Emparejada al Alfa Enemigo - Capítulo 169
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Capítulo 169: Rota
Eliza no había salido de su habitación en dos días.
Dos días completos en los que el mundo había seguido girando… pero no para ella.
Abajo, en los niveles inferiores del castillo, la vida continuaba con una intensidad casi febril. El eco de pasos apresurados resonaba en los pasillos de piedra, puertas que se abrían y cerraban, voces bajas cargadas de urgencia. Curanderos llegaban y se marchaban, guardias cambiaban turnos, sirvientes corrían llevando bandejas, vendas, frascos de vidrio con líquidos espesos y hierbas que olían a tierra y a magia antigua.
Todo el castillo respiraba movimiento.
Preocupación.
Esperanza.
Pero allí arriba, en el ala más alta donde se encontraba su habitación, el tiempo parecía haberse detenido.
El silencio era distinto al de la calma.
Era un silencio pesado.
Denso.
De esos que se instalan en las paredes y se deslizan por los rincones como una niebla fría.
Eliza estaba sentada en el suelo del balcón de su habitación.
No en una silla.
No en el elegante diván de terciopelo oscuro que siempre estaba colocado junto a la barandilla de piedra, donde había esperado tener largas y divertidas charlas con sus amigas.
No.
Estaba directamente en el suelo.
Las piernas dobladas hacia un lado, el vestido claro extendido sobre las losas frías como un charco de tela, mientras su espalda descansaba contra la pared de piedra pálida del castillo.
El frío de la roca atravesaba la tela fina de su vestido, filtrándose lentamente hacia su piel.
Pero no se movía.
No parecía sentirlo.
El viento suave del atardecer se deslizaba desde las montañas, cruzando el balcón abierto. Levantaba apenas algunos mechones de su cabello rubio, haciéndolos bailar alrededor de su rostro antes de dejarlos caer otra vez sobre sus hombros.
Su cabello no estaba peinado.
Ni trenzado.
Ni adornado como siempre.
Solo caía libre, ligeramente enredado por las horas que había pasado allí sentada sin moverse demasiado.
Desde ese balcón se veía la cascada.
El castillo estaba incrustado en la montaña como una corona de piedra, y justo detrás de él descendía una caída de agua inmensa que se precipitaba desde lo alto de los riscos.
El agua caía con un murmullo constante.
Eterno.
Un sonido profundo, grave, que llenaba el aire día y noche como el latido mismo de la montaña.
Normalmente aquel sonido le resultaba reconfortante.
Le recordaba que el mundo seguía respirando.
Pero hoy…
Hoy parecía burlarse de ella.
Como si el mundo siguiera avanzando sin detenerse ni un segundo, mientras el suyo se hubiera quedado suspendido en algún lugar incierto entre el miedo, la duda y algo que no sabía cómo nombrar.
El sol comenzaba a esconderse lentamente entre las montañas lejanas.
La luz dorada se extendía sobre el valle como un manto tibio, tocando las copas de los árboles del bosque que rodeaba el castillo. Las sombras crecían entre los troncos, volviéndose cada vez más densas.
Eliza observaba el horizonte sin parpadear.
Miraba cómo el sol descendía centímetro a centímetro, acercándose al borde de las montañas.
Como si verlo desaparecer fuera lo único que tenía sentido hacer.
Sin moverse.
Sin hablar.
Sin siquiera cambiar de posición.
Sin pensar realmente en nada…
O tal vez pensando demasiado.
El cielo se teñía lentamente de tonos anaranjados y rosados, pinceladas suaves que se extendían sobre las nubes finas del atardecer. Esa luz se reflejaba sobre la cascada, convirtiendo el agua en una lluvia brillante de destellos dorados que parecían caer desde el cielo mismo.
Era hermoso.
Siempre lo había sido.
Pero en este momento ella no sentía nada, o bien, podríamos decir que sentia algo; la terrible soledad, el eterno silencio que sigue después de perder al amor de tu vida, por que es así como se sentía, muerta por dentro.
Sus ojos estaban abiertos, fijos en el paisaje, pero su mente giraba lentamente en un laberinto de pensamientos que se repetían una y otra vez.
Sofía.
El nombre parecía pesar en el aire.
Sofía… estaba viva.
Eliza frunció apenas el ceño, una arruga leve formándose entre sus cejas mientras observaba cómo el sol se hundía un poco más en el horizonte.
No lograba entenderlo.
Años.
Habían pasado años.
Años en los que todos creyeron que Sofía estaba muerta.
Años en los que su nombre se había convertido en un susurro doloroso dentro de la manada, su padre no habia querido casi tocar el tema, con Damian era prácticamente la misma historia y bueno Lucian… el la había amado, se sobre entendía que ella seria su pareja destinada. Y ahora que ella había aparecido.
Herida.
Rota.
Pero viva.
¿Dónde había estado todo ese tiempo?
La pregunta giraba una y otra vez en su mente.
¿Quién la había tenido?
¿Quién había sido capaz de mantener con vida a una loba de la manada Sangre de Hierro durante tanto tiempo… sin que nadie la encontrara?
Y peor aún.
¿Por qué devolverla ahora?
Eliza abrazó distraídamente sus propios brazos, apoyando la cabeza contra la piedra fría detrás de ella.
El cielo continuaba oscureciéndose lentamente.
Los tonos dorados del atardecer se apagaban uno a uno, como brasas que perdían calor, hasta transformarse en un azul profundo que comenzaba a devorar el horizonte. Las montañas lejanas se convertían en siluetas oscuras, y la cascada detrás del castillo ya no brillaba como antes; ahora era solo una cinta plateada cayendo en la penumbra.
Eliza seguía exactamente en el mismo lugar.
No había cambiado de posición.
El frío de la piedra había terminado por instalarse en su cuerpo como una segunda piel, pero ni siquiera eso parecía suficiente para obligarla a moverse.
La puerta de su habitación se abrió con suavidad detrás de ella.
No fue un ruido fuerte. Apenas el leve roce de la madera antigua contra el marco.
Eliza no se giró.
Sabía quién era.
Corina llevaba entrando y saliendo de la habitación desde hace dos días, cuando encontraron a Sofia y ella se había confinado sola a la habitación, moviéndose con esa discreción casi invisible que solo tienen las personas que han pasado años cuidando de otros.
La mujer apareció en el balcón unos segundos después, deteniéndose en el umbral como si estuviera evaluando la escena.
Eliza seguía sentada en el suelo.
Mirando hacia el valle.
Como si no se hubiera movido en horas.
Corina suspiró apenas.
No con frustración.
Con una paciencia silenciosa.
—Mi lady… —dijo con suavidad.
Eliza no respondió.
La criada avanzó un poco más hacia el balcón. Llevaba en las manos una bandeja de plata sencilla. Sobre ella había un plato con pan tibio, un pequeño cuenco con fruta cortada y otro con caldo todavía humeante.
El aroma suave de las hierbas se mezcló con el aire frío de la noche.
Corina dejó la bandeja junto a Eliza, sobre el suelo de piedra.
Eliza ni siquiera miró la comida.
La mujer observó el perfil de la joven durante unos segundos.
El cabello rubio desordenado.
Las manos apoyadas laxamente sobre su falda.
La mirada perdida en un punto del horizonte que probablemente ya no podía ver.
—El baño está listo —añadió Corina con voz tranquila—. El agua sigue caliente.
Silencio.
El murmullo de la cascada llenó el espacio entre ambas.
Eliza no respondió.
Ni se movió.
Corina se cruzó de brazos suavemente, apoyando el peso sobre una pierna mientras esperaba.
—También deberías comer algo.
Nada.
Eliza ni siquiera parpadeó.
No era rebeldía.
No era desobediencia.
Era algo mucho más silencioso.
Más vacío.
Corina había visto ese tipo de quietud antes.
En soldados que regresaban de la guerra.
En viudas que aún no sabían cómo respirar sin la persona que habían perdido.
La criada volvió a mirar la bandeja.
El vapor del caldo comenzaba a disiparse lentamente en el aire frío del balcón.
—Han pasado dos días, mi lady —dijo finalmente.
Eliza cerró los ojos un segundo.
Solo un segundo.
Pero fue suficiente para que Corina lo notara.
—No tengo hambre —murmuró Eliza.
Su voz era baja.
Rasca.
Como si no hubiera hablado en horas.
Tal vez en días.
Corina no discutió.
No insistió.
Simplemente inclinó la cabeza con un pequeño gesto respetuoso.
—Lo sé.
Eliza volvió a abrir los ojos.
La noche ya había comenzado a tragarse los últimos colores del cielo.
—Pero el cuerpo sigue necesitando alimento —continuó Corina con calma—. Incluso cuando el corazón no quiere nada.
Eliza dejó escapar una respiración lenta.
No estaba llorando.
Ni siquiera parecía cerca de hacerlo.
Era peor que eso.
Era como si todo dentro de ella se hubiera quedado suspendido en algún lugar que ni siquiera ella entendía.
—Puedes dejarla ahí —dijo finalmente.
Su mirada seguía fija en el valle oscuro.
—Tal vez después.
Corina no respondió de inmediato.
Observó la bandeja.
Luego a Eliza.
Y finalmente asintió.
—Como desees, mi lady.
Se dio la vuelta y regresó hacia la habitación. Sus pasos fueron silenciosos sobre el suelo de piedra.
Antes de cruzar la puerta, sin embargo, se detuvo un instante.
Miró nuevamente a la joven sentada en el balcón.
Tan quieta.
Tan sola.
—Las dejaré entrar un poco más tarde —dijo Corina con suavidad—. Tal vez hablar con ellas te ayude.
Eliza frunció ligeramente el ceño.
—¿A quiénes?
Corina apoyó una mano sobre el marco de la puerta.
—A Madison y Ahsley.
Eliza no respondió.
Lo había olvidado por completo, había olvidado que sus amigas estaban aquí, había pasado por tanto sola, que no recordaba siquiera que tenia a su red de apoyo con ella.
La habitación que Damian había elegido para Sofía no parecía un cuarto dentro de un castillo.
Parecía el aposento de una reina.
El espacio era enorme, casi tan grande como un salón completo. Los muros de piedra clara estaban cubiertos con tapices bordados en hilos dorados y plateados que representaban antiguas leyendas de la manada Sangre de Hierro. Bajo la luz de las lámparas de cristal, los hilos brillaban como si atraparan pequeños fragmentos de luna.
En el centro absoluto de la habitación se elevaba la cama.
No era una cama común.
Era una estructura majestuosa de madera oscura tallada con símbolos de la manada, sostenida por cuatro columnas gruesas recubiertas con delicadas filigranas de oro. Desde ellas descendían doseles de tela clara, bordados con diminutas hojas doradas que caían como lluvia sobre el tejido.
Las cortinas del dosel estaban abiertas.
Dejaban ver a Sofía.
Pequeña.
Inmóvil.
Demasiado frágil dentro de aquel lugar que parecía hecho para alguien poderoso.
Las sábanas eran blancas, suaves como nieve recién caída, pero su piel lucía aún más pálida contra ellas.
Su cabello oscuro descansaba sobre la almohada como una mancha de tinta.
Respiraba.
Pero apenas.
A unos metros de la cama se extendía una pequeña sala privada.
Un sofá amplio de terciopelo color marfil rodeaba una mesa baja de madera pulida. Junto a la pared había un escritorio elegante cubierto con pergaminos, frascos de tinta y una lámpara de cristal que iluminaba suavemente el espacio.
Detrás del escritorio se alzaban varias estanterías.
Libros antiguos.
Crónicas de la manada.
Textos de historia y política.
Damian los había elegido personalmente.
Como si Sofía fuera a despertarse y necesitar un lugar donde pensar.
Al otro lado de la habitación se abría el guardarropa.
Era enorme.
Una habitación completa dedicada a la ropa, con armarios de madera clara, espejos altos y cajones tallados con patrones delicados. Por ahora, sin embargo, estaba completamente vacío.
Ni vestidos.
Ni capas.
Ni joyas.
Solo espacio.
Esperando.
Esperándola.
La única zona realmente ocupada era el espacio alrededor de la cama.
Allí se movían los curanderos.
Uno revisaba cuidadosamente el pulso de Sofía mientras otro examinaba las heridas de sus brazos. Frascos de vidrio con líquidos oscuros reposaban sobre una mesa cercana junto a vendas, ungüentos y hierbas trituradas.
El aire estaba lleno del aroma fuerte de medicina.
Salvia.
Romero.
Raíz amarga de luna.
Damian permanecía de pie junto a una de las columnas de la cama.
Su postura era rígida, los brazos cruzados sobre el pecho mientras observaba cada movimiento de los curanderos. Su mirada no abandonaba el rostro de Sofía ni un solo segundo.
Había sido él quien había elegido aquella habitación.
Él quien había ordenado prepararla.
No para una enferma.
Para alguien importante.
Luna estaba a su lado.
Sus manos descansaban juntas frente a su cuerpo, pero sus dedos se movían inquietos mientras observaba a la joven en la cama. La escena tenía algo profundamente perturbador, algo que ni siquiera su experiencia dentro de la manada lograba acomodar.
—No entiendo cómo sigue viva —murmuró finalmente.
Stephan estaba cerca de la ventana alta que daba hacia el bosque.
El Beta había permanecido en silencio durante varios minutos, observando la escena con el ceño fruncido mientras intentaba encontrar lógica en algo que claramente no la tenía.
—Encontramos pedazos —dijo con voz baja y quebrada— no entiendo.
Su mirada regresó hacia la cama.
—¿Cómo puede estar viva?
Nadie discutió eso, nadie lo comprendía.
Todos habían estado ahí ese día, los gritos, la desesperación en los llantos de la madre de la Luna habían sido tan desgarradores.
Lucian estaba de pie al otro lado de la cama.
Más cerca que cualquiera.
Sus manos descansaban sobre el borde del colchón, los dedos tensos contra la tela blanca mientras su mirada permanecía fija en el rostro de Sofía. Había algo casi peligroso en la intensidad con la que la observaba, como si apartar los ojos un segundo pudiera hacer que desapareciera otra vez.
El aroma de ella estaba en el aire.
Débil.
Pero inconfundible.
No era solo un recuerdo engañando a su mente. No era nostalgia. No era imaginación. Su lobo lo había reconocido antes incluso de que sus ojos la vieran.
Ese olor.
Esa esencia.
Su primer amor.
Lucian inhaló lentamente, y el mundo pareció inclinarse un poco bajo sus pies. Una sensación extraña le atravesó el pecho, algo cercano al mareo, como si la realidad hubiera cambiado demasiado rápido para que su mente pudiera seguirle el ritmo.
Durante años había vivido con una certeza absoluta.
Sofía estaba muerta.
No había lugar para la duda.
El recuerdo regresó con una violencia inesperada, abriéndose paso entre sus pensamientos como una herida que nunca terminó de cerrar.
Sofía corriendo por el bosque cuando eran apenas unos pequeños cachorros, demasiado jóvenes para entender el peso de los territorios o las rivalidades entre manadas. Sus pies descalzos sobre la tierra húmeda, su risa clara perdiéndose entre los árboles.
Sofía riendo bajo la lluvia de verano, levantando los brazos hacia el cielo mientras el agua empapaba su cabello oscuro. Él había intentado arrastrarla de vuelta al castillo, pero ella solo había reído más fuerte, girando sobre sí misma como si el mundo entero fuera suyo.
Sofía tomándole la mano una noche junto al lago, cuando ambos aún creían que el futuro sería sencillo. Sus dedos pequeños entrelazándose con los suyos mientras prometía, con esa convicción ingenua que solo tienen los jóvenes, que siempre estaría a su lado.
Lucian tragó saliva lentamente.
Todo eso estaba ahí.
En su memoria.
En cada rincón de su pasado.
Y ahora también estaba aquí.
En esa cama.
Respirando.
Su pecho subía y bajaba con movimientos débiles bajo las mantas blancas. Su piel pálida parecía casi translúcida bajo la luz dorada de las lámparas, pero estaba viva.
Viva.
La palabra giró dentro de su mente con una insistencia casi dolorosa.
Durante años había culpado a una sola persona por su muerte.
Damian.
El día en que Sofía desapareció había terminado en sangre, caos y gritos en el bosque. La manada había encontrado restos entre los árboles, fragmentos que nadie quiso describir con demasiado detalle.
Habían dicho que eran de ella.
Habían jurado que lo eran.
Lucian había visto suficiente para creerlo.
Había sentido suficiente rabia para aferrarse a esa verdad como si fuera lo único sólido en su mundo.
Si no eran pedazos de Sofía lo que habían encontrado aquella noche…
Entonces ¿qué había sido?
La pregunta lo golpeó con tanta fuerza que tuvo que apoyarse un poco más contra la cama.
El suelo bajo sus pies parecía moverse.
Un mareo lento le recorrió la cabeza, como si su mente intentara reorganizar años enteros de odio, culpa y dolor en un solo instante.
Porque si Sofía estaba viva…
Entonces alguien más había muerto ese día.
Alguien cuyo cuerpo había sido confundido con el de ella.
Alguien cuyo nombre nadie había pronunciado.
Lucian levantó la mirada hacia el rostro inmóvil sobre la almohada.
Durante años había construido su furia sobre una tumba equivocada.
Y ahora la mujer que había llorado, la mujer que había enterrado en su memoria, estaba allí mismo… respirando bajo las mantas de una cama hecha para una reina.
Su lobo se agitó inquieto en su interior.
Confundido.
Inquieto.
Porque el aroma de Sofía seguía ahí.
Familiar.
Dolorosamente familiar.
Pero ahora también había otra cosa.
Una pregunta oscura creciendo lentamente en su mente.
Si Sofía no murió aquella noche…
¿qué demonios fue lo que realmente ocurrió en ese bosque?
—Su pulso es débil —anunció finalmente uno de los curanderos.
El anciano retiró los dedos de la muñeca de Sofía con un gesto pensativo.
—Pero sigue estable.
Stephan frunció el ceño.
—Eso no explica nada.
El curandero levantó la mirada.
—Explíquese.
Stephan señaló el cuerpo frágil en la cama.
—Si alguien la tuvo cautiva todos estos años… ¿por qué dejarla viva?
La pregunta quedó flotando en la habitación.
Pesada.
Nadie tenía respuesta.
Lucian seguía mirando el rostro de Sofía.
Algo dentro de su pecho se tensaba cada segundo que pasaba.
Una inquietud creciente.
Desesperación contenida.
—Sofía —murmuró casi sin darse cuenta.
Como si decir su nombre pudiera traerla completamente de regreso.
En ese momento los párpados de la loba temblaron.
Fue un movimiento pequeño.
Casi imperceptible.
Pero todos lo vieron.
Luna contuvo la respiración.
Damian se enderezó inmediatamente.
El curandero levantó una mano.
—Quietos.
Los ojos de Sofía se entreabrieron lentamente.
Oscuros.
Confundidos.
Tardaron varios segundos en enfocarse.
Primero el techo.
Luego las columnas doradas del dosel.
Después los rostros alrededor de la cama.
Su respiración se volvió ligeramente irregular.
—Tranquila —murmuró el curandero—. No intentes moverte.
Los ojos de Sofía vagaron por la habitación.
Pasaron por Damian.
Por Luna.
Por Stephan.
Hasta que se detuvieron en Lucian.
El reconocimiento no fue inmediato.
Pero llegó.
Sus labios se separaron apenas.
—Lu…
La voz fue tan débil que apenas cruzó el aire.
Pero Lucian la escuchó.
Dio un paso hacia la cama sin pensar.
—Sofía.
Había algo peligroso en su voz.
Algo que mezclaba alivio, incredulidad… y un miedo que nadie había escuchado antes en él.
Los dedos de Sofía se movieron débilmente sobre la sábana.
—Oscuro…
La palabra salió como un susurro quebrado.
Stephan inclinó la cabeza.
—¿Oscuro?
Sofía parpadeó lentamente.
Su respiración tembló.
—Todo… oscuro…
Intentó levantar una mano.
No pudo.
Su cuerpo volvió a hundirse contra las almohadas.
El curandero intervino de inmediato.
—Basta.
Todos lo miraron.
—Está demasiado débil —dijo con firmeza—. Si intenta recordar ahora, podría colapsar.
El silencio regresó a la habitación.
Lucian seguía mirándola.
Su primer amor.
La loba que todos creyeron muerta.
Y que ahora estaba allí.
Respirando.
Viva.
Pero con una historia detrás de sus ojos que nadie, todavía, comprendía.
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