Emma en el bosque de bestias - Capítulo 29
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29: Confía en mí 29: Confía en mí Ivan  Envolví a Emma entre mis brazos y le cubrí la boca con mi mano.
Rodé con ella por el suelo hasta estar ocultos entre las flores.
Mi corazón se aceleró en cuanto vi a los responsables de aquel ataque repentino.
—Silencio —susurré a Emma.
Los niños muertos no eran nada amigables.
Esas criaturas, cubiertas de lodo negro y sin ojos, eran llamados niños muertos, únicamente por su tamaño infantil, pero su apariencia distaba mucho de la de un niño.
Se ocultaban entre las flores, acechando a sus víctimas desde las sombras para luego llevarlas a su guarida en las profundidades de un lugar que pocos se atrevían a curiosear.
Y quienes se atrevían, jamás volvían para contarlo.
 Las flores amarillas marcaban el territorio que reclamaron suyo desde la desaparición de su lideresa, Elena.
Sin ella al mando, se convirtieron en seres despiadados y peligrosos, al menos para quienes osaban entrar en su dominio.
Y nosotros estábamos justo en el centro de él.
Azumi intentaba defenderse de los niños muertos, lanzando flechas.
Escuché cómo desenvainaba su espada, pero después oí cómo la arrastraban, a pesar de su resistencia.
Por si fuera poco, sentí pasos que se acercaban a nosotros.
Emma mantenía los ojos muy abiertos, escuchando los gritos de Azumi mientras luchaba.
Cuando percibió los pasos acercándose, sus uñas se clavaron en mi brazo.
La miré con cuidado.
“¿Por qué me gusta tanto cuando me necesitas?
Debería dejarte, huir como siempre he hecho.
Salvarme sin mirar atrás.
Pero no puedo…
porque ya no estoy solo.
Estoy atado a ti, mujer de cabellos rojos, para siempre.” Ella volvió a clavar sus uñas en mi piel, sacándome de mis pensamientos.
Observé a nuestro alrededor y me di cuenta de que no estábamos tan lejos de la línea que dividía el bosque del sendero de las flores.
Volví a clavar mi mirada en la de Emma.
—Cuando te lo pida, debes correr en esa dirección hasta que estés fuera del floral.
Una vez que lo logres, estarás a salvo —musité.
Ella negó de inmediato con la cabeza.
La miré con dureza.
No era una petición, era una orden.
—Vas a hacerlo.
Si no haces lo que te digo, nos matarán a ambos, Emma.
Me levanté un poco y la ayudé a ponerse de cuclillas.
Levanté la cabeza y vi a uno de los niños muertos cargando el cuerpo de Aran.
Otros lo rodeaban, arrancándole las patas arácnidas con cuchillas afiladas.
La sangre salpicaba en todas direcciones, una escena que no quería que Emma viera.
Le sostuve la cabeza entre mis manos, obligándola a que solo me mirara a mí.
—Por nada del mundo, debes mirar atrás, ¿de acuerdo?
—emití.
Ella asintió, nerviosa.
Sus mejillas se tornaron rojas y sus ojos cristalinos sostenían el temor en un hilo.
Uno de los Nimus (niños muertos) se acercaba a nosotros, buscando la cabeza de Aran, la cual estaba justo a nuestro lado.
Miré a Emma, ella estaba temblando.
—¿Estás lista?
—la sostuve de los hombros.
—No —murmuró con voz temblorosa.
Yo tampoco estaba listo, pero era eso, o que se la llevaran a quién sabe dónde.
No podía permitirlo.
“Es ahora, o es nunca.” —A la cuenta de tres —avisé.
Ella me sostuvo con fuerza de la mano y me abrazó.
—Una, dos —le solté la mano—, tres…
¡Ahora!
Ella me sostuvo nuevamente y empezó a correr.
Mi plan era cubrirla hasta que estuviese fuera del sendero de las flores, pero el de ella era otro.
Me había conducido a correr a su lado.
Se escuchará tonto y hasta muy “Aran”, pero mientras corría sosteniéndole la mano, me olvidé del peligro que nos perseguía.
De pronto, el viento que golpeaba en mi rostro y su cabello rojo flotando en el aire, era todo lo que necesitaba.
Y con eso, una sonrisa surgió en mí.
Pero inmediatamente me di cuenta de la sutil elevación en la comisura de mis labios, volví a fruncir el ceño.
Miré atrás y aunque los Nimus no eran muy veloces, saltaban como ranas.
La mayoría nos seguía, lanzando sus armas al aire.
Cada vez que veía que se acercaban demasiado a Emma, me interponía y recibía los ataques.
Por suerte, solo me rozaban.
Uno de los Nimus apareció desde la derecha, casi alcanzando a Emma.
Mi puño lo hizo volar de un golpe, pero no me percaté del otro que venía por la izquierda.
Quise detenerlo y desintegrarlo, pero antes de que pudiera hacerlo, varios de ellos se me abalanzaron desde distintas direcciones, pegándose a mí como pulgas.
Caí entre las flores soltando a Emma.
Desde un pequeño espacio pude verla; estaba en el suelo, mientras el Nimu se mantenía sobre ella, olfateándola con cuidado, como si la evaluara.
Empecé a consumir a todos los Nimus que pude.
—¡No!
—grité.
Mientras más niños muertos consumía, más se adherían a mí.
—¡Ivan!
—gritó ella.
Yo ya no podía seguir consumiendo energía, estaba al límite.
Pero no iba a rendirme, así que utilizando todas mis fuerzas, logré ponerme de rodillas, aún con el peso de unos cuantos Nimus sobre mi espalda.
—¡Resiste!
—pedí, tratando de levantarme por completo y tomar mi forma de lobo.
El Nimu sobre Emma la tomó por el cabello y, con fuerza, jaló de él, dejándole la garganta libre a la chica.
Y con su arma afilada, apuntó a la tráquea.
Y cómo si con eso me hubieran dicho “transfórmate” de mi cuerpo empezó a salir el pelaje blanco.
Me puse de pie y lancé a los nimus al aire debido al crecimiento repentino de mis músculos.
Me lancé sobre El Niño muerto que amenazaba a Emma, y metí su diminuta cabeza en mi boca…
solo tuve que apretar un poco la mandíbula, y pude sentir cómo explotó en mi lengua.
La sangre brotaba por entre mis dientes manchando mi pelaje blanco.
Me coloqué delante de Emma mientras ella se ponía de pie, mirándome aterrorizada.
—I…
ivan —balbuceó.
Un gruñido amenazante surgió de mi garganta hacia los nimus, que cautelosos intentaban rodearnos.
—Ivan, ¿qué haremos ahora?
—preguntó Emma desesperada.
En el momento no tenía respuesta a su pregunta.
Porque cada vez eran más y más nimus.
Miré alrededor.
Estábamos cerca de la línea, pero también peligrosamente cerca de los niños muertos.
Cualquier movimiento en falso los activaría en nuestra contra.
Pero no iba a permitir que esas cosas la devoraran.
Sin embargo, Emma tendría que salir de ahí, si o si, porque no iba a permitir que esas cosas, se la comieran.
—Emma, sube a mi espalda —dije de repente.
Ella me miró dudosa.
—¿Qué es lo que harás?
—interrogó.
—¡Solo sube, no hay tiempo!
Ella, se apresuró a subir.
—Sostente con fuerza —ordené.
—Ivan —susurró.
—¿Qué?
—Tengo miedo…
Sentí una punzada en el pecho, y con eso, mi corazón latió lento.
—Emma…
mientras yo esté, no te pasará nada —aseguré, con voz suave.
Una voz que solo con Emma se me era posible utilizar—.
Confía en mí.
Ella me abrazó con fuerza.
—Confío totalmente en ti —respondió.
Y esta vez, no fue una punzada en el pecho…
mi corazón ardió de una manera extraña.
Esa chica, causaba sensaciones nuevas en mí.
Y eso, me empezaba a gustar.
Se convertía en algo que necesitaría, posiblemente para toda la vida.
Empecé a correr hacia la izquierda, tan rápido como podía.
Sentía las manos de Emma sobre mi pelaje, sosteniéndose con fuerza.
Una vez vi que los nimus me seguían, me detuve y cambié mi dirección, en la vía contraria de la línea de división.
Los nimus venían detrás de mí, justo lo que yo quería.
Me detuve frente a ellos observando como se acercaban; parecían ranas saltarinas a la distancia.
—¿Qué es lo que…?
Acaso vas a…
¡no!
—gimoteó ella, al ver cómo empecé a tomar impulso para correr en dirección a ellos.
—¡Más te vale que te agarres bien!
—avisé, y empecé a correr.
Tan rapido que perdí el control de mis patas.
Ellos venían, yo iba…
y cuando estaba a una distancia considerable…
salté.
El tiempo se hizo lento.
Escuché a Emma gritar, la brisa moviendo mi pelaje suspendido en el aire.
Y debajo, los nimus mirándonos con asombro.
Era peligroso, habían riesgos de no lograrlo y caer sobre el ejército de nimus.
Pero, me sentía capaz.
Porque ella confiaba en mí.
Así que, no había nada que yo no pudiera hacer en ese momento.
Arriesgaría mi vida todas las veces que fueran necesarias, para que ella, Emma, saliera ilesa.
Lunae Thriadis o no…
yo solo quería protegerla.
Antes de caer, volví a mi forma humana, abrazando a Emma para amortiguar el impacto.
Me golpeé la espalda, pero eso no importaba.
—¿Estás bien?
—quise saber en cuanto abrí los brazos y la vi.
 Ella asintió, y me miró preocupada.
—Tu espalda —observó.
Negué con la cabeza y la ayudé a ponerse de pie.
—Estoy bien —aseguré y vi la cantidad de nimus que venían por nosotros.
La sostuve de la mano—¡corre!
Estábamos a poco de salir del lugar, sin embargo, los nimus ya nos pisaban los talones.
Miré a todas partes buscando alguna manera de salir antes de que nos atraparan.
Pero, solo había una cosa que podía hacer.
Sostuve a Emma por la cintura, la atraje hacia mí y la miré a los ojos.
—Emma —jadeé.
Ella me veía nerviosa sin entender nada.
—Volveré por ti, mantente a salvo.
Por favor.
—No me iré sin ti —dispuso.
Levanté mi mano y la coloqué en su mejilla.
—No te lo estoy preguntando —comenté, acercándome para abrazarla.
Luego, le di un beso en la frente, sintiendo que todo lo que quería era protegerla.
Aunque mi corazón estaba convencido de que iba a ponerla a salvo, mi mente no podía evitar la desconfianza.
Ella se quedó tranquila, sorprendida por mi gesto, y en mi interior, una tormenta de emociones se desató, tan intensa que deseaba quedarme así por siempre, con ella.
No era una bruja, pero me hipnotizaba como si fuera la mismísima luna—.
Es una orden.
Volví a colocar mis manos en su cintura y, como única forma de sacarla de ahí, la levanté en el aire y la arrojé.
Mientras ella se suspendía, los Nimus me atraparon.
Emma cayó fuera del sendero, y yo me desplomé en el suelo tras sentir un fuerte golpe en la nuca  Emma Caí al suelo, el golpe en mi brazo me hizo retorcer de dolor.
Pero necesitaba saber qué le había pasado a Iván.
Me puse de pie como pude y miré hacia el sendero de las flores amarillas.
Vi a los seres oscuros arrastrando a Iván, su espalda barriendo las flores.
—¡Ivan!
—grité.
La brisa movió mi cabello, haciéndome entender que todo había terminado.
—¡No!
—puse un pie dentro del sendero de las flores, y justo en ese instante, uno de los monstruos negros apareció frente a mí, haciéndome caer nuevamente.
Él no cruzó la línea, pero olfateaba el aire, de puntillas en la misma línea de división.
Mi respiración se agitó mientras veía su rostro sin ojos.
“Vete”, pensé con todas mis fuerzas.
 —Puedo oler la sangre humana —susurró con una voz infantil—.
Los humanos arderán en nuestro fuego y servirán de alimento para nuestras crías.
Parecía hablar solo, pero sentí su advertencia.
Apreté los puños para no llorar, aunque las lágrimas ya caían por mis mejillas.
El pequeño ser, cubierto de lodo, con su rostro vacío y su cabello flotante, me ponía los pelos de punta.
—Tengo hambre, mucha hambre —emitió, empezando a retroceder para luego perderse entre las flores.
Solté el aire que retenía en mis pulmones y, jadeando, me arrastré lo más rápido que pude lejos de la línea.
Esas criaturas parecían demonios extraídos del infierno.
Con el estómago revuelto por el susto, y un brazo herido, logré levantarme.
Me sostuve de un árbol y traté de recuperar el aliento.
Mientras lo hacía, recordaba cómo se llevaron a mis amigos, cómo se llevaron a Ivan…
—No pude hacer nada para ayudarlo…
él me salvó la vida, otra vez…
Las lágrimas caían en gotas al suelo.
No me consideraba una persona capaz de odiar algo o a alguien, pero el bosque de las bestias empezaba a sembrar un amargo desasosiego en mí.
Las sombras se alargaban y retorcían entre las flores amarillas, creando una brisa que me helaba la sangre.
“¿Aran?
¿Se lo llevaron?” Levanté la cabeza para ver si veía rastros de Aran, pero lo único que había eran flores manchadas de sangre.
“Es mi culpa” Había arrastrado a mis amigos a esa pesadilla, y ahora me encontraba sola, con el frío calándome hasta los huesos.
Mis pies se movían con torpeza sobre el suelo cubierto de hojas secas, que crujían bajo mi peso.
El aire parecía silencioso, inquieto, solo interrumpido por el distante eco que creí haber escuchado de Azumi.
Intenté correr para alcanzarlos, saber a dónde se los llevarían, pero no pude.
“¿Qué hago?” pensé, con el corazón latiendo rápido.
“No tengo cómo ayudarlos, pero no puedo no hacer nada.
Ay Emma, ¡no sirves para nada!.” Empecé a sentir un nudo en la garganta.
Las lágrimas se amontonaban en mi lagrimal.
Yo, estaba a punto de desatar a llorar.
Pero la imagen de Iván y Aran atrapados entre esas sombras, me hizo levantar la frente.
Debía hacer algo, aunque no sabía qué.
“¡Cálmate, no es momento para llorar!” ensimismé.
Pero mi nariz obstruida y las lágrimas bajando por mis mejillas, decían otra cosa.
“¿Dónde están la luces parpadeantes parlanchinas cuando las necesito?” Dejé soltar el llanto, aunque ahogado para no hacer ruido “La mochila de Aran se quedó en el floral” cada pensamiento me hacía llorar con más fuerza “¡Ay Aran!
¡Le cortaron la cabeza!” Con cada paso me sentía más perdida.
“No voy a detenerme, dejaré de llorar y voy a salvarlos.
¡Sí, eso haré!” Me detuve en seco y llevé mi mano al pecho cuando vi una araña de ojos brotados mirándome fijamente.
Era de color azul oscuro con muchos pelos.
Y era enorme.
Aunque se mantenía distante y cautelosa.
Suspiré.
—¡No te tengo miedo peluda!
—balbuceé aún entre lágrimas.
Sostuve mi brazo lastimado con el otro y seguí caminando.
“¿Pero cómo los salvo?
Se los van a comer…
y yo no sé qué hacer para encontrarlos” Me faltaba un zapato, me di cuenta porque sentí como una cucaracha enorme pasó los debajo de las hojas que yo pisaba.
O, eso creo que era.
Pues tenía dos antenas y cuerpo redondo.
Di un salto y lancé un gritito ahogado.
Carrí y cuando al fin me alejé, me detuve y cerré los ojos, respirando hondo, tratando de calmar el torbellino de sentimientos.
En una esquina habían moscas que velaban a un animal muerto.
Me acerqué un poco y el hedor era increíble.
No podía distinguir lo que era, aunque parecía un ave.
Retrocedí despacio cuando un ciempiés, más largo de lo que debería, salió del cuerpo del cadáver hacia mi dirección.
A correr otra vez.
“¡Tonto bosque!”.
Como tampoco era una persona que odiaba, tampoco solía insultar, pero ya musitar el Padre Nuestro no me estaba funcionando.
No fue una ni dos cosas raras las que me encontré en el camino.
Gracias al cielo, ninguna me atacó directamente.
Aunque esa araña peluda me seguía.
Podía sentirlo.
Pero no me importaba porque, aparte de que estaba asustada por todo y por nada, también me preocupaba que esas cosas se comieran a mis amigos.
—Si me vas a seguir, al menos hazlo disimuladamente —musité—, y no pienses en comerme, ¡soy amiga de tu líder!
Pareció entenderme, porque se escondió sin éxito detrás de un árbol delgado.
Le di una mirada asesina y seguí caminando.
Finalmente, un destello de luz se coló entre las sombras, iluminando un poco el sendero.
Creí haber visto algo moverse de un lado a otro.
Estuve casi segura de que era una persona.
Me sentí ligeramente aliviada.
—¿Hola?
—llamé, sintiendo mi voz temblar—¿Po-podrías ayudarme?
“¡Recuerda que no debes hablar con extraños, Emma!
Mucho menos en este bosque” Pero el silencio me respondió, y un escalofrío recorrió mi espalda.
“Creí haber visto a alguien moverse” Relajé los hombros y suspiré.
“No era nada.
Pero estoy casi segura de que…” Y fue cuando, como si fuera a propósito, el rayo de luz iluminó a esa enorme y aterradora pantera.
Que, desde la rama de un árbol, me veía con fijeza.
Sus ojos amarillos brillantes eran de todo, menos amigables.
 Tragué en seco, traté de no moverme, pero instintivamente di un paso hacia atrás y…
“Crac”, el crujir de una rama seca bajo mi pie.
Y con eso, el animal se lanzó sobre mí.
—— Bueno, soy Ivan.
No sé para qué me piden que haga esto.
Normalmente este tipo de mensajes los deja el tonto de Aran.
Pero bueno.
El lugar al que los nimus se llevan a sus víctimas, es un obra de arte.
¿Bueno?
¿Malo?
Pues, lo dejo a tú pensar.
Sin embargo, considerando que ellos se comen a la gente, creo que ya debes tener una idea.
Pero, el lugar al que Emma se adentra, dice mucho más sobre estas criaturas carnívoras.
Listo, lo hice, ¿contentas?
—Ay Ivan no seas así.
Pero es que no me gusta hacer estas cosas Adry.
—Lo sé.
Pero todos deben colaborar.
—Ivan, te estoy escuchando.
—Emma, dile a Adry que no me gusta dejar mensajes ni nada parecido.
Estoy muy ocupado.
—Ya, está bien.
Como tu creadora, desde ahora en adelante me limitaré a darte vida.
Más no te dire qué hacer.
—¿Te enojaste?
No dije nada malo.
Solo digo que no me gusta que…
—Ya sé lo que dijiste Ivan.
Y está bien.
Pero luego no te quejes cuando Aran tenga más seguidoras que tú.
—Yo…
Adry, entiende que…
—Ya, solo no digas nada.
—Si Lobito ya no digas nada.
Yo, el magnífico Aran, jamás le hablaría así a nuestra creadora.
—Debes disculparte.
—Emma, yo no dije nada malo, solo…
—Está bien chicos, tranquilos.
Yo seguiré escribiendo.
—😒Eres todo un rompe corazones.
—¡Haz silencio Araneoe!
Adry no te vayas espe…
—¿Ves lo que hiciste perro rabioso?
Por eso me quieren más a mí que a ti.
—Eres demasiado tonto para darte cuenta de que la única atención que necesito es la de Em..
—¡Ivan!
—Pero Emma, no ves que él es el que…
¿ahora todos se irán y me dejarán aquí, solo?
Ah, este es el colmo.
¿Quién entiende a las mujeres, y a Aran?

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