Emparejada al Alfa Enemigo - Capítulo 167
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Capítulo 167: Ataque al corazon
El gruñido volvió a vibrar en el aire.
Grave. Bajo. Amenazante.
Durante un instante que pareció demasiado largo, ninguno de los dos cuerpos se movió.
Eliza permanecía inmóvil donde estaba, el corazón golpeando contra sus costillas con una fuerza brutal, como si quisiera escapar de su pecho. Su mente gritaba que corriera, que diera media vuelta y huyera hacia el castillo, hacia la seguridad de los muros de piedra… pero su cuerpo seguía congelado en el lugar.
La loba también estaba quieta.
Pero no tranquila.
Su pecho subía y bajaba con respiraciones ásperas, casi dolorosas. Cada inhalación parecía costarle esfuerzo. Sus costillas se marcaban bajo el pelaje claro, demasiado delgado, demasiado frágil para un animal que debía ser fuerte.
Sin embargo, la debilidad no hacía que fuera menos peligrosa.
Si acaso, la volvía más impredecible.
Sus labios se levantaron un poco más, dejando ver los colmillos largos y manchados. Un hilo de saliva se estiró entre ellos cuando soltó otro gruñido más profundo.
Eliza sintió cómo algo dentro de ella finalmente reaccionaba.
No era su mente.
Era ese instinto primitivo que había estado dormido tanto tiempo.
—Tranquila… —murmuró, aunque su voz apenas fue un hilo de aire.
No sabía si estaba hablándole a la loba.
O a sí misma.
El aire del bosque se había vuelto denso, casi pesado, como si cada partícula de oxígeno estuviera cargada con algo antiguo que se negaba a ser perturbado. Eliza podía oír su propio pulso en los oídos, un latido constante que parecía demasiado fuerte para un lugar tan silencioso.
Con una lentitud extrema —la misma que usaría alguien para retroceder frente a un arma cargada— levantó las manos, mostrándolas abiertas frente a su cuerpo. Las palmas expuestas, los dedos ligeramente separados.
No soy una amenaza.
El gesto era instintivo.
Primitivo.
Luego dio un pequeño paso hacia atrás.
El movimiento fue mínimo, apenas el desplazamiento de su peso sobre la tierra húmeda cubierta de hojas. Sin embargo, en aquel momento tenso, cualquier gesto tenía el peso de una decisión.
La reacción de la loba fue inmediata.
El gruñido se volvió más profundo, más cargado.
Un sonido que vibró en el pecho de Eliza antes incluso de llegar a sus oídos.
Los músculos del animal se tensaron bajo el pelaje sucio y enredado, marcándose bajo la piel como cuerdas tensadas al límite. Su peso cambió hacia adelante con una lentitud amenazante, las garras raspando la tierra con un sonido seco cuando se afirmaron mejor sobre el suelo.
Eliza se obligó a respirar.
Lento.
Despacio.
El aire entró en sus pulmones con dificultad, impregnado del olor del bosque profundo: tierra húmeda, corteza, hojas muertas… y aquel otro aroma oscuro que parecía emanar desde la cueva detrás de la loba.
Eliza lo sentía ahora con más claridad.
La energía que provenía de aquel lugar no era natural.
No era el tipo de magia que se sentía en los rituales de manada o en los antiguos salones del castillo.
Esto era distinto.
Más frío.
Más antiguo.
Más… corrompido.
Era como una corriente subterránea que vibraba bajo la superficie del bosque, filtrándose lentamente hacia el exterior. No se veía, pero se sentía en la piel, en los huesos, como una presión suave pero persistente que hacía que cada instinto gritara advertencia.
Y la loba estaba justo frente a esa cueva.
Empapada en ese olor.
Como si hubiera estado allí demasiado tiempo.
Eliza dio otro paso hacia atrás.
Esta vez la loba avanzó.
No fue un ataque.
Aún.
Pero el cambio fue evidente.
El animal salió completamente de la sombra de la cueva, abandonando el refugio oscuro del que había emergido. La luz filtrada del bosque cayó sobre su cuerpo, revelando cada detalle que la penumbra había ocultado antes.
Las heridas.
La delgadez extrema.
La forma irregular en que apoyaba una de sus patas traseras, arrastrándola ligeramente cada vez que avanzaba.
Pero incluso así, incluso debilitada, su presencia era peligrosa.
Su cuerpo se movía bajo, preparado, cada músculo cargado de tensión acumulada. Su cabeza permanecía inclinada hacia adelante, los ojos amarillentos fijos en Eliza con una intensidad casi febril.
Detrás de ella, la cueva parecía respirar.
La oscuridad de su interior no era simplemente la ausencia de luz. Era más densa, más profunda, como si algo dentro estuviera vivo… observando.
Eliza no apartó la vista, pero podía sentirlo.
Una vibración tenue en el aire.
Un eco de magia oscura que se adhería a la piel de la loba como una sombra invisible.
La distancia entre ellas comenzó a reducirse.
Veinte metros.
Quince.
Eliza sentía la sangre martilleando en sus oídos ahora, cada latido resonando en su pecho como un tambor de guerra.
No corras.
La advertencia apareció en su mente con una claridad absoluta.
No era un pensamiento racional.
Era instinto.
Puro y simple.
Correr despertaría al depredador.
Y aquel lobo —aquella loba— ya estaba demasiado cerca del borde.
Había algo más que hambre en esos ojos.
Algo roto.
Algo torcido.
Como si el dolor, la soledad y aquella extraña energía que salía de la cueva hubieran estado alimentándose mutuamente durante demasiado tiempo.
Eliza dio otro paso hacia atrás.
El crujido suave de las hojas secas bajo su bota sonó demasiado fuerte en el silencio.
La loba avanzó dos.
La distancia volvió a cerrarse, reduciéndose con una precisión lenta y calculada.
Sus garras se hundieron en la tierra húmeda cuando se detuvo nuevamente, su respiración áspera llenando el pequeño espacio entre los árboles.
La cabeza de la loba descendió apenas unos centímetros.
Olfateando.
Evaluando.
El gruñido constante en su garganta vibraba como un trueno contenido. Su nariz se movía constantemente, aspirando el aire con pequeñas sacudidas, como si estuviera intentando descifrar algo.
Su mirada no abandonaba a Eliza.
Pero ahora había algo más en ella.
Confusión.
Eliza tragó saliva.
La loba dio otro paso.
Diez metros.
Luego nueve.
Sus garras se hundieron en la tierra húmeda cuando se detuvo de nuevo. Bajó la cabeza ligeramente, el cuello extendido hacia adelante.
Olfateando.
Evaluando.
Eliza sintió cómo el instinto la empujaba a permanecer quieta. Cada músculo de su cuerpo estaba tenso, preparado para reaccionar si era necesario, pero no hizo ningún movimiento brusco.
La loba avanzó otro paso.
Ocho metros.
Su respiración áspera llenaba el espacio entre los árboles. Su nariz se movía constantemente ahora, capturando cada partícula del aroma de Eliza.
De pronto dejó de gruñir.
El silencio que siguió fue incluso más inquietante.
La loba inclinó ligeramente la cabeza.
Su nariz se alzó hacia el aire.
Olfateó una vez.
Luego otra.
Algo cambió en su expresión.
No desapareció la agresividad.
Pero ahora estaba mezclada con algo distinto.
Confusión.
Eliza sintió un escalofrío recorrerle la espalda cuando los ojos amarillentos del animal se clavaron en ella con una intensidad nueva.
La loba dio otro paso.
Siete metros.
Se detuvo.
Su nariz volvió a aspirar el aire cerca del rostro de Eliza, como si intentara comprender el olor que estaba percibiendo.
Eliza no se movió.
Ni siquiera respiró durante un segundo.
Entonces la loba avanzó de nuevo.
Cinco metros.
Ahora estaba lo suficientemente cerca para que Eliza pudiera ver cada detalle de sus heridas. Un corte profundo cruzaba su hombro. El pelaje de su costado estaba apelmazado por sangre seca. Su flanco subía y bajaba con dificultad.
Estaba exhausta.
Hambrienta.
Dolida.
Eliza vio el momento exacto en que la decisión se tomó.
No hubo aviso.
No hubo tiempo para pensar.
El cuerpo de la loba se tensó de repente, como un arco que finalmente era liberado. Sus garras se hundieron en la tierra, los músculos se comprimieron bajo el pelaje claro y su labio superior se levantó completamente, mostrando los colmillos.
El gruñido se transformó en un rugido salvaje.
Y saltó.
Todo ocurrió en un segundo.
Eliza apenas tuvo tiempo de reaccionar. El instinto gritó dentro de su pecho, su cuerpo intentó moverse hacia atrás… pero la loba ya estaba en el aire, una masa de músculos, colmillos y desesperación lanzándose directo hacia su garganta.
Entonces algo oscuro atravesó el bosque.
Una sombra enorme irrumpió entre los árboles con una velocidad brutal.
Un lobo.
Negro.
Enorme.
Mucho más grande que cualquier lobo normal.
Sus ojos dorados brillaron como dos brasas encendidas en medio de la penumbra cuando se interpuso entre ambas en el último segundo. Ella lo sabía, Lucian habia venido en su rescate.
El impacto fue violento.
Lucian chocó contra la loba en pleno salto, desviando completamente su trayectoria. En el mismo movimiento, su cuerpo se giró y empujó a Eliza fuera del camino con un golpe seco de su hombro.
Eliza salió despedida hacia un lado.
El mundo se inclinó.
Su cuerpo golpeó el suelo con fuerza y rodó entre las hojas secas. Un dolor agudo atravesó su hombro cuando impactó contra una raíz oculta bajo la tierra.
—¡Ah—! —el sonido apenas escapó de sus labios.
Intentó incorporarse de inmediato, pero en cuanto apoyó el pie para levantarse, un dolor punzante le atravesó el tobillo.
Eliza jadeó.
—Maldita sea…
El mundo seguía girando cuando alzó la cabeza.
La pelea ya estaba ocurriendo.
Lucian había derribado a la loba clara contra el suelo. Ambos cuerpos rodaron entre las hojas, gruñendo, mostrando los colmillos.
La loba intentó levantarse de nuevo, salvaje, desesperada.
Pero el fue más rápido.
Sus mandíbulas se cerraron con precisión brutal alrededor de una de sus patas delanteras.
El chasquido de los dientes al cerrarse resonó en el bosque.
La loba soltó un aullido desgarrador.
Eliza sintió cómo el sonido le recorría la columna vertebral.
Lucian presionó un segundo más… lo suficiente para inmovilizarla.
Y entonces ocurrió algo inesperado.
El lobo soltó la pata.
Su cuerpo comenzó a cambiar.
Los huesos crujieron con ese sonido húmedo y perturbador que siempre acompañaba las transformaciones. El pelaje oscuro retrocedió bajo la piel mientras el enorme cuerpo animal se comprimía, reordenándose, moldeándose hasta convertirse en una figura humana.
Lucian se hacía presente, su pecho subía y bajaba con respiraciones profundas mientras sus ojos dorados —aún cargados de la furia del lobo— observaban a la criatura frente a él.
Por un segundo el silencio fue total.
Lucian frunció el ceño.
La mirada cambió.
Confusión.
Reconocimiento.
¿Amor?
—…Sofía.
El nombre cayó en el aire como una piedra en agua quieta.
La loba dejó de gruñir.
Su cuerpo tembló.
Y entonces también comenzó a transformarse.
El proceso fue más torpe, más doloroso.
Su cuerpo parecía resistirse al cambio. Los huesos crujieron con sonidos irregulares mientras el pelaje claro se retraía lentamente, revelando piel marcada por heridas y suciedad.
Cuando la transformación terminó, una joven estaba arrodillada en el suelo del bosque.
Desnuda.
Cubierta de tierra.
Su cabello castaño claro caía en mechones enredados alrededor de su rostro. Su piel estaba pálida, marcada por cortes y moretones. Y sus ojos…
Sus ojos color miel parecían apenas capaces de mantenerse abiertos.
Sofía.
La primera hermana de Damian, la que había muerto… la compañera destinada de Lucian.
Su respiración era irregular, débil.
Levantó la cabeza apenas lo suficiente para mirar a Lucian.
—…Lucian… —su voz fue poco más que un susurro roto.
Luego su cuerpo cedió.
Sus párpados se cerraron.
Y se desplomó inconsciente sobre el suelo del bosque.
El silencio volvió a instalarse entre los árboles.
Lucian permanecía de pie frente a ella, inmóvil, procesando lo que acababa de ocurrir.
A unos metros de distancia, Eliza finalmente consiguió incorporarse un poco sobre el suelo, aunque su tobillo protestó con un dolor agudo.
Observó la escena frente a ella.
Lucian.
La chica inconsciente.
La sangre.
El caos.
Su rostro no mostró nada.
Ni sorpresa.
Ni miedo.
Ni rabia.
Solo una expresión perfectamente neutra.
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