Emir Lovelace - Capítulo 8
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8: Capítulo 07 8: Capítulo 07 A pesar de que las palabras de Emir sonaban muy sinceras, deseaba que en verdad lo fueran.
Era más que evidente que lo que planeaba hacer era divertirse conmigo y no lo culpaba, pero yo quería honestidad para no involucrar mi corazón en el tablero de juego y jugar armoniosamente.
Esa noche, tras pensar que sería incómoda, me llevé la sorpresa de darme cuenta de que no fue así.
Él decidió dormir en uno de los sillones de la habitación y dejarme a mí la enorme cama a mi disposición.
Pensé en protestar, pero no se me ocurrió alguna excusa, además de que el sueño estaba apoderándose de mí muy fácilmente.
—Buenas noches—le dije sin esperar una respuesta de vuelta.
La cama era cómoda y cerré los ojos.
—Buenas noches, Spirit—respondió Emir luego de un momento de silencio.
Tardé varios minutos en obligarme en no darle vueltas al asunto y dormir.
Estaba en un lugar desconocido con Emir Lovelace y debía sentirme emocionada, no preocupada.
Al otro día, abrí los ojos y giré apenas la cabeza.
Emir estaba dormido en el sillón, una pierna colgando del borde y un brazo cubriéndose la cara.
Tenía el cabello revuelto y una expresión completamente relajada.
Verlo así, sin la formalidad que siempre llevaba consigo, me hizo sentir algo… no sabría decir si era curiosidad o un extraño tipo de simpatía.
Su respiración era suave, casi imperceptible, y de algún modo eso me tranquilizaba.
Había sido raro dormir en la misma habitación que él, tan cerca de alguien a quien apenas conocía y que a veces me parecía tan inaccesible.
No sabía mucho de él, de su historia, y mucho menos sus intenciones para conmigo.
Pero, por alguna razón, no me sentía incómoda.
Su presencia, extrañamente, me daba una especie de paz.
Me levanté con cuidado, tratando de no hacer ruido.
Sin embargo, el ligero sonido de las sábanas fue suficiente para que él abriera los ojos, parpadeando despacio hasta que su mirada se centró en mí.
—¿Descansaste?
—murmuró con su tono de voz ronco, todavía marcado por el sueño.
Asentí, sintiendo mis mejillas calentarse sin motivo.
—Sí, gracias… por el sillón.
No tenías que hacerlo.
Él se encogió de hombros y esbozó una media sonrisa.
—No soy tan terrible como crees.
Era una broma, pero había algo en sus ojos que me hizo bajar la mirada, como si supiera que yo veía más allá de su imagen dura.
Sin decir nada más, él se sentó y se desperezó, estirando los brazos con la misma calma que parecía envolver todo en su presencia.
—Te daré tiempo para que te duches—le escuché decir con suavidad—cuando termines, baja a la cocina, ahí estaré esperándote.
—¿No vas a ducharte también?
—pregunté.
—Hay muchas habitaciones más y tengo ropa en el cuarto de lavado, no te preocupes.
Tómate tu tiempo, Spirit.
Asentí y no pude evitar morder mi labio inferior de manera involuntaria al verlo sin playera, su cuerpo era exquisito.
¿En qué momento se había cambiado de ropa sin que me diera cuenta?
Probablemente en la noche cuando yo ya estaba dormida.
Sentía extraño que nos estuviéramos hablando con normalidad cuando la noche anterior habíamos discutido.
Cuando bajé a la cocina, el aroma del café recién hecho ya llenaba el aire.
Emir estaba ahí, apoyado contra el marco de la ventana, sosteniendo una taza en la mano mientras miraba hacia afuera.
Me miró de reojo y levantó una segunda, ofreciéndomelo sin decir nada.
—¿Café?
—preguntó, con una sonrisa en el borde de los labios.
Asentí, tomando la taza y disfrutando de la calidez que irradiaba a través de la cerámica.
Di un sorbo y, por un momento, el silencio entre nosotros se sintió cómodo.
Pero mi curiosidad pudo más, y rompí el silencio.
—¿Conoceré a tus caballos hoy?
—Por supuesto.
—Me encantan los caballos, se me hacen muy tiernos—comenté.
—¿Te gustaría dar un paseo a caballo?
No pude evitar sonreír.
—Sí, si no te importa.
—¿Has montado antes?
—Hace mucho tiempo —confesé—, pero no sé si lo haré bien.
—Emma es tranquila; te llevarás bien con ella.
Jack, por otro lado… —Se detuvo, con una sonrisa divertida—.
Bueno, Jack puede ser un poco terco.
Terminamos el café y, antes de darnos cuenta, estábamos dirigiéndonos hacia la caballeriza.
Emir caminaba a mi lado, y aunque no hablaba mucho, su presencia era reconfortante.
Llegamos y allí estaban: Emma, una yegua de pelaje dorado y ojos tranquilos, y Jack, un imponente caballo oscuro que, en cuanto vio a Emir, lanzó un relincho casi como si lo estuviera saludando.
Emir me lanzó una mirada rápida.
—¿Lista?
Asentí, sintiendo la mezcla de nervios y emoción crecer en mi pecho.
Me guio mientras preparábamos a los caballos, sus manos firmes y seguras mientras ajustaba las correas y comprobaba que todo estuviera en su sitio.
Me explicó lo básico, aunque en su mirada noté una pequeña preocupación.
Me acerqué a Emma, acariciando su cuello con suavidad.
Emma parecía responder a mi toque, bajando la cabeza de manera relajada.
Emir me observaba de reojo, como si evaluara mi manejo con curiosidad, pero no dijo nada.
Parecía que, en silencio, confiaba en mí.
—Confía en Emma—me dijo, mientras yo me subía a la montura—.
Ella te va a llevar con cuidado.
Cuando Emir montó a Jack, parecía una extensión de él, como si estuvieran hechos para entenderse.
Una vez en marcha, dejé que Emma me llevara a su ritmo, y Emir se mantuvo cerca, dirigiendo a Jack sin necesidad de forzarlo.
Era como si él y el caballo compartieran un lenguaje propio.
A medida que avanzábamos por el sendero, el sol empezaba a asomarse entre las ramas de los árboles, iluminando todo con una luz dorada y suave.
Me sentí en paz, como si el tiempo se hubiera detenido.
Miré a Emir, quien guiaba con una expresión de calma que rara vez le veía.
Me pregunté cuánto de él aún desconocía y cuántas otras cosas guardaban en su interior, esperando a ser descubiertas.
—¿No es dañino para Emma que yo esté sobre ella?
—titubeé.
—Tiene casi dos meses de embarazo y tú no pesas mucho—me aclaró Emir, sonriendo—así que no te preocupes, es riesgoso cuando ella esté en los últimos tres meses de gestación.
A medida que avanzábamos, Emir se relajó, y de vez en cuando me lanzaba una mirada divertida.
Parecía disfrutar viendo a alguien que compartiera su aprecio por los caballos y el aire libre.
Llegamos a un claro amplio y detuvimos a los caballos por un momento.
Emma y Jack se miraron, como si también compartieran una conexión propia.
—¿Hace cuánto que no montas?
—preguntó Emir, observando cómo me acomodaba en la montura.
—Hace demasiado—admití, sonriendo—.
Pero no lo olvidé.
Es como si los caballos nunca dejaran de recordarte quién eres.
Él asintió, y por un momento, en la tranquilidad de ese claro, sentí que ambos entendíamos algo sin necesidad de decirlo.
Nos quedamos allí, en silencio, dejando que el tiempo pasara en la compañía de dos caballos, el viento y la paz de la mañana.
—No puedo creer que seas dueño de este lugar tan hermoso—murmuré, admirando el amanecer a través de las montañas lejanas—parece sacado de un cuento de hadas.
—Es hermoso cuando tienes compañía—le oí decir con un tono diferente, no había diversión, sino más bien seriedad.
Volteé a verlo y lo encontré mirándome con intensidad.
El reflejo de los rayos del sol estaba reflejado en sus ojos oscuros.
—¿Quieres decir que siempre vienes completamente solo?
—Sí, y creo que te lo repetí varias veces—me regaló una sonrisa torcida—si yo invitara a más personas, perdería el encanto.
—¿A qué te refieres?
—De nada serviría que este fuera mi lugar seguro, si más personas tuvieran acceso a él.
—¿Y entonces por qué decidiste traerme a mí por primera vez?
—tragué saliva.
—Esta conversación es similar a la que tuvimos anoche y no quiero repetirla—hizo una mueca.
—Tampoco yo, pero… De repente, vimos al trabajador de Emir acercarse con un caballo más pequeño que los de nosotros, de pelaje castaño y ojos curiosos.
El señor se detuvo a escasos metros de donde estábamos.
—Xavier, ¿qué ocurre?
—le preguntó Emir.
—Aria dice que el desayuno está listo para que puedan pasar al jardín trasero, joven Emir—informó.
—Bien, estaremos ahí en unos minutos—replicó él, mirándome de reojo.
Xavier asintió y se alejó de la misma manera, haciendo correr libremente al caballo por todo el lugar, incluso en la pequeña pendiente que parecía cortar el camino para llegar más rápido.
—Comamos primero y después continuaremos con el paseo, ¿te parece?
—Claro.
Optamos por volver por el mismo sendero para no causar ningún tipo de incomodidad en los caballos, en especial a Emma, ya que ella no podía agitarse o exigirse demasiado por su condición.
Había pequeños matorrales alrededor del camino en los que Emma se negaba a pisar y se me hizo algo muy inteligente, puesto que, pese a que fuera una finca bien cuidada, existían animales salvajes en todas partes y tenía entendido que los caballos perdían la cabeza con facilidad al asustarse.
Aminoré un poco el paso al sentir a Emma ponerse nerviosa.
—¿Sucede algo?
—Emir se colocó paralelamente a mí, evaluando mi expresión y la de Emma.
—Siento a Emma un poco nerviosa… Y de pronto, la yegua pisó fuerte y relinchó de manera histérica al pisar uno de los matorrales que había estado evitando.
De entre el monte, divisé una serpiente pequeña, que parecía estar moribunda, la cual intentó esconderse de nuevo, pero Emma la pisó por completo, alterándola más.
Intenté mantener el equilibrio mientras la yegua se agitaba, corriendo como una desquiciada, pero un movimiento brusco me hizo perder el control, y antes de darme cuenta, ya estaba en el suelo.
Apenas logré sentarme cuando un dolor punzante en el tobillo me hizo gemir.
Emma me abandonó y alcancé a verla corriendo colina abajo.
Entonces, escuché el sonido de cascos acercándose, y al levantar la vista, vi a Emir desmontando rápidamente.
—¿Estás bien?
—preguntó, su voz grave y con un toque de preocupación que me tomó por sorpresa.
Antes de que pudiera responder, él ya estaba arrodillado a mi lado, sus manos firmes y seguras tocando suavemente mi tobillo, explorando el daño.
—Es… solo un esguince, creo —contesté, tratando de sonar despreocupada, aunque el calor de su cercanía hacía que las palabras se me atorasen en la garganta.
—No lo parece.
—Sus ojos, intensamente oscuros, se encontraron con los míos, llenos de una mezcla de firmeza y suavidad que me dejó sin aliento.
Sin dudarlo, me levantó en sus brazos, y no pude evitar entrelazar mis manos detrás de su cuello para sostenerme.
El roce de su pecho contra el mío fue un recordatorio innegable de la tensión que flotaba en el aire, haciéndome sentir vulnerable de una manera que jamás había experimentado.
Jack se fue corriendo detrás de Emma en cuanto sintió la libertad de las cuerdas.
Al llegar a la finca, me llevó a una habitación con vista a los jardines.
Se arrodilló frente a mí, sosteniendo mi pie lastimado con delicadeza mientras lo revisaba en busca de alguna señal de gravedad.
Pude sentir la calidez de sus dedos contra mi piel, y nuestros ojos se encontraron de nuevo.
—Podrías haber sido más cuidadosa —me dijo, con una media sonrisa que intentaba, o quizás fingía, disipar la tensión.
Sin embargo, su voz sonaba más baja, más íntima, como si fuera solo para mí.
—Tal vez fue tu yegua la que no tuvo cuidado—murmuré, sin querer romper el momento, ni la cercanía entre nosotros.
Sentí nuestras respiraciones sincronizadas, y sus labios se curvaron en una sonrisa divertida.
Planeaba decirle lo de la serpiente, pero su actitud protectora era demasiado hermosa como para ponerlo más preocupado.
—¿Es una acusación?
—replicó, inclinándose un poco más hacia mí, hasta que su rostro quedó apenas a unos centímetros del mío.
Sentía el calor de su aliento, y nuestros ojos se encontraron en una conexión que hacía que el tiempo pareciera detenerse solo para nosotros.
En ese instante, la distancia entre ambos parecía a punto de desvanecerse, como si solo un movimiento más nos llevara a lo inevitable.
Mi corazón latía cada vez más rápido, y cuando vi que su mirada bajaba hacia mis labios, contuve el aliento.
Me pregunté si él se atrevería a cruzar esa línea, pero justo en el último momento, Emir rompió la tensión, enderezándose mientras me apartaba un mechón de cabello con suavidad.
—Tendrás que cuidarte más en adelante —dijo, con una voz aún impregnada de un tono seductor, como si hubiera dejado algo pendiente entre nosotros.
Sentí que mi sonrisa era un poco temblorosa, pero no pude evitar mirarlo con una mezcla de desafío y deseo.
No podía apartar la vista de Emir mientras se levantaba con esa calma contenida que lo rodeaba siempre.
Mis ojos seguían cada movimiento suyo, desde cómo se pasaba una mano por el cabello hasta la forma en que su mandíbula se tensaba, como si también él estuviera intentando contener algo.
—¿Qué haces aquí normalmente?
—le pregunté, en parte para romper el silencio y en parte porque la curiosidad se mezclaba con la atracción.
Me parecía extraño que alguien como él, con su porte y su presencia, estuviera en una finca alejada de todo.
Emir me miró y sonrió con suavidad, aunque había algo en esa sonrisa, una chispa de misterio que no pude dejar de notar.
—Digamos que disfruto de la paz de este lugar y no hago nada más que disfrutar lo que tengo —respondió sin dar una respuesta clara, como si sus palabras fueran un escudo que ocultaba algo que él no estaba listo para revelar.
Mi corazón latía con fuerza, y no pude evitar notar cómo nuestras miradas se encontraban y sostenían, como si ambos estuviéramos atrapados en un juego silencioso que ninguno quería ganar ni perder.
Emir respiró hondo y, con un movimiento lento, se inclinó hacia mí de nuevo.
Su mano cálida y firme se posó sobre el respaldo del sofá, tan cerca de mi hombro que sentí un escalofrío recorrer mi piel.
Podía notar su respiración, el aroma tenue de su loción con un toque de madera y tierra, y el calor de su cercanía me envolvía, haciéndome olvidar el mundo exterior.
—¿Eres siempre tan desafiante, Spirit?
—murmuró, su voz un susurro que resonaba en el silencio de la habitación.
—¿Y tú siempre eres tan misterioso?
—repliqué, sin poder evitar que mis palabras salieran en un tono bajo, casi provocador.
Su mirada intensa descendió hacia mis labios y, por un instante, pensé que iba a besarme.
Estaba atrapada, atrapada en una expectativa emocionante y desgarradora a la vez.
El deseo entre nosotros era innegable, tangible, y me costaba recordar la última vez que alguien me había hecho sentir así, exceptuando a mi ex, que había sido todo un patán, como si cada instante de silencio estuviera cargado de promesas no dichas.
Pero, en el último momento, Emir se separó, aunque no completamente.
Se quedó de pie frente a mí, con esa media sonrisa juguetona y enigmática.
—Creo que ya estás mejor —dijo, aunque en su tono pude notar que sabía perfectamente que lo que había pasado entre nosotros no tenía nada que ver con el dolor en mi tobillo.
Le sostuve la mirada, algo frustrada, algo cautivada.
Sentía que me había dejado al borde de algo sin respuesta, y ese misterio me atrapaba tanto como la intensidad de su cercanía.
Sin embargo, no le daría la satisfacción de verlo en mi rostro.
—Gracias por la atención, doctor —respondí, inclinándome ligeramente hacia él, retadora, mientras esbozaba una sonrisa sugerente.
Él arqueó una ceja, divertido y, al mismo tiempo, desafiado.
Con un último vistazo, como si quisiera grabar mi rostro en su memoria, me hizo una ligera reverencia antes de alejarse, sus pasos resonando en la sala mientras salía, dejándome con una mezcla de exasperación y un ardiente deseo que no podía negar.
Cuando la puerta se cerró con un suave clic, exhalé un suspiro, preguntándome si realmente podría mantenerme alejada de él… o si ya era demasiado tarde para intentarlo.
A los pocos minutos, apareció Aria con bandejas de comida, escoltada por Emir, quien llevaba un botiquín de primeros auxilios y detrás de él, Xavier, cargando una pequeña mesa y silla desplegables.
En lo que los trabajadores de él acomodaban la comida en la mesa, Emir se encargó de vendarme el pie derecho con suavidad.
Se había hinchado considerablemente, pero al menos no estaba roto.
Fue solo un golpe.
—¡Buen apetito!
—dijo Aria al tiempo que tiraba de Xavier fuera de la habitación.
Emir acercó la silla a mí y también la mesa.
El desayuno se miraba delicioso.
Comenzamos a comer en silencio.
Sentí su mirada todo el tiempo, pero cuando volteaba a verlo, él desviaba su atención a otra parte.
—Tengo entendido que aquí en Irlanda no hay serpientes, ¿verdad?
—pregunté cómo quien no quiere la cosa.
Ya era momento de informarle sobre ese hallazgo.
—En efecto—asintió, dándole un sorbo a su café y mirándome a los ojos—las serpientes no toleran el frío de aquí, ¿por qué?
Fruncí el ceño.
—Qué extraño… —¿Qué cosa?
—también frunció el ceño.
—Es que Emma perdió la cabeza y se asustó porque una serpiente se cruzó en su camino.
Emir dejó la taza vacía en la mesa y su ceño se profundizó.
—¿De qué hablas, Spirit?
—Había una serpiente, Emir, eso fue lo que asustó a Emma, aunque se miraba moribunda, como si estuviera tratando de huir de tu finca.
Emir apretó la mandíbula y los músculos de sus mejillas se tensaron.
Sus ojos se quedaron mirando un punto fijo y a continuación, se levantó de la silla con brusquedad.
—¿Qué ocurre?
—me sobresalté.
—Alguien más ha estado en mi finca y a escondidas.
Aquí no hay serpientes y aunque hubiera una mínima posibilidad, hubiera muerto en minutos.
—¿Te refieres a que una persona puso a esa serpiente a propósito con el fin de hacerte daño?
—En un momento regreso—siseó, iracundo—no intentes levantarte, ¿de acuerdo?
No tardaré, lo prometo.
Lo observé marcharse y me estremecí.
¿Qué estaba pasando?
¿Acaso aquí no era un sitio privado que únicamente él conocía?
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