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Emparejada al Alfa Enemigo - Capítulo 161

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Capítulo 161: La Ira que Late entre Nosotros

Eliza lo tomó por el rostro con ambas manos y lo besó con una intensidad que parecía capaz de desgarrar el aire. No fue un beso tímido ni contenido: fue un reclamo, una sentencia, una verdad que ambos se deseaban desde hace tiempo. Sus labios chocaron con una urgencia que quemaba, que exigía, que decía tú eres mío sin necesidad de una sola palabra.

Lucian golpeó la columna detrás de ella con una mano abierta, como si necesitara anclar su cuerpo a algo para no perderse por completo en ese contacto. La piedra crujió bajo la fuerza, como si reconociera quién la tocaba y también se rindiera ante él. Su respiración se volvió un jadeo profundo, un sonido que vibraba en el pecho y en el espacio estrecho entre ambos.

—No me provoques así… —murmuró contra los labios de Eliza, mientras sus dedos bajaban por sus muslos con una lentitud casi cruel—. No cuando te tengo tan cerca… no cuando te quiero tanto.

La confesión era un filo, una caricia y una amenaza. Sus palabras se deshicieron entre sus bocas cuando volvió a besarla, esta vez con una devoción feroz, con una necesidad que rozaba lo desesperado.

El cuerpo de Lucian se movía contra el de ella con una precisión casi animal, guiado por el hambre, por ese instinto primario que latía entre ambos desde el primer día. Las sombras alrededor de él vibraron, inquietas, como si la energía que desprendía las arrastrara. No tocaban a Eliza —él no lo permitiría— pero se movían en círculos lentos, respondiendo a su deseo como si fueran parte de su respiración.

Eliza lo envolvió con las piernas, aferrándose a su cintura, atrayéndolo más, invitándolo a perderse con ella. Lucian dejó escapar un sonido grave, un gemido contenido que resonó contra su garganta, haciéndola estremecer.

—Eliza… si sigues así… —sus labios bajaron por su cuello, rozando la clavícula con una reverencia oscura— voy a olvidarme de todo.

Ella deslizó los dedos por su cabello, hundiéndolos, tirando suavemente hacia sí, guiándolo, provocándolo.

—Entonces olvídate —susurró, tan cerca que él pudo sentir cómo el corazón de ella golpeaba contra su pecho.

Fue la chispa. La última. La que él ya no podía contener.

Lucian la besó con una intensidad que dejó a Eliza sin aire, sin pensamiento, sin suelo. Su mano subió por su muslo delineando su piel con un trazo lento, deliberado, acercándose al punto donde ella ardía. Se detuvo a un suspiro de distancia, sosteniéndola, provocándola, haciéndola temblar no por lo que hacía… sino por lo que prometía hacer.

La piedra fría de la columna se clavaba en la espalda de Eliza, recordándole que el mundo seguía existiendo. Pero el calor de Lucian era un incendio que lo apagaba todo, que lo anulaba, que la envolvía por completo. Él la atrapó entre sus brazos como si pudiera moldear su cuerpo al de ella, una mano en la cintura, la otra en la base de su nuca, negándose a dejar siquiera un centímetro entre ambos.

Sus labios descendieron por su garganta con una insistencia salvaje, marcando una línea húmeda que la hizo arquearse abruptamente contra él. Lucian gruñó bajo cuando sintió el movimiento, como si cada reacción de Eliza fuese una chispa prendiendo una mecha demasiado corta.

Sus manos, lejos de calmarse, la tomaron con más fuerza por las caderas, apretándola, empujándola contra él como si su cuerpo fuese la única ancla posible. La ropa se volvió una barrera insoportable entre ambos, una frontera que ninguno estaba dispuesto a reconocer. La columna tembló detrás de ella por la fuerza del impulso, como si incluso las paredes del lugar cedieran ante lo que estaban a punto de desatar.

—Así… —murmuró contra su piel, la voz ronca, rota—.

Quiero sentirte así.

Eliza soltó un jadeo ahogado, las uñas hundiéndose en los hombros de Lucian como si necesitara anclarlo a su propia piel. Él respondió presionando su cuerpo contra el de ella con una claridad devastadora, sin esconder nada, sin suavizar la verdad de lo que sentía. Cada respiración compartida, cada fricción lenta, cada centímetro donde sus cuerpos chocaban se convertía en un punto más de quiebre, un límite que ambos sabían que estaban por atravesar sin retorno.

Lucian retrocedió unos pasos sin soltarla, sosteniéndola firmemente por los muslos, besando su cuello con una devoción salvaje que la hacía estremecerse. Su boca subía y bajaba por su piel mientras él caminaba, guiado solo por el instinto de tenerla más cerca. Finalmente cayó sobre el sillón con un gruñido apenas contenido; el cuero crujió bajo su peso y el sonido llenó la habitación como un presagio. Eliza lo tomó por los hombros y se montó sobre él con una urgencia feroz, un impulso que hizo que los ojos del Alfa se oscurecieran hasta quedar completamente negros.

Sus rodillas quedaron a cada lado de su cuerpo, atrapándolo, su respiración mezclándose con la de él en un ritmo que era casi un lenguaje propio. Sus pechos rozaban el torso de Lucian cada vez que inhalaba, encendiendo pequeñas chispas de calor que él sentía estallar contra su piel.

—No sabes —susurró ella, rozando apenas su boca con la de él— lo que me haces perder la cabeza, Lucian.

Él apretó los dientes, la línea de su mandíbula tensándose con una violencia contenida. Sus manos se cerraron en sus muslos con fuerza, intentando mantenerla quieta, intentando sostener un control que se desmoronaba a cada segundo que pasaba sobre él… y sin lograrlo en absoluto.

Eliza movió las caderas apenas, un roce suave, calculado, que buscaba exactamente dónde tocarlo. Una provocación tan sutil como letal. Lucian dejó escapar un gruñido gutural, animal, profundo, un sonido que resonó en el pecho de ambos.

—Eliza… —exhaló, la voz derramada en peligro y deseo— no juegues conmigo.

—¿Por qué no? —sus dedos se deslizaron por su nuca, hundiéndose en su cabello con suavidad posesiva—. ¿No te gusta que te provoque?

Ella volvió a moverse, esta vez más lento… más firme… rozándolo donde sabía que podía quebrarlo, donde sabía que él podía perder lo que quedaba de cordura.

Los pectorales de Lucian se tensaron bajo sus manos, duros como mármol caliente. Su respiración se volvió errática, una guerra interna que ella podía sentir vibrando contra su cuerpo. El control del Alfa… se estaba desmoronando en tiempo real.

Lucian inclinó la cabeza hacia atrás, los ojos cerrados, como si necesitara un segundo para no arrancar la poca distancia que quedaba entre ellos y devorarla. Sus manos subieron a su cintura y la arrastraron hacia su torso, hundiéndola contra su calor, contra la tensión feroz que él contenía, contra una necesidad que amenazaba con sobrepasarlo todo.

—Eliza… —gruñó contra su cuello— no tienes idea de lo que estás pidiendo si sigues… así.

Su voz se quebró, una mezcla de súplica y amenaza.

—Me gustaría que la paz entre las manadas continuara.

Una confesión.

Más que eso: un desgarro.

Lucian había cambiado.

Estaba tan endemoniadamente enamorado de su Luna que incluso su instinto más oscuro cedía ante ella. No quería más guerra. No quería más sangre. Solo quería vivir… con ella.

Pero Eliza era un incendio. Su incendio. Y él estaba condenado a arder.

Ella sonrió, temblorosa, descarada, peligrosamente honesta.

—Lo sé —susurró contra su oído, mordiéndole suavemente el lóbulo—. Y por eso no pienso detenerme.

Lucian la miró entonces.

No con furia.

No solo con deseo.

Sino con esa mezcla salvaje y contradictoria que solo él podía sostener:

adoración y amenaza,

hambre y rendición,

amor y destrucción entrelazados.

Su mano subió lentamente por su espalda, trazando su columna vértebra por vértebra, tan despacio que la hizo arquearse con una necesidad que dolía. Él la presionó más contra sí, acercando sus labios a los de ella, rozándolos con una reverencia rota.

—Diosa mía… —susurró con voz fracturada— eres peor que una llama.

Sus dedos se hundieron en su cintura.

—Si te sigo, ardo.

Su frente tocó la de ella, desesperado.

—Si te suelto, muero.

Eliza lo besó.

O quizá fue él quien la devoró primero.

No importaba.

El impacto fue el mismo: dos cuerpos chocando con la violencia de algo que llevaba demasiado tiempo contenido.

El sillón crujió bajo ellos, protestando como si intuyera que nada en esa habitación sería capaz de contenerlos. La urgencia que compartían se volvió un peso casi tangible, hundiéndolos más, envolviéndolos en un calor que anulaba toda razón.

Sus respiraciones se mezclaron en una sola: un jadeo, un gemido frustrado, una súplica muda que ninguno se atrevía a pronunciar, porque hacerlo sería admitir cuánto lo necesitaban.

Las manos de Lucian descendieron con una determinación hambrienta, buscando la piel cálida escondida bajo la tela fina. Sus dedos rozaron el borde de la ropa interior de ella, y Eliza tembló.

Un sonido escapó de su garganta, casi un sollozo convertido en deseo, mientras su espalda se arqueaba con un impulso involuntario que lo incitó aún más.

Lucian deslizó la mano entre sus piernas, encontrándola húmeda, lista, vibrante.

Eliza exhaló un jadeo tembloroso, moviéndose instintivamente contra su caricia, buscando más, exigiendo más sin palabras.

El simple sonido de ella perdiéndose lo arrastró al borde del abismo.

El Alfa tensó la mandíbula, respirando hondo mientras la presión dentro de sus propios pantalones se volvía insoportable, casi dolorosa. La quería ya. La quería toda.

Cuando retiró la mano, húmeda, temblorosa por la respuesta de ella, Eliza soltó un pequeño quejido de protesta.

Lucian sonrió con ese gesto oscuro que solo ella sabía provocarle, alzando la mirada… antes de llevar sus dedos a la boca de ella.

Eliza abrió los labios sin pensarlo, sin pudor ni vergüenza, recibiéndolo con una entrega que lo enloqueció. Su lengua rozó sus dedos, lenta, ansiosa, saboreándolo. Él sintió el tirón en su cuerpo como un latigazo directo a la cordura.

—Eliza… —murmuró con voz rota, casi un ruego.

Era demasiado.

O exactamente lo suficiente para destruirlo.

Ella volvió a montar su regazo, su respiración acelerada, sus ojos brillando con un hambre peligrosa. Lucian la sostuvo de las caderas, clavando los dedos en su piel para no perderla ni un segundo.

—Así… —susurró ella, hundiendo los dedos en su cabello— no me dejes respirar.

La frase lo quebró.

Lucian la guió con fuerza, atrayéndola contra su torso, robándole el aire con un beso abrasador, profundo, marcado de fuego. Ella se movió contra él, desesperada, buscando el tipo de contacto que los empujaba al límite de lo que podían controlar.

Y entonces, en un impulso que no pudo contener, Lucian la sostuvo más fuerte, hundiéndola contra él con un ritmo que los hizo gemir al mismo tiempo. El sillón crujió violentamente bajo el movimiento, como si fuera a partirse en cualquier momento.

La respiración de Eliza se cortó en un jadeo quebrado.

La de Lucian en un gruñido bajo, primitivo, que resonó en toda la habitación, haciendo vibrar incluso las sombras.

Cada movimiento se volvió más profundo.

Más intenso.

Más urgente.

Como si el castillo entero fuera testigo de la manera en que un Alfa perdía el control por su Luna.

Eliza dejó caer la cabeza hacia atrás, aferrándose a sus hombros.

Lucian la tomó por la cintura, marcando un ritmo que era devoción y destrucción al mismo tiempo, hundiéndola contra su cuerpo con una necesidad que era casi violenta.

—Mi luna… —roncó contra su cuello, la voz hecha añicos— no sabes lo que haces conmigo.

Su confesión fue un susurro grave, un temblor, una amenaza y una rendición.

Y Eliza sonrió contra su piel, temblorosa, consumida… porque lo sabía.

Y porque lo quería así.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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