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Emparejada al Alfa Enemigo - Capítulo 162

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Capítulo 162: Devoción Más Oscura que la Luna

—Mírame —ordenó Lucian, la voz reducida a brasas.

Ella alzó el rostro lentamente, como si obedecerlo fuera un acto sagrado… y en el instante en que sus miradas se entrelazaron, Lucian capturó su boca.

No fue un beso que pidiera permiso.

Fue una embestida de necesidad contenida durante demasiado tiempo, un choque de hambre y devoción que los hizo gemir al mismo tiempo.

Ella se arqueó sobre él, sobre su enorme, erecto y venoso miembro dentro de ella, se aferró a sus hombros, sintiendo cómo la guiaba con movimientos firmes, precisos, marcando un ritmo que no dejaba espacio para la duda. Cada impulso llevaba su nombre, cada roce era una promesa peligrosa.

Los gemidos de ella no se hicieron esperar, ella chorreaba por el, resbalando por las bolas de Lucian, que colgaban descaradamente.

El sillón volvió a crujir bajo ellos, quejándose y casi cediendo.

Una mesita cercana tembló… y cayó al suelo. El agua se derramó, el florero rodó por las escaleras del jardín y termino rompiendo cuando llego al último.

Ninguno de los dos lo notó. El mundo había dejado de existir fuera de ese punto exacto donde sus cuerpos se encontraban. Los gemidos y gruñidos no dejaban espacio a la duda, ellos se amaban, aunque se había estado atacando, se amaban.

Eliza jadeó contra su cuello, la respiración rota, temblando bajo el dominio de sus manos.

Lucian gruñó, el sonido naciendo desde lo más profundo de su pecho, mientras enterraba los dedos en la cintura de Eliza como si ese fuera el único punto firme en un mundo que amenazaba con desmoronarse. La sostuvo con una fuerza medida, temerosa y devota al mismo tiempo, guiando sus movimientos con una cadencia lenta, tortuosa, diseñada para llevarlos al borde sin cruzarlo todavía. No era prisa lo que había en él… era miedo a perderla, a quebrarla, a no sobrevivir al impacto de sentirla demasiado.

—Mi luna… —roncó, la voz rota entre adoración y rendición absoluta—. Así… así es como te necesito. Aquí. Conmigo.

La besó de nuevo, pero esta vez no fue hambre inmediata. Fue profundo. Lento. Feroz en su paciencia. Un beso que reclamaba sin urgencia, que marcaba territorio con cada segundo prolongado, haciéndole sentir que no había una sola parte de ella que no le perteneciera desde antes incluso de tocarla. Su boca descendió con intención, provocando que Eliza arqueara la espalda, buscando más, ansiando algo que no sabía cómo pedir sin romperse en el intento.

Eliza respondió deslizándose contra él, recorriendo su mandíbula con los labios, bajando por su cuello con una devoción que le arrancó un gruñido oscuro. Su cuerpo comenzó a moverse casi sin pensar, siguiendo el ritmo que él marcaba, luego intensificándolo, como si cada impulso fuera una súplica silenciosa por más… por todo. La desesperación no era física únicamente; era emocional, profunda, ligada al miedo de que ese momento pudiera acabarse.

Lucian cerró los ojos apenas un segundo.

Como si ese contacto lo estuviera atravesando hasta el alma.

Como si la estuviera sintiendo en lugares que no tenían nombre.

—Lucian… —susurró ella entre jadeos, aferrándose con más fuerza a sus hombros, al borde de algo que no sabía si podía soportar—. No… no pares…

Él soltó una risa baja, peligrosa, murmurada contra su oído, cargada de una promesa oscura.

—No podría —dijo—. Ni aunque el mundo se incendiara.

La sostuvo con más firmeza, marcando el control, recordándole quién guiaba ese incendio. Eliza tembló entre sus brazos… y entonces, con una audacia nacida del deseo y del amor, cambió el movimiento, lento al inicio, luego más decidido, más urgente, reclamando lo que sentía suyo tanto como él la reclamaba a ella.

El gruñido que escapó de Lucian fue puro instinto; la observo por un momento, apreciando la hermosa hembra que saltaba arriba de él. No volvió a besarla de inmediato.

La sostuvo fuertemente de las caderas, dejándola inmóvil, con las manos firmes en su cintura, deteniendo cada intento inconsciente de ella por moverse. El control era absoluto. Deliberado. Castigador.

—Quieta —ordenó en voz baja.

La palabra cayó entre ellos como una sentencia.

Eliza se estremeció y dejo de moverse al instante. No por miedo.

Por cómo su cuerpo obedeció antes de que su mente pudiera reaccionar.

Lucian inclinó la cabeza, rozando su boca sin tocarla, respirando el mismo aire, marcando la distancia como una advertencia cruel.

—¿Sientes eso? —murmuró—. Es lo que me haces cuando crees que mandas… y no lo haces.

Sus manos se hundieron con una posesión tortuosa en su piel, recordándole exactamente dónde estaba, a quién pertenecía ese temblor, ese fuego que no podía apagar, la acción la éxito y la hizo venirse en ese momento, un enorme chorro de sus jugos baño a Lucian, el sillón y el suelo, ella arqueo su espalda ante tan grande placer. Lucian siempre hacia que ella tuviera orgasmos en muchas formas, y ella amaba eso.

Tragó saliva, el pecho subiendo y bajando con dificultad.

—Lucian… —susurró, jadeante, rota, a punto de convertirse en una pequeña marioneta

Él sonrió. No fue una sonrisa amable.

Fue la de un Alfa que sabía que ya la tenía.

—Dime a quién obedeces —pidió, la voz grave, cargada de algo oscuro, devoto… irrevocable.

Eliza cerró los ojos un segundo, como si necesitara reunir el valor para dejar caer la última barrera que le quedaba. Cuando volvió a abrirlos, no hubo desafío, ni duda, ni miedo. Solo verdad desnuda.

—A ti.

El sonido que escapó de la garganta de Lucian fue bajo, profundo, peligroso. Un gruñido satisfecho, primitivo, como si esa confesión hubiera terminado de sellar algo antiguo entre ambos.

La atrajo contra él sin delicadeza, reclamando su boca en un beso dominante que no pedía permiso ni ofrecía tregua. Marcó el ritmo con su propio cuerpo, la intensidad con la forma en que la sostenía, el límite con la manera en que no la dejaba escapar ni un solo centímetro. Cada movimiento era una orden silenciosa; cada contacto, un recordatorio brutal de quién guiaba ese incendio.

La sujetó por la nuca, obligándola a seguirlo, a sentirlo, a perderse sin escapatoria posible. El mundo se redujo a respiraciones entrecortadas, al roce de la piel caliente, a la tensión vibrando entre ambos como un hilo a punto de romperse.

—Así —roncó contra sus labios—. Exactamente así.

El vaivén de sus cuerpos volvió a comenzar, esta vez más decidido, más intenso. Lucian dejó de contenerse y le dio aquello que ella había estado pidiendo sin palabras, sosteniéndola con firmeza, reclamándola con una posesión que no tenía nada de suave. Su mano se enredó en su cabello, marcando el ritmo, mientras su boca recorría su piel con besos y mordidas que no buscaban delicadeza, sino pertenencia.

Lucian la separó apenas, lo justo para mirarla.

Eliza estaba hermosa en su rendición: la piel húmeda, el pecho agitado, los labios entreabiertos por el aliento roto. Verla así lo encendió aún más, como si esa imagen se le estuviera tatuando en el alma.

El gemido de ella fue inmediato cuando la intensidad aumentó, quebrándose contra el aire nocturno.

—Mírame —ordenó otra vez.

Esta vez no fue una petición disfrazada.

Fue una prueba.

Ella abrió los ojos de inmediato.

Lucian no apartó la mirada ni un segundo. Sus dedos se deslizaron por su espalda con una lentitud calculada, marcándola en cada paso como suya, como si cada caricia fuera una promesa y una amenaza al mismo tiempo. El sudor de ambos se mezclaba; el aire era espeso, cargado de deseo y algo más profundo… algo irreversible.

—Ven para mí, mi luna —murmuró, tirando suavemente de su cabello para obligarla a acercarse más, a rendirse por completo.

El grito que escapó de Eliza no fue solo placer.

Fue rendición.

Fue amor.

Fue el sonido de una Luna aceptando, sin reservas, al Alfa al que ya pertenecía.

Lucian la sostuvo ahí, cerca, demasiado cerca, como si soltarla, aunque fuera un segundo pudiera romper algo irreparable. Su respiración seguía pesada, desordenada, pero sus manos habían vuelto a ser firmes, contenedoras, como si ahora el peligro no fuera el deseo… sino lo que estaba a punto de escuchar.

Eliza temblaba entre sus brazos.

No de miedo.

De certeza.

Alzó una mano y la apoyó en su pecho, justo donde el corazón de Lucian latía con una violencia que delataba cuánto estaba perdiendo el control. Lo sintió bajo la palma, fuerte, real, vivo… por ella.

—Lucian… —su voz salió rota, cargada de todo lo que había estado guardando durante demasiado tiempo.

Él inclinó la cabeza, apoyando la frente contra la de ella, cerrando los ojos como si intuyera que esas palabras iban a marcarlo más que cualquier mordida o vínculo.

—Mírame —pidió, esta vez sin dureza.

Con necesidad.

Eliza obedeció.

Sus ojos brillaban, no por lágrimas, sino por una verdad que ya no estaba dispuesta a seguir negando.

—Te amo —dijo al fin, sin titubeos—. Te amo a ti. Solo a ti.

El cuerpo de Lucian se tensó por completo. El aire pareció detenerse alrededor de ellos. Sus sombras se agitaron, inquietas, como si reconocieran el peso de esa confesión.

—No me importa lo que diga la Luna —continuó ella, la voz firme pese al temblor—. No me importa el destino, ni los rituales, ni que el mundo insista en emparejarme con tu hermano. No me importa Stephan. No me importa nada… si no eres tú.

Sus dedos se aferraron a su camisa, como si esa fuera la única ancla que necesitaba.

—Te elegí hace mucho tiempo —susurró—. Incluso antes de entender lo que eso significaba. Y volvería a hacerlo. Una y otra vez. Aunque duela. Aunque arda. Aunque el mundo entero se vuelva en nuestra contra.

Lucian abrió los ojos entonces.

No había furia en ellos.

No había celos.

Solo una emoción tan profunda y violenta que parecía capaz de partirlo en dos.

—Eliza… —su nombre salió de sus labios como una plegaria rota.

Ella alzó el rostro apenas, rozando su boca sin besarlo, dejando la decisión en sus manos.

—Soy tuya —terminó, sin sumisión… sino con elección—. Porque quiero serlo. Porque te amo.

Lucian la estrechó contra su pecho con una fuerza que no lastimaba, pero que prometía no soltar jamás. Enterró el rostro en su cabello, respirándola como si fuera lo único que lo mantenía anclado a este mundo.

—Entonces que la Luna mire —murmuró, la voz cargada de amenaza y devoción—. Que el destino tiemble.

Alzó el rostro, apoyando la frente contra la de ella.

—Porque si me eliges… —sus labios rozaron los suyos, apenas— …yo te elijo incluso contra los dioses.

Y en ese instante, el vínculo no solo ardió.

Se volvió eterno.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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