Emparejada al Alfa Enemigo - Capítulo 127
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127: Vinculo 127: Vinculo La recámara principal parecía un campo de guerra encantador: el colchón cubierto de vestidos, tacones desperdigados por todas partes y un suave aroma a perfume, crema corporal y brisa marina impregnando el aire.
Las lámparas encendidas bañaban las paredes con una luz dorada, mientras afuera, el sonido de las olas se mezclaba con las risas de las tres chicas.
En una esquina, Ashley se inclinaba sobre la pequeña nevera del minibar, sacando una botella de vino blanco helado.
La etiqueta tenía letras doradas y un dibujo de flores silvestres.
—Esto debería ayudarnos a decidir —dijo con una sonrisa cómplice, girando el corcho con un “pop” elegante que hizo eco en el cuarto.
Eliza y Madison aplaudieron entre risas, mientras Ashley servía con cuidado tres copas de cristal.
El vino chispeaba bajo la luz como si tuviera polvo de luna dentro.
—Por las decisiones impulsivas —brindó Madison, alzando su copa.
—Y por sobrevivir a ellas —añadió Ashley, antes de dar un sorbo que le dejó los labios brillantes.
Eliza sonrió, aunque seguía pensativa.
Frente a ella, sobre la cama, descansaban los dos vestidos: uno blanco de tirantes finos, inocente, casi etéreo… y el otro, negro, de seda, con la espalda completamente descubierta y un escote que se deslizaba con descaro sobre la piel.
—No puedo creer que hayamos aceptado ir a una fiesta en el yate —dijo Madison, girando frente al espejo con un vestido rojo que abrazaba sus curvas con descarada confianza—.
Díganme que no estamos locas.
—Sí lo estamos —respondió Ashley, riendo y encogiéndose de hombros—, pero si vamos a volvernos locas, al menos que sea con una vista al mar y vino caro.
Eliza, aún en bata, se llevó la copa a los labios, dejando que el vino frío le bajara despacio por la garganta.
—No sé si debería ir… —murmuró, más para sí que para ellas.
Madison, siempre la más decidida, se sentó junto a ella, cruzando las piernas.
—¿Y tú?
—preguntó con una sonrisa traviesa, señalando los vestidos—.
¿Cuál vas a usar?
Eliza bajó la mirada al vestido negro.
Lo acarició con la yema de los dedos, como si temiera que la tela pudiera arderle.
Tenía quince años, pero su cuerpo ya se había desarrollado antes de tiempo.
Sus hombros eran delicados, su figura ya marcada por curvas suaves, y a veces odiaba que la gente la mirara como si fuera mayor.
—No sé si… es demasiado —susurró.
Ashley, sentada frente al tocador, la observó por el espejo mientras se retocaba los labios.
—Stephan no le quitará los ojos de encima —comentó sin pensar, y enseguida se puso roja hasta las orejas.
Madison soltó una carcajada.
—¿Stephan?
—repitió, alzando una ceja—.
Sabía que había algo entre ustedes desde la playa.
No puedes engañarme, Eli.
—No hay nada —replicó ella, intentando sonar firme, aunque el leve temblor en sus manos la traicionó.
Aun así, no pudo evitar recordar su mirada.
Ese tono miel con vetas doradas, intenso, imposible de sostener por mucho tiempo.
Había algo en él que la desarmaba, como si la mirara y supiera exactamente quién era, incluso lo que intentaba ocultar.
Un escalofrío le recorrió la espalda, y bebió otro sorbo de vino para disimular.
—Tal vez use el blanco —dijo finalmente, en voz baja, como si buscara convencerse.
—No.
—Madison se levantó con decisión, tomando el vestido negro entre sus manos—.
Este te queda perfecto.
Si vas a una fiesta en un yate, vas para brillar, no para esconderte.
Ashley soltó una risita nerviosa.
—Y, de paso, para provocar un infarto o dos —añadió, alzando el cabello de Eliza para imaginar cómo se vería con el escote al descubierto.
Eliza rodó los ojos, pero sonrió.
El ambiente estaba impregnado de esa magia que solo tienen las noches previas a algo desconocido: risas suaves, el perfume a vino dulce, la promesa de una aventura que nadie se atrevía a nombrar.
La música sonaba de fondo, tenue, como un pulso que acompañaba el murmullo del mar tras los ventanales.
Las lámparas doradas lanzaban destellos cálidos sobre los rostros de las chicas, y en el aire flotaba una mezcla de nervios, complicidad y juventud que hacía que todo pareciera posible.
El reloj del buró marcaba las ocho con un leve tic-tac que se perdía entre las risas.
Eliza se levantó despacio, tomó el vestido negro de seda entre sus manos y se encerró en el baño, buscando un poco de privacidad.
El vapor del baño aún conservaba el aroma a flores del jabón que había usado antes.
Frente al espejo, la luz acariciaba su piel con suavidad.
Deslizó la prenda por su cuerpo, dejando que el tejido se deslizara por sus hombros, abrazando su figura como si hubiera sido hecho a su medida.
La seda, fría al principio, se templó enseguida con el calor de su piel.
El vestido se ajustó a cada curva con descarada precisión: la línea de su cintura, el arco de sus caderas, la espalda desnuda que descendía hasta el límite del decoro.
El escote, atrevido y delicado a la vez, enmarcaba el nacimiento de sus pechos con una elegancia peligrosa, como si invitara a mirar sin permiso.
Eliza se observó en el espejo, con las mejillas encendidas y el corazón latiendo demasiado rápido.
Su cabello rubio caía en ondas sobre los hombros, capturando los reflejos dorados de la luz como si la envolviera un resplandor propio.
La tela negra hacía resaltar aún más el tono claro de su piel, dándole un aire casi irreal, como una criatura hecha de luna y sombra.
Y, por un segundo, pensó en Stephan.
En esa mirada dorada que parecía recorrerla sin tocarla, que la hacía sentir expuesta y, al mismo tiempo, inexplicablemente segura.
Se sonrojó al imaginarlo viéndola con ese vestido, y apartó la vista, mordiéndose el labio.
Cuando salió, Madison y Ashley la esperaban en silencio.
Por un momento, el cuarto se quedó inmóvil.
—¿Demasiado?
—preguntó Eliza, insegura, jugueteando con un mechón de su cabello.
Madison negó lentamente, sonriendo con complicidad.
—No… —susurró—.
Es exactamente lo que necesitas.
Ashley asintió, alzando su copa de vino con una sonrisa traviesa.
—Si Stephan no se queda sin aliento al verte, juro que yo sí —dijo, provocando las risas de las tres.
Eliza se miró al espejo.
Por un instante, no vio a la chica tímida de siempre, sino a alguien distinta: más segura, más peligrosa.
Una versión de sí misma que no sabía que existía.
Y sin saber por qué, recordó las palabras de Stephan: “Yo me encargaré del resto.” Algo en su voz había sonado a promesa… y también a advertencia.
Un golpe suave en la puerta principal las sobresaltó.
Madison cruzó la habitación, aún con los tacones en la mano, y abrió.
Del otro lado, un hombre de mediana edad, vestido con un traje negro impecable, sostenía una caja alargada envuelta con cinta plateada.
—¿Señorita Eliza?
—preguntó con una leve inclinación.
—Soy yo —respondió ella, avanzando con cierta timidez.
El hombre asintió.
—El señor Stephan me pidió que le entregara esto.
Eliza lo tomó con cuidado.
La caja era ligera, pero irradiaba una elegancia silenciosa.
Al abrirla, el aire pareció detenerse.
Dentro, sobre un cojín de terciopelo, reposaba una gargantilla plateada de diseño intrincado.
Finos hilos de metal trenzado formaban un patrón que recordaba las fases de la luna, con un colgante central en forma de luna creciente adornado con diminutos cristales que centelleaban con cada movimiento.
No era una joya cualquiera: había algo hipnótico en su forma, en la manera en que parecía latir bajo la luz, como si tuviera vida propia.
Junto a ella, una pequeña nota escrita con letra firme y elegante: “Por si decides no esconderte esta noche.” Eliza sintió cómo el corazón le golpeaba el pecho.
Madison y Ashley intercambiaron una mirada de asombro y sonrisas contenidas.
—Dios mío… —susurró Ashley—.
¿Te mandó eso?
Eliza no respondió.
Solo tomó el collar con manos temblorosas y lo colocó alrededor de su cuello.
El metal estaba tibio, como si la esperara.
Cuando la luz tocó la gargantilla, el reflejo plateado se fundió con el brillo de su piel y el dorado de su cabello, haciendo que por un instante pareciera envuelta en un resplandor propio.
En el espejo, la luna de plata descansaba sobre su clavícula, marcando su piel con una sutileza que no entendía… Ninguna de ellas lo sabía, pero esa joya no era un simple obsequio: era un sello, un lazo antiguo disfrazado de regalo.
Y mientras Eliza admiraba su reflejo, sin sospecharlo, el destino ya había comenzado a escribir el resto de la historia.
*** El motor del auto rugía suavemente mientras Ashley conducía con una mezcla de emoción y nerviosismo.
La carretera costera se extendía ante ellas, iluminada por faroles que parpadeaban entre la bruma del mar.
En el asiento del copiloto, Madison se retocaba los labios, y Eliza, en el asiento trasero, no dejaba de juguetear con la gargantilla plateada que brillaba bajo la luz de la luna.
El collar parecía cobrar vida con cada movimiento del coche, reflejando destellos que danzaban sobre su piel.
Había algo en él… una sensación cálida, casi reconfortante, como si alguien —o algo— la estuviera observando.
—Ese chico esta loco por ti—dijo Madison con una sonrisa divertida —Apenas lo conocemos hace una semana y tremendo regalo que te ha hecho—rcomento Ashley, sin apartar la vista del camino.
Eliza no dijo nada, pero el rubor que su piel adquirió fue suficiente respuesta para sus amigas.
Quienes únicamente soltaron una pequeña risita La luna llena se reflejaba en el parabrisas, enorme, resplandeciente.
Por alguna razón, sentía que esa noche tenía algo distinto, algo que no podía explicar.
Cuando el auto dobló la última curva, el puerto norte apareció ante ellas, extendiéndose en una línea de luces amarillas que parecían flotar sobre el agua.
Los mástiles de los barcos tintineaban suavemente, y la brisa marina trajo consigo un aroma a sal y madera húmeda.
Y allí estaban ellos.
Bajo las luces del muelle, Stephan, Adrian y Thiago las esperaban.
Los tres vestidos de negro, elegantes y perfectamente compuestos, como una visión salida de un sueño… o una advertencia.
El viento jugaba con el cabello oscuro de Stephan, que observaba el auto acercarse con una calma calculada.
Su mirada se detuvo en Eliza incluso antes de que ella bajara.
A su lado, Adrian sonreía con esa chispa arrogante que solía usar como máscara, aunque sus ojos traicionaban algo más: una tensión que no sabía nombrar.
Desde que había visto a Madison, algo en su interior —algo que dormía— había comenzado a agitarse.
Thiago, en cambio, observaba a Ashley con una mezcla de deseo y picardía.
“Una noche”, se dijo.
“Solo una.” Pero incluso él sabía que bajo esa luna, nada era tan simple.
Eliza bajó primero.
El aire salado le revolvió el cabello, haciendo brillar los mechones dorados como hilos de fuego.
El vestido negro abrazaba su figura con elegancia peligrosa, y la gargantilla en su cuello relucía con un brillo plateado que hizo que Stephan tensara la mandíbula.
Por dentro, su lobo rugió.
No de ira, sino de reconocimiento.
La luna lo había elegido, y el vínculo ya había comenzado a despertar —Llegaron justo a tiempo —dijo Stephan, avanzando hacia ellas con esa calma suya que parecía llenar el espacio.
Ashley cerró el coche, algo intimidada por el porte de los tres.
Madison, en cambio, sonrió y caminó directamente hacia Adrian, quien no pudo evitar seguir cada uno de sus pasos con una mirada hambrienta, casi posesiva.
—¿Y ese yate?
—preguntó Ashley, intentando sonar casual, aunque su voz tembló apenas.
Thiago señaló hacia el final del muelle.
Allí, un enorme yate blanco esperaba, iluminado por luces suaves y reflejos plateados que danzaban sobre el agua.
—Bienvenidas a Luna Serena —dijo con una sonrisa ladeada—.
Esta noche será inolvidable.
Stephan extendió una mano hacia Eliza.
Ella dudó apenas un segundo antes de aceptarla.
Su piel estaba cálida, demasiado cálida.
Y en el instante en que sus dedos se tocaron, un escalofrío —dulce y peligroso— recorrió su cuerpo.
—¿Lista?
—preguntó él en voz baja, con un matiz que hizo que todo dentro de ella se estremeciera.
—Eso creo —susurró, aunque ni ella misma estaba segura.
Mientras subían al yate, las luces del puerto parecían desvanecerse tras ellas, y el mar se abría como un espejo oscuro que reflejaba la luna llena.
Las risas, la música y el brillo del vino serían solo la fachada.
Porque esa noche, bajo la luz de la luna, la manada Bruma de Plata celebraría su ritual más antiguo: la unión de los elegidos.
Y Eliza, sin saberlo, ya llevaba la marca.
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