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Emparejada al Alfa Enemigo - Capítulo 101

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  3. Capítulo 101 - 101 El regreso a las sombras
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101: El regreso a las sombras 101: El regreso a las sombras El rugido del helicóptero aún vibraba en mis oídos cuando descendimos en el patio empedrado del castillo.

El mismo castillo que hace unos días había jurado no volver a pisar.

Aquel que en mi mente siempre estaría ligado a cadenas invisibles, a la sensación de ser un trofeo más que una persona.

No habían pasado ni cinco días desde que partimos para la boda de Damian y Luna… y ahora todo era distinto.

Mi padre estaba muerto.

Yo estaba rota.

Y, sin embargo, las puertas de hierro de este lugar se abrirían nuevamente ante mí, como si jamás me hubiera marchado.

Avanzamos entre los hombres de Lucian, que descargamos mis pertenencias de un camión negro, custodiado como si resguardara oro.

Vi las cajas, las maletas, cosas mías que ahora parecían ajenas, y el estómago se me revolvió.

Antes había creído que, si las cosas no funcionaban entre nosotros, serían como en el mundo humano: te separas, vas con un abogado y firmas un divorcio.

Pero en este mundo, todo parecía escrito con leyes irreversibles.

—No tienes por qué tener esa cara —dijo Lucian, un paso delante de mí.

Su voz era firme, áspera, sin el calor arrogante ni el juego peligroso que antes solía envolver cada palabra—.

Ahora esta es tu manada.

—Una prisionera de tu manada, ¿querrás decir?

—disparé, incapaz de contener la rabia que hervía en mi pecho.

Él se detuvo un instante.

Creí que giraría hacia mí con esa intensidad con la que siempre lograba doblegarme, pero no lo hizo.

Sus ojos fríos recorrieron el patio, ignorándome como si mis palabras fueran polvo en el viento.

Los soldados se adelantaron con mis maletas, y noté que no las llevaban hacia las habitaciones de Lucian, donde una vez compartimos lecho después de que me marcara.

—A dónde llevan mis cosas?

—pregunté, sintiendo un nudo apretarse en mi garganta.

—A tu habitación —contestó sin mirarme.

—Tu habitación, ¿quieres decir?

Finalmente, se giró hacia mí.

La distancia en sus ojos me atravesó como un cuchillo.

—No.

A tu habitación.

El golpe no estaba en las palabras, sino en el desdén.

Había pasado de marcarme como suya frente a todas las manadas a levantar entre nosotros un muro invisible.

Ya no era el Alfa que me dedicaba promesas envueltas en fuego y deseo; Ahora se muestra frío, distante, desconocido.

Y yo no sabía si era yo la que no entendía nada o si él jugaba un juego más cruel.

Seguimos caminando por los pasillos.

Mis pasos resonaban en el eco de piedra, tratando de seguir el ritmo firme de Lucian.

Lo miré de reojo varias veces, buscando alguna señal, un gesto que me dijo que todo esto era solo una fachada, una máscara.

Pero solo encontré el perfil implacable de su rostro, la mandíbula tensa, los ojos clavados al frente.

—¿Luciano?

—me atreví a susurrar, pero él no respondió.

—¿Por qué haces esto?

—insistí, la voz temblándome.

Nada.

Ni un gesto, ni un respiro distinto.

Era como hablarle a una pared de acero.

El ala del castillo por la que avanzábamos me resultaba desconocida.

Los pasillos estaban adornados con tapices oscuros, figuras antiguas que parecían observarme con ojos vacíos.

Los braseros ardían con llamas azuladas que no daban calor, y las sombras en las esquinas parecían más densas, como si respondieran al humor de su Alfa.

Al llegar, las puertas de madera tallada se abrieron con un gemido, mostrando la habitación destinada para mí.

Era amplia, elegante, con ventanas que daban al bosque.

La cama de dosel estaba cubierta por telas oscuras que caían como cortinas de luto, y un aire frío me recorrió la piel, erizando cada vello.

Mis pertenencias ya estaban allí, perfectamente acomodadas.

Lucian no entró conmigo.

Se detuvo en el umbral, apenas inclinando el rostro hacia mí.

—Más tarde vendrán a buscarte para cenar.

Su voz, gélida, me atravesó más que cualquier amenaza.

¿Qué estaba pasando con mi Alfa?

¿Por qué todo parecía haber cambiado de repente?

No dijo nada más.

Ni una mirada.

Ni un gesto.

Se dio la vuelta y se marchó, dejando que el eco de sus pasos se perdiera en el pasillo.

Me quedé sola, abrazando el vacío que me consumía desde la pira de mi padre.

El silencio me envolvió como un manto espeso.

Caminé lentamente por la habitación, recorriendo cada rincón, como si buscara un resquicio que no me recordara dónde estaba.

No era la misma que me habían asignado en la noche del Baile Carmesí.

Esta era aún más amplia, con un dosel alto y pesado como una corona, las telas cayendo hasta el suelo de piedra pulida.

Los ventanas se abrían al bosque, y el aire húmedo y terroso se colaba por ellos, frío como la soledad que se había instalado en mi pecho.

En un lateral descubra una puerta entreabierta.

Empujé con cuidado y me encontré con una sala contigua, más pequeña pero perfecta para un despacho.

Tenía un ventanal estrecho, desde el cual se veía la línea oscura de los pinos, y las paredes desnudas parecían esperarme para llenarlas de trazos, de pigmentos, de los proyectos que alguna vez soñé hacer en libertad.

Por un instante, respiré distinto: como si aquel rincón pudiera pertenecerme de verdad.

En un rincón, descansaron las únicas cajas que no habían sido acomodadas.

Las reconocí al instante: mis libros, mis cuadernos, mis pinturas, pequeños pedazos de mí que aún no habían sido tocados por manos ajenas.

Me arrodillé frente a ellas, acariciando los lomos gastados de mis novelas favoritas, aspirando el olor a papel que tanto me consolaba.

Saqué también algunos proyectos inconclusos: lienzos arrugados, bocetos torpes, manchas de óleo reseco… huellas de mis manos, de mi refugio.

Me dejé llevar.

Fui pasando cosas del baúl al despacho y de vuelta a la habitación, moviendo con torpeza, con prisa, como si al hacerlo pudiera marcar territorio.

Quería que esos objetos se mezclaran con la opulencia del lugar, aunque fuera absurdo.

Necesitaba recordarme que yo seguía siendo yo.

Sali del pequeño y recorrí la habitación principal con los ojos.

Todo parecía enorme, excesivo.

La cama de dosel, cubierta con telas oscuras que caían hasta el suelo; los ventanales que dejaban entrar un aire frío, con el perfume del bosque húmedo; un tocador de madera tallada con espejos de marco dorado que reflejaban mi rostro cansado.

Las alfombras eran gruesas, de un rojo profundo, amortiguando cada paso.

Y, por primera vez, me di cuenta de algo: nadie había venido a ayudarme a acicalarme.

Siempre, en cada cena o evento, llegaban sirvientas para vestirme, peinarme, cubrir cada mínimo detalle.

Pero ahora no.

El vacío se sentía aún más fuerte.

Me acerqué al armario y rebusqué entre los vestidos.

Había decenas, demasiados, casi todos los regalos de Lucian.

Dudé varios segundos antes de elegir un sencillo: un vestido de seda azul cielo, de falda ligera que caía hasta los tobillos, ceñido a la cintura con un lazo discreto y mangas largas que se ajustaban delicadamente en los puños.

Era hermoso, pero sin ostentación, como un recordatorio de que todavía podía ser yo sin esconderme bajo telas lujosas que me hacían sentir disfrazada.

Al colocarlo, noté cómo el color resaltaba el contraste con mi piel pálida y mis ojos enrojecidos por el llanto.

Solté el cabello, dejándolo caer con ondas suaves sobre mis hombros, y me acerqué al tocador.

Allí, entre las cosas que me habían alojado, descansaba la pequeña corona: la corona de Luna.

Era ligera, delicada, hecha de plata con incrustaciones mínimas, casi invisibles, pero suficientes para reflejar la luz en destellos sutiles.

La tomé con manos temblorosas y la coloqué sobre mi cabeza.

No me reconocí en el espejo: parecía una reina de hielo atrapada en una prisión de piedra.

El silencio me envolvía.

Solo el crepitar lejano de las antorchas en los pasillos me hacía compañía.

Un golpe seco en la puerta me sobresaltó.

La madera se abrió sin esperar respuesta.

Una sirvienta entró.

Ya no eran las mismas de antes, no aquellas que me miraban con curiosidad o temor oculto.

Esta tenía los ojos tan fríos como el acero, los labios apretados, la voz seca como un látigo.

—Es hora de la cena.

No había rastro de respeto en su tono.

No me ofreció el brazo, ni siquiera una reverencia.

Solo esperaba, con impaciencia evidente, como si mi demora fuera un insulto.

Tragué saliva y comencé a sguirla.

El trayecto por los pasillos fue un desfile de silencios.

Los tapices antiguos, con escenas de guerras y conquistas, parecían observarme con desdén; el fuego azul de los braseros iluminaba sin dar calor, proyectando sombras alargadas como garras que se estiraban hasta mí.

Cada piedra bajo mis pies me recordaba que estaba entrando en la boca del lobo.

Cuando llegamos al gran comedor, el aire me golpeó como un muro.

El lugar estaba vacío de comensales, pero lleno de presencia.

A un lado de la mesa, varios guerreros permanecían de pie, firmes, la comitiva personal de Lucian.

Entre ellos, Caleb, observando todo con ojos de centinela.

El silencio era tan denso que hasta el crujido de las antorchas parecía sonar demasiado alto.

Y entonces lo vi.

Lucian estaba en la cabecera, la silla del Alfa, con esa puerta que absorbía toda la luz de la estancia.

A su lado, Selene, vestida de escarlata, con un corte que rozaba lo indecente, sus hombros desnudos brillando bajo la luz de los candelabros.

Sonreía como una reina coronada de veneno.

Entre sus dedos sostenía una uva oscura, que llevó a los labios de Lucian con una teatralidad calculada.

Él, sin apartar la mirada de mí, mordió lentamente, y el jugo púrpura tiñó la comisura de su boca.

El piso se me hundió bajo los pies.

—Siéntate —ordenó Lucian, su voz tranquila, peligrosa.

Fue entonces cuando noté el plato destinado para mí: en el extremo opuesto de la mesa, lo más lejos posible de la cabecera.

Una distancia que hablaba más que mil palabras.

Yo no era su igual.

Yo era el recordatorio de algo que querían arrinconar.

Caminé con las piernas temblando, el eco de mis pasos resonando en la sala como si me exhibiera.

Selene dejó escapar una risa suave, un murmullo venenoso apenas audible pero cargada de triunfo.

Me senté frente al plato intacto, la garganta cerrada, incapaz de tragar saliva.

El sonido metálico de cubiertos contra porcelana llenaba el aire; Las risas secas de los guerreros resonaban a lo lejos, pero lo peor era la cercanía de ellos dos, jugando una farsa cruel frente a mis ojos.

Selene se inclinó descaradamente hacia Lucian, su perfume dulce y sofocante impregnando todo.

Su voz fue un canto fingidamente delicado: —He estado pensando, Lucian… cuando regresemos de tu viaje de negocios, deberíamos considerar pasar unos días en la costa.

Algo parecido a una luna de miel tardía.

Después de todo… alguien aquí no supo aprovechar su lugar como Luna.

La alusión cayó sobre mí como un golpe.

Caleb bajó apenas la mirada, tenso.

Lucian no reaccionó más que con un sorbo de vino.

—Tal vez —respondió él con un gesto leve—.

El viaje será al centro del país, a la manada de los Krowen.

Si todo sale bien, tendré alianzas nuevas.

Selene disparando, con los dientes brillando como dagas.

—Y yo podría acompañarte, mi Alfa.

Sería un honor que me vieran a tu lado… que supieran quién es tu verdadera Luna.

Su risa se mezcló con las de algunos guerreros.

El título me ardió en la piel como hierro candente.

“Tu Luna”.

Yo.

No ella.

El nudo en mi garganta me asfixió.

Tragué saliva, bajé la vista al plato intacto, las manos crujientes en el regazo.

Pero la rabia se me escapó como un relámpago.

—Y qué pasa si la… puta de alfa decide no ir al viaje?

La sala enmudeció.

El eco de mis palabras pareció golpear las paredes, más fuerte que cualquier trueno.

Selene soltó una carcajada fría, envenenada, su voz modulada con una crueldad refinada.

—Qué vocabulario tan vulgar para alguien que lleva una corona en la cabeza.

Deberías recordar, querida, que los títulos no se ganan con insultos… se ganan con poder.

Y tú, Eliza, lo único que tienes es un apellido muerto y un anillo que nadie respeta.

Los soldados de pie apenas se movieron, pero el aire cambió: se tensó, expectante.

Lucian, en silencio, bebió de su copa como si no hubiera escuchado nada.

Un silencio helado se extiende en el comedor.

El crujido del fuego azul en las antorchas fue lo único que llenó el vacío, su luz espectral tiñendo de sombras las paredes de piedra.

El eco de la declaración de Lucian aún vibraba en mis oídos: —Serás mi Luna para el resto de las personas.

Para mí, no eres más que un trámite.

Las carcajadas de Selene explotan, agudas y crueles, rebotando contra los muros altos del salón como un coro de dagas clavándose en mi pecho.

El vino en su copa temblaba en su mano por la fuerza de su risa, mientras sus ojos ardían de triunfo.

El plato frente a mí perdió sentido; la carne y el pan parecían cenizas.

Tragué saliva, luchando por mantenerme erguida, pero el orgullo me sostuvo apenas un instante antes de que empujara la silla y me levantara.

El eco de mis pasos resonó en las lasas, secos y apresurados, hasta cruzar las pesadas puertas del comedor.

El aire frío del pasillo me golpeó, y por un segundo creí que podría escapar de aquella humillación.

Pero no.

—¡Cobarde!

—la voz de Selene me alcanzó como un látigo.

Giré apenas, y la vi avanzar con el vestido rojo ondeando como fuego vivo, los labios tensos, los ojos encendidos de odio.

El comedor quedó atrás, pero sus pasos furiosos me siguieron como un rugido.

La sangre me hirvió.

El orgullo me mantuvo firme, aunque mis piernas temblaban.

No bajé la mirada.

—No me importa si soy solo una Luna de trámite —mi voz salió rota, cargada de rabia—, pero tú me vas a respetar… puta barata.

El sonido de mi cachetada rompió el aire como un rayo.

La mejilla de Selene se tiñó de rojo al instante, sus ojos se abrieron desmesurados por la furia.

— ¿Cómo te atreves a ponerme una mano encima, maldita zorra?

—escupió, abalanzándose hacia mí —¡Te voy a matar!

Pero antes de que pudiera tocarme, una figura se interpuso.

Caleb apareció de la penumbra, firme, imponente, y atrapó a Selene del brazo en pleno salto.

Ella se enfrió de rabia, pataleando, tratando de zafarse como una fiera enjaulada.

—¡Suéltame, Caleb!

¡Suéltame o te haré despedazar!

¡Esa ramera me abofeteó!

—bramó, intentando golpearlo con el puño libre, pero él la sostuvo con una fuerza implacable.

El pasillo entero parecía vibrar con sus gritos.

Su cabello se desordenó, su vestido se arrugaba bajo sus forcejeos, y aún así, él no pasó un solo centímetro.

—Suficiente, Selene —su voz fue un trueno grave, tajante.

Sus ojos oscuros la atravesaron con un aviso que incluso ella no se atrevió a desafiar.

Ella intentó liberarse, arañando el aire, pero Caleb la contuvo como si fuese apenas una sombra furiosa.

—Ven conmigo —ordenó, arrastrándola con firmeza.

—¡Ella no merece la corona!

¡No es nadie!

—vociferó Selene, señalándome con el dedo como si quisiera arrancarme la piel con él.

Su voz rebotó en los muros de piedra, más aguda que nunca.

Caleb la ignoró.

Entonces, me miró a mí.

Y para mi sorpresa, inclinó la cabeza con una reverencia solemne.

No era sumisión.

Era respeto.

Un recordatorio de que, aunque todo pareciera en mi contra, aún había alguien que reconocía quién era yo.

—Señorita Eliza —dijo, con un tono más cálido, casi protectora—.

Le ruego que se marche a sus aposentos.

Sentí que el aire volvió a mis pulmones, aunque cargado de un peso insoportable.

Asentí apenas, sin poder hablar.

Pasé junto a ellos, Selene retorciéndose como una fiera contenida, su odio quemándome la espalda como cuchillos.

El pasillo me tragó, largo, interminable, hasta que alcancé mi habitación.

Cerré la puerta con un golpe, lanza la estúpida corona sobre el tocador y me lanza sobre la cama, hundiéndome en las sábanas frías.

Y entonces, todo se quebró.

Las lágrimas brotaron con una fuerza incontenible, empapando la almohada.

Lloré con amargura, con rabia, con un dolor que parecía no tener fin.

Cada sollozo era un grito mudo contra ese destino que me arrastraba.

Cada lágrima, un pedazo de mí que se rompía.

En la soledad de esas paredes, la corona de Luna sobre mi tocador no era más que un recordatorio cruel de mi jaula.

A la mañana siguiente, desperté con el silencio como único testigo.

Nadie vino a llamarme, a sacarme de las sábanas oa recordarme que debía comenzar el día.

Lucian y Selene ya se habían ido.

Él se había llevado consigo a la mayoría de los sirvientes, formando una gran comitiva rumbo a las manadas del centro.

Me habían dejado atrás, sola, atrapada en la casa que ya no se sentía mía, con la sensación hiriente de haber sido abandonada sin explicación.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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