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Emma en el bosque de bestias - Capítulo 24

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  4. Capítulo 24 - 24 Eres torpe y débil
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24: Eres torpe y débil 24: Eres torpe y débil Iván Estuve a punto de besarla cuando ella puso su mano en mi pecho e hizo un poco de presión, alejándome.

“Esto estaba buscando, que me rechazara” Abrió los ojos y me miró.

Yo aún seguía observándola de cerca.

Antes de que dijera algo, como si no hubiera pasado nada, hablé: —Esa cicatriz en tu rostro, se va a quedar mucho tiempo.

—Y me alejé despacio—Estaré en la habitación de al lado, cualquier cosa, solo grita.

Salí de la habitación con el corazón acelerado, mientras ella aún estaba quieta en el mismo lugar, con la cara roja.

¿Nerviosa?

No más que yo.

“No sé por qué hice eso, ¡estoy loco!

Me acababa de empujar” Estaba enojado conmigo mismo.

“¡No debes actuar así, Iván!

Aran pasó corriendo por mi lado y entró a la habitación de Emma.

Lo escuché hablar sobre un vestido.

Llevaba con él una mochila medio abierta, y cuando pasó junto a mí, una hoja cayó por el pasillo.

Me agaché a tomarla y la leí: «Sra.

Moriah» “Así que Aran también conoció a Moriah” pensé.

“Querido hijo, Cada vez que preparo tus platos favoritos, la cocina se llena de recuerdos y de la imagen de esos ojos negros que solían brillar con entusiasmo.

Sin ti, la casa se siente vacía y silenciosa.

He estado ocupada en el jardín y experimentando con nuevas recetas, tratando de mantenerme distraída.

A veces, mientras mezclo los ingredientes, cierro los ojos y casi puedo verte sentado a la mesa, con esa mirada que tanto amaba.

Espero que, desde donde estés, puedas sentir todo el amor que aún te tengo.

Con cariño eterno, Mamá” “Esa mujer parece haberse metido por todos los agujeros de este bosque” ensimismé.

Aran salió de la habitación, pero su sonrisa se desvaneció cuando me vió leyendo el papel en medio del pasillo.

 Me lo quitó.

Metí mis manos en los bolsillos delanteros de mi pantalón gris, y ladeé la cabeza.

—¿Por qué lees algo que no es tuyo?

—interrogó, molesto.

Arqueé una ceja y lo miré condescendiente.

—Así que, también conociste a la señora Moriha —observé.

Él me miró sorprendido.

—¿Tú sabes sobre ella?

—interrogó.

Asentí.

—La mataste, ¿verdad?

—pregunté, pero sabía la respuesta.

Él bajó la cabeza.

—No —musitó.

Reí por lo bajo.

—Tus arañas lo hicieron, esa es tu respuesta.

Él me miró con desdén.

—Sabes que yo no obligo a que hagan nada.

Cada quien elige su destino.

Yo solo les permito ver…

—Aran —interrumpí—, seamos sinceros.

Matas a las personas bajo un engaño.

Luego te lavas las manos diciendo que ellos lo quisieron así.

Él se cruzó de brazos y levantó ambas cejas.

—No creo que estés en posición de juzgarme.

Tú les desgarras la piel con tus dientes y garras y luego entierras sus cuerpos en el jardín de tu casa.

Me sorprendió el hecho de que la señorita Emma, no fuera una de tus víctimas.

Suspiré y miré hacia la puerta, no quería que Emma escuchara.

—Descuida, la señorita está en el baño —informó—, ella no escuchará.

Yo si soy cuidadoso para hablar.

No como otros que hablan sin cuidado.

Dijiste que no la amas y ella lo…

Tragué saliva y apreté los puños.

 —Cierra la boca —ordené, interrumpiéndolo.

—Si no la quieres, ¿por qué andas como perro rabioso detrás de ella?

Apreté los dientes.

—Aran…

—Mi paciencia se estaba acabando.

—¡Si vas a estar diciendo que no la quieres mejor no andes demostrando lo contrario!

—Maldición —mascullé.

Pero él seguía desafiándome con la mirada.

—Sabes una cosa…

el Hilo de Luna es poderoso.

Y no se rompe.

Pero esto solo es válido para ti, lobito.

Ella no es una mujer lobo, es decir que puede enamorarse de alguien más.

Fruncí el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—mi voz era un susurro amenazante.

—Lo que quiero decir, hermano, es que a mí me gusta mucho la señorita Emma y…

La bestia en mi interior se terminó de despertar, y como sin gobierno, mi mano fue directo hacia el cuello de Aran.

Lo levanté en el aire y lo pegué a la pared.

Estaba seguro de que mis ojos ya no eran claros, y que la oscuridad se había apoderado de ellos.

Él luchaba para soltarme el agarre.

Sus patas arácnidas trataban de clavarse en mi brazo, pero mi piel fuerte y gruesa por herencia de mi raza, solo fue arañáda, mientras él intentaba respirar.

—Aleja tus asquerosas patas de ella, Araneoe, no provoques algo de lo que después me arrepienta —espeté.

—¿Qué?

—soltó—¿vas a matarme como hiciste con Za?

Mis adentros se llenaron de culpa y enojo.

Tenía que estar loco para mencionar algo como eso, cuando mi mano estaba a punto de romperle la tráquea.

Las imágenes de cómo murió mi hermano en mis manos, pasaron rápido por mi mente.

—Mátame, vuelve a lo que eras antes, así Emma sabrá lo que verdaderamente hay detrás de- ese aspecto serio —emitió, entre jadeos.

“Aran nunca me mencionaría algo como eso, a menos que hubiera más detrás de sus intenciones” Mis garras estaban empezado a salir, al igual que mis colmillos.

Y él, se estaba poniendo azul por la falta de oxígeno.

 —¡Ivan, me vas a matar!

—chilló, angustiado.

“Si lo que soy, es eso que mató a Za, entonces, no hay nada que yo pueda hacer” pensé.

—Emma no amaría a un monstruo que asesina a las únicas personas que lo quieren —Soltó.

—¡Cierra la boca!

—grité.

—Ves que si la amas —observó.

Mi ceño fruncido y mi mandíbula apretada, aguantaban toda la otra fuerza que luchaban para no romperle el cuello a la Ninfoaraña.

—Deja la agresividad y habla como una persona, no hay que utilizar la violencia —gimoteó—.

De verdad siento que ya me estoy muriendo.

—De todas formas, vas a revivir de nuevo —aseguré.

—No se siente bonito morirse, ¡ya suelta!

—¿Hay algo más que no me hayas dicho?

—interrogué—¿por qué mencionas a Za?

¿Acaso, hay otra razón por la que me odies?

Solté un poco el agarre para que pudiera tomar aire.

Tomó una bocanada y habló: —¿Aparte de que te alejaste de mí, cuando la Ninfa de agua te dejó?

¡Sí!

—confesó.

Entonces escuché la voz de Emma.

—¿Aran?

—llamó ella.

Con esa voz dulce y suave.

Mis ojos volvieron a ser claros, solté a Aran, y mis garras y colmillos desaparecieron.

—¿Trajiste mi mochila?

—Interrogó Emma, desde la habitación.

Él, aún sin poder recuperar el aliento, se puso de pie.

Lo miré buscando una respuesta entre sus ojos, y cuando al fin pudo respirar, habló: —Estuve cerca tuyo, y sé que sabías que estuve ahí todo el tiempo —confesó.

—No sabes disimular, idiota, claro que sabía —respondí, aún airado.

Él tragó saliva.

—Vi en lo que te convertiste —comenzó, mirándome con los ojos llenos de lágrimas, pero no eran de tristeza, eran de enojo—.

Yo no mataba a quienes decidían vivir, en cambio tú, mataste a todos y cada uno de los humanos que se adentraron en el bosque después de la tragedia.

Se enderezó y se posó frente a mí.

—Apenas dejabas vivir a los niños, Iván, pero más adelante los mataba otra cosa.

Sabías que así sucedería, y en vez de protegerlos, los dejabas avanzar en el bosque.

—Su cara desprendía decepción.

Y yo, me sentía cada vez peor.

—Cuando vi que mataste a las primeras personas, me alejé y dije que jamás me acercaría a a ti.

Ya no eras el Ivan que me salvó la vida.

Eras un monstruo.

Quería decirle que se callara, pero yo mismo necesitaba escuchar en lo que me convertí.

—Pero…

cuando dejaste ir a la señora Moriah, me sorprendí y pensé que habías vuelto.

Quise ir a ti.

Y después, vi que, tú…

Relajé mi entrecejo, esperando lo que él tenia que decir.

¿Qué cosa había visto tan malo que no se acercó?

—Tú…

mataste a un niño —completó.

Mi corazón latió una sola vez más fuerte.

Las imágenes de ese pequeño niño, volaron en mi mente como paginas caídas de un libro.

“Ay Aran, sabes cosas de mí, que incluso me cuestan creerlas” Volvió a tragar saliva, como si tuviera un nudo en la garganta.

Quise decir algo en mi defensa pero, Aran, siendo Aran: colocó una mano frente a mi cara y me puso un alto.

—No digas nada, Ivan —bajó la mano, y yo lo miré sorprendido—.

Ya no quiero seguir hablando, porque me voy a enojar y sabes cómo me pongo.

Se volvía más molesto de lo que es, y aplicaba lo que él llama “ley de hielo” siempre decía cosas que leía en libros de humanos.

Su rostro cambió a dureza forzada.

Cómo si quisiera mostrarse serio sin poder.

—Y te aviso, que no es mentira, Lobito.

Más te vale que te pongas serio sobre lo que sientes por la señorita hermosa, yo no voy a dejar escapar oportunidades —amenazó, y con dificultad, caminó hasta la puerta de la habitación de Emma y tocó.

Ella abrió.

Luego él asintió y salió a buscar algo.

Pero antes, me dio una mirada recelosa que en vez de miedo, lo que hubiera dado a cualquier otra persona, sería ternura.

—¿Problemas de amor?

—Esa era Naom, quien me observaba desde la entrada al pasillo.

Mientras Aran salía pasándole por el lado.

La ignoré y seguí caminando.

—Ese chico, Aran, va enserio con esa chica.

En sus ojos lo puedo notar —continuó—dies corazones enamorados.

Dudo mucho que se rinda.

Me estaba alejando, pero ella parecía decidida a hacerme enojar.

—Yo soy tú, y me deshago de la competencia —susurró.

Me detuve.

Ella caminó hacia mí.

—Nada que me estorbe, puede vivir.

Es un pequeño consejo.

Considéralo así.

Dicho eso, escuché como se alejaba.

¿Deshacerme de Aran?

Sí, era molesto, pero no podía.

No sabía qué era él para mí, pero me recordaba demasiado a mi hermano.

“Eres un traidor, un demonio en nuestra familia.

Una vergüenza.

Deberías morir, pero por respeto a tu madre y a la luna misma, no te mataré.

Pero te destierro.

Desde hoy, no eres mi hijo” las palabras de mi padre resonaban en mi memoria.

Cómo un recordatorio de mi condena.

Aquella que merecía por haber consumido a mi hermano hasta la muerte.

Minutos más tardes, me encontraba en el baño.

Era un lugar con una especie de Laguna pequeña y cristalina, donde el vapor salía de entre las rocas.

Algunas ninfas se ofrecieron a limpiar mi espalda pero yo no iba a dejar que eso sucediera.

Sus miradas eran coquetas al igual que sus risas, mientras me miraban.

Les pedí que se fueran pero cuando iban saliendo, apareció Aran.

—Señoritas —emitió él, en un tono pícaro—, a mí no me molestaría que me restrieguen la espalda.

Pero, tengo la piel muy sensible.

Así que, no se los recomiendo.

Aún así, sí acepto que se queden a verme.

Maravillarlas con mi belleza es para lo que nací.

Ellas reían como tontas.

—Fuera —ordené, y ellas salieron.

Aran me miro con recelo.

—Eres un aburrido —resopló y se sentó en una piedra, mientras se rascaba la espalda.

Yo me metí al agua.

—No debí ponerme esa cosa que decía protector solar —se quejó—.

Siento que la espalda me arde.

Tenía toda la zona roja.

 Parecía que hablaba solo, porque conmigo no era.

—Estoy seguro de que eso es para que el sol no dañe mi piel…

¿tendrá que ver el hecho de que lo tenia desde hacía varios años?

¿Estaba dañado?

—abrió los ojos de par a par y me miró.

Luego, como si recordara que ya no éramos tan amigos, volvió a mirarme mal y volteó la cara.

Salí del agua minutos después y me fui a la habitación.

 Mi ropa no estaba.

—Señor, su ropa ha sido llevada al área de lavado.

Estaba muy sucia y apestosa.

Así que le dejamos estas telas para que se cubran mientras tanto —informó una ninfa desde la puerta, mirándome como si yo no estuviera desnudo.

Tenía el cabello largo y verdoso.

Mientras bestia ropa suelta y cancilla.

Parecía calmada y muy femenina.

—Les dije que las quería fuera —aclaré y ella salió.

“¿Qué les pasa a estas mujeres?” Estaba empezando a enojarme.

Se habían llevado mi ropa y me dejaron puras telas delgadas y blancas.

“¿Cómo esperan que me ponga esto?” Observé la tela con desagrado.

—Bueno Lobito, nos toca ponernos la ropa de los dioses griegos —comentó Aran, apareciendo detrás de mí.

Me giré y vi toda su pálida anatomía desnuda.

Lo miré con desagrado y volví a agarrar las telas para cubrir mi cuerpo.

—No sabía que tenías tatuajes en la pierna —observó los tatuajes en mi pierna derecha.

Aquellos que aperecían como evidencia de las veces que había utilizado el poder heredado por mi madre.

Aquellos tatuajes eran letras en lunaria, el idioma de las brujas.

Y ya habían varias letras plasmadas en mi piel que rodeaban mi pierna.

—Deja de mirarme, es incómodo —ordené en un susurro desinteresado.

Aran y la vergüenza, no se conocían.

Él caminó por mi lado y agarró una de las telas.

—Leí en un libro de humanos que antes, existían dioses que usaban estas telas como vestimenta.

Eran dioses griegos —contó.

“Este tonto solo sabe decir estupideces” pensé.

Otra vez se había olvidado de que estaba enfadado conmigo.

Él empezó a envolverse la tela en el cuerpo, hasta que al fin quedó cubierto.

—Y listo —expresó.

Suspiré y cerré los ojos con pesar.

“¿Qué hice para merecer esto?” Emma Por un momento, creí que Ivan me besaría.

Mi cuerpo no lo rechazaba, pero mi mente me gritaba que no debía ser.

Que él no sentía nada por mí, y que aquello del Lunae Thriadis, solo era algo simbólico.

Así que lo detuve en contra de la voluntad de mis labios.

Además, no quería que mi primer beso fuera con alguien que no me amaba.

Crecí viendo a mis padres amarse con todo.

Siendo la fortaleza uno del otro, y cada que bailaban en la sala, se abrazaban con tanto cariño, que me aferré a la idea que si no tenía un amor como el que mi papá le daba a mi mamá, entonces no quería nada.

Ivan no me amaba, entonces no tenia porqué recibir aquel beso.

Y él me gustaba.

Pero, no estaba muy segura de lo que significaba amar.

Y cuando coloqué la mano en su pecho para alejarlo, fue un error, porque cuando abrí mis ojos, noté su pecho desnudo y mis dedos, sobre su piel.

Aparte, no estaba intentando besarme, solo observaba la cicatriz en mi rostro.

Él era quien había curado mis heridas, así que ¿cómo no pensé en que solo observaba la cicatriz?

Sentí tanta vergüenza, que pude percibir el calor subir hasta mis mejillas.

Segurísima de que ya tenia que estar roja como tomate.

Ivan salió de la habitación y luego entró Aran para darme un vestido.

Era colorido y no muy largo.

Era suelto y parecía para ir de pícnic.

—Este le va a quedar hermoso, estoy seguro —comentó y luego me observó con curiosidad—.

¿Por qué tiene la cara tan roja?

Abrí los ojos con preocupación y traté de evitar su mirada.

—Aran, creo que prefiero ponerme pantalones —interrumpí su mirada dudosa.

Él sonrió, y luego lanzó el vestido hacia atrás.

—Entonces le daré los míos, solo déjeme salir a la habitación de al lado y se los traigo.

—Se dirigió a la salida.

—¡No!

—exclamé de inmediato.

Él se detuvo y me miró, confundido otra vez.

—Yo tengo unos pantalones en mi mochila —comenté.

Él levantó las cejas como si hubiera recordado algo.

—Puedo pedirle a mi prima Lupita que la traiga —aseguró.

Yo sonreí.

—Te lo agradecería mucho, Aran.

—No es nada.

Para usted, lo que sea —expresó.

Se quedó mirándome unos segundos, y yo a él, tratando de entender qué cosa era la que miraba en mi rostro.

—Señorita, ¿se ha dado cuenta de que sus ojos son extrañamente brillantes?

—comentó.

Llevé mi mano ala altura de mis ojos, inconscientemente.

—¿A, sí?

—pregunté.

—Sí.

Luego, sonrió de oreja a oreja.

—Bueno, entraré al baño.

—Ya vuelvo.

—Y salió corriendo.

No pude evitar sonreír, Aran era una cajita de sorpresas.

Nunca podría prevenir sus acciones o comentarios.

Era divertido y amable.

Él, era ese tipo de persona de la que nunca quisiera alejarme.

Entré al baño, y era una especie de piscina natural.

El lugar tenía un aire rústico, pero era de un blanco impecable.

Aunque la luz de las antorchas le daba un toque anaranjado.

Observé mi rostro en el reflejo del agua, esa cicatriz no se iría.

No sentía enojo por quien me la hizo, pero si tristeza.

Tristeza por ella, porque algo muy malo había vivido.

No la culpaba por ser así.

Pero también sentía tristeza por mí.

Pero no lastima.

“¿Merecías todo esto?” me pregunté.

Creí haber escuchado la voz de Aran.

Salí del baño y lo llamé: —Aran, ¿trajiste la mochila?

Abrí la puerta y lo vi.

Estaba respirando con dificultad y se veía cansado.

Lo miré con preocupación.

—¿Qué te pasa?

—interrogué.

—Discúlpeme, es que corrí porque mi prima se había ido.

Entonces envié a otra y vine a decirle que le avisaré en cuanto la traigan.

Sonreí aliviada.

—Bien, esperaré.

Él se fue, y poco después, mientras ya me encontraba en la tina, apareció Azumi, seguida de otras dos ninfas.

 Intenté cubrirme en cuanto la vi, pero ella no tuvo ningún reparo en dejar caer la tela fina que la cubría.

Su cuerpo era delgado y curvilíneo; era muy hermosa.

Sin embargo, en su mirada se notaba una extraña chispa de intención.

 —¿Te molesta si te acompaño?

—interrogó, metiéndose al agua sin esperar mi respuesta.

No dije nada.

Solo me hice a un lado mientras cubría mis pechos con los brazos.

Las otras ninfas se acomodaron fuera del agua, y una de ellas empezó a masajear el cuello de Azumi, mientras que la otra se acercó a mí para peinar mi cabello con un peine.

Intenté alejarme, pero ella insistió.

Azumi mantenía los brazos abiertos, relajada, disfrutando de su masaje.

La ninfa jalaba de mi pelo, estaba muy enredado.

—Te ves muy tensa —observó Azumi.

Respiré profundo.

Si esa ninfa intentaba matarme ahí dentro, nadie podría ayudarme, y eran tres contra una.

—Relájate, no voy a hacer nada.

Solo vine a conversar —continuó.

Observó mis pechos.

—Bonitos pechos —comentó, en un tono ligeramente burlón.

El silencio fue mi única respuesta.

Ella empezó a incomodarse, así que con un gesto, le pidió a las mujeres que se alejaran y salieran.

Ellas obedecieron.

—Entonces, ¿tú eres una semi diosa?

—interrogó, en un siseo de ligero desdén.

Nada, ni una palabra de mi parte.

—Supongo que no dirás nada.

Entonces, déjame decirte algo, Emma.

—Dijo mi nombre como si fuera una simple cosa—.

A Iván no le gusta la gente que siempre está en peligro.

Y tú tienes cara de estar siempre en un problema nuevo.

Eres torpe y débil.

Estoy segura de que ni siquiera sabes usar el poder que “tienes”.

Cada palabra surgía de sus labios como veneno.

—No te emociones por el Hilo de Luna, es algo que al final es solo un símbolo —continuó.

Sus ojos verdes y sus labios rojos parecían combinarse para expresar a la perfección sus intenciones, mientras su cabello marrón descansaba sobre las piedras.

—¿Cuántos años humanos tienes?

¿Diecisiete —bufó, mirando mi pecho— o, catorce?

Era suficiente para mí.

Me levanté para salir, pero ella volvió a hablar: —¿Amas a Iván?

“Si esa era su pregunta desde un inicio, debió hacerla y no decir tantas estupideces”, pensé.

Volví a sentarme sobre la roca dentro del agua.

La observé directo a los ojos, con seriedad.

—Azumi, no estoy interesada en tratar mis asuntos personales contigo —solté.

Ella sonrió.

—Ahora sé por qué no te ama.

Eres una niña, no solo te ves como una —atacó.

Me acomodé y abrí los brazos tal como ella, mostrándome relajada.

—Entiendo —emití, en un siseo lento y prolongado.

Ella arqueó una ceja, confundida.

—¿Qué cosa?

—interrogó, soltando una risa forzada.

Sonreí de lado y la miré a los ojos.

—Irónico, ¿no?

—Desvié su pregunta, quería hacerla sentir tonta.

—¿Qué?

—Su confusión era palpable.

—Una niña te hace sentir amenazada —lancé—.

Eres hermosa, inteligente y eres una princesa.

¿Por qué me atacas cuando estoy desarmada?

¿O es que ves un potencial en mí que yo misma desconozco?

Su cara cambió de la confusión al enojo completo.

—¿Amenaza, tú?

—bufó, con pesadez.

Asentí.

—Ajam —musité, mirándola con toda la intención de molestarla.

Soltó una carcajada.

—Déjame decirte las cosas con claridad, niña —comenzó, cerrando los brazos e inclinándose hacia mí.

—Adelante, que yo también te diré tus verdades —indiqué.

Imité su posición.

“¿Guerra?

¡Pues guerra!”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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