Emparejada al Alfa Enemigo - Capítulo 152
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Capítulo 152: Sospechas
El fuego había menguado hasta quedar reducido a brasas que parpadeaban en la penumbra, respirando un aire fatigado entre sombras y calor. El despacho olía a madera antigua, vino y humo; una mezcla que le resultaba reconfortante y amarga a la vez.
Damián permanecía inclinado sobre su escritorio, una copa de vino intacta a su derecha y un cúmulo de informes dispersos frente a él. Sus dedos tamborileaban con impaciencia sobre el borde del cristal, mientras su mente repasaba los movimientos de la manada, las alianzas, los nuevos nombres que los Hermanos de la Sombra habían traído al castillo… y, entre todo eso, la imagen de su hermana.
Con un suspiro, se incorporó. Caminó hasta la chimenea, observó las brasas titilar, y al final se giró hacia la puerta.
—Caleb. —Su voz fue firme, sin elevarse, pero con la autoridad suficiente para que resonara entre las paredes.
El beta apareció pocos minutos después, todavía con el uniforme de patrulla.
—Alfa.
—Llama a mi hermana —ordenó Damián, sin rodeos—. Dile que la espero aquí.
Caleb arqueó una ceja apenas perceptible, dudando por un instante.
—¿A estas horas? No creo que Lucian esté muy contento de que su luna sea arrancada de la cama, Damián.
Un destello cruzó los ojos del Alfa.
—No me importa —respondió con frialdad, girando lentamente hacia él—. Este sigue siendo mi castillo. Y ella… sigue siendo mi hermana.
Caleb sostuvo su mirada unos segundos más, reconociendo el peso de sus palabras, y al final asintió con respeto.
—Como órdenes.
El reloj marcaba pasada la medianoche cuando el sonido de pasos se mezcló con el crepitar del fuego. El silencio del castillo era denso, casi vivo, como si las paredes escucharan.
Un golpe suave resonó en la puerta.
—Adelante —dijo Damián, dejando la copa a un lado.
La puerta se abrió, dejando entrar una ráfaga de aire frío… y a Caleb, con Eliza tras él.
Ella vestía un camisón color vino, de seda ligera que caía sobre su piel como un suspiro, apenas cubierto por una capa oscura que la protegía del frío y de las miradas curiosas. Su cabello, suelto y desordenado por el sueño, caía como un río dorado sobre sus hombros. La luz de la luna, colándose por los ventanales, se enredaba en los hilos de su melena, haciendo que pareciera brillar con un fulgor casi etéreo.
—Como pediste, Alfa —dijo Caleb, con voz grave, inclinando apenas la cabeza.
Damián asintió, sin apartar la mirada de su hermana.
—Gracias, hermano. Puedes retirarte.
Caleb vaciló solo un segundo, lo suficiente para lanzar una última mirada a Eliza antes de cerrar la puerta tras de sí.
El silencio volvió a instalarse, pesado, expectante.
Eliza se quedó junto a la puerta, sosteniendo la capa contra su pecho, sin entender del todo por qué había sido llamada. Sus labios se entreabrieron, pero Damián fue el primero en romper la distancia.
Damián se levantó de su asiento
—Ven aquí, pequeña loba. No te había visto desde el funeral de papa—Su voz se suavizó, y en sus labios apareció una sonrisa que, aunque contenía cansancio, era genuina.
Eliza titubeó un momento, pero luego avanzó.
Cuando Damián la abrazó, la sensación fue extraña. Su hermana seguía oliendo a vainilla y magia, pero algo en ese aroma había cambiado. Era más denso, más terrenal, como si un secreto hubiera echado raíces bajo su piel.
Él la sostuvo unos segundos más de lo necesario. El silencio entre ambos se volvió espeso, tibio, lleno de cosas que no necesitaban decirse. Eliza se dejó envolver, cerrando los ojos por un instante, apoyando la frente en su hombro. Sentía el latido firme de su hermano bajo la tela, un pulso constante que le recordaba a casa, a seguridad, a lo que una vez fue antes del caos.
—Te extrañé —murmuró ella, con un hilo de voz que apenas rozó el aire.
Damián exhaló despacio, su respiración rozando el cabello de su hermana.
—Y yo a ti. —Sus manos se deslizaron por sus brazos, apartándola con suavidad, lo suficiente para poder mirarla a los ojos—. Pero… algo anda mal. Lo veo en tu mirada.
Ella bajó la vista, intentando ocultarse en la sombra que el fuego proyectaba entre ellos.
—No es nada, solo estoy cansada —susurró—. Este castillo… es extraño, no me ha dejado dormir bien.
—No me mientas —dijo él, sin dureza, pero con ese tono grave que no admitía evasivas. Sus ojos, azul tormenta, buscaron los de ella con insistencia—. Sé cuándo escondes algo. Siempre lo sé.
Eliza abrió los labios para responder, pero las palabras se le quedaron atrapadas en la garganta. El silencio pareció tragarse todo intento de confesión. Damián no insistió; en su lugar, le tomó la mano con delicadeza y la condujo hacia el sillón frente al fuego. El calor de las brasas pintaba sus rostros con reflejos dorados y rojos, haciendo que las sombras se movieran como fantasmas alrededor.
—Dime, por favor, que te trata bien —murmuró él finalmente, pasando una mano por su cabello con un gesto casi paternal, casi suplicante.
Eliza cerró los ojos, sintiendo la ternura en sus dedos.
—Lo hace —dijo al fin, apenas audible.
No era del todo una mentira. Lucian sabía ser devoto, protector, incluso tierno… cuando dejaba caer la máscara. Pero ¿cómo podía decirle a Damián que compartía su vida, su lecho y su destino con dos hombres? ¿Cómo confesar que la diosa Luna los había unido en un lazo imposible, casi pecaminoso?
—Todo está en orden —agregó, alzando la vista. En su mirada se mezclaba un brillo triste con otro más oscuro, casi culpable.
Damián frunció el ceño, observándola con atención.
—Dime la verdad. ¿Has visto algo extraño desde que llegaste al castillo de Lucian?
Eliza se irguió apenas, evitando su mirada.
—Nada —respondió con voz serena. Una verdad a medias. Había visto más de lo que podía admitir.
El silencio volvió, pesado, y solo el fuego rompía el aire con su crujido.
—¿Y cómo han estado las cosas entre los hermanos? —preguntó él al cabo de un instante, observando con precisión el más leve movimiento en su rostro.
Eliza se tensó. Lo notó. Su respiración se volvió más corta, y su mano se crispó sobre la tela del sillón.
—Todo ha estado bien —dijo rápido, demasiado rápido.
Su voz sonó más aguda de lo que le habría gustado.
Damián inclinó la cabeza, la mirada entrecerrada.
—¿Seguro? —Su tono era bajo, inquisitivo, casi peligroso—. Porque tu olor… no miente. —Se acercó apenas, lo suficiente para que su aliento cálido rozara su mejilla—. Puedo oler la duda, el miedo… y algo más.
Eliza tragó saliva, intentando mantener la compostura.
—Nada pasa, Damián —insistió con firmeza, aunque sus pupilas delataban el temblor interior.
Él la observó unos segundos más, buscando en su rostro lo que sus labios no decían. Al final, suspiró y apartó la mirada hacia el fuego.
—Confío en ti —murmuró—. Pero si algo te sucede, si alguno de esos hombres te hace daño… —su voz se volvió un gruñido contenido, una promesa de sangre—. No habrá castillo, ni diosa, ni maldito pacto que me impida ir por ti.
Eliza lo miró entonces, con los ojos brillantes, y supo que lo decía en serio. Su hermano siempre había sido su escudo… pero esta vez, el peligro venía de un lazo que ni siquiera él podía romper.
Se recargó en el respaldo del sillón, sin soltarla.
—Quédate conmigo un rato. No quiero que vuelvas sola por esos pasillos —dijo Damián, con voz baja pero firme—. El castillo ha estado… inquieto.
Eliza asintió, demasiado cansada para discutir. Su cuerpo se sentía pesado, el cansancio de los días y las emociones entrelazadas con algo más profundo… algo que le drenaba el alma. Damián tomó una manta del sofá y la cubrió con cuidado, dejando que ella apoyara la cabeza sobre su hombro.
El silencio que siguió fue más profundo, más íntimo que cualquier palabra. Solo el crepitar del fuego llenaba la estancia, iluminando los contornos de ambos.
—Todo estará bien —susurró él, casi para sí mismo.
Pero mientras Eliza cerraba los ojos, Damián alzó la mirada hacia el ventanal. Por un instante, juró ver una sombra con forma humana reflejada en el cristal. Estática. Observándolos. Esperando.
Su instinto rugió en silencio, y el aire del despacho se tornó pesado, cargado de una energía que no pertenecía al reino de los vivos.
Eliza, ajena, cayó en un sueño profundo.
Damián la observó unos segundos más, y luego, con un suspiro resignado, se puso de pie. La tomó en brazos, con la delicadeza de quien sostiene algo irremplazable. Su cabello dorado rozó su barbilla, y el aroma familiar de su hermana —mezcla de lirios, luna y algo que ahora no lograba identificar— le llenó los sentidos.
Salió del despacho con paso firme, sus botas resonando contra las losas frías del corredor. Las antorchas parpadeaban, lanzando sombras que se movían con cada corriente de aire.
El camino hacia los aposentos de Lucian se sintió más largo de lo normal, más silencioso. Y justo cuando dobló el último pasillo, la puerta se abrió de golpe.
Lucian estaba ahí.
De pie, con el torso desnudo, los ojos ardiendo como brasas bajo la penumbra.
—¿Qué significa esto? —su voz fue baja, pero cargada de furia contenida.
Damián no se inmutó. Siguió avanzando con Eliza dormida en sus brazos.
—Estaba agotada. La llamé para hablar. Se durmió en mi despacho.
Lucian dio un paso hacia adelante, y el aire pareció vibrar entre ambos alfas.
—Tú no tenías derecho a sacarla de mi cama, Damián. —Su mandíbula se tensó, las venas marcándose en su cuello—. Es mi compañera.
Damián levantó la mirada, fría, imponente.
—Y también es mi hermana. No necesito tu permiso para preocuparme por ella.
Por un momento, el silencio se volvió insoportable. Las sombras parecían mirar, expectantes.
Lucian clavó la mirada en el cuerpo dormido de Eliza, envuelta en los brazos de su hermano. Algo en su pecho se contrajo, una punzada que mezclaba celos con instinto posesivo, lo hacia recordar cuando ellos estaban juntos, cuando el la reclamo.
—Bájala —ordenó con voz ronca.
Damián no obedeció enseguida. La sostuvo un segundo más, solo para dejar claro que no se doblegaba. Luego, con lentitud, la depositó sobre la cama, acomodando una almohada bajo su cabeza.
Eliza suspiró entre sueños, ajena a la tormenta que se desataba sobre ella.
Lucian se acercó, cubriéndola con una manta mientras su mirada aún centelleaba con irritación.
—No vuelvas a hacer algo así. No sin avisar.
Damián soltó una leve risa sin humor.
—Si vuelvo a notar que algo anda mal con ella, lo haré. Y no me detendrás.
Lucian lo miró con un destello de advertencia, los músculos tensos.
—Cuida tus palabras, por que estar en tu territorio no te protegerá de mi furia.
Damián se acercó un paso más, sin apartar la vista.
—Cuídala tú, Lucian —dijo en un tono que se volvió cuchillo—. Porque algo no está bien. Y si mi instinto no me engaña, el peligro no está fuera de estas paredes… sino dentro.
Por un instante, ambos se quedaron en silencio. Dos alfas, dos fuerzas en equilibrio, con la mujer dormida entre ellos como punto de fractura.
Lucian fue el primero en apartar la mirada, exhalando despacio.
—Sal de aquí antes de que olvide que somos aliados.
Damián asintió apenas.
—Solo recuerda lo que te dije. —Le dirigió una última mirada a Eliza, y luego al fuego que ardía en la chimenea de la habitación—. Las sombras de este castillo no duermen. Y tampoco los hombres que las provocan.
Salió sin mirar atrás, dejando a Lucian junto a su compañera, el pecho aún agitado y los ojos clavados en la puerta cerrada.
El silencio que siguió fue denso, como si el propio castillo contuviera la respiración.
Lucian volvió la vista hacia Eliza, su respiración pausada, su piel bañada por la luz de la luna que entraba por los ventanales.
Se inclinó, rozando con los dedos una hebra de su cabello.
—¿Qué estás escondiendo, pequeña loba? —susurró.
Y aunque ella no respondió, su cuerpo se estremeció en sueños.
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