Emir Lovelace - Capítulo 6
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6: Capítulo 05 6: Capítulo 05 A través de Google Maps, logré encontrar un pub, que era un bar, cafetería, y restaurante, todo en un mismo establecimiento y obviamente, estaba abarrotado de personas.
Sin embargo, a pesar del semblante de Emir al ver a esa gente afuera y dentro del lugar, aparcó la motocicleta a una calle de distancia y percibí tensión en cada uno de sus poros.
Al parecer estaba haciendo lo posible por complacerme, pero ¿por qué lo hacía?
No me creía ese cuento de que quería ganarse mi confianza.
Estaba actuando tan caballeroso, amable y gentil conmigo y no es que hubiese sido un idiota al principio, pero el cambio se notaba.
—Si te incomoda demasiado, podemos ir a otro lugar—le dije cuando terminó de asegurar los cascos a una correa de la motocicleta.
—Me estoy permitiendo vivir lo que una persona normal de mi edad haría—arribó, esbozando una leve sonrisa—aunque debo admitir que no desperdiciaría mi tiempo aquí, pero estoy haciendo una excepción.
—Eres una persona normal—lo miré con desasosiego—no entiendo qué quieres decir cuando haces diferencias entre los demás y tú.
—Olvídalo, vamos por ese café.
Pasó a mi lado y no me esperó, así que tuve que trotar para alcanzarlo.
La música del pub cada vez era más estridente y comprendí que Emir tenía razón.
Ese lugar era absurdamente fuera de lugar.
Si entrábamos, no tendríamos ninguna oportunidad para charlar.
—¿Y si mejor vamos a una cafetería más discreta, pero que esté abierta a todo público?
—inquirí.
Él se detuvo y se volvió hacia mí con entusiasmo.
—Esperaba que dijeras eso antes de entrar—suspiró, aliviado.
La cafetería que él eligió no estaba gran distancia, solo a unas seis calles del pub y caminamos hasta allí.
A menudo percibía que Emir hacía el ademán de tomarme la mano, pero no estaba segura de ello, aunque con anterioridad ya lo había hecho.
Las personas de ahí no producían ruidos estresantes, sino simplemente conversaban con voz moderada para que nadie más se enterara de sus asuntos, al igual que nosotros.
Emir se relajó en el asiento junto a mí y pedimos cafés americanos y panecillos de mantequilla.
Se me hizo extraño que decidiera sentarse a mi lado en vez de enfrente porque así habríamos podido hablar mirándonos a la cara, pero no cuestioné su decisión.
Cada que alguna persona pasaba cerca de nosotros, él bajaba la mirada u ocultaba su rostro disimuladamente.
—¿A dónde iremos mañana?
—corté el silencio mientras pellizcaba un panecillo.
Aquel tema de conversación lo motivó y un brillo malicioso atravesó su mirada.
—Hace un par de años, heredé una de las diez fincas de mis abuelos y cuando quiero desaparecer por completo del radar de mi familia, acudo ahí, en donde paso días enteros sin saber nada de nadie—me contestó, ladeando la cabeza y me recorrió el rostro con la mirada hasta detenerse en mis labios.
Pestañeé, hipnotizada.
Era un rostro masculino tan perfecto que parecía irreal.
—¿Diez fincas?
—logré decir, saliendo de la hipnosis cuando pasó junto a nosotros un mesero.
Emir irguió la espalda y miró a otra parte con incomodidad.
—Sí, y ahí te voy a llevar.
—¿Puedo saber por qué?
Él se encogió de hombros y le dio un sorbo a su café.
Se había arremangado la playera manga larga a la altura de sus antebrazos, dejando al descubierto su perfecta piel de porcelana con un leve fino vello que deseé acariciar.
Tenía un reloj plateado que debía costar una fortuna en la muñeca izquierda.
Sus uñas estaban perfectamente cortas y limpias.
Todo él era impecable.
—Aprovecha la oportunidad de conocer algo más que solo Dublín—dijo, jugando con la taza de café casi vacía.
—De acuerdo, pero ¿hay señal para mi teléfono ahí?
Emir volteó a verme con una ceja arqueada y una sonrisa burlona.
—Ni siquiera te va a dar tiempo de querer usar tu teléfono—añadió con malicia.
Sentí mis mejillas ruborizarse y bebí mi café para no estropear el ambiente con algún comentario ridículo a causa de mis nervios.
¿Acaso Emir Lovelace quería tener sexo conmigo?
¿Debía permitirme tener sexo con él si ese era el motivo por el cual quería llevarme a una finca privada unos días?
La respuesta de Cameron sería un rotundo no.
Pero… ¿Cuál sería mi respuesta?
Sí.
La voz de mi cabeza susurró aquel “sí” tan firmemente, que no tuve más dudas al respecto.
Si Emir quería acostarse conmigo, ¿por qué no?
Después de todo, pronto regresaría a Londres y seguramente él ya no se acordaría de mí.
—¿Cuántas horas serán de trayecto a tu finca?
—pregunté.
—Tres horas más o menos.
—¿Por qué no nos vamos esta misma noche?
—le insté—me encanta mucho viajar cuando no hay sol.
—Y yo había elegido mañana porque pensé que odiarías viajar de noche—bromeó.
—¿Entonces eso es un sí a irnos hoy mismo?
—me emocioné.
Él asintió.
—Solo que iré a dejarte al hotel primero porque tengo que ir por mi coche y las cosas, eso te dará el tiempo necesario para empacar, ¿de acuerdo?
—¿Y tus papás van a estar de acuerdo?
—¿Quién dijo que voy a decírselos?
—me miró como si estuviera loca—por eso ese sitio es mi zona segura.
No te preocupes.
Soy el dueño, y solo yo puedo ir a ese lugar y llevar a alguien si así lo deseo.
—Seguro llevas a tus amistades a hurtadillas—le resté importancia y me comí el resto de mi panecillo.
—La cuenta, por favor—Emir llamó al mesero sutilmente y este se acercó corriendo a la mesa.
Emir tenía una manía extraordinaria de dejar mis comentarios flotando cuando no quería responder y a mí, en lo personal, no me importaba, solo deseaba pasar más tiempo con él.
Al cabo de veinte minutos, yacíamos en dirección al hotel.
Condujo más rápido que las ocasiones anteriores y me pregunté la razón.
Era como si quisiera acelerar todo para llegar lo antes posible a su finca.
En cuanto llegamos, le entregué el casco, pero él se negó.
—Es tuyo, lo compré para ti.
—¿Qué?
—entorné los ojos, perpleja.
—Sí, guárdalo para cuando salgamos nuevamente en mi motocicleta—palmeó el casco que yo sostenía en mis manos.
Él tenía el suyo puesto todavía y solo miraba sus hermosos ojos y cejas.
Sabía que estaba sonriendo porque se le achinaban los ojos de una manera tan tierna.
—Bien, lo voy a guardar muy bien—asentí.
—Regreso en un rato.
Aprovecha a empacar.
Voy a llamarte cuando ya esté aquí—me indicó—ahora entra.
Con el casco en mis manos, caminé a la entrada y él continuó ahí, esperando a que entrara y cuando por fin estuve en el lobby, escuché el motor rugir y perderse en la ciudad en la lejanía.
Mi cara me dolía de tanto sonreír como idiota.
Había sido la mejor cita no planeada de mi vida.
En mi habitación, dejé el casco cuidadosamente encima del tocador y me lancé a la cama para llamarle rápidamente a Cameron.
No obstante, al momento de sacar mi teléfono, me di cuenta que la llamada que tuve con él hace horas, seguía enlazada, es decir, mi mejor amigo había escuchado todo.
No logré colgar y tal parecía que él tampoco.
Maldita sea.
—¿Cameron?
—palidecí.
Y lo puse en altavoz.
—¡HASTA QUE AL FIN TE DAS CUENTA!
—me gritó.
—¡Debiste colgar al ver que yo no pude hacerlo!
—le reclamé.
—Oh, sí, ¿y perderme todo el show?
—se burló.
Me llevé la palma de la mano a la frente.
—¿Qué tanto escuchaste?
—Lo suficiente para saber que Emir Lovelace quiere tener sexo contigo varios días seguidos en su finca privada.
—¡Cameron!
—¿Qué?
¿Acaso no es verdad?
Escuché todo, incluso puedo decir que no logro comprender del todo su comportamiento.
—¿Por qué?
—Primero que nada, debo admitir que tiene una voz tan varonil que casi se me cayeron los calzones al escucharlo por primera vez y segunda, tienes que comértelo, así de simple.
—Espera, ¿no habías dicho que evitara la tensión sexual?
—¿Y acaso me hiciste caso?
—No, pero… —Pero nada.
¡Cómetelo, te doy permiso!
Él también demostró que solo quiere sexo contigo, así que por tu bien, Spirit, no te enamores o vas a sufrir.
Tómatelo con calma y piensa que es un amor de verano.
—Planeaba hacerlo de todos modos—reí.
—¡Qué cruel!
Eso me pasa por darte consejos que te los pasas por el arco del triunfo.
Me quedé en silencio.
—Escucha, no estoy enfadado, pero sí decepcionado.
Simplemente no quiero que vayas a repetir el patrón con ese infeliz de Thiago.
—No, no pasará.
Emir Lovelace es muy tierno, si lo conocieras… —A puesto que sí lo es, pero queda en ti, Spirit.
—¿A qué te refieres?
—Tienes que descubrir si de verdad querrá algo serio contigo o solo quiere divertirse.
—Es más que evidente la respuesta, Cam.
—¿Y aun así quieres ir con él a su finca?
Medité unos segundos mi respuesta.
—Sí.
Y sin más, Cameron me colgó.
Estaba furioso, no había duda.
Por un momento no quise pensar en nada.
Emir pasaría por mí en poco tiempo, pero no me agradaba todo lo que mi mejor amigo me había dicho.
Había escuchado a propósito toda mi cita con ese chico y todavía se enfadó conmigo por mi decisión.
Resignada, comencé a hacer mi valija.
No sabía cuánto tiempo estaría en su finca, pero guardé ropa para tres días, tal como Emir me aconsejó.
Tardó aproximadamente una hora y media en regresar por mí.
Yo estaba esperando su llamada para bajar corriendo, pero en vez de marcarme, envió un mensaje de texto.
“Ya estoy afuera”.
Me preparé mentalmente y acudí a su encuentro.
El lobby estaba casi desierto y sabía que nadie de ahí me echaría de menos.
En cuanto estuve afuera, fruncí el ceño al no ver ningún rastro del fabuloso coche de Emir y estuve a punto de llamarlo cuando la bocina de un Jeep color ónix me sobresaltó.
La puerta delantera se abrió y bajó Emir con una sonrisa maliciosa.
—¿Tienes también un Jeep?
—interrogué, impresionada.
Él se había puesto ropa muy cómoda y sabía que, si a Emir Lovelace se le ocurría ponerse un saco de papas, le quedaría extremadamente sexy.
—Tengo cinco vehículos—repuso, como si aquello fuera algo muy normal y me quitó la pequeña maleta de la mano para lanzarla a los asientos traseros.
Me tomó de la mano y me acompañó hasta la puerta del copiloto.
—Qué caballeroso estás hoy—bromeé.
—No te emociones—sonrió traviesamente y abrió—no quiero que estropees la tapicería.
Y dicho eso, me cargó en sus brazos, tomándome desprevenida y me subió al asiento.
El coche era muy alto para que yo pudiera subir sin ayuda.
En el fondo, percibí que realmente quería ayudarme sin verse tan obvio porque la tapicería era de un material que se ensuciaba difícilmente.
—Estaremos allá como a la una de la madrugada—anunció cuando abordó también.
Ambos nos colocamos el cinturón de seguridad y hasta ese instante logré escudriñar el interior.
Olía a limpio y los asientos eran cómodos.
—Si quieres, puedes reclinarlo—me sugirió.
Se acercó a mí y metió la mano junto al broche del cinturón de seguridad en donde estaba la palanca del asiento y lo reclinó un poco.
—¿Ahí?
—me preguntó, al tiempo que alzaba la vista.
Y quedamos a cinco centímetros de distancia de nuestros rostros.
Emir me lanzó la famosa mirada triangular y contuve el aliento unos segundos.
¿Iba a besarme?
Pero el sonido de otro coche pasando junto a nosotros a toda velocidad cortó el encanto del momento y ambos nos acomodamos, lejos del otro.
De camino a su finca, los primeros veinte minutos, ninguno dijo algo.
Me dediqué a observar todo a mi alrededor.
La ciudad iba ocultándose a nuestras espaldas y la oscuridad comenzaba a invadirnos en la carretera.
Odiaba los silencios, pero estaba segura que, estando callada, era la mejor opción.
No conocía verdaderamente las intenciones de Emir Lovelace, y tampoco quería decepcionarme.
Él iba atento al camino y la calefacción era reconfortante porque afuera estaba helando.
Alcancé a ver pequeñas gotas cayendo sobre el cristal del parabrisas.
—Pasaré a cargar gasolina, por si necesitas usar el sanitario o comprar algo para comer durante el viaje.
Asentí y Emir aceleró un poco más para llegar cuanto antes a la gasolinera.
Al llegar, me quité el cinturón, dispuesta a bajar, pero la mano de Emir me detuvo.
—Toma.
Extendió la otra mano libre y me entregó un rectángulo de plástico.
—¿Qué es esto?
—parpadeé.
Era una tarjeta plateada.
—Es tuya a partir de ahora, puedes comprar lo que quieras con ella—me explicó con suavidad.
—¿Por qué me la das?
—titubeé—traje dinero, no te preocupes.
—Tómala.
—Pero… Emir bajó del Jeep, dejándome con la tarjeta en la mano y no tuve otra opción más que guardarla en mi cartera.
Después de ir al sanitario, entré a la tienda de 24 horas por bocadillos.
No tenía la menor idea sobre lo que habría en aquella finca de Emir, así que llevé lo necesario.
Llené dos bolsas enteras de golosinas y frituras.
Cuando me disponía a salir, me encontré con Emir en la entrada.
—¿Te espero?
—le pregunté.
—No es necesario—dijo él y sacó las llaves del Jeep—adelántate.
Me las entregó y seguí mi camino.
Al cabo de diez minutos, Emir regresó y yo acababa de terminar de comer unas deliciosas donas de chocolate minis y solamente quedaba una.
—Están buenas, ¿verdad?
Solía comer muchas de niño—me dijo, al tiempo que se abrochaba el cinturón de seguridad.
Me pareció extraño que tardara en la tienda, cuando ni siquiera había comprado nada.
Sus manos estaban vacías y no vi ninguna bolsa por ningún lado.
Saqué la dona que quedaba y la acerqué a sus labios.
—La última siempre sabe mejor—repliqué, sonriendo.
Emir la recibió y se la comió de un solo bocado, haciéndome reír.
Él también rio y nos pusimos en marcha en la oscuridad de la carretera.
—En lo que llegamos, ¿podemos jugar a algo?
—propuse.
Emir arqueó una ceja en mi dirección sin apartar la vista de enfrente.
—Depende a qué clase de juego.
—Nos haremos simples preguntas, nada del otro mundo—me acomodé lo suficiente para poder mirarlo en una posición cómoda, ya que había mucho espacio en mi asiento.
—¿Cuántas preguntas cada uno?
—pareció gustarle la idea.
—¿Qué tal diez?
Y cinco extras.
—¿Por qué cinco extras?
—Tengo la extraña corazonada de que no querrás responderme—lo miré con los ojos estrechados.
Emir sonrió, sacudiendo la cabeza en negación.
—Eres astuta, Spirit.
—Y tú muy reservado.
—De acuerdo, empecemos.
—Primera pregunta… ¿Por qué me diste esa tarjeta?
Y quiero la verdad.
—Pensé que me harías preguntas más personales—se burló.
—Iré subiendo de categoría—le informé—ahora responde.
Emir asintió, dubitativo.
—Decidí que sería buena idea que tuvieras una en lo que estás aquí, ya que podría sacarte de algún apuro si yo no estoy cerca.
Nada más.
—¿A todas tus amigas les das una tarjeta también?
Esa pregunta fue espontánea, ya que no estaba en mi lista.
—¿Por qué tengo la sensación de que quieres saber más de mi vida sentimental qué privada?
—Ambas son lo mismo.
—No.
Mi vida privada engloba a mi familia, amistades y hobbies, y mi vida sentimental es simplemente a las personas que me gustan de manera sexual.
—También amor—le recordé.
—Spirit—volteó a verme un segundo—no amo a ninguna chica, ¿ya estás contenta?
No salgo con nadie ni me interesa hacerlo.
—Eh… —Ahora es mi turno de preguntar—me cortó de golpe— ¿cuándo fue la última vez que tuviste sexo?
Aquella pregunta me sacó de órbita totalmente.
¿A qué quería jugar?
—¿Qué?
—fue lo único que logré decir.
—Sí, dime.
—¿Qué clase de pregunta es esa?
—me sentí ofendida.
—¿Ahora te das cuenta cuán incómoda es la situación cuando insinúas cosas sobre mí?
—No te he hecho ninguna pregunta incómoda.
—¿Y qué me dices sobre preguntarme si también le ofrezco tarjetas de crédito a mis amigas?
—carraspeó.
Me ruboricé.
—Fue simple curiosidad… —Yo también tengo curiosidad sobre tu vida sexual.
Resoplé.
—Tiene más de un año que no salgo con alguien—dije con decepción.
—¿Y de tener sexo?
Volví a resoplar y me quedé en silencio, observando a Emir mientras él conducía con el semblante serio.
—¿Y por qué te quedaste callada?
No respondí.
Quería asesinarlo.
Y de repente, Emir rompió a reír, sobresaltándome.
—Escucha, simplemente estoy actuando como tú—me explicó con suavidad, sin dejar de sonreír—yo jamás te habría hecho esas preguntas porque no puedo obligarte a que me cuentes nada, así como tú no puedes obligarme a contarte mi vida personal.
—¿Acaso es un crimen saber quién eres y si tienes novia?
—me defendí.
—No como tal, pero eso lo podías descubrir por ti misma.
—¿A qué te refieres?
—Bueno, el hecho de que te he buscado para pasar tiempo juntos, creí que te daría una pista.
—Oh… Fruncí el ceño, pensando en sus palabras con detenimiento.
—Estoy acostumbrada a que me digan las cosas directamente y… —Me estimulas, Spirit.
—¿Qué?
—lo miré con sorpresa.
Emir humedeció sus labios.
—Pronto te lo voy a explicar para que comprendas, pero por el momento, continuemos con las preguntas.
—Ya no sé si sea buena idea seguir con el juego—titubeé.
—Empecemos de nuevo el juego desde el inicio.
Sin preguntas incómodas ni raras, ¿te parece bien?
—me propuso.
—Ya no se me ocurre nada, lo siento.
—Suerte a que mí sí—acotó—ahora dime, ¿cuál es tu comida favorita?
—Me gusta la comida mexicana, en especial los tacos, ¿y a ti?
—me emocioné.
—El Döner kebab.
—¿Qué es eso?
—Es una comida turca muy deliciosa, deberías probarla.
—¿Has ido a Turquía?
—Sí, suelo pasar períodos vacacionales en Estambul con mi familia desde que era niño—respondió.
—Ahora que mencionas eso, tus rasgos no son tan irlandeses de lo que debería—lo observé con detenimiento.
—Tengo una antepasada que era originaria de Estambul—dijo con tranquilidad—y con el paso del tiempo se perdió su apellido porque se casó con alguien de una familia irlandesa.
Y es interesante que tú hayas notado mis rasgos diferentes, porque casi nadie se da cuenta.
—¿Eres el único de tu familia con rasgos turcos?
—bromeé.
—Un poco, mi hermano menor es parecido a mí, pero predomina más su sangre irlandesa que turca.
—Tu nombre es de ese origen, ¿verdad?
—Es islámico, sí.
—¿Has visto la serie turca “El Sultán”?
—¡Es de mis favoritas!
—exclamó, entusiasmado.
—Bien, pues tú te pareces un poco al actor que interpretó a Mehmed, el hijo de la sultana Hurrem y el sultán Solimán.
—Soy más atractivo que él—declaró en tono risueño.
El resto del camino fue realmente divertido, nos la pasamos conversando sobre los capítulos de la serie, la vida de los actores y otras series y películas turcas.
Era impresionante que encontrara en Emir un fan empedernido de algo que a mí me gustaba demasiado.
Y para cuando llegamos a nuestro destino, me quedé perpleja.
La enorme puerta de metal que estaba ante nosotros eran de unos diez metros de largo y había guardias de seguridad vigilando.
—¿Guardias de seguridad?
—pregunté.
—Si deseo tener tranquilidad, necesito personas que ahuyenten a los demás y me mantengan seguro.
En cuanto divisaron a Emir, se movieron hacia un lado y las enormes puertas abrieron de par en par para que pudiéramos acceder.
Solo había iluminación en la entrada, puesto que cuando entramos, todo volvió a oscurecer y percibí muchos árboles y el camino se hizo de terracería.
—La finca queda más adentro—me explicó al ver mi rostro perplejo—esto fue solo el primer acceso, ¿o acaso pensaste que así sin más estaríamos ahí?
—La verdad es que no conozco una finca de verdad, solo lo he visto en series y películas.
—Conmigo conocerás todo lo desconocido.
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