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Emparejada al Alfa Enemigo - Capítulo 163

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Capítulo 163: !Es una orden¡

Eliza despertó lentamente, con la sensación extraña de haber sido arrancada de un sueño demasiado real.

El primer impulso fue estirar la mano a su lado.

El colchón estaba frío.

Frunció el ceño, aún atrapada entre la vigilia y el recuerdo, preguntándose si todo había sido una fantasía nacida del deseo, del cansancio, de la tensión acumulada durante días. El sol comenzaba a filtrase por las cortinas, bañando la habitación en una luz deliciosa y cálida.

—¿Lucian…? —murmuró, con la voz ronca, esperando una respuesta que no llegó.

Se incorporó despacio, dejando que las sábanas resbalaran por su piel… y fue entonces cuando su cuerpo habló primero.

Una sensación profunda, latente, deliciosa y dolorosa a la vez, le recorrió el vientre. No era sueño. No podía serlo. Cada músculo, cada latido, cada estremecimiento la delataba con una claridad imposible de ignorar.

Eliza bajó la mirada… y su respiración se detuvo.

La habitación estaba hecha un caos.

No un desorden común, sino uno íntimo, revelador. Una mesita volcada junto al sillón, el florero hecho añicos en el suelo, el agua ya seca marcando la alfombra como una mancha del pasado inmediato. La columna de piedra conservaba huellas recientes, casi imperceptibles, como si hubiera soportado demasiado peso, demasiada urgencia. El sillón, torcido y hundido, parecía observarla en silencio, cómplice mudo de todo lo que había ocurrido allí.

El corazón de Eliza comenzó a latir con fuerza.

No.

No había sido un sueño.

Se incorporó despacio, el cuerpo aún sensible, las piernas temblorosas al tocar el suelo frío. Caminó descalza por la habitación con una cautela casi reverente, como si temiera que cualquier sonido pudiera romper algo sagrado. Cada paso le devolvía fragmentos: la gravedad de su voz, el calor de su cuerpo, la forma en que la había mirado como si el mundo entero se hubiera reducido a ella.

El silencio del castillo se sentía distinto esa mañana. Más denso. Más consciente. Como si las paredes supieran lo que había pasado anoche y estuviera complacido con ello. Como si todo aquello no traería consecuencias, ella se decía a si misma que no debería de… Lucian y ella estaban casados.

Eliza se abrazó a sí misma y respiró hondo.

—No fue un sueño —susurró, con una convicción que le recorrió la piel como un escalofrío.

Se obligó a moverse. A volver a la realidad.

Enderezó la mesita, recogió con cuidado los restos del florero, acomodó el sillón en su lugar. Luego cruzó la habitación y abrió las cortinas de par en par, dejando que el aire fresco de la mañana entrara sin pedir permiso. La luz inundó el espacio, suavizando las sombras, pero no borrándolas del todo.

Poco después, Corina entró con pasos suaves, como siempre.

Sus ojos recorrieron la habitación en un segundo. Lo vio todo. Sabía que su Alfa había estado en la habitación de su Luna. No dijo nada. Solo sonrió con esa discreción leal que siempre la había caracterizado.

—Buenos días, mi Luna—dijo con suavidad.

Eliza asintió, girándose hacia ella.

—Buenos días.

Corina ladeó la cabeza, observándola con atención… y entonces su sonrisa se amplió.

—Estás radiante esta mañana —comentó—. Como si el sol hubiera decidido quedarse contigo.

Eliza no pudo evitar reír, una risa ligera, casi incrédula.

—¿Tanto se nota?

—Mucho —respondió Corina, divertida—. Y no pienso preguntar por qué.

Compartieron una sonrisa cómplice antes de que Corina se dirigiera al armario.

—Vamos —dijo—. No puedes bajar al desayuno así. Hay días que piden ser enfrentados con elegancia.

Eligió un conjunto delicado, de un azul celeste suave, inspirado en los antiguos vestidos de cuento: fluido, etéreo, con telas ligeras que caían con gracia. El top dejaba el estómago cubierto solo por una gasa transparente, insinuante sin ser provocadora, mientras la falda se deslizaba con cada movimiento como si flotara.

Corina la ayudó a vestirse con cuidado, acomodando cada detalle.

—Este color te pertenece —murmuró—. Hace juego con tus ojos.

Eliza se miró al espejo una última vez.

La mujer que la observaba de vuelta no era la misma que se había acostado la noche anterior. Había algo nuevo en su postura, en su mirada. Algo firme. Algo elegido.

—Gracias, Corina.

—Siempre —respondió ella—. Ahora ve. El día no va a esperarte.

Eliza tomó aire y se dirigió hacia la puerta, camino por todo el castillo como si siempre hubiera estado ahí, como si conociera el camino, casi en automático

El comedor estaba inundado por la luz de la mañana.

Los ventanales altos dejaban entrar un sol tibio que se derramaba sobre la larga mesa de madera oscura, ya dispuesta para el desayuno. La luz hacía brillar la vajilla de plata, arrancaba destellos dorados al jugo servido en copas finas y despertaba el aroma del pan recién horneado, mezclado con café, frutas frescas y miel.

A simple vista, todo parecía normal.

Las conversaciones eran bajas, casi educadas. Risas contenidas. El sonido familiar de cubiertos chocando suavemente contra los platos. Pero bajo esa superficie ordenada, algo vibraba con una inquietud apenas contenida, como si todos esperaran que ocurriera algo… o temieran que ocurriera.

Eliza fue la última en entrar.

Se detuvo un segundo en el umbral, con la espalda recta y el mentón en alto, como si el comedor mismo la estuviera evaluando. Al cruzar el umbral, varias miradas se alzaron casi al mismo tiempo. No hubo reproches abiertos ni palabras, pero la tensión flotó en el aire con una claridad nueva, distinta a la de otros días.

Ashley fue la primera en sonreírle.

Sentada junto a Thiago, inclinó apenas la cabeza en un saludo cómplice, sus ojos brillando con alivio y curiosidad. Madison, a su lado, levantó la vista con una sonrisa más discreta, pero cálida. Adrián estaba junto a ella, demasiado atento a cada gesto, demasiado cerca… aunque fue otra mirada la que duró apenas una fracción de segundo más de lo normal.

Caleb.

Sus ojos se encontraron con los de Madison solo un instante, pero fue suficiente. Una pausa mínima. Una tensión silenciosa. Ninguno sonrió, ninguno habló, pero Luna —sentada a poca distancia— lo notó. Siempre lo notaba todo.

Luna observó la escena con atención calculada, su expresión serena, casi distante, mientras Caleb apartaba la mirada y fingía concentrarse en su plato. El secreto seguía a salvo… por ahora.

Damián estaba sentado en la cabecera, rígido, la mandíbula tensa, los hombros demasiado rectos para alguien que pretendía estar relajado. A su derecha, Lucian ocupaba uno de los extremos de la mesa, recostado con una calma que no engañaba a nadie. Sus ojos, oscuros y atentos, se elevaron apenas al sentir la presencia de Eliza, recorriéndola con una intensidad peligrosa antes de volver a su plato como si nada.

Frente a él, Stephan parecía relajado, incluso divertido. Su sonrisa era ligera, pero tenía un filo evidente, uno que se acentuó apenas cuando Eliza tomó asiento.

—Buenos días —dijo ella, con voz tranquila, como si no sintiera el peso de todas esas presencias sobre la piel.

—Buenos días —respondió Ashley enseguida, animada, rompiendo un poco la rigidez del ambiente.

—Te ves hermosa —añadió Madison en voz baja, inclinándose hacia ella.

Eliza le devolvió una sonrisa sincera.

El desayuno continuó unos minutos más, forzado, casi mecánico. Se habló del clima, del viaje de la comitiva, de asuntos menores. Nadie mencionó la noche anterior. Nadie miró demasiado tiempo a nadie… o al menos, eso intentaron.

Hasta que Damián dejó los cubiertos sobre el plato.

El sonido seco resonó con demasiada claridad en el silencio repentino.

—El Alfa Maximus llegará en unos días —anunció, sin rodeos.

La conversación murió al instante.

Eliza levantó la vista, atenta. Lucian dejó de fingir desinterés, su cuerpo tensándose apenas. Stephan arqueó una ceja, intrigado.

—Hasta entonces —continuó Damián, con voz firme, inapelable—, se ha decidido que tanto Lucian como Stephan se mantendrán alejados de mi hermana.

La palabra hermana cayó pesada sobre la mesa.

El aire se volvió denso.

Lucian fue el primero en romper la quietud.

Se incorporó de golpe, la silla raspando el suelo de piedra con un sonido áspero que hizo que varias cabezas se giraran de inmediato. Su figura se irguió imponente, alto, elegante incluso en la ira contenida. La luz de la mañana delineaba los ángulos severos de su rostro, y sus ojos —oscuros, intensos— se clavaron en Damián sin titubeos.

—Eso no es aceptable —dijo, con una calma peligrosa, de esas que preceden a la tormenta—. Estoy casado.

Hizo una breve pausa, deliberada.

—Y he marcado a mi hembra, todos han sido testigos de eso — volvió hacer una pausa y miro a Damián con furia en los ojos — hasta tú, Alfa Damián.

Las palabras cayeron como un golpe seco.

Eliza sintió el impacto directo en el pecho, como si algo invisible le hubiera presionado las costillas desde dentro. No bajó la mirada, pero sus dedos se tensaron sobre el mantel. La marca ardió apenas, como un recordatorio silencioso de lo que ya estaba sellado.

Stephan ladeó la cabeza, observándolo con una sonrisa torcida, lenta, cargada de burla.

—Qué conveniente —respondió, soltando una risa breve, sin rastro de humor—.

Se reclinó apenas en su asiento, cruzando los brazos con una actitud descaradamente posesiva.

—Porque yo me casé primero con ella.

Sus ojos viajaron hasta Eliza, recorriéndola sin pudor, como si reclamara algo que le pertenecía desde antes de que nadie más lo tocara.

—Y no olvidemos algo importante… —añadió, bajando un poco la voz, volviéndola más peligrosa—. Eliza también es mía.

El aire del comedor se volvió espeso, cargado. El murmullo de antes había desaparecido por completo. Ashley contuvo la respiración, Madison apretó los labios, intercambiando una mirada rápida con Caleb, quien permanecía rígido, observando la escena con una intensidad silenciosa. Luna, sentada a su lado, bajó la vista, consciente de que aquello ya no era solo una disputa familiar.

Lucian dio un paso hacia adelante, la energía oscura a su alrededor volviéndose palpable. Su mirada ardía, lista para estallar.

Pero no llegó a hablar.

El golpe de la mano de Damián contra la mesa resonó como un trueno.

Los platos vibraron, las copas tintinearon y el sonido seco se expandió por todo el comedor, obligando a cada uno de los presentes a quedarse inmóvil.

—¡Basta!

El silencio fue absoluto.

Damián se puso de pie lentamente, apoyando ambas manos sobre la mesa. Su postura era rígida, autoritaria, el alfa indiscutible reclamando control. Su mirada recorrió a todos sin prisa, deteniéndose primero en Lucian, luego en Stephan. No había emoción visible en su rostro… solo decisión.

—No es una sugerencia —dijo con frialdad—. Es una orden y mientras estén en mi territorio se cumplirán al pie de la letra.

Lucian apretó la mandíbula con fuerza, los músculos de su cuello tensándose. Stephan sostuvo la mirada, desafiante, pero esta vez no sonrió. Ambos entendían el peso de lo que se estaba imponiendo allí.

—Y no pienso repetirla.

Damián enderezó el cuerpo, respiró hondo una sola vez.

—Dije lo que se haría —sentenció—. Y así será.

Nadie se atrevió a replicar.

Eliza permaneció en silencio, el corazón golpeándole con fuerza contra las costillas. No necesitaba mirar a ninguno de los dos para sentirlos: la furia contenida de Lucian, la posesión silenciosa de Stephan. Todo convergía en ella, como si su sola existencia fuera el detonante de una guerra que apenas comenzaba.

Aquel desayuno —aparentemente normal— acababa de marcar el inicio de algo inevitable.

Algo que ni la Luna, ni los votos, ni las órdenes podrían contener por mucho tiempo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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