ya viene en camino. —Me miró, risueño.
Sus ojos mieles brillaban de curiosidad y como Emir ya venía por mí, pude relajarme y concentrarme en el cabello de ese Príncipe.
—¿De verdad ese es tu color natural? Porque el de tu hermana es más rojo, tirándole al fuego.
—Sí, es natural. A mis padres, cuando me concibieron, se les debió olvidar ponerle más tinta a la impresora, ya sabes—bromeó.
—Oh, vamos, no seas tonto—reí también.
Y una empleada nos sirvió dos elegantes tazas de chocolate caliente.
—¿Tus padres están aquí?
Él negó con la cabeza mientras le daba un sorbo a la taza.
—¿Y tu hermana? —pregunté cómo quien no quiere la cosa.
—Tampoco. Se la pasa de un lado a otro con mis padres, de evento en evento, porque debe saber muy bien todo para cuando herede la corona.
—Supongo que tú estás más tranquilo con todo eso, ¿no?
—Sí. Me habría vuelto loco si fuera el heredero directo. Es un infierno.
Me estremecí. Eso era lo que Emir sentía y quería renunciar a ello por mí.
—Si tu hermana, hablando metafóricamente, conociera a un chico que no fuese de la realeza ni tuviera ningún título, y se enamorara de él, ¿tus padres lo aceptarían?
Tove se quedó pensando un momento.
—No, de ninguna manera.
—¿Y si ella decidiera abandonar la corona por amor? Es decir, por ese chico en cuestión—me mordí el labio inferior.
—Es interesante eso que me dices, porque no digo que sea imposible que ocurra, pero sé que no pasará. Conozco a mi hermana lo suficiente como para saber que no es tan estúpida de arriesgar así nuestro linaje.
—Por eso—insistí—pero si pasara, ¿qué problemas atraería a tu familia?
—Si ella decidiera renunciar a la corona e irse con esa persona, por obvias razones sería un escándalo, y sería desterrada completamente de la familia, le quitarían el título de princesa, el apellido real, y toda su fortuna que por derecho le corresponde, dejándola sin ningún centavo, como una simple ciudadana Suiza y yo, desde luego, sería coronado rey—objetó y sacudió la cabeza—lo cual, deseo de todo corazón que no suceda. De solo pensar en esa posibilidad se me pone los pelos de punta. Sería horrible. Una pesadilla.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com