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Emma en el bosque de bestias - Capítulo 51

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Capítulo 51: 48 parte 2

Sin titulo



Ivan

El olor de su piel no tenía parecido con nada.

Dulce. Embriagante. Adictivos eran sus besos.

“Debes parar, Ivan”, pensé.

Pero… ya mis manos estaban bajando el tirante de su vestido.

Aquel, de color azul marino, que le habían regalado las ninfas esa misma noche.

Emma puso su mano sobre la mía mientras deslizaba la tela por su hombro, como si fuese una guía.

No abrió los ojos, pero la piel se le erizó de pronto.

Me alejé un poco para verla.

La delicadeza de sus facciones, finas y femeninas.

El fuego danzando sombras en su cabello.

Las pecas marcando sus hombros como estrellas sin rumbo.

El azul marino se deslizaba más abajo, y con eso, las estrellas desembocaban en un surco leve, pero notable, entre sus pechos.

Lo suficiente para recordarme que ella era una chica.

Suspiró al sentir mi mano tirar despacio de la tela, mientras esta rozaba la parte superior de sus senos.

Dudé…

Hermosa, mi perdición.

Y detallarla con tanto cuidado era importante, porque necesitaba grabarla en mi memoria.

Por si acaso.

Un acaso que no tenía pensado permitir.

Mi corazón parecía querer salir.

Me temblaban las manos.

La respiración se volvió forzosa; el aire, caliente.

Y, a pesar de todo, con tan solo notar una leve presión de su mano sobre la mía, pidiéndome que no siguiera bajando el vestido… me detuve.

Llevé la tela de vuelta sobre su hombro.

Volví a mirar su rostro: sus ojos, cristalinos por las lágrimas amontonadas, me observaban.

Pero había en ellos un atisbo de confianza que me dio tranquilidad.

—Nunca haré nada que tú no quieras —dije.

—Sí quiero… —respondió—. Es solo que… no es el momento.

Solté el aire y ladeé una sonrisa, quizás para disimular la pequeña vergüenza que me invadió.

—Lo sé.

Me acomodé en el mueble y le abrí paso para que se recostara a mi lado, sobre mi hombro.

Hubo silencio durante unos minutos, hasta que ella decidió hablar:

—Ivan…

Yo sabía que alguna pregunta tenía en mente.

—Solo dilo —murmuré.

—Sé que no te gusta que te haga preguntas, pero…

—Eso cambió —interrumpí—. Pregunta todo lo que quieras. Yo veré si puedo responder o no.

Pude sentir su sonrisa.

Casi de inmediato se levantó para verme a la cara.

—Bueno… he tenido mucha curiosidad por saber cómo era tu madre. ¿Te pareces a ella?

Aquello no lo esperaba.

Mi madre… la mujer que parecía la luna vestida de negro, o quizá un búho blanco al amanecer.

Con la calma del río y la calidez del sol.

La única de la que jamás dudé su amor por mí.

Y Emma, mi nuevo y único amor, sentía curiosidad.

Ya no nacía en mí la rabia ni la molestia cuando me preguntaban por ella.

Pero sus palabras despertaron recuerdos que ni siquiera sabía que guardaba.

—¿Sabías que el humano se cree dueño de las tierras que habita? —dijo mi madre mientras acariciaba mi cabello, cuando yo tenía la edad en la que un niño humano te diría siete.

—¿Por qué? —pregunté—. Se supone que la tierra tiene alma y que ella nos permite vivir sobre sus raíces. Nosotros somos de la madre naturaleza, no ella nuestra. ¿Verdad, mamá?

Ella sonrió con ternura.

—Así es, amor… Yo viví con los humanos, conocí sus costumbres.

Y aunque hay muchas cosas malas, también hay buenas.

Así como aquí, en el bosque de las bestias: hay reglas, y hay quienes las incumplen.

Pero hay algo que nos diferencia de una manera muy grande…

—¿Qué cosa? —la miré a los ojos, notando el brillo de la vela en el marrón profundo de ellos.

—Que nosotros nacimos de las raíces de nuestra madre tierra, y ellos vienen de otra estrella.

Por eso no sienten ni conectan como nosotros.

A ellos no les duele que el mundo se caiga.

No se sienten parte de esto.

Cuando llegaron a este planeta, destruyeron todo, y sobre los escombros construyeron edificios y ego.

Nuestros antepasados apenas pudieron ocultar y mantener a salvo este pedazo de raíces que nos mantiene con vida.

El bosque de las bestias es… lo único que nos queda.

Se inclinó hacia mí y bajó la voz, como si temiera que alguien más pudiera escuchar:

—Algún día serás grande, hijo mío.

Y quizás conozcas al espíritu del bosque.

Escúchalo, síguelo… y no dudes en darle todo de ti.

Porque si él desaparece, todos nosotros también.

Y no fue hasta el momento en que besé a Emma que entendí todo.

Ella era el bosque que yo debía proteger.

Sin ella, yo no era nada.

Quizás no era la idea exacta que mi madre me había contado,

pero era como mi corazón lo interpretaba.

—Por tu silencio prolongado, supongo que no es algo que quieras hablar ahora —se apresuró a decir Emma, sacándome de mis pensamientos.

Le sostuve la mano, haciéndole entender que no era así.

—Ella… —murmuré, mientras Emma me veía ansiosa—. Tenía… —Ni siquiera sabía qué decir—.

El cabello negro, ojos marrones intensos, piel pálida.

Y eso fue todo lo que pude pronunciar.

Esperaba que la señorita curiosidad insistiera, algo que no quería,

pero me sorprendió cuando solo me miró con ternura y dijo:

—Entonces tus ojos, tu cabello… sí tienes rasgos de ella. —Sus ojos brillaron.

Los míos también.

—Creo que sí —respondí.

Libro de Aran



Poderoso amigo de secretos, te cuento que mientras escribía cómo se sentía mi alma respecto a mi amor por la señorita,

se acercó Sol, hija de la jefa Lilo.

Tuvimos una conversación; te la voy a contar toda, libro:

—Amarse a uno mismo no es lo mismo que amar a alguien más —me dijo, al escucharme susurrar las palabras que escribía sobre tus páginas.

Te hablaba de mi amor por la señorita y de cómo me sentía.

Sol se sentó a mi lado sobre un tronco viejo,

mientras la luz plateada hacía brillar nuestras pieles.

—Cuando estás tan solo, olvidas que te tienes a ti mismo —emití en un suspiro, mientras te cerraba para que ella no leyera tu interior.

Sol negó suavemente con la cabeza ante mi comentario.

—No estás solo.

Te sientes solo.

Es maravillosamente… distinto —dijo, mirando a la luna.

Yo la observé, esperando que continuara.

—Encontraste a alguien que te entendió y, de paso, te brindó alguna clase de amor, atención y propósito después de toda una vida de soledad.

Sentiste que era la respuesta a todos tus problemas… y te enamoraste.

—¡Auch! Eso fue directo —solté sin ánimos, llevándome la mano al pecho.

—La verdad siempre duele, joven Araneoe.

Pero es vital enfrentarla, para no vivir engañado, que es lo mismo que estar muerto —suspiró.

Fruncí el ceño ligeramente, tratando de comprender si hablaba de mí… o de ella.

—Recuerda esto, Aran: el mundo no se acaba solo porque un ser no sienta lo que quisieras que sintiera.

Se acaba cuando tú dejas de verte a ti.

—Tú lo has tenido todo —murmuré, sin intención de que me oyera, aunque sabía que lo haría.

—¿Todo? —preguntó, con una sonrisa triste.

Guardé silencio.

—No solo éramos mi madre y yo —continuó—.

Era mi padre, mis hermanos, mis abuelos.

Todos aquellos a los que llamaba familia los perdí el mismo día.

Realmente no lo tengo todo.

Pero casi lo pierdo.

—Oye, yo no quise…

—Casi —repitió, con énfasis—.

Porque aún tengo a mi mamá.

Pero si un día ella también se va, me sigo teniendo a mí.

Porque soy fragmentos de todos aquellos que me amaron y a quienes amé.

—Lo lamento… hablé sin pensar.

—La verdad, me acabo de dar cuenta de que me desahogué contigo.

Discúlpame tú a mí.

Era tu momento y te interrumpí —dijo, poniéndose de pie.

Yo también lo hice.

—Que tengas linda noche —añadió, y se fue sin esperar respuesta.

Qué raras son las ninfas, libro…

Ivan

Esa noche, luego de que Emma se durmiera, le pedí a Sol que se quedara con ella

y volví a mi habitación compartida con Aran.

Él se veía triste y cansado, y tampoco me miraba a los ojos.

—Supongo que ya es oficial —dijo.

—¿Qué cosa? —pregunté, mientras me acomodaba en mi “cama”.

—Tú y la señorita… —respondió, aún sin mirarme.

Miré al techo y sonreí con orgullo.

—Sí.

Entonces fue cuando Aran decidió mirarme de frente.

Había lágrimas en sus ojos.

—Más te vale que ella nunca derrame una lágrima por tu culpa.

De lo contrario, Ivan, abandonaré la mitad de mi ser que me mantiene en esta forma

y me convertiré en un monstruo destinado a torturarte.

Nuestras miradas eran cuchillos listos para usarse.

—Insignificante Aran… —musité—. Mejor duérmete.

El menor de los problemas era Aran en ese lugar,

por lo tanto lo ignoré por completo después;

porque esa mañana, cuando nos reunimos con Lilo,

me hizo entender a lo que de verdad nos estábamos enfrentando.

—Así de cerca estamos de morir.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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