Emparejada al Alfa Enemigo - Capítulo 153
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Capítulo 153: Susurros del pasado
Eliza despertó con el aire del amanecer era frío y húmedo, colándose por los ventanales abiertos. El murmullo de la cascada llegaba desde la distancia, grave, constante, como un corazón antiguo latiendo bajo tierra.
Por un instante, no supo dónde estaba.
El eco del sueño todavía la sostenía entre sus hilos —un sueño donde las manos que la tocaban eran firmes pero tiernas, donde la voz que la llamaba sonaba como un juramento, y la sensación de pertenecer parecía tan real que dolía—.
Abrió los ojos lentamente.
La seda carmesí de las sábanas la envolvía como una caricia, y la tenue luz del amanecer se filtraba por los ventanales, bañando la habitación en tonos ámbar y vino. El aire olía a madera húmeda, a fuego extinguido y al inconfundible aroma de Lucian.
Giró la cabeza y lo vio.
De pie en el balcón, con el torso desnudo y el rostro endurecido por pensamientos que no compartía. La bruma del amanecer lo delineaba como una sombra viva.
Por un instante, lo observó en silencio. Había algo diferente en él, algo contenido… y eso la hizo sentir un nudo en el pecho.
El viento jugaba con su cabello, y la neblina de la cascada que caía junto al balcón lo su silueta en un halo etéreo. Era una imagen casi majestuosa… pero el ceño fruncido y la mandíbula apretada delataban el mal humor que reinaba en él.
Lucian no había dormido. Ni una sola hora, se le notaba en la quijada, apretada lleno de furia contenida.
Eliza se incorporó despacio, sujetando la manta contra su pecho. Su cuerpo aún estaba pesado por el sueño, pero algo en la rigidez de Lucian le heló la sangre.
—Lucian… —su voz fue apenas un susurro, ronca por el descanso interrumpido.
Él giró apenas el rostro, lo suficiente para mirarla. La luz pálida del amanecer le marcaba las ojeras, y sus ojos —oscuros, profundos, peligrosos— parecían más turbios que de costumbre.
—¿Dormiste bien? —preguntó, con un tono que no sonaba del todo a cortesía.
—Sí… —respondió ella casi en un susurro—. Parece que tu no
Lucian exhaló por la nariz, una risa breve, sin humor.
—Difícil hacerlo cuando descubres que alguien más lleva a tu compañera dormida en brazos por los pasillos de mi castillo.
Eliza sintió un nudo formarse en el pecho. Bajó la mirada, sabiendo que cualquier palabra podía convertirse en chispa sobre pólvora.
—Solo quería verme porque me extrañaba… me quedé dormida sin querer —intentó explicar, su voz tembló entre la culpa y la incredulidad.
Lucian se giró entonces, y el brillo de sus ojos la atravesó. No era ira pura, sino algo más profundo: una mezcla de celos, desconfianza… y un miedo que jamás admitiría.
—Lo sé —dijo él finalmente, con una calma que resultaba más peligrosa que un grito—. Pero no me gusta que otro hombre te toque. Mucho menos él.
Eliza alzó el rostro, herida por la dureza en su voz.
—Es mi hermano, Lucian.
—Y aun así —respondió, acercándose despacio, como un depredador que no sabía si quería devorar o perdonar—, el simple hecho de imaginarte en sus brazos me revuelve el alma.
Se detuvo frente a ella. La miró en silencio unos segundos, hasta que el aire entre ambos se volvió espeso.
Su mano se alzó, rozando apenas la mejilla de Eliza, y ese contacto bastó para que el vínculo entre ellos despertara, pulsando bajo la piel como una corriente viva.
—No puedo soportar la idea de perderte —murmuró, con la voz más baja, casi quebrada.
Eliza no podía creer lo que estaba escuchando, Lucian era tan diferente cuando estaba lejos de su manada, intentando aparentar ser el mas rudo de todos, que realmente lo era. Pero este nuevo Alfa le gustaba. Era lo que ella había querido.
Su mirada se deslizó hacia la ventana, hacia la bruma de la cascada.
—Algo esta pasando— Dijo en tono serio—El castillo… la luna… tú. Todo se siente distinto.
Eliza tragó saliva, apartando la vista.
Su pecho latía con fuerza. Él tenía razón. Ella había sentido que algo estaba diferente, que algo era extraño y pensó que era por estar enlazada a dos alfas hermanos
—Lucian… —susurró, sin saber cómo poner en palabras el temor que la corroía—. Algo no está bien. Tengo miedo.
Él la observó en silencio. Y por primera vez, no supo si esa confesión lo enfurecía o lo aterraba.
El viento sopló más fuerte, colándose por las cortinas abiertas. En el fondo, la cascada rugió como una bestia que despertaba.
Lucian la rodeó con los brazos y la atrajo hacia su pecho. Su respiración era un roce áspero contra su oído.
—Lucian… —repitió, con voz más firme esta vez—. Algo no está bien aquí.
—¿A qué te refieres?
Ella tomó aire, intentando ordenar los pensamientos que la atormentaban desde su llegada al castillo.
—No sé cómo explicarlo. No es solo la sensación… es como si el castillo respirara, como si cada rincón tuviera ojos. A veces escucho pasos cuando estoy sola, o siento corrientes de aire donde no debería haber ninguna. —Su mirada se nubló por un instante—. Y hay una puerta.
Lucian entrecerró los ojos.
—¿Una puerta?
Eliza asintió.
—Sí. La que te platique la otra noche. Está cerrada, pero… sé que tengo que abrirla, escucho algo. No sabría decir si es un susurro o un eco, pero sé que alguien —o algo— está detrás.
Sé que Damián… —tragó saliva, bajando la voz—. Sé que Damián tiene una llave. Lo noté en su despacho, la noche en que me llamó. La tiene en un estante detrás de su escritorio. No se lo pregunté… no me atreví.
Lucian la observó en silencio. El aire entre ambos se tensó, cargado de una energía densa, casi eléctrica.
Su mirada, normalmente fría y controlada, vaciló apenas un instante.
—Eliza, escucha —dijo, acercándose hasta quedar frente a ella—. Hay cosas de este castillo que no deben inquietarte. Es antiguo, lleno de pasadizos y habitaciones olvidadas. Lo que oyes… probablemente no es más que el viento.
Ella lo miró con los ojos muy abiertos, como si lo viera mentir por primera vez.
—¿Tú cómo lo sabes? —preguntó en voz baja, con un dejo de desafío.
Lucian sostuvo su mirada un instante, luego desvió la vista hacia las ventanas cubiertas por la bruma del amanecer. Su tono se volvió grave, cargado de un conocimiento que no todos deberían poseer.
—Porque estos castillos fueron creados con magia —confesó al fin—. Desde el surgimiento de cada manada, los antiguos los levantaron sobre líneas de poder, los reforzaron con hechizos y trampas. No solo para proteger sus tesoros… sino sus secretos. Algunos pasadizos conducen a cámaras donde el aire no ha sido respirado en siglos. Otros, a túneles que nunca terminan. Si entras sin saberlo, podrías quedar atrapada. O morir ahí dentro.
Eliza sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Quieres decir… que hay más castillos como este?
Lucian asintió.
—Cada manada fundadora tiene uno. En los nuestros, la piedra está viva; guarda las memorias de quienes murieron en su nombre. El mío también existe… pero nunca hemos tenido la necesidad de usarlo. —Sus ojos se oscurecieron, una sombra cruzó su rostro—. Y espero no tener que hacerlo jamás.
Eliza frunció el ceño, inquieta.
—Entonces debería saber lo que hay detrás de esas puertas. Si este castillo respira, si está hecho con magia, merezco entenderlo.
Lucian la miró en silencio por unos segundos, con una mezcla de ternura y advertencia.
—Ten cuidado, Eliza. Estas paredes fueron creadas por dioses y bestias. No todo lo que duerme aquí debe ser despertado.
Ella alzó el mentón, desafiante.
—No me digas eso. —Su voz se quebró apenas—. No soy una niña asustada. Siento algo, Lucian. Algo que no pertenece a este mundo..
Él apretó la mandíbula, y por un momento, la máscara del Alfa cayó. Se le veía perturbado.
El viento sopló más fuerte, colándose por las cortinas abiertas; la cascada rugió al fondo, como si el castillo respondiera a las palabras de ella.
Lucian se acercó y la atrajo con brusquedad hacia su pecho. Su respiración era un roce áspero contra su oído.
—Este castillo es extraño, lo sé —susurró, acariciándole el cabello—. Pero es seguro mientras estés conmigo.
Eliza se aferró a él, buscando consuelo, pero su voz salió entrecortada, empapada de una súplica que no pudo contener.
—No quiero estar aquí. Quiero irme. Quiero volver a nuestro hogar.
Lucian se quedó inmóvil.
Las palabras la habían traicionado, pero ya era tarde.
En su pecho, algo se agitó con fuerza. “Nuestro hogar.” Ella lo había dicho sin pensar, y sin embargo, cada sílaba encendió algo en él que ni el fuego ni la furia habían logrado antes.
Por un instante, su expresión cambió. La dureza cedió. Sus dedos recorrieron la línea de su espalda, como si buscara grabarla en su piel.
—¿Hogar…? —repitió en un murmullo, apenas audible—. Así lo llamas.
Eliza asintió, cerrando los ojos.
—Porque lo es. Desde el momento que deje que me marcaras
Lucian la sostuvo más fuerte, pero su mirada se perdió en la ventana, en la bruma que se deslizaba sobre la cascada. Había una chispa de inquietud en sus ojos.
No era solo la confesión de Eliza lo que lo perturbaba. Era el presentimiento de que tenía razón.
Y aunque no lo admitiría en voz alta, él también había sentido los susurros.
Los pasillos respiraban. Las sombras se movían incluso cuando el fuego estaba quieto.
Y cada noche, un susurro… la voz de Sofia diciéndole que lo odiaba, que la había traicionado, que vendría con mi nueva Luna para llevarla con ella, a la obscuridad, la soledad y desdicha.
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