Emparejada al Alfa Enemigo - Capítulo 168
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 168: CAOS
—Antes de llevarte más lejos… —murmuró Caleb, con la voz baja, rota por el deseo— Tengo que cogerte pequeña perra.
Las palabras no fueron dulces. Fueron crudas. Dominantes.
Y aun así, algo en ellas hizo que Madison se estremeciera de pies a cabeza.
Debería haberse sentido ofendida.
En lugar de eso, su cuerpo reaccionó antes que su razón, traicionándola con una oleada de calor que la dejó sin aliento.
Caleb se movió despacio, consciente de cada centímetro que los separaba. No la apresuró. La sostuvo allí, suspendida en la anticipación, dejando que su presencia la envolviera, que su peso y su calor la hicieran consciente de lo pequeña que era frente a él… y de cuánto lo deseaba.
Madison cerró los ojos cuando lo sintió tan cerca que dolía.
Un dolor dulce. Intenso. Abrumador.
—Mírame —ordenó.
Ella obedeció.
Sus miradas chocaron, oscuras, cargadas de una promesa peligrosa. Caleb apoyó una mano firme en su muslo, anclándola al presente, recordándole que no estaba perdida… estaba siendo guiada.
—Relájate —susurró, inclinándose hasta que su aliento le rozó la piel—. Confía en mí.
La tensión se apoderó de su cuerpo, cada nervio vibrando. El espacio entre ellos se volvió insoportable, denso, como si el aire mismo contuviera el aliento.
Madison se aferró a él, no por miedo… sino porque lo necesitaba.
Y en ese instante, antes de cruzar cualquier límite, comprendió que nada volvería a ser igual después de esa noche.
La habitación no sobrevivió a ellos.
Todo comenzó con un paso en falso, con Madison retrocediendo hasta chocar contra la mesa de trabajo, y Caleb avanzando sin darle espacio para pensar. No fue brusco. Fue inevitable. Como una tormenta que ya había decidido caer.
El primer golpe seco no fue de rabia, sino de urgencia: un frasco rodó por la superficie y estalló contra el suelo, liberando un aroma amargo y verde que se mezcló con el aire cargado. Las hojas prensadas salieron despedidas cuando Caleb la levantó sin esfuerzo y la sentó sobre la mesa, colocándose entre sus piernas con una posesión que no pedía permiso.
Madison jadeó, aferrándose a sus hombros.
El cristal del ventanal vibró cuando él se inclinó sobre ella, apoyando el antebrazo a su lado. El bosque, visible a través del vidrio, parecía observarlos en silencio, cómplice, mientras la mitad transparente del suelo le provocaba vértigo… no por la altura, sino por la forma en que Caleb la mantenía anclada a él.
—No mires abajo —murmuró contra su oído—. Mírame a mí.
Ella obedeció.
El siguiente impacto fue la silla, empujada hacia atrás sin cuidado, chocando contra las macetas. Tierra oscura se derramó por el piso de vidrio como una herida abierta. Las plantas se estremecieron, algunas cerrándose, otras liberando un brillo tenue, como si reaccionaran a la energía que llenaba la sala.
Caleb la besó entonces sin contención, sin la delicadeza anterior. No fue violencia. Fue hambre. Un beso que la reclamó entera, que le robó el aliento y la dejó temblando mientras sus manos recorrían su espalda, su cintura, sosteniéndola como si el mundo pudiera romperse… pero ella no.
Y el mundo, efectivamente, comenzó a romperse.
La mesa crujió bajo el peso de ambos cuando Madison se arqueó, respondiendo sin pensar, empujando contra él. Un estante mal asegurado cedió y los frascos cayeron en cadena, uno tras otro, estallando como pequeñas explosiones de cristal y luz.
El sonido fue ensordecedor.
El momento, irreversible.
Caleb gruñó bajo, no de furia, sino de contención rota, y la sostuvo con más fuerza, girándola apenas para protegerla del desastre que ellos mismos estaban causando. El movimiento arrastró un banco de hierro que cayó al suelo con un estruendo metálico.
La habitación ya no era un estudio.
Era un campo de batalla.
Respiraban agitados, pegados, con el corazón golpeándoles en el pecho. El vidrio seguía en pie, pero agrietado en una esquina. Las plantas brillaban débilmente, como si hubieran sido testigos de algo antiguo y peligroso.
Madison apoyó la frente en el cuello de Caleb, temblando.
No de miedo.
De exceso.
Él no se apartó. No la soltó. Permaneció ahí, entre sus piernas, rodeándola, como si incluso después del caos… ella siguiera siendo su centro.
—Esto —dijo con la voz ronca, mirando el desastre— no se puede deshacer.
Madison cerró los ojos.
Lo sabía.
Y por primera vez, no quiso huir.
El silencio llegó de golpe.
No fue suave ni piadoso. Fue ese tipo de silencio que aparece después del estruendo, cuando el cuerpo aún no entiende que ya no hay peligro… pero tampoco marcha atrás.
Madison seguía jadeando, con la frente apoyada en el pecho de Caleb. Sentía su corazón golpeando fuerte, firme, desacompasado con el suyo. Él no se había apartado. No había creado distancia. Sus brazos seguían rodeándola, sosteniéndola con una protección casi reverente, como si el caos que habían provocado fuera ahora un santuario improvisado.
El estudio —o lo que quedaba de él— estaba destrozado.
Cristales rotos en el suelo, tierra esparcida, hojas brillantes marchitándose lentamente. El ventanal agrietado dejaba entrar la luz del bosque, que se filtraba en líneas doradas sobre sus pieles aún calientes. Las plantas, extrañamente, parecían más quietas… como si hubieran exhalado con ellos.
Madison respiró hondo.
El temblor no se iba.
Caleb apoyó la frente contra la de ella, cerrando los ojos un instante. Cuando habló, su voz ya no tenía hambre. Tenía decisión.
—No voy a fingir que esto no pasó —dijo despacio—. Ni que fue un error.
Ella levantó el rostro. Sus ojos se encontraron.
No había duda en los de él.
Eso fue lo que más miedo le dio.
Caleb tomó su rostro con ambas manos, obligándola a quedarse ahí, a escucharlo.
—Yo, Caleb —dijo con solemnidad antigua, grave—, Beta de la manada Sangre de Hierro… te acepto a ti, Madison, como mi—
Se detuvo.
Parpadeó una vez.
—… —frunció apenas el ceño—. ¿Cuál es tu apellido?
El momento se quebró.
No con risa.
Con pánico.
El corazón de Madison dio un vuelco brutal. El aire abandonó sus pulmones como si alguien lo hubiera arrancado de golpe. Su mente explotó en una sola palabra, repetida, insistente:
Adrian.
Él iba a olerla.
Por supuesto que lo haría.
El bosque.
El castillo.
La manada entera.
—Caleb, yo… —balbuceó, apartándose de golpe.
Él intentó sujetarla, sorprendido.
—Madison, espera—
Pero ella ya estaba bajándose de la mesa, recogiendo su ropa con manos torpes, temblorosas. Se vistió sin orden, sin cuidado, el corazón latiéndole en la garganta. Cada segundo era una cuenta regresiva.
—No —dijo, más para sí misma que para él—. No ahora. No así.
—Madison —repitió Caleb, esta vez con urgencia—. Mírame.
Ella no pudo.
Abrió la puerta de hierro de un tirón. El aire del pasillo la golpeó como un latigazo frío.
—Lo siento—susurró, sin volverse—. De verdad.
Y salió corriendo.
Sus pasos se perdieron entre los corredores del castillo, dejando atrás el eco de su respiración desbocada… y a Caleb, solo, de pie entre los restos de su estudio.
El Beta cerró los ojos lentamente.
El vínculo, lejos de romperse, se cerró un poco más.
—Maldición —murmuró—. Ni siquiera me dijo su apellido.
****
Madison no recordaba en qué momento empezó a correr.
Solo sabía que el aire le quemaba en los pulmones y que las lágrimas le nublaban la vista mientras avanzaba por los largos pasillos del castillo. Sus pasos resonaban contra la piedra antigua, desordenados, torpes, como si su cuerpo se moviera más rápido que su mente.
Caleb.
El eco de su voz aún vibraba en su cabeza.
Yo, Caleb, Beta de la manada Sangre de Hierro…
Madison apretó los ojos mientras corría.
Si él terminaba esa frase… todo cambiaría.
El vínculo se sellaría.
Y entonces Adrian lo sabría.
El pensamiento le apretó el pecho con tanta fuerza que casi tropezó al doblar una esquina.
—No… no… no… —murmuró entre respiraciones entrecortadas.
Tenía que encontrar a Eliza.
Eliza sabría qué hacer.
Eliza siempre parecía saber qué hacer.
Las lágrimas volvieron a caer mientras subía la amplia escalinata que llevaba hacia el ala donde estaban las habitaciones. Su mano se deslizó por la barandilla de hierro forjado para impulsarse, el corazón golpeándole tan fuerte que le dolía.
Pero cuando llegó al corredor principal algo la detuvo.
Un ruido.
No era el silencio habitual del castillo.
Era caos.
Madison frunció el ceño, disminuyendo el paso mientras los sonidos llegaban con mayor claridad.
Voces.
Muchas voces.
Gritos.
Órdenes.
El eco profundo de botas golpeando el suelo de piedra.
Su respiración tembló mientras avanzaba unos pasos más hacia el balcón que daba vista al gran salón del trono.
Desde ahí pudo ver parte de la escena.
Y lo que vio hizo que su corazón se detuviera un segundo.
El salón estaba lleno.
Lobos de la manada Sangre de Hierro se movían de un lado a otro con tensión evidente. Algunos discutían entre sí, otros recibían órdenes rápidas, y el aire estaba cargado de un nerviosismo palpable, como si algo grave hubiera ocurrido.
—¡Te dije que revisaran el perímetro! —la voz de Damian se alzó por encima de las demás, dura, furiosa.
Madison lo vio a lo lejos, cerca del centro del salón. Su postura estaba rígida, los hombros tensos, los ojos brillando con una ira peligrosa mientras hablaba con varios miembros de la manada.
Nunca lo había visto así.
Y entonces lo vio a él.
Lucian.
Su figura destacaba incluso entre el tumulto.
Estaba de espaldas, pero Madison reconocería ese cabello oscuro en cualquier lugar. Sus hombros anchos estaban tensos bajo la camisa negra, y había algo en su postura… algo peligroso, contenido, como una tormenta que apenas se sostenía antes de romper.
¿Qué estaba pasando?
Madison descendió un par de escalones más, confundida, el miedo mezclándose ahora con la ansiedad que ya llevaba dentro.
Fue entonces cuando la vio.
Eliza.
Estaba a un lado del salón, ligeramente apartada del grupo principal.
De pie.
Quietísima.
Tan inmóvil que por un momento Madison pensó que estaba esperando algo… o a alguien.
Pero cuando la observó mejor, un escalofrío le recorrió la espalda.
Eliza no parecía estar ahí.
Su mirada estaba perdida en algún punto frente a ella, como si estuviera viendo algo que nadie más podía ver. Sus brazos colgaban a los lados del cuerpo y su rostro…
No tenía expresión.
Ninguna.
Madison bajó el resto de las escaleras casi corriendo.
—¡Eliza! —llamó, la voz quebrándose.
Nadie pareció prestarle demasiada atención; todos estaban demasiado concentrados en el caos del salón.
Cuando llegó hasta ella, le tomó el brazo con ambas manos.
—Eliza, ¿qué está pasando? —susurró, todavía jadeando—. Yo… yo necesitaba hablar contigo, algo pasó con Caleb y—
Las palabras murieron en su garganta.
Eliza giró lentamente la cabeza hacia ella.
El movimiento fue tan lento que resultó inquietante.
Sus ojos parecían desenfocados, como si estuviera despertando de un sueño demasiado profundo.
Madison sintió que el miedo le apretaba el estómago.
—¿Eliza…?
Eliza parpadeó.
Una vez.
Luego sus labios se separaron apenas.
—Está viva… —balbuceó.
La voz era apenas un susurro.
Madison frunció el ceño.
—¿Quién?
Eliza tragó saliva. Sus ojos finalmente enfocaron algo… o a alguien… al otro lado del salón.
Lucian.
—Lucian… —susurró.
Madison siguió la dirección de su mirada, confundida.
—¿Qué pasa con Lucian?
Eliza volvió a mirarla.
Y por primera vez, Madison vio algo romperse detrás de esa máscara inexpresiva.
Miedo.
Un miedo profundo, helado.
—Ella… —murmuró con la voz temblando apenas—.
Madison sintió que el corazón se le detenía.
—¿Quién, Eliza?
Los labios de Eliza apenas se movieron cuando finalmente lo dijo.
—Sofía.
El nombre cayó entre ellas como una piedra.
Madison abrió los ojos, confundida.
Pero Eliza no había terminado.
Sus dedos se cerraron con fuerza alrededor del brazo de Madison, como si necesitara anclarse a algo real.
—¿Qué será de nosotros…? —susurró, casi para sí misma.
Y por primera vez desde que había entrado al salón…
Madison sintió que algo mucho más grande que su propio problema acababa de empezar.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com