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Emparejada al Alfa Enemigo - Capítulo 165

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Capítulo 165: Sin importarle las consecuencias

Madison se excusó con una sonrisa suave cuando el té comenzó a enfriarse y la conversación entró en un silencio cómodo.

—Creo que necesito recostarme un poco —dijo—. Todo ha sido… mucho.

Ashley le devolvió la sonrisa, comprensiva. Eliza asintió sin presionarla. Ninguna intentó detenerla.

Madison se alejó del jardín con pasos tranquilos, pero en cuanto cruzó el primer arco de piedra, su respiración cambió. El castillo siempre había sido un lugar imponente, pero esa mañana parecía distinto. Los pasillos se estiraban más de lo habitual, las bifurcaciones se multiplicaban, y el silencio… el silencio la envolvía como una presencia viva.

No recordaba haber girado tantas veces.

El suelo de mármol dio paso a piedra más antigua, cubierta de musgo en algunas esquinas. Antorchas apagadas, vitrales que no reconocía, corredores estrechos que desembocaban en otros aún más estrechos. Madison se detuvo más de una vez, dudando, con una vaga La sensación persistía: no estaba huyendo, ni errando sin rumbo.

Era como si algo —o alguien— la condujera con paciencia invisible.

Finalmente, una puerta de hierro forjado emergió ante ella, medio oculta entre columnas antiguas, apenas entreabierta. De su interior brotaba un aroma distinto al del resto del castillo: verde, húmedo, vivo, como tierra recién despertada tras la lluvia.

Empujó con cuidado.

La sala que se desplegó frente a sus ojos parecía arrancada de otro mundo.

Un invernadero oculto, resguardado por paredes de cristal antiguo, arqueadas y cubiertas de enredaderas que trepaban como si respiraran. La luz se filtraba de forma irregular, tamizada por hojas amplias y cristales teñidos por el tiempo. Plantas que no reconocía crecían en macetas de barro, piedra y metal ennegrecido; algunas lucían pétalos iridiscentes que reflejaban destellos imposibles, otras tenían tallos oscuros, casi negros, que parecían absorber la luz en lugar de reflejarla.

Mesas de trabajo ocupaban el centro del lugar. Sobre ellas descansaban frascos de vidrio con líquidos traslúcidos, polvos brillantes, hojas prensadas marcadas con símbolos escritos a mano, antiguos y precisos. Todo desprendía una calma peligrosa, como si aquel sitio no tolerara errores.

Entonces lo notó.

El invernadero se encontraba casi al fondo del castillo. Una de las paredes era completamente de cristal y ofrecía una vista directa al bosque de la manada, espeso y oscuro, extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista. Parte del suelo, también de vidrio grueso, dejaba ver el vacío y las copas de los árboles muy abajo, como si la mitad de la sala flotara sobre el abismo.

Un leve vértigo le recorrió el cuerpo.

—No deberías estar aquí.

La voz la atravesó.

El sobresalto fue inmediato. Giró con demasiada rapidez, el pulso desbocado, y el miedo a perder el equilibrio —aunque sabía que podía caminar sin problema— le ganó por instinto. Antes de pensar, se aferró a él, como un koala al bambú: las piernas enroscadas en sus caderas, los brazos rodeándole el cuello.

Un suspiro escapó de sus labios. No fue un aliento… fue un gemido breve y avergonzado, traicionero.

Caleb no se movió de inmediato.

Sus manos reaccionaron primero, firmes, seguras, sujetándola para impedir que cayera. La sostuvo con una facilidad inquietante, como si su peso no fuera más que una idea. Luego, sin apartarse, la sentó sobre la mesa más cercana, una superficie fría de piedra pulida.

No se alejó.

Se colocó entre sus piernas, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo, su respiración tranquila contrastando con la de ella. Una de sus manos permaneció en su cintura, anclándola; la otra ascendió lentamente por su costado, no como una caricia descarada, sino como una guía, un recordatorio de que estaba ahí… y de que no iba a soltarla.

—Lo siento —dijo ella, apresurada, con la voz aún temblorosa—. Me perdí. No sabía que este lugar…

—No aparece en los mapas del castillo —la interrumpió él con calma, mientras dejaba un frasco de vidrio a un lado—. Ni en los registros del consejo.

Su mirada se sostuvo en la de ella, oscura, atenta, como si estuviera midiendo algo que no podía nombrar.

Demasiado cerca.

Demasiado consciente de que sus dedos seguían ahí, firmes en su cintura, no apretando… pero tampoco cediendo. La electricidad era sutil, persistente, como un pulso bajo la piel.

Madison tragó saliva.

—¿Es… tuyo? —preguntó al fin, señalando el lugar con una inclinación mínima de la cabeza, como si temiera romper el hechizo si se movía demasiado.

Caleb apartó la vista apenas un segundo, lo justo para observar el invernadero como quien contempla una obsesión cuidadosamente contenida.

—Es mi estudio —respondió—. Desde que llegamos a este castillo comenzaron a aparecer cosas que no estaban antes.

No apartaba la mirada de ella, no la soltaba.

—Plantas que no figuran en ningún registro —continuó—. Flores que no obedecen estaciones ni reglas conocidas. Algunas aceleran la cicatrización. Otras… alteran lo que tocan.

Sus dedos jugaron con la electricidad que vibraba en su cuello, como si supiera exactamente dónde tocar para hacerla estremecer. Recorrieron su mandíbula con lentitud, siguiendo la línea suave hasta llegar al borde de sus labios. Madison contuvo el aliento, el pecho elevándose apenas, traicionándola.

No dejaron de mirarse.

Ni un segundo.

Había algo hipnótico en la forma en que Caleb la observaba, como si cada gesto suyo fuera una revelación que no quería perderse. Madison sintió cómo el calor comenzaba a concentrarse bajo su vientre, una sensación densa, palpitante, que la hacía consciente de cada centímetro de su cuerpo.

La mano que descansaba en su cintura descendió sin prisa, deslizándose por su costado hasta internarse en su muslo. La caricia fue firme, segura, subiendo lentamente, provocándola sin pudor, deteniéndose peligrosamente cerca de donde más lo sentía. Madison abrió la boca, sin saber si iba a pronunciar su nombre… o si simplemente necesitaba tomar aire.

O tomarlo a él.

Su respiración se volvió irregular.

La suya también.

Era como si estuvieran conectados por algo invisible, un hilo tenso que vibraba entre ambos. Caleb inclinó el rostro y la besó. No fue un asalto. Fue un beso suave, deliberado, de esos que saborean, que exploran. Sus labios se movieron con una calma peligrosa, como si quisiera memorizarla.

Madison respondió sin pensarlo, aferrándose a su camisa, acercándolo más. El beso se profundizó apenas, lo suficiente para hacerle temblar las piernas.

Caleb separó la boca solo lo suficiente para besarle el cuello, la mandíbula, dejando besos húmedos que la hicieron arquearse contra él. Volvió a su boca sin darle tiempo a pensar, besándola como si quisiera borrar cualquier duda, cualquier miedo.

Sus dedos se introdujeron en ella, Madison hecho la cabeza hacia atrás solo un segundo, mientras el con su pulgar masajeaba el botón hinchado, justo al ritmo que ella mas lo necesitaba.

El mundo alrededor desapareció.

Solo quedaron el calor, las manos, los labios,

Volvió a besarla con decisión, reclamándola. Sus labios se deslizaron sobre los de ella con una presión firme, casi posesiva, y Madison respondió con un suspiro entrecortado, completamente perdida en la marea de sensaciones que él estaba provocando en su cuerpo.

Su boca se abrió por puro instinto. Caleb no dudó. Su lengua rozó la de ella primero con cautela, como una pregunta peligrosa… y Madison respondió sin reservas, encontrándolo, siguiéndolo, dejando que ese beso se profundizara hasta borrar cualquier resto de control. Sus caderas se movieron solas, buscando más, pidiendo sin palabras.

Él entendió el lenguaje de su cuerpo. Con descaro y si permiso ingreso un dedo mas dentro de ella y aumento el ritmo, se volvió más urgente, más intenso. Los gemidos de Madison escaparon sin pudor, suaves al principio, luego más francos, mezclándose con el sonido de sus respiraciones chocando. La mesa crujió bajo el peso de ese momento suspendido, testigo silencioso de cómo ella se rendía por completo a la sensación.

No pensaba.

No medía consecuencias.

Se besaron con más hambre, con un ritmo que ya no fingía calma. Lengua contra lengua, respiraciones que chocaban, el mundo reducido a ese punto exacto donde sus bocas se encontraban. Madison sintió cómo el cuerpo le temblaba, cómo algo profundo y urgente despertaba bajo su piel. Estaba a punto de venirse.

Caleb dejó escapar un gruñido bajo, casi primitivo, cuando Madison se atrevió a morderle el labio inferior. Fue un sonido breve, contenido, pero lo suficientemente intenso como para hacerle vibrar el pecho. Sus manos reaccionaron de inmediato, más firmes, más exigentes, guiándola con una precisión que la hizo arquearse contra él, buscando ese punto exacto donde la sensación se volvía insoportable y deliciosa a la vez.

Madison se movía sus caderas siguiendo el ritmo que él marcaba, desesperada, aferrándose a su camisa mientras el alivio se acumulaba, dulce y desgarrador, a un paso de desbordarse.

La mesa de trabajo tembló bajo ellos. Frascos, hojas secas y pequeños instrumentos rodaron hasta el borde y cayeron al suelo, pero ninguno de los dos se separó. El beso continuó, profundo, devorador, como si el mundo alrededor hubiera dejado de existir.

Entonces, justo cuando ella estaba a punto de perder el control, Caleb retiró la mano.

—Caleb… —protestó ella en un gemido ahogado, estremeciéndose.

Él no respondió de inmediato. Se apartó apenas lo suficiente para abrir uno de los cajones de la mesa. Sus movimientos eran decididos, seguros. Cuando saco el paquete que aún estaba cerrado, sus manos se transformaron y desgarro toda la caja cuando saco lo que había dentro a ella se le corto la respiración, era un juguete sexual, color morado, tenía un enorme miembro en la parte de adelante y un anillo vibrador ajustable en la parte de atrás.

La sorpresa la recorrió entera, mezclada con una oleada de nervios y deseo. Comprendió al instante la intención, y con ella llegó una sacudida de temor… y algo más peligroso aún: curiosidad, entrega.

Cuando madison comprendió como iría eso introducido en ella, se sorprendió, jamás había tenido sexo Anal, era virgen, jamás había dejado que Adrián la tocara de esa manera, se sentía tan privada.

Pero la forma en que Caleb la miraba —oscura, intensa, absolutamente concentrada en ella— borró cualquier duda.

Sin apartar los ojos de él, Madison descendió de la mesa y terminó de deshacerse de su ropa interior, subió su vestido y volvió a apoyarse contra la superficie, sosteniéndose de los bordes con ambas manos, respirando hondo mientras abría las piernas para él.

No hubo palabras.

No hicieron falta.

Era una invitación clara, temblorosa y valiente.

Y Caleb la aceptó con la mirada ardiendo de deseo contenido.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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