Emir Lovelace - Capítulo 4
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4: Capítulo 03 4: Capítulo 03 Hubo un silencio de su parte y pensé que me había vuelto loca por estar imaginando cosas absurdas por culpa de la histeria.
—No me digas que asististe a este partido y por alguna ridícula razón quedaste atrapada aquí.
Su voz sonaba muy severa, como si deseara que todo fuese una broma.
—Ayúdame a salir de aquí, es lo único que te pido.
Eres la persona en quien menos pensé que estaría del otro lado.
—Estaba a punto de marcharme—me informó con desdén—un par de minutos más y te quedas aquí los próximos dos meses para el siguiente partido.
Resoplé, indignada.
Se estaba burlando de mí.
—Ayúdame—dije en un hilo de voz.
—Bien, dame unos minutos, ahora regreso.
Lo escuché correr a alguna parte y me abracé a mí misma.
Tardó aproximadamente cinco minutos en volver, los cuales me parecieron eternos.
El sonido de las llaves hizo eco con la oscuridad y silencio del estadio.
En cuanto la puerta por fin se abrió, aproveché la oportunidad en saltar a abrazarlo.
Emir Lovelace se sobresaltó, pero, aun así, me devolvió el abrazo, haciendo que mis pies no tocaran el suelo por unos segundos.
—Muchas gracias por ayudarme—sollocé.
Mis lágrimas de felicidad fueron las más reales y sinceras.
Habría abrazado a quien fuera que me hubiera ayudado.
—No es nada—susurró, palmeando mi espalda con suavidad.
Y noté a través del rabillo del ojo que no tenía ninguna gorra puesta y era el momento para verle el rostro por completo.
Al instante de deshacer el abrazo, me dediqué a mirarlo con fijeza rápidamente.
Mi corazón se detuvo y sentí que mis piernas temblaban ante lo que mis ojos estaban viendo.
Percibía que era guapo, pero no tan malditamente atractivo.
Cejas gruesas, pestañas largas y rizadas, que le daban un efecto de delineado natural a sus ojos oscuros, y para rematar, estaba recién afeitado.
Su cabello azabache estaba un poco desaliñado.
Percibí en su mirada cierta sorpresa ante mi reacción y miró hacia la otra parte, opuesta a mí.
—¿Sucede algo?
—me preguntó.
—No, es que no pensé que fueras tan… Volteó a verme con el ceño fruncido.
—¿Qué?
—Es que me imaginé tu rostro tantas veces y superaste mis expectativas—sonreí, ruborizada y aquello le hizo suavizar el semblante y ruborizarse también.
Se llevó una mano al cabello y asintió.
Tenía puesta una sudadera similar a la que me dio, pero en color roja y su mirada recayó en mi ropa.
—Tal parece que te gustó mi sudadera—dijo, señalándome con la barbilla.
—Es muy cómoda—repliqué con nerviosismo.
Él volvió a asentir.
—Ahora dime cómo fue que quedaste atrapada ahí—apretó la mandíbula y percibí un poco de tensión en su mirada.
Fui breve en explicarle lo que sucedió para no aburrirlo, pero fue todo lo contrario.
Me escuchó con atención y su ceño se profundizó a medida que hablaba.
—El guardia sabía de antemano que los jugadores ya no iban a volver a los vestidores—increpó, iracundo—lo hizo totalmente con intención de fastidiarte y dejarte atrapada.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque yo formo parte del equipo irlandés—me miró como si estuviera retrasada.
—¿En serio?
—lo miré boquiabierta.
—Sí, ¿acaso no me viste jugar?
—arqueó una ceja.
—Parece que no me escuchaste mencionar que el guardia evitó que yo mirara el partido, ¿verdad?
—ladeé la cabeza.
—Tienes razón—parpadeó—es obvio que no ibas a poder ver el partido… —En todo caso, me habría gustado conocer al Príncipe de este país, pero no tuve suerte—dije con desgana y luego sonreí, mirándolo a los ojos—tú debes conocerlo, ¿verdad?
—Algo así.
No te pierdes de mucho, la verdad.
Es un sujeto odioso que aborrece las cámaras y las redes sociales—objetó, encogiéndose de hombros.
—Lo creo.
Busqué su nombre en internet y no apareció nada de él.
Es extraño.
Emir volvió a encoger los hombros.
—¿Y tú qué hacías todavía aquí?
¿No se supone que debiste irte cuando terminó el partido?
—Estoy esperando a mi chofer para ir a cenar antes de ir a casa, ¿y tú tienes cómo irte?
—No, quizá pase algún taxi… —miré a ambos lados de la calle desierta.
Emir elevó los ojos al cielo.
—Te llevaré a tu hotel, no te preocupes.
—El destino decidió volver a encontrarnos—acoté, sonriendo.
—Fue casualidad.
—Es probable que nos encontremos de nuevo—declaré—así que será mejor que me des tu número de teléfono.
—No.
—¿Por qué no?
—No le veo el motivo.
—No puedes decir que somos desconocidos, luego de lo que hemos pasado—bromeé.
—Te he salvado dos veces, con eso deberías estar agradecida.
—¿Qué tiene de malo pedirte tu número de teléfono?
¿Acaso tienes novia y no quieres que ella se entere?
—estreché los ojos, pero en el fondo deseaba que no fuera cierto porque si ese fuese el caso, desistiría.
Emir se llevó los dedos al puente de la nariz y lo frotó con frustración.
—Si te doy mi número, ¿prometes ser prudente de no llamarme a cualquier hora?
Asentí y él extendió su mano, y le di mi teléfono en el que agendó su número.
—Voy a llamarte para cerciorarme de que me diste de verdad tu teléfono—sonreí.
Me mordí el dedo pulgar mientras lo llamaba y enseguida su tono de llamada comenzó a sonar.
Sí, me había dado el número correcto.
—Agéndame como “Spirit, la chica de mis sueños.” —“La chica de mis pesadillas”—me corrigió, y alcancé a ver el fantasma de una sonrisa mientras guardaba mi número.
Varios minutos después, el mismo coche lujoso que vi en el aeropuerto, llegó.
Había un chofer ahí dentro, en espera de que Emir subiera.
—Vamos—me instó él.
Nerviosa, lo seguí hasta los asientos traseros.
Emir saludó al chofer con confianza y respeto y sentí la mirada del hombre sobre mí, a través del espejo retrovisor.
Cuando nos pusimos en marcha, mi estómago dejó escapar un sonido vergonzoso, anunciando hambre.
—Por favor, Lorenz, llévanos a cenar donde siempre.
—Enseguida, señor Lovelace.
Me hundí en el asiento, muerta de vergüenza.
—El hambre llega en momentos inimaginables—me dijo en un susurro—y créeme, comer es lo mejor que existe en el mundo, pero con medida, obviamente.
—Debes conocer bastante tu ciudad para saber en dónde hay restaurantes abiertos a esta hora—observé.
—El dueño es un conocido de mi familia—dijo con naturalidad—y la hora del cierre es a las tres de la madrugada, pero solo para aquellos que él conoce.
—¿Para el público a qué hora cierra?
—A las once.
Asentí.
Esperé un par de minutos para volver a hablar.
Sentía que Emir Lovelace no era una persona común y corriente.
A pesar de ser miembro del equipo más importante de Hurling de todo Irlanda y de codearse con el Príncipe Dominic, tenía la sensación de que era alguien más valioso para el país.
—¿Eres de la realeza o familiar del Príncipe?
—pregunté cómo quien no quiere la cosa.
—¿Qué te hace pensar eso?
—respondió con otra pregunta y volteé a verlo.
A través de la oscuridad, percibí su mirada penetrante y miré hacia mi regazo, nerviosa.
—No lo sé, me da esa sensación—me encogí de hombros.
Y de pronto lo escuché reír.
Era una risa divertida y estimulante.
—¿Sabes?
La mayoría de personas en Irlanda tienen el dinero suficiente para tener choferes, muchas casas, pertenecer a equipos de Hurling importantes del país y, aun así, no pertenecer a la realeza.
—¿En serio?
—volteé a verlo nuevamente.
—Sí.
¿Y quieres saber por qué?
—Por supuesto, dime.
—Porque sabemos trabajar nuestro dinero e invertirlo en proyectos grandes.
—¿Y yo podría hacer eso si decidiera quedarme aquí?
—bromeé.
—Todo el mundo puede hacerlo—me aseguró con determinación—todos tenemos ese potencial.
—¿Me ayudarías?
Emir miró de soslayo a su chofer por una fracción de segundo y sentí sorpresivamente su mano sobre la mía y girarla para que mi palma quedara hacia arriba.
Mi respiración se aceleró cuando sus delicados y suaves dedos escribieron la palabra “Sí” sobre mi palma.
—Gracias—susurré y él asintió, llevándose disimuladamente el dedo índice a los labios para que yo no hablara más de ello.
—Aquí puedes quedarte, Lorenz, caminaremos lo que queda para llegar al restaurante—le informó Emir al chofer.
Obedeciendo su orden, detuvo el vehículo en la acera y ambos bajamos a la fría noche de Dublín.
Era un sitio poco transitado, teniendo en cuenta también la hora, pero no me sentía asustada y todo se debía a ese irlandés misterioso y malditamente guapo que había conocido de la manera más dramática desde el día uno en ese país.
—¿Por qué bajamos antes?
—pregunté, echando a andar a su lado.
Junto a Emir, yo parecía un duende.
Él era demasiado alto.
—No quería que Lorenz escuchara nuestra conversación sobre invertir dinero.
Él podría decírselo a mi familia y armar un escándalo.
—En parte, tu chofer tiene razón—objeté.
—¿Por qué?
—Porque sería extraño que quisieras ayudar a una completa desconocida.
—¿Y no tú misma dijiste que ya no somos desconocidos?
—alzó una ceja hacia mí con escepticismo.
—Buen punto, pero estamos hablando de algo más grande que solo conocernos—me mordí el labio.
—¿Quieres mi ayuda para progresar o no?
Porque esta oportunidad es la única que recibirás en toda tu vida—dijo fríamente.
Su tono de voz no me gustó en lo absoluto.
—Si lo dices de esa manera, nadie recibirá ayuda tuya, aunque se estuviera muriendo—espeté.
Emir dejó escapar un suspiro de fastidio y se detuvo.
Me tomó del brazo para que también lo hiciera y quedáramos frente a frente a mitad de la acera poco iluminada.
—Disculpa, pero es que jamás había conocido a una chica tan… —Tan… ¿qué?
—alcé la barbilla con orgullo.
—Tan impredecible.
Sonreí de oreja a oreja, gesto que lo perturbó porque retrocedió un par de pasos y yo me acerqué más a él.
—Vamos, que la cena nos espera—dije, agarrándolo de la mano.
Al verlo aturdido por mi forma de ser, me di cuenta que esa era la razón por la que habíamos conectado desde un principio.
Seguramente él estaba acostumbrado a tener el control con sus conocidos y yo le llamaba la atención por ser una chica que no se dejaba dominar por nadie.
Ni siquiera hizo el intento de soltar mi mano, sino todo lo contrario.
Me agarró fuertemente y seguimos caminando.
Luego de unos diez pasos, Emir tomó la delantera sin soltarme para orientarnos, rumbo al restaurante.
—Es por aquí—me dijo, dirigiéndose a una puerta común y corriente en un edificio, el cual era enorme.
—¿Estás seguro que es un restaurante?
Porque parece ser un edificio de departamentos… Emir alzó ambas cejas, dándome a entender que debía cerrar la boca.
Abrió y me hizo entrar primero.
El interior era completamente diferente al exterior.
Adentro todo era de color dorado, incluido el suelo de mosaicos abstractos.
—Es la puerta trasera del restaurante—me explicó, cerrando cuidadosamente.
Y volvió a tomar mi mano.
Su palma era cálida y mi pequeña mano se perdía en comparación a la suya.
Dios, estaba viviendo un sueño.
Moría de ganas de contárselo a Cameron, pero primero tenía que estar en el hotel sin Emir Lovelace para poder enloquecer con mi amigo.
Avanzamos por el largo pasillo hasta llegar a un enorme salón gigantesco con muchísimas mesas redondas acomodadas perfectamente.
Había personas cenando ahí, pese a la hora.
Debían ser la una de madrugada.
No estaba lleno, pero todos ellos tenían algo en común con Emir: Elegancia y porte.
—Dame un momento, voy a enviarle un mensaje al dueño.
Soltó mi mano para sacar su teléfono y después de unos minutos, volvió a agarrarla, como si pensara que yo me iría a alguna parte.
—Dice que podemos elegir cualquier mesa y vendrán a atendernos.
Caminamos entre las mesas, y vi una que estaba junto a una majestuosa pecera llena de peces preciosos y exóticos.
—¿Podemos sentarnos en esa?
—pregunté.
Él asintió, sonrió levemente y se puso la capucha de la sudadera con una sola mano y dejó que lo llevara hasta ahí.
Emir optó por sentarse de espaldas a las personas y yo frente a él para poder admirar la pecera y el resto de la estancia que parecía haber sido sacada de películas sobre princesas.
—Hola, soy Amos y hoy seré su mesero personal—dijo un chico, apareciendo de la nada junto a nosotros.
Vestía muy elegante y sostenía una libreta y un bolígrafo en la mano.
Su sonrisa era genuina y no dejaba de ver a Emir.
—Hola, Amos, yo quiero pedir lo siempre—dijo Emir, devolviéndole la sonrisa, sin mostrar demasiado su rostro.
El joven mesero se volvió a mí.
—¿Y usted, señorita?
—Eh, ¿no tienen un menú?
—dije con nerviosismo.
—Lo olvidaba—dijo Emir y sacó su teléfono—el menú es digital.
—No te preocupes, pediré lo mismo que tú—sonreí mecánicamente.
El mesero hizo una anotación en su libreta y se marchó.
En la pecera había no sólo peces, sino también gambas, pequeñas langostas, corales y algas.
—Debo reconocer que este restaurante es de cinco estrellas, ¿verdad?
—dije, entusiasmada.
—Lo es, pero generalmente vienen los turistas a despilfarrar su dinero—replicó—los que somos de aquí, solemos comprar los ingredientes y cocinar en casa.
—¿Y tú por qué vienes a cenar aquí?
—lo miré.
—No vengo siempre, solo cuando necesito estar solo o alejado de mis responsabilidades.
—Hablas como si tuvieras que lidiar con muchas cosas en tu vida cotidiana.
Emir colocó sus manos sobre la mesa, entrelazando sus dedos entre sí.
Una posición seria y dominante.
—Me queda únicamente un año para poder continuar teniendo mis escapadas nocturnas antes de cargar con la mayor responsabilidad de mi vida.
—¿Un año?
Pero si eres muy joven para decir semejante barbaridad.
Él sonrió con tristeza.
—Dentro de poco cumpliré treinta años y mi familia ya decidió mi destino desde que nací, así que debo divertirme antes de que sea tarde.
—Si te pregunto a qué te refieres, no me dirás nada, ¿no?
—En efecto… El mesero regresó y depositó nuestra cena: dos enormes bandejas de mariscos, incluido el famoso caviar, el cual jamás había probado y parpadeé.
Y la bebida que acompañaría aquel manjar exótico era champaña y me sentí fuera de lugar.
Mi primer pensamiento fue salir corriendo.
—Gracias, Amos, si necesitamos algo más, te llamaremos—dijo Emir amablemente sin dejar de mirarme.
El chico se ruborizó y asintió.
Se alejó de nosotros y humedecí mis labios, sin saber qué hacer o decir.
—¿Qué ocurre?
—quiso saber él, colocando la servilleta en su regazo.
—Nunca había visto tantos mariscos en mi vida y mucho menos el caviar—titubeé.
—Pruébalo, no es la gran cosa—dijo con modestia y me acercó el plato sopero de caviar hacia mí—viene incluido en la cena, así que puedes comerlo todo si así lo deseas.
—¿Y cuándo vienes lo comes?
—No—abrió la botella de champaña y sirvió un poco en ambas copas.
—¿Y qué haces con él?
—Simplemente lo dejo en la bandeja—frunció el ceño— ¿por qué?
—Deberías pedirlo para llevarlo y dárselo a alguien de la calle para que coma algo.
—Normalmente dejó más que solo el caviar.
—Desperdiciar la comida no es bueno—negué con la cabeza y piqué un trozo de filete de pescado con el tenedor para llevármelo a la boca.
—De acuerdo, las sobras de esta noche, serán para alguien de la calle—prometió, sonriendo levemente.
Los mariscos estaban deliciosos.
Emir me ayudó a quebrar el caparazón de una langosta y sentí que estaba probando el paraíso.
Y cuando me aventuré a probar el famoso caviar, sentí que vomitaría.
—Ahora comprendes por qué no lo consumo—se cubrió la boca con la servilleta para no reírse al ver mi expresión.
—¿Por esto la gente paga tanto?
—le di un sorbo a la champaña y se me pusieron llorosos los ojos.
—Creen que, por comer caviar, tendrán un estatus económico mejor—se encogió de hombros—pero lo único que hacen es quedar más pobres y ridículos, además de promover el asesinato de los peces esturiones, a los que comúnmente les extraen los huevos y ya, sin consumir su carne.
—Pobres animales—sacudí la cabeza.
—He solicitado que lo quiten del menú, pero es imposible.
—Deberíamos hacer una asociación en contra del consumo de caviar—sugerí.
—No es mala idea—dijo, pensativo—en un año podríamos promoverlo y asegurar la vida de los esturiones.
Era interesante estar cenando con Emir Lovelace y debatiendo sobre la conservación de un pez, mientras teníamos los huevos del mismo junto a nosotros.
Cuando terminamos, Emir mandó llamar al mesero de nombre Amos para la cuenta.
—Por favor, lo que sobró quiero llevármelo—dijo Emir, guiñándome el ojo.
Los ojos del chico se entornaron.
—¿Disculpe?
Emir reprimió las ganas de reír, usando de excusa sacar su billetera.
—Sí, planeamos comer el resto en la mañana.
—¿No prefiere que le preparemos otra bandeja de mariscos para llevar intacta?
—ofreció el mesero.
—No, quiero las sobras de nuestra cena—insistió Emir.
—Eh… —Escucha, Amos, solo ve y guarda lo que sobró en una bolsa, ¿qué tan difícil es eso?
¿o tengo que hacerlo yo?
—inquirió Emir y noté que su amabilidad ya estaba siendo forzada.
—No, señor… Emir le envió una mirada severa.
—Es decir, no se preocupe, señor Lovelace, en un segundo le preparo todo.
—No están acostumbrados a guardar las sobras—me explicó.
Seguramente había visto mi expresión contrariada.
—Tal vez no fue buena idea, lo siento—me lamenté.
—Descuida, tu idea es buena, solo que aquí no se acostumbra a hacer eso, pero siempre debe haber una primera vez.
Luego de que Amos nos llevara la comida sobrante, Emir deslizó su tarjeta en la terminal y salimos por la misma puerta en la que entramos.
—¿Qué hora es?
—pregunté.
—Faltan diez minutos para las tres de la madrugada—respondió, echándole un vistazo a su reloj en la muñeca, que parecía ser de oro.
Palidecí.
—Demasiado tarde… —¿Tienes a alguien que te espere en el hotel?
—quiso saber, en tono extraño, sin dejar de mirarme.
—No, pero me da vergüenza llegar a estas horas.
—Eres muy extraña—sonrió—vamos, te llevaré y de camino, veremos si encontramos a quien darle la comida.
No pude estar más de acuerdo.
Lo seguí hasta la salida y vi su coche esperándonos con el chofer detrás del volante, cabeceando.
Abordamos el vehículo y nos dirigimos rumbo a mi hotel.
Me permití abrir la ventana y sentir el exquisito aire helado nocturno de Dublín.
Sentía la mirada de Emir quemándome el cuello, pero no quise voltear a verlo.
Era buena señal de que él me mirara con frecuencia y podía percibir que había atracción mutua, pero no quería estropearlo.
Emir probablemente quería ir lento.
—Ahí hay un señor—dije, señalando a un vagabundo intentando buscar algo en un contenedor de basura.
—Lorenz, detén el auto.
—Pero, señor… —Tengo que entregarle esto a ese señor—le explicó Emir y el chofer frunció el ceño.
—Lo haré yo, señor Lovelace.
Emir asintió y le entregó la enorme bolsa de comida al chofer.
Los dos observamos como Lorenz se acercaba tímidamente y le daba la bolsa al señor, quien se sobresaltó, pero tras comprender que era una ayuda, sonrió, muy agradecido y volteó a vernos.
—¡Tenga una linda noche, señor!
—exclamé, devolviéndole la sonrisa.
Cuando nos pusimos nuevamente en marcha, vi que Emir sonreía y me ruboricé.
—¿Pasa algo?
—pregunté.
—Para nada, todo está bien—se mordió el labio inferior mientras trataba de no mirarme.
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