Emir Lovelace - Capítulo 3
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
3: Capítulo 02 3: Capítulo 02 Esa noche pasó de ser la peor, a la mejor en cuestión de segundos.
Fue como de película, pero con la diferencia de que el chico se esfumó en cuanto cumplió con su cometido y no se quedó a tener sexo conmigo hasta el amanecer.
Ya en la seguridad de mi habitación, le llamé a Cameron y le conté lo ocurrido con sumo detalle, incluso le envié una foto con la sudadera de Emir Lovelace puesta.
Planeaba dormir con ella puesta por el resto de mi vida.
—Debes estar tomándome el pelo… —Te estoy diciendo la verdad, me cuesta creerlo también a mí—suspiré, emocionada.
—Si no fuera por el curso de fotografía carísimo que ya pagué, en estos momentos estaría haciendo mis maletas para ir a Dublín y ayudarte a rastrear a tu futuro esposo.
—Oh, vamos, se ve que es de clase alta, no me sorprendería que fuera hijo de un magnate.
—Emir Lovelace—dijo Cameron y fruncí el ceño—según mi teléfono, no hay nadie con ese nombre que sea famoso, lo que nos lleva a la conclusión de que es accesible, solamente se hizo el difícil contigo.
Ningún hombre, escúchalo bien, ninguno, te habría ayudado sin un trasfondo de por medio.
—No deseaba volver a verme, por eso me dejó conservar su sudadera—me mordí el labio inferior—huele delicioso.
—Y no creo que no hayas logrado verle la cara, es imposible.
—Hacía lo posible por ocultármela, y tampoco voy a ser grosera de quitarle la gorra, cuando acababa de salvarme de un idiota.
Tuve suerte de que no me hiriera de muerte ni me tirara un diente.
—Lamento tanto no haber estado ahí para patearle las bolas a ese infeliz—espetó Cameron.
—No te preocupes, me has salvado en muchas ocasiones y ahora fue turno de alguien espectacular—dije, risueña.
—Entonces yo no soy espectacular, ¿eh?
—se mostró ofendido y después nos echamos a reír.
La llamada duró hasta el amanecer y en algún momento Cameron colgó porque yo no lo hice.
Me sumí en un sueño delicioso y reparador en el que soñé con aquel chico extraño y rostro desconocido que había salvado mi vida en mi primera noche en Dublín.
Desperté pasado el mediodía con muchísima hambre.
Llamé a la recepción para pedir desayuno a la habitación, pero me informaron que no tenían esos servicios, así que tenía que alistarme para salir a buscar donde comer.
Tal vez no me quedaría los dos meses ahí porque era demasiado dinero que necesitaba para tener los servicios básicos.
Calculé que me ajustaría para estar tres semanas, siempre y cuando racionara bien los gastos.
Para salir, decidí ponerme la sudadera de Emir Lovelace y sentirme segura con el aroma de su perfume impregnado en mi piel.
Caminé algunas calles, admirando la majestuosidad de la ciudad y al mismo tiempo tomando fotos a mi alrededor, en lo que encontraba un buen restaurante económico.
Lo que llamó mi atención fue ver que en todas partes había panfletos anunciando sobre la participación del Príncipe de Irlanda en un partido de Hurling, un deporte originario del país y me detuve a leer un poco la información.
La entrada era gratis, siempre y cuando llevaras víveres para los damnificados de países vecinos.
Era para recaudar fondos.
Iba a oficiarse en el estadio multiusos de Dublín, Croke Park.
¿Había realeza en Irlanda?
Pensaba que solamente en Inglaterra.
El juego se llevaría a cabo en tres días y se me ocurrió asistir, simplemente para pasar el rato y distraerme, y de paso, conocer al Príncipe.
Arranqué uno de los carteles y los guardé en la bolsa de la sudadera.
Encontré a un par de calles más un buen sitio donde comer y entré.
Pedí mi orden y en lo que esperaba, saqué mi teléfono para obtener información sobre el Príncipe, pero solo encontré su nombre.
No había fotos suyas en la red, lo cual era extraño.
Dominic Cavanaugh, Príncipe de Irlanda.
Tenía un nombre respetable e interesante.
Y de ninguna manera me iba a perder ese acontecimiento.
Después de comer, eché a andar sin ninguna dirección en específico.
Quería y deseaba llenar mis pulmones de aire fresco e intentar dejar de pensar en Emir Lovelace.
Dios.
Se estaba convirtiendo en una obsesión, como cuando era adolescente y fantaseaba con que algún día me casaría con Justin Bieber si él me lograba notar entre miles de fans y ahora solo veo como Hailey Bieber vive mi vida soñada con él.
Antes de que anocheciera, regresé al hotel.
Había leído trípticos turísticos en la calle en donde decía que la Catedral de San Patricio era sorprendente y, por ende, tenía que ir a visitarla al otro día.
No podía perderme de edificaciones famosas.
Pasé a comprar comida callejera en un puesto cercano al hotel y cené cómodamente viendo vídeos en mi teléfono, sin quitarme todavía la sudadera.
Cuando finalmente me digné a ponerme el pijama, sentí algo en el interior de la bolsa de la sudadera, aparte del panfleto.
Metí mi mano para sentir lo que era y fruncí el ceño.
Extraje de ahí un costoso anillo de oro con la figura de una cabeza de león que tenía como ojos un par de rubíes rojos.
Y tenía grabada las iniciales D.
E.
C.
L.
La E y la L era por Emir Lovelace, pero ¿y las demás letras?
Sonreí como tonta cuando me lo puse.
Me quedaba enorme y tomé la decisión de quedármelo como un amuleto.
Si era importante para él ese anillo, vendría a buscarme.
Me quité la cadena del cuello y metí el anillo ahí para llevarlo siempre conmigo debajo de la blusa.
El país era extraordinariamente espectacular.
Incluso si me quedaba en la ventana viendo el anochecer, en espera del amanecer, era apremiante y exquisito.
El frío nocturno era lo que más le daba el toque.
Repetí los días posteriores el mismo itinerario.
Para el tercer día, horas antes del partido de Hurling en Croke Park, visité la Catedral de San Patricio y quedé hipnotizada por su majestuosidad.
Parecía haber salido del mundo de Harry Potter y deseé que, si en algún momento, tuviera la oportunidad de casarme, hallaría la manera de que fuese ahí.
Saqué algunas fotografías y busqué donde comer algo antes de dirigirme al estadio y ver jugar al Príncipe, pero no sin antes comprar víveres para poder entrar… Me parecía extraño que la emoción y energía que había tenido antes de venir a Irlanda, ahora dependía de ir a ese partido en el que no conocía a nadie y ni siquiera podría conocer a ese Príncipe realmente y simplemente gastaría mi dinero sin ninguna ganancia de por medio.
Después de comer, regresé al hotel a descansar.
Mis ánimos habían decaído rápidamente con mis pensamientos intrusivos.
Cameron solía decir que me estresaba por problemas ficticios o antes de tiempo.
Unas repentinas ganas de llorar inundaron mi corazón.
Siempre había podido lidiar con la depresión crónica que he cargado desde la infancia y todo con ayuda de personas que me amaban a pesar de todo, y este era mi primer viaje sola.
Necesitaba a mis padres, a mi abuelo, a Cameron y a… Sacudí la cabeza, decidida a no pronunciar su nombre, ya que había jurado jamás volver a mencionarlo para lograr salir de aquel agujero negro en el que me había empujado ante su traición y partida.
Tal parecía que mi corazón aún no estaba sano del todo porque en momentos como este, me dolía muchísimo, más porque él fue la persona que más me apoyó durante dos años, me ayudó a salir del luto por la pérdida de mi abuelo y luego decidió reemplazarme por otra chica sin dar ninguna explicación.
Él fue mi primer novio, el primero que me hizo sentir la chica más hermosa y única en el mundo, pero también la más reemplazable, desechable e inmunda, fácil de olvidar.
Thiago Roberts.
Infeliz y desgraciado.
Solté un sollozo y de solo nombrarlo se me salieron las lágrimas.
¿Por qué me ponía triste?
La respuesta era clara.
Añoraba tenerlo conmigo, y no tanto porque extrañase su compañía, sino la manera en la que me hacía sentir: SEGURA Y AMADA.
Y tal vez mi tristeza inesperada, también se debía a que sentía que lo estaba traicionando al estar fantaseando en alguien más, cuando le juré amor eterno.
No podía ser yo una egoísta, cuando él optó por traicionarme y seguir su maldita vida, dejándome a la deriva con todo el amor en las manos.
Y era curioso de que yo, en todo este tiempo que llevaba soltera, no había logrado ver a nadie atractivo, hasta que apareció Emir Lovelace, como enviado del cielo.
Lamentablemente, aunque yo quisiera conocer más a ese chico misterioso, no había manera de localizarlo porque Dublín era enorme y no conocía su rostro en absoluto.
Podía incluso encontrarlo en la calle y no reconocerlo, y como él mismo dijo que no nos volveríamos a ver porque así lo había decidido, nunca lo sabría.
Y tampoco ganaría nada quedándome esa noche llorando en mi habitación del hotel, lamentándome por mi ex novio y deseando ver a Emir.
Me levanté rápidamente para retocar mi maquillaje, ponerme ropa más cómoda y llevar la sudadera de él conmigo y sentirme en compañía.
No sabía que me esperaba en el Croke Park, pero lo averiguaría.
Tenía una extraña corazonada… ¿Y si Emir Lovelace estaba en aquel partido como espectador y lo encontraba por casualidad?
Era un evento emblemático al que todos iban a asistir.
Salí corriendo a la calle en busca de una tienda donde comprar alimentos enlatados para entrar al estadio y después detuve un taxi, el cual me cobró un ojo de la cara y tuve que acceder a su tarifa para llegar a tiempo.
El chofer tomó muchos atajos, y, aun así, el tráfico alrededor del estadio era horroroso, por lo que le pagué y decidí bajarme para echarme a correr.
Faltaban solo un par de calles, pero si no me apuraba, me quedaría afuera.
El partido estaba programado para las siete en punto de la noche, y eran las cinco en punto.
La fila de almas que estaban formadas con la intención de entrar, era colosal.
Y me pregunté si alcanzaría a pasar antes de que decidieran cerrar.
Detrás de mí se formaron más personas y en cuestión de minutos, yo era una más en el océano de gente.
De pronto, la chica que estaba enfrente de mí, me echó un vistazo de pies a cabeza con ironía.
Ella iba vestida con los colores de la bandera de Irlanda y yo llevaba puesta la sudadera negra de Emir Lovelace.
Un enorme contraste, sin mencionar que ella era la típica irlandesa rubia de ojos azules e insípida.
—¿Se te perdió algo?
—inquirí, con aire despectivo.
—No eres irlandesa—fue su respuesta y suspiré—no deberías estar aquí, estorbas.
Fruncí el ceño.
—¿Qué acabas de decir?
—estreché los ojos, acusadoramente.
—Lo que has escuchado.
No eres de este país, así que márchate y brinda tu lugar a alguien que lo merezca.
Dejé escapar una risa sin humor, gesto que la desconcertó.
—¿Por qué piensas que voy a obedecer las estúpidas órdenes de una chica común y corriente que se pinta las mejillas y se viste ridículamente con el color de su bandera, cuando seguramente ni siquiera sabe la razón del partido?
Mis palabras la tomaron por sorpresa.
Su rostro enrojeció de vergüenza y miró a los demás que estaban mirándonos.
—Ese no es el punto—titubeó—sólo los irlandeses tienen derecho a ver el partido.
—¿Qué ley o qué reglamento prohíbe que los extranjeros gocen de un partido de Hurling?
—arqueé una ceja.
Al no tener una respuesta racional, lo único que se le ocurrió hacer fue empujarme.
Trastabillé hacia atrás y por suerte no perdí el equilibrio.
—Espero que hayas terminado de hacer tu berrinche—dije con severidad.
El resto de personas estaban atentas a mi reacción y lo más seguro era que si yo imitaba lo que ella había hecho, se me irían encima, así que simplemente me acomodé el cabello y metí mis manos en la sudadera, ignorando su presencia mezquina.
Debió sentirse idiota al ver que no entré en su juego infantil y me dio la espalda, pero todavía alcanzaba a percibir su fastidio.
Al cabo de casi cuarenta minutos, la fila empezó a moverse, señal de que estábamos a punto de entrar al estadio y ser partícipes de aquel juego.
Tardamos otros quince minutos en llegar a la puerta y depositar los víveres en unos contenedores enormes.
Definitivamente aquel evento iba a ser todo un éxito.
Sin embargo, cuando fue mi turno de entrar, me redirigieron a la zona más alejada, es decir, a los asientos de arriba, donde apenas se lograba distinguir a las personas que estaban arreglando el campo, sus rostros eran manchas sin ninguna forma desde la distancia en la que me hallaba y porque no había llevado mis lentes.
Alcancé a ver a la chica problemática subiendo la escalera para situarse justo debajo de mí y para mi buena suerte, me ignoró.
En lo que iniciaba el partido, me tomé el tiempo para averiguar en qué consistía el juego y no quedar como una completa ignorante en medio de esos irlandeses engreídos.
Y según Wikipedia, el Hurling… “Es un deporte de equipo de origen celta.
Está reglamentado por la Asociación Atlética Gaélica.
Se juega con palos (hurley o camán) con los que se golpea una pelota (slither).
Se practica principalmente en Irlanda y se parece al shinty, que se juega en Escocia.
Existe una versión femenina llamada camogie.
La All-Ireland Championship es la principal competición de este deporte, que disputan equipos de los diferentes condados de la República de Irlanda y los condados de Irlanda del Norte, así como un equipo representativo de Londres (Reino Unido) y otro de Nueva York (Estados Unidos).
La final del campeonato se disputa en el estadio Croke Park de Dublín, aunque en 2012 se jugó en un estadio tradicional en Tullamore.
El campeón vigente es el Limerick.
En 2018, la Unesco declaró al Hurling como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.” A pesar de la información, no comprendí en su totalidad, pero esperaba ver el partido y comprender con base a los movimientos de los jugadores.
La mayoría de las luces del estadio se apagaron y los gritos histéricos de los irlandeses anunció que el juego había comenzado.
Me esforcé por agudizar la vista y ver al Príncipe Dominic entre los jugadores, pero mi visión era tan pésima por la distancia, que únicamente lograba verle el cabello oscuro y su perfecto cuerpo moverse rápidamente.
Las personas que estaban a mi alrededor, gritaban excitadas cuando el Príncipe se acercaba de nuestro lado y me desesperé por estar perdiéndome de aquel majestuoso momento.
Mis lentes habían quedado en mi departamento, lejos de aquí.
Yo solo lograba ver a la perfección de cerca.
Era una lástima que el estadio no tuviera pantallas gigantes hasta arriba para poder darnos las mejores tomas de las cámaras que estaban grabando el evento, pero tal fue mi sorpresa… ¡No había camarógrafos!
Parecía ser un evento privado, en el que solamente pocos éramos los privilegiados en estar presentes y no perdernos el espectáculo, y tampoco nadie estaba grabando con su teléfono.
Me mordí el labio inferior, sopesando la idea de sacar el mío disimuladamente y poder grabar al Príncipe para luego deleitarme en el hotel.
Finalmente, ganó mi ansiedad y saqué mi teléfono.
No obstante, para mi desgracia, no alcancé ni siquiera a grabar, cuando alguien me tomó rudamente de la muñeca, casi a tal punto de querer quebrarme los huesos y me arrebató el teléfono con brusquedad.
—¡Suéltame!
—chillé, horrorizada.
Era un guardia de seguridad.
—Está prohibido grabar el partido—me espetó con frialdad—si no guardas tu teléfono, tendré que echarte de aquí.
—No logro distinguir nada—repliqué, tratando de zafarme de su agarre—no lo hice con algún fin en específico, solo soy una turista.
—Peor aún.
Ustedes los norteamericanos creen que tienen el derecho de todo solo por existir.
—Te dije que te largaras de aquí—se burló la chica mezquina con la que tuve el enfrentamiento en la fila, la cual estaba con la cabeza girada hacia nosotros con una enorme sonrisa.
—¿Fuiste tú la que me acusó con el guardia?
—sisé.
—¿Y qué si lo hice?
De todos modos, tú no debes estar aquí—se encogió de hombros.
Con la otra mano que tenía libre, la jalé del cabello con todas mis fuerzas sin importarme el escándalo que estaba por comenzar.
Guardé mi teléfono, empujé al guardia y me le fui encima a la odiosa rubia, la cual empezó a gritar como loca.
Varias personas interfirieron en la riña, y yo me llevé la peor parte.
El guardia me sacó a rastras del asiento y me llevó en dirección a una puerta que daba acceso al interior del estadio, muy probablemente en dirección a la cárcel.
Orgullosamente me dejé llevar hacia mi destino y me di cuenta que le había arrancado un generoso mechón de cabello a la rubia.
Metí su cabello en mi bolsillo porque se me hizo asqueroso tirarlo en el suelo.
—¿A dónde me llevas?
—pregunté, escudriñando a mi alrededor.
Bajamos una escalera que nos llevó hacia los vestidores de los jugadores.
—No tenemos una celda en donde puedas quedarte, pero aquí es el mejor sitio para mantenerte resguardada en lo que termina el partido.
—¿Y luego qué?
—Y luego te vas.
No vale la pena llamar a la policía solo por causar un desorden con la otra chica.
—Creí que me había traído aquí por lo del teléfono—fruncí el ceño.
—Estás aquí por conflictiva—gruñó el hombre—ahora quédate aquí hasta que todo termine.
Aturdida, lo quedé mirando hasta que cerró la puerta en mis narices.
Miré a mi alrededor y vi los casilleros cerrados, pero en las bancas había botellas con agua y toallas, listas para cuando el partido terminara.
Encontré una silla solitaria al rincón de la estancia y deseé nunca haber tenido la idea de sacar mi teléfono para grabar y darle más razones a los irlandeses de echarme.
El tiempo transcurrió.
Los gritos de los fanáticos lograron escucharse y el suelo vibraba a causa de tantos movimientos.
¿Acaso ya había terminado el partido?
Me quedé quieta, escuchando si había pasos acercarse, pero no.
El ruido continuaba arriba, señal de que aún no era el fin.
Poco a poco, sentí que mis párpados pesaban y lo mejor que pude hacer fue abrazar mis rodillas y echarme una siesta, ya que de todos modos no tenía permitido salir hasta que todo finalizara.
No sé cuánto tiempo pasó, pero desperté precipitadamente y me encontré con una oscuridad absoluta y un silencio sepulcral que me erizó la piel.
Saqué mi teléfono para iluminar mejor y entorné los ojos al darme cuenta que faltaban pocos minutos para la medianoche.
Sentí que mi alma abandonaba mi cuerpo.
Enseguida me levanté y corrí hacia la puerta, abrí y había más oscuridad.
¡Me habían olvidado!
Los jugadores ya no regresaron a los casilleros.
Seguramente se marcharon en cuanto terminó el partido.
Con el corazón desembocado, corrí por el mismo camino que el guardia me llevó para ir a los vestidores y poder salir al estadio y localizar la salida por donde había entrado al principio.
La única luz era la linterna de mi teléfono.
Quería llorar de impotencia.
Era muy tarde para estar ahí y en un país desconocido.
En cuanto logré salir a los asientos del estadio, palidecí.
Absolutamente todo estaba igual o más oscuro que dentro.
Era como si estuviera dentro de una película de terror.
No lo pensé dos veces y seguí corriendo, en búsqueda de la salida.
Mis pasos desesperados hacían eco en el lugar, dándome escalofríos.
De pronto, escuché ruido cerca.
¡Alguna persona debía estar ahí!
Apresuré el paso y empujé la enorme puerta de entrada, pero no cedió.
Estaba cerrada.
El ruido de afuera comenzaba a disminuir.
—¡Auxilio!
—grité, horrorizada de quedarme ahí— ¡Estoy atrapada!
¡Sáquenme de aquí!
Golpeé la superficie de metal con los puños y rodillas, reuniendo todas mis fuerzas para llamar la atención, pero parecía ser inútil.
—¡Tienen que ayudarme, por favor!
Mi voz sonó ronca y rasposa, una clara señal de que me estaba quedando afónica de tanto gritar.
—¿Spirit Norwood?
Quedé paralizada cuando lo escuché mencionar mi nombre del otro lado.
Su aterciopelada y deliciosa voz.
Retuve la respiración en mis pulmones.
No podía ser posible que fuese él… —¿Emir Lovelace?
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com