Emma en el bosque de bestias - Capítulo 23
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23: ¿Qué pasa si la beso?
23: ¿Qué pasa si la beso?
 Iván Vi cómo Emma sostenía el rostro de Aran mientras decía algo que no pude escuchar.
Luego, él la abrazó.
Nunca había visto a Aran llorar de esa forma.
No hice preguntas, solo observé desde lejos.
Cuando Aran la soltó, ella se volvió a recostar en la cama, y él se fue a un rincón de la habitación con ese libro viejo y extraño.
La reina Aziom nos mandó a preparar una cena como disculpa, pero yo no tenía hambre, ni deseos de comer nada que viniera de esas ninfas.
Sin embargo, Em no había comido nada, así que me acerqué a ella para tratar de llevarla al comedor.
—Emma, escucha —dije de la manera más amable que pude—, las ninfas prepararon algo de comida para ti.
Te acompañaré para que comas.
Ella seguía dándome la espalda, hecha una bolita triste.
 —No puedes quedarte así todo el tiempo.
Debemos irnos en cuanto amanezca —insistí en hablarle, y ella parecía insistir en hacer lo contrario.
Empecé a sentirme ligeramente enojado.
No podía seguir viéndola así.
—Escúchame, niña —espeté sin levantar la voz—, si no te levantas y vienes a comer algo, te voy a llevar por la fuerza y tendré que…
—Iván —musitó ella, haciendo que mi corazón se acelerara al escuchar su voz.
“¿Esto es amor o es solo su poder atrayéndome?
¿Así se siente?
Debe ser su poder, porque cuando amaba a Azumi, no sentí algo como esto.” —Dime —respondí.
—Estoy muy triste, ¿sabes?
—confesó, aunque era evidente—.
Y no tengo hambre.
Mañana, cuando salga el sol, podremos irnos.
Pero no me pidas que me levante ahora, por favor.
Sus palabras fueron como cuchillas en mi piel.
Me estaba diciendo: “déjame en paz” de una manera sutil y educada.
Me dieron ganas de mirarla a los ojos y decirle que estaba preocupado, que por favor comiera algo y que me dijera qué era lo que la tenía así.
Pero mi orgullo e incapacidad para demostrar lo que realmente siento me lo impidió.
Le hubiera preguntado a Aran, pero estaba hecho un moco en una esquina.
 Me di la vuelta y cuando estuve a punto de salir de la habitación, Aran se puso de pie y caminó hacia donde Emma.
Cuando vi que se acercó demasiado a ella, lo detuve.
—¿Qué pretendes hacer?
—interrogué, apretando los dientes.
Sus ojos estaban rojos e hinchados, pero su mirada era firme y carente de emoción.
—No permitiré que ella se enferme, así que haré que salga y coma —respondió e intentó seguir a lo que iba.
Lo detuve otra vez.
—¿Cómo pretendes hacer eso?
—quise saber, aún inquieto.
Él me miró fijo a los ojos.
—Solo déjame improvisar —emitió, no como una petición, más bien como una réplica.
Lo miré mal.
—Ella no me escuchó a mí, ¿qué te hace creer que te escuchará a ti?
—Hubo un toque de burla y rabia en mi voz.
Él sonrió sin ánimos, una sonrisa ladeada y carente de humor.
Siguió caminando y se acercó a Emma.
Se agachó hasta quedar frente a ella y la miró al rostro.
—Señorita —susurró, y ella abrió los ojos—.
Usted hoy me dio la oportunidad de saber la verdad sobre mi mamá.
De no haber sido por usted, habría vivido esperanzado toda mi vida, angustiado y preocupado sin saber dónde ella estaba o si estaba bien.
Y sí, estoy triste, destrozado de hecho.
Pero no voy a morir de tristeza porque aún te tengo a ti, Emma.
Las lágrimas de la chica caían sobre la piel que cubría la cama de piedra.
—Sé que ese joven de agua que la trajo entre sus brazos debió ser alguien importante para usted, lo noté en la forma en que la abrazó.
Él parecía estar conectado de una manera poderosa con lo que usted es.
Y también pude ver que él se fue para siempre.
Emma rompió en llanto.
—¡¿Aran, eres idiota?!
—pregunté, acercándome con intenciones de sacarlo de la habitación.
Él siguió hablando: —Pero algo de lo que estoy seguro es de que usted, preciosa Emma, fue quien lo liberó de su condena.
Me detuve al escuchar.
—Él, antes de irse, le agradeció con un abrazo que marcó incluso su piel.
Mire la marca que tiene en el antebrazo, justo más arriba de la muñeca…
—él sostuvo la mano de ella—…
es el símbolo que indica que usted ha salvado a un ser del bosque.
Que lo salvó de vivir encerrado en el infierno.
Usted, hermosa señorita, valiente y noble mujer de fuego, es quien salvó a ese ser, y es quien me mantiene a salvo a mí.
Ella prestaba atención, como si las palabras de Aran de verdad fueran un consuelo.
—Mis flores no seguirán muriendo porque la tengo a usted ahora.
Mi amiga, Emma.
Si usted se enferma y algo le pasa, entonces no tendré ninguna otra razón para quedarme.
Nadie regará las orquídeas que nacieron entre mis costillas.
Emma se sentó en la cama y miró a Aran.
—Yo lamento mucho lo de tu madre y que hayas tenido que crecer solito, Aran —expresó ella entre sollozos.
Él sonrió y negó con la cabeza mientras, aún en cuclillas, la observaba.
—No, querida, yo no crecí solo…
aunque no lo parezca, el señor “yo soy el jefe” y yo crecimos juntos.
Es como mi hermano.
Créame, señorita mía, yo nunca estuve completamente solo.
Él le sostuvo ambas manos y se puso de pie.
Ella miró hacia arriba, fijando sus ojos en los de él.
Mi semblante frío se rompió para mostrar sorpresa y celos, porque ella se puso de pie y, sin dejar de mirarlo, sonrió con tristeza.
 —Ahora, pequeña pelirroja pecosa, ¿quiere ser mi acompañante esta noche?
—le preguntó él.
Ella arqueó una ceja, confundida y un poco divertida.
—Es que eso lo leí en un libro —confesó él, avergonzado, mientras se rascaba la nuca.
Ella se mostró curiosa.
—Uno que era así como una historia.
El chico le decía a la chica: “pequeña pecosa”, porque ella tenía muchas pecas, al igual que usted —continuó.
—Candy Candy —mencionó ella—, yo también leí esa novela.
Él abrió los ojos con asombro.
—Sí, ese mismo —confirmó.
Vi cómo las mejillas del cosa araña se ponían rojas.
Entonces aclaré mi garganta, llamando su atención.
—¿Van a venir o no?
—interrogué, enojado.
—Sí, pero antes quiero bañarme, estoy toda sucia de sangre —comentó Emma, mientras miraba las cicatrices de las heridas que yo había curado.
—Ahí hay un baño, entra y hazlo rápido, Aran y yo te esperaremos afuera —avisé.
Ella nos miró a ambos, escaneándonos.
—Deberían ducharse también.
Parecen indigentes —comentó.
—¿Indi qué?
—cuestionó Aran.
Ella suspiró.
—Solo, báñense, tú sobre todo, Iván.
Estás todo mojado.
La ignoré, aunque si consideré su petición.
Aunque no se lo iba a demostrar.
—Señorita, en mi mochila traje un hermoso vestido para usted.
Ya vuelvo en unos minutos y se lo traigo —dijo Aran antes de salir de la habitación.
Emma y yo nos quedamos solos.
Ella me miró y, en un débil hilo de voz, dijo: —Iván, gracias por curar mis heridas.
Cuando decía mi nombre, una corriente eléctrica recorría mi espina dorsal.
—Bien —respondí, mostrándome lo menos nervioso posible.
—Iván.
—Volvió a llamarme.
—¿Mm?
Caminé hasta el marco de la puerta y me recargué en él, cruzado de brazos.
—Dijeron que estamos unidos por un lazo de la luna.
Pero no espero que te quedes a mi lado solo por eso.
No espero nada, solo que estés bien.
Te agradezco todo lo que has arriesgado y hecho por mí, pero no por eso estás obligado a amarme ni a estar a mi lado.
Yo…
ni siquiera sé lo que es el amor, así que no te preocupes.
Ella sonrió con nerviosismo mientras apretaba la tela de su vestido rasgado y sucio.
“¿Por qué dice eso?
¿Ella no siente lo mismo que yo?
Emma, ¿no sientes lo mismo?
¿Por qué dice que no la ame?
¿Escuchó lo que le dije a Azumi?” —Emma, ¿tú escuchaste lo que…?
—Yo…
necesito ducharme, así que por favor déjame sola.
“Sí scuchó.” Me acerqué a ella despacio y la miré a los ojos.
Ella parecía nerviosa, así que me detuve antes a un paso de ella.
—Esto no se trata de querer, eres una semidiosa y yo una bestia.
Aunque quisiera, no podría ser, Emma.
Los ojos de la chica brillaban como si admiraran los míos.
—Creo que…
tienes razón —susurró—.
Aunque nunca, te he visto como nada mas que a un amigo.
Nuestras miradas no se apartaron.
—Sí —aseguré, aunque no sabía ni lo que estaba diciendo, ni escuchando con claridad—, tienes razón.
Levanté una mano y acaricié su rostro con cuidado.
Miré sus labios, sus pecas, y volví a sus labios.
Si un paso más, ya podía escuchar su respiración.
“¿Qué pasa si la beso?” Era como si una música se escuchara de fondo, una que solo estaba en mi mente.
Una que iba describiendo cada pequeño detalle de su rostro, que a pesar de estar marcado con una pequeña cicatriz, seguía siendo hermoso.
“¿Es esto…
un hechizo de su poder?” Era más pequeña de estatura que yo, por lo que para verla, debía mirar hacia abajo, y ella un poco hacia arriba.
Su mirada desde ahí, era perfecta.
“¿Estoy enamorado de esta niña?” Me agaché despacio, hasta que mis labios casi rozaban su piel, su aroma, ese que era solo de ella, como si su sangre desprendiera un suave aroma a canela, me volvía loco.
Ella cerró los ojos.
“Ella es la razón por la que volví a usar mi poder, ese que había decidido y juré jamás usar.
El mismo con el que había matado a mi hermano en el pasado”.
Pasé mi mano hasta su cuello, levantándole el mentón con cuidado.
“Emma, me conviertes un peligro andante”.
 Solo necesitaba unir mis labios a su piel para saber, si lo que estaba sintiendo, era real.
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