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Emparejada al Alfa Enemigo - Capítulo 170

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Capítulo 170: La que regresó de la muerte

La habitación que Damian había elegido para Sofía no parecía un cuarto dentro de un castillo.

Parecía el aposento de una reina.

El espacio era enorme, casi tan grande como un salón completo. Los muros de piedra clara estaban cubiertos con tapices bordados en hilos dorados y plateados que representaban antiguas leyendas de la manada Sangre de Hierro. Bajo la luz de las lámparas de cristal, los hilos brillaban como si atraparan pequeños fragmentos de luna.

En el centro absoluto de la habitación se elevaba la cama.

No era una cama común.

Era una estructura majestuosa de madera oscura tallada con símbolos de la manada, sostenida por cuatro columnas gruesas recubiertas con delicadas filigranas de oro. Desde ellas descendían doseles de tela clara, bordados con diminutas hojas doradas que caían como lluvia sobre el tejido.

Las cortinas del dosel estaban abiertas.

Dejaban ver a Sofía.

Pequeña.

Inmóvil.

Demasiado frágil dentro de aquel lugar que parecía hecho para alguien poderoso.

Las sábanas eran blancas, suaves como nieve recién caída, pero su piel lucía aún más pálida contra ellas.

Su cabello oscuro descansaba sobre la almohada como una mancha de tinta.

Respiraba.

Pero apenas.

A unos metros de la cama se extendía una pequeña sala privada.

Un sofá amplio de terciopelo color marfil rodeaba una mesa baja de madera pulida. Junto a la pared había un escritorio elegante cubierto con pergaminos, frascos de tinta y una lámpara de cristal que iluminaba suavemente el espacio.

Detrás del escritorio se alzaban varias estanterías.

Libros antiguos.

Crónicas de la manada.

Textos de historia y política.

Damian los había elegido personalmente.

Como si Sofía fuera a despertarse y necesitar un lugar donde pensar.

Al otro lado de la habitación se abría el guardarropa.

Era enorme.

Una habitación completa dedicada a la ropa, con armarios de madera clara, espejos altos y cajones tallados con patrones delicados. Por ahora, sin embargo, estaba completamente vacío.

Ni vestidos.

Ni capas.

Ni joyas.

Solo espacio.

Esperando.

Esperándola.

La única zona realmente ocupada era el espacio alrededor de la cama.

Allí se movían los curanderos.

Uno revisaba cuidadosamente el pulso de Sofía mientras otro examinaba las heridas de sus brazos. Frascos de vidrio con líquidos oscuros reposaban sobre una mesa cercana junto a vendas, ungüentos y hierbas trituradas.

El aire estaba lleno del aroma fuerte de medicina.

Salvia.

Romero.

Raíz amarga de luna.

Damian permanecía de pie junto a una de las columnas de la cama.

Su postura era rígida, los brazos cruzados sobre el pecho mientras observaba cada movimiento de los curanderos. Su mirada no abandonaba el rostro de Sofía ni un solo segundo.

Había sido él quien había elegido aquella habitación.

Él quien había ordenado prepararla.

No para una enferma.

Para alguien importante.

Luna estaba a su lado.

Sus manos descansaban juntas frente a su cuerpo, pero sus dedos se movían inquietos mientras observaba a la joven en la cama. La escena tenía algo profundamente perturbador, algo que ni siquiera su experiencia dentro de la manada lograba acomodar.

—No entiendo cómo sigue viva —murmuró finalmente.

Stephan estaba cerca de la ventana alta que daba hacia el bosque.

El Beta había permanecido en silencio durante varios minutos, observando la escena con el ceño fruncido mientras intentaba encontrar lógica en algo que claramente no la tenía.

—Encontramos pedazos —dijo con voz baja y quebrada— no entiendo.

Su mirada regresó hacia la cama.

—¿Cómo puede estar viva?

Nadie discutió eso, nadie lo comprendía.

Todos habían estado ahí ese día, los gritos, la desesperación en los llantos de la madre de la Luna habían sido tan desgarradores.

Lucian estaba de pie al otro lado de la cama.

Más cerca que cualquiera.

Sus manos descansaban sobre el borde del colchón, los dedos tensos contra la tela blanca mientras su mirada permanecía fija en el rostro de Sofía. Había algo casi peligroso en la intensidad con la que la observaba, como si apartar los ojos un segundo pudiera hacer que desapareciera otra vez.

El aroma de ella estaba en el aire.

Débil.

Pero inconfundible.

No era solo un recuerdo engañando a su mente. No era nostalgia. No era imaginación. Su lobo lo había reconocido antes incluso de que sus ojos la vieran.

Ese olor.

Esa esencia.

Su primer amor.

Lucian inhaló lentamente, y el mundo pareció inclinarse un poco bajo sus pies. Una sensación extraña le atravesó el pecho, algo cercano al mareo, como si la realidad hubiera cambiado demasiado rápido para que su mente pudiera seguirle el ritmo.

Durante años había vivido con una certeza absoluta.

Sofía estaba muerta.

No había lugar para la duda.

El recuerdo regresó con una violencia inesperada, abriéndose paso entre sus pensamientos como una herida que nunca terminó de cerrar.

Sofía corriendo por el bosque cuando eran apenas unos pequeños cachorros, demasiado jóvenes para entender el peso de los territorios o las rivalidades entre manadas. Sus pies descalzos sobre la tierra húmeda, su risa clara perdiéndose entre los árboles.

Sofía riendo bajo la lluvia de verano, levantando los brazos hacia el cielo mientras el agua empapaba su cabello oscuro. Él había intentado arrastrarla de vuelta al castillo, pero ella solo había reído más fuerte, girando sobre sí misma como si el mundo entero fuera suyo.

Sofía tomándole la mano una noche junto al lago, cuando ambos aún creían que el futuro sería sencillo. Sus dedos pequeños entrelazándose con los suyos mientras prometía, con esa convicción ingenua que solo tienen los jóvenes, que siempre estaría a su lado.

Lucian tragó saliva lentamente.

Todo eso estaba ahí.

En su memoria.

En cada rincón de su pasado.

Y ahora también estaba aquí.

En esa cama.

Respirando.

Su pecho subía y bajaba con movimientos débiles bajo las mantas blancas. Su piel pálida parecía casi translúcida bajo la luz dorada de las lámparas, pero estaba viva.

Viva.

La palabra giró dentro de su mente con una insistencia casi dolorosa.

Durante años había culpado a una sola persona por su muerte.

Damian.

El día en que Sofía desapareció había terminado en sangre, caos y gritos en el bosque. La manada había encontrado restos entre los árboles, fragmentos que nadie quiso describir con demasiado detalle.

Habían dicho que eran de ella.

Habían jurado que lo eran.

Lucian había visto suficiente para creerlo.

Había sentido suficiente rabia para aferrarse a esa verdad como si fuera lo único sólido en su mundo.

Si no eran pedazos de Sofía lo que habían encontrado aquella noche…

Entonces ¿qué había sido?

La pregunta lo golpeó con tanta fuerza que tuvo que apoyarse un poco más contra la cama.

El suelo bajo sus pies parecía moverse.

Un mareo lento le recorrió la cabeza, como si su mente intentara reorganizar años enteros de odio, culpa y dolor en un solo instante.

Porque si Sofía estaba viva…

Entonces alguien más había muerto ese día.

Alguien cuyo cuerpo había sido confundido con el de ella.

Alguien cuyo nombre nadie había pronunciado.

Lucian levantó la mirada hacia el rostro inmóvil sobre la almohada.

Durante años había construido su furia sobre una tumba equivocada.

Y ahora la mujer que había llorado, la mujer que había enterrado en su memoria, estaba allí mismo… respirando bajo las mantas de una cama hecha para una reina.

Su lobo se agitó inquieto en su interior.

Confundido.

Inquieto.

Porque el aroma de Sofía seguía ahí.

Familiar.

Dolorosamente familiar.

Pero ahora también había otra cosa.

Una pregunta oscura creciendo lentamente en su mente.

Si Sofía no murió aquella noche…

¿qué demonios fue lo que realmente ocurrió en ese bosque?

—Su pulso es débil —anunció finalmente uno de los curanderos.

El anciano retiró los dedos de la muñeca de Sofía con un gesto pensativo.

—Pero sigue estable.

Stephan frunció el ceño.

—Eso no explica nada.

El curandero levantó la mirada.

—Explíquese.

Stephan señaló el cuerpo frágil en la cama.

—Si alguien la tuvo cautiva todos estos años… ¿por qué dejarla viva?

La pregunta quedó flotando en la habitación.

Pesada.

Nadie tenía respuesta.

Lucian seguía mirando el rostro de Sofía.

Algo dentro de su pecho se tensaba cada segundo que pasaba.

Una inquietud creciente.

Desesperación contenida.

—Sofía —murmuró casi sin darse cuenta.

Como si decir su nombre pudiera traerla completamente de regreso.

En ese momento los párpados de la loba temblaron.

Fue un movimiento pequeño.

Casi imperceptible.

Pero todos lo vieron.

Luna contuvo la respiración.

Damian se enderezó inmediatamente.

El curandero levantó una mano.

—Quietos.

Los ojos de Sofía se entreabrieron lentamente.

Oscuros.

Confundidos.

Tardaron varios segundos en enfocarse.

Primero el techo.

Luego las columnas doradas del dosel.

Después los rostros alrededor de la cama.

Su respiración se volvió ligeramente irregular.

—Tranquila —murmuró el curandero—. No intentes moverte.

Los ojos de Sofía vagaron por la habitación.

Pasaron por Damian.

Por Luna.

Por Stephan.

Hasta que se detuvieron en Lucian.

El reconocimiento no fue inmediato.

Pero llegó.

Sus labios se separaron apenas.

—Lu…

La voz fue tan débil que apenas cruzó el aire.

Pero Lucian la escuchó.

Dio un paso hacia la cama sin pensar.

—Sofía.

Había algo peligroso en su voz.

Algo que mezclaba alivio, incredulidad… y un miedo que nadie había escuchado antes en él.

Los dedos de Sofía se movieron débilmente sobre la sábana.

—Oscuro…

La palabra salió como un susurro quebrado.

Stephan inclinó la cabeza.

—¿Oscuro?

Sofía parpadeó lentamente.

Su respiración tembló.

—Todo… oscuro…

Intentó levantar una mano.

No pudo.

Su cuerpo volvió a hundirse contra las almohadas.

El curandero intervino de inmediato.

—Basta.

Todos lo miraron.

—Está demasiado débil —dijo con firmeza—. Si intenta recordar ahora, podría colapsar.

El silencio regresó a la habitación.

Lucian seguía mirándola.

Su primer amor.

La loba que todos creyeron muerta.

Y que ahora estaba allí.

Respirando.

Viva.

Pero con una historia detrás de sus ojos que nadie, todavía, comprendía.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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