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Emparejada al Alfa Enemigo - Capítulo 166

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Capítulo 166: Encuentro del destino

Después de la partida de Madison. Ashley también se levantó, sacudiendo con suavidad las arrugas invisibles de su vestido.

—Prometí ayudar a Luna —dijo con una pequeña sonrisa apenada—. Está intentando tejer unos zapatitos para el bebé y… digamos que la lana y ella aún no se llevan demasiado bien.

Eliza soltó una risa baja, suave.

Ashley quería aprender. Todo. Cada pequeño detalle de lo que significaba ser la Luna de una manada. No solo el título elegante que acompañaba al Alfa, sino la responsabilidad silenciosa detrás de él: sostener, escuchar, guiar. Luna había aceptado ayudarla porque Ahsley insistía en no convertirse en un peso para Thiago.

—Quiero apoyarlo —explicó Ashley encogiéndose de hombros—. No ser algo que él tenga que proteger todo el tiempo.

Eliza asintió con comprensión.

Conocía esa sensación demasiado bien.

Cuando Ashley también se marchó por el sendero de grava blanca que conducía de regreso al castillo, el jardín quedó en silencio. Eliza permaneció sentada bajo sobre la manta un poco más, dejando que el sol tibio se filtrara sobre su piel. Era una calidez suave, agradable… casi engañosa.

Porque dentro de ella seguía existiendo un torbellino que el té ni la conversación habían logrado calmar.

Apoyó la espalda contra la silla y dejó que su mirada vagara más allá de los rosales perfectamente cuidados, más allá de las fuentes de piedra donde el agua caía con una calma eterna.

Hasta el borde del jardín.

Hasta el bosque.

El límite era claro. La vegetación ordenada del castillo terminaba abruptamente, y la naturaleza comenzaba a reclamar lo que era suyo. Árboles altos, antiguos, con troncos gruesos y raíces que se enroscaban sobre la tierra como serpientes dormidas.

El bosque comenzaba justo donde el jardín terminaba.

Y, aunque su hermano nunca había dicho explícitamente que estuviera prohibido, tampoco recordaba que alguien lo mencionara como un lugar al que se fuera simplemente… a pasear.

Parecía guardar demasiados secretos.

Eliza se levantó finalmente, sacudiendo su vestido con suavidad para desprender las briznas de pasto que se habían adherido a la tela clara. Durante un instante dudó.

Tal vez debía regresar al castillo.

Pero en ese mismo momento una ráfaga de viento recorrió el jardín, moviendo las hojas que estaban regadas a su alrededor sobre su cabeza con un murmullo suave, casi susurrante.

Eliza levantó la mirada.

El aire traía consigo un olor distinto. Más húmedo. Casi como a lodo. Aunque ese olor debió indicarle que no debía ingresar y sin entender muy bien por qué, sintió una curiosidad punzante despertar dentro de su pecho.

No era miedo.

Era… un tirón.

Algo sutil que la empujaba hacia adelante.

Como si el bosque estuviera respirando.

Esperando.

Eliza comenzó a caminar sin prisa. Primero cruzó el último tramo del jardín siguiendo un pequeño sendero de tierra clara que se abría paso entre los arbustos. Poco a poco dejó atrás los rosales ordenados, las fuentes de piedra, las enredaderas que trepaban disciplinadamente por los arcos del castillo.

Y también dejó atrás la falsa tranquilidad que emanaba de aquel lugar.

En cuanto cruzó el límite natural del bosque, el mundo cambió.

Las copas de los árboles se cerraron sobre su cabeza formando una bóveda verde y espesa. La luz del sol apenas lograba filtrarse entre las hojas, cayendo en fragmentos dorados que danzaban lentamente sobre el suelo cubierto de hojas secas.

El aire era más fresco allí dentro.

Más denso.

Olía a tierra húmeda, a corteza antigua, a vida salvaje.

Eliza respiró hondo.

Una vez.

El aire llenó sus pulmones con una pureza que no había sentido en días.

Dos veces.

Intentando expulsar el nudo que seguía instalado en su pecho desde la conversación en el jardín.

Siguió avanzando hasta que el murmullo distante del castillo desapareció por completo, absorbido por la profundidad del bosque. Cuando finalmente se detuvo, lo hizo casi sin darse cuenta.

No había sendero claro ahora, solo espacios entre los troncos, pero sus pies se movieron de todos modos. Cada paso parecía más silencioso que el anterior, como si la misma tierra absorbiera el sonido.

Eliza frunció ligeramente el ceño.

—Esto es ridículo… —murmuró para sí misma, aunque su voz apenas fue más que un susurro.

No sabía qué estaba buscando

Continuó caminando, siguiendo apenas un rastro natural que parecía formarse entre los árboles. El bosque no estaba completamente en silencio; había pequeños sonidos dispersos, casi imperceptibles. El crujir lejano de una rama. El roce del viento moviendo las hojas. El canto breve de algún pájaro oculto en la espesura.

Pero, aun así, el lugar tenía una quietud particular.

Una calma que no era exactamente pacífica.

Era… expectante.

El silencio la envolvía ahora por completo.

No era un silencio vacío.

Era uno lleno de presencias invisibles.

Eliza pasó una mano por su cabello rubio, observando el lugar con más atención. Los árboles allí parecían más antiguos, sus troncos más gruesos, sus raíces sobresaliendo de la tierra como si quisieran volver a respirar.

Y entonces ocurrió algo extraño.

El viento sopló nuevamente.

Pero no fue una ráfaga cualquiera.

El escalofrío que sintió debió hacerla entrar en razón y que diera la vuelta, por un instante lo pensó, pero sus pies no se movían, la curiosidad aun la estaba matando.

El bosque parecía cambiar a medida que avanzaba.

No era un cambio brusco, sino algo más sutil, casi imperceptible. Los árboles se volvieron más antiguos, más retorcidos, como si hubieran crecido durante siglos sin que nadie se atreviera a tocarlos. Sus troncos estaban cubiertos de musgo oscuro, y algunas raíces gruesas sobresalían de la tierra húmeda como si intentaran escapar del suelo.

El aire también era distinto allí.

Más frío.

Más pesado.

Cada respiración traía consigo el olor de la tierra profunda, de hojas en descomposición… y algo más que Eliza no lograba identificar del todo. Un matiz amargo, casi metálico, que se deslizaba entre los aromas naturales del bosque.

Sus pasos comenzaron a volverse más lentos.

Algo en su interior —algo instintivo, silencioso— le decía que había cruzado un límite invisible.

Eliza no sabía cuánto tiempo llevaba caminando. El bosque parecía absorber la noción del tiempo, envolviendo todo en una quietud espesa que hacía imposible medir los minutos.

Pero entonces lo vio.

Entre dos grandes formaciones de roca, parcialmente oculto por raíces y enredaderas salvajes, se abría un hueco oscuro en la montaña.

Una cueva.

Eliza se detuvo en seco.

No estaba demasiado lejos, tal vez a unos veinte o treinta metros, pero la simple visión de aquella abertura hizo que un escalofrío lento recorriera su espalda.

La cueva no era particularmente grande, pero su entrada era lo suficientemente profunda como para que la oscuridad dentro pareciera… viva.

Eliza frunció el ceño.

No sabía cómo explicarlo.

No había luces extrañas ni símbolos visibles, ni nada que indicara que aquel lugar fuera diferente a cualquier otra formación natural del bosque.

Y aun así…

Podía sentirlo.

Era una sensación extraña, casi como una presión muy leve detrás de las costillas. Algo que vibraba suavemente en el aire, apenas perceptible, pero imposible de ignorar una vez que se notaba.

Magia.

Oscura.

No sabía cómo lo sabía. Nadie le había enseñado a reconocer ese tipo de energía. Pero su cuerpo reaccionó antes de que su mente pudiera cuestionarlo.

Sus dedos se tensaron ligeramente a los lados de su vestido.

No era miedo exactamente.

Era alerta.

Como si algo dentro de ella —esa parte salvaje que apenas comenzaba a despertar— reconociera el peligro antes que su lado humano.

Eliza no avanzó.

Se quedó donde estaba, manteniendo una distancia prudente de la cueva.

El viento había dejado de soplar.

El bosque, que hasta hacía unos minutos había estado lleno de pequeños sonidos, parecía haberse sumido en una quietud antinatural.

Entonces lo escuchó.

Un sonido bajo.

Tan leve que, al principio, pensó que lo había imaginado.

Eliza inclinó ligeramente la cabeza.

Allí estaba otra vez.

Un ruido áspero, irregular.

Un jadeo.

No.

Un gruñido.

Muy bajo.

Provenía de la cueva.

Su corazón comenzó a latir un poco más rápido.

Eliza dio un paso hacia atrás de forma instintiva, pero no apartó la mirada de la abertura oscura.

El sonido volvió.

Esta vez más claro.

Un gruñido profundo, cargado de advertencia.

No era el sonido de un animal tranquilo.

Era el de una criatura herida.

Y enfadada.

Eliza entrecerró los ojos, intentando distinguir algo en la penumbra.

Por unos segundos no vio nada.

Luego una sombra se movió dentro de la cueva.

Algo grande.

El sonido del gruñido creció, transformándose en un ronco resoplido de advertencia.

Eliza sintió cómo el olor la alcanzaba incluso antes de ver a la criatura salir completamente.

Sangre.

Debilidad.

Hambre.

Pero también algo más.

Un aroma que le resultaba inquietantemente familiar.

Manada.

Sangre de Hierro.

La figura emergió lentamente de la oscuridad.

Era una loba.

Su pelaje no era oscuro como el de muchos lobos de guerra, ni plateado como el de las líneas nobles. Era de un tono claro, casi ceniza, con matices amarillentos que se volvían más evidentes donde la luz del bosque tocaba su lomo. No era dorado… pero tenía esa calidez opaca que recordaba al trigo seco bajo el sol.

Sin embargo, lo primero que Eliza notó no fue el color.

Fueron las heridas.

El costado del animal estaba marcado por cortes irregulares, algunos ya secos, otros todavía húmedos. El pelaje estaba pegado en varias zonas por sangre vieja, y una de sus patas traseras parecía soportar apenas su peso.

Estaba demasiado delgada.

Las costillas se marcaban bajo el pelaje claro.

Y sus ojos…

Sus ojos eran lo más perturbador de todo.

No estaban completamente vacíos, pero había algo oscuro en ellos. Algo torcido. Como si el dolor y la furia hubieran convivido demasiado tiempo dentro de esa criatura.

La loba dio un paso fuera de la cueva.

Y gruñó.

El sonido fue más fuerte esta vez, vibrando en el aire como una amenaza abierta.

Sus labios se levantaron ligeramente, mostrando los colmillos manchados.

Eliza no se movió.

Su corazón latía con fuerza ahora, pero algo en su interior le impedía huir.

Porque, mezclado con el olor de la sangre y la rabia…

Estaba ese otro aroma.

El mismo que había sentido tantas veces en el castillo.

El de la manada Sangre de Hierro.

Eliza tragó saliva lentamente.

Y entonces lo entendió.

Aquella loba no era un animal salvaje cualquiera.

Era una mujer loba.

Y por alguna razón… estaba escondida allí.

Herida.

Hambrienta.

Y peligrosamente cerca de perder el control.

El gruñido de la loba volvió a resonar entre los árboles, más profundo, más cargado de amenaza.

Sus ojos claros, amarillentos y febriles, no se apartaban de Eliza.

Como si estuviera decidiendo…

si ella era una amenaza.

O comida.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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