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Emparejada con el Alfa Rival de Mi Prometido - Capítulo 220

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Capítulo 220: Capítulo 220 Atracción peligrosa

Orion

Aquella sugerencia había sido un desastre total.

La propuse y me miró como si hubiera perdido la puta cabeza.

Cuando me rechazó, no hubo ni un atisbo de interés en su voz. Ni de lejos.

Incluso me advirtió que no volviera a hacerle ese tipo de oferta a ningún vampiro.

Como si fueran a utilizarme. Como si yo fuera un crío ingenuo que no sabía lo que hacía.

Pero ¿por qué iba a querer darle ese don a nadie más que a ella?

Salté de la cama, con todo el cuerpo vibrando como si algo salvaje se acabara de activar en mi interior.

Llevaba semanas temiendo las clases del lunes por la mañana. Ahora no podía esperar a que llegara el momento.

No podía creerlo.

La universidad. Estaba emocionado por la universidad.

La idea era tan ridícula que casi me eché a reír.

Pero entonces, ese miedo gélido se apoderó de mí.

¿Y si no aparecía?

¿Y si lo de anoche solo había sido algo raro y de una sola vez?

¿Algo que ni siquiera recordaría?

Ese pensamiento me acompañó hasta la ducha, volviéndose más pesado a cada minuto.

Para cuando me estaba cepillando los dientes, ya se había convertido en una auténtica tormenta mental.

Cerré los ojos y dejé que el agua caliente me cayera por la espalda.

Su nombre. Su aroma. Ese suave olor a rosas y tierra.

Esos ojos rojos. Ese rostro indescifrable.

Todo se repetía en mi cabeza como un sueño del que no podía despertar.

Era la primera chica que conocía que nunca sonreía al hablar conmigo.

Siempre tranquila. Siempre fría. Como si me estuviera midiendo.

Pero no había odio en su voz. Tampoco arrogancia. Solo honestidad, afilada como una cuchilla.

Entonces, ¿por qué había sido tan borde ayer por la mañana?

Ya me lo había preguntado antes, pero ahora…

Al recordar su cara en la cafetería, y la forma en que dijo que no podía saborear nada… no encajaba.

El profesor Jason dijo que no le gustaba la gente.

Pero quizá había algo más.

Quizá había pasado algo.

¿Una pelea con su tía?

¿Algo peor?

Quizá estaba deprimida.

Quiero decir, por eso la gente suele alejar a los demás, ¿no?

¿Y si le habían hecho bullying de pequeña?

¿Podría ser por eso que ahora odiaba estar rodeada de gente?

—¿Orion?

La voz de mi Mamá me sacó de mis pensamientos.

—Cariño, ¿estás bien? No has tocado la comida.

Bajé la vista.

La tortilla de mi plato seguía intacta y ni siquiera había cogido el tenedor.

—Perdón. Es solo que… me he quedado empanado —dije, cogiendo el tenedor y dando un bocado.

—¿Qué te tiene tan distraído? —preguntó Papá con una sonrisa—. No me digas que te has enamorado o algo.

Me detuve.

Esa palabra me golpeó más fuerte de lo que debería.

¿Amor?

No estaba seguro.

No se sentía como las otras veces.

Aquellas fueron rápidas, salvajes y un poco estúpidas.

Esto no era así.

Esto era lento. Profundo.

Incluso dolía un poco.

No dije nada, y la mesa se quedó en silencio.

Mamá dejó el tenedor, con los ojos como platos.

—¡Oh, Dios mío! ¿En serio? ¿Quién es? —se inclinó, con los ojos brillantes—. ¿O es un chico?

Negué con la cabeza, esbozando una sonrisa cansada.

—No es un chico… pero tampoco es amor de verdad. Ella es solo…

Me detuve, sin saber cómo explicarlo.

¿Cómo describes a alguien como ella?

Era como un fantasma y una tormenta eléctrica a la vez.

Hermosa, peligrosa.

Era una vampira. Una de verdad. Una que bebía sangre.

Mamá ahogó un grito, olvidándose por completo de su desayuno.

Sus ojos se iluminaron como si estuviera escuchando el comienzo de una novela romántica.

—¡Cielo santo! ¡Eso es increíble! ¿Cómo os conocisteis? ¿Fue en la universidad?

La mentira salió con demasiada facilidad.

Papá lo había dejado claro. No debíamos decírselo a nadie.

Así que me limité a asentir. —Sí. En la universidad. Chocó conmigo y derramó café por todas partes.

Sonreí, recordando su cara. Molesta. Confundida.

Esa parte era cierta, al menos. Había chocado conmigo.

Levanté la vista y sorprendí a mis padres intercambiando una de esas miradas silenciosas y cómplices.

Cejas arqueadas. Un murmullo pasó entre ellos. Una especie de recuerdo compartido.

—¿Qué? —pregunté, claramente perdiéndome algo.

Papá sonrió. —Qué coincidencia. Parece que tú también podrías haber encontrado a tu futura esposa.

Su voz tenía ese tono juguetón que usaba cuando intentaba tomarme el pelo.

Parpadeé. Y entonces caí en la cuenta.

—Espera… nunca me contasteis cómo os conocisteis.

Papá se rio entre dientes. —Eso es porque tu Mamá se olvidó. Al principio, al menos.

Se giró hacia ella con esa mirada tontorrona que me revolvía el estómago.

—Derramó su café sobre mí, me soltó una retahíla de insultos y desapareció como si yo hubiera sido el que chocó con ella.

Se rio, disfrutando claramente del recuerdo. Mamá, por otro lado, parecía a punto de desaparecer bajo la mesa.

—¿Le insultaste? —pregunté, arqueando una ceja. Mi tono de voz bajó, medio incrédulo.

Ella negó con la cabeza rápidamente. —Seguro que lo recuerda mal. Yo siempre soy educada.

Pero se le pusieron las orejas rojas.

Esa era su señal. Siempre lo había sido. Ya fuera porque mentía o simplemente estaba avergonzada, esas orejas la delataban siempre.

Se me oprimió el pecho. Hacía un segundo, sentía el corazón pesado. Ahora latía con fuerza.

Esto no parecía una casualidad.

Era como si algo hubiera encajado en su sitio. Como si el destino acabara de darme un empujoncito.

No dije nada. Me quedé ahí sentado, con el corazón desbocado.

Nunca había sido el tipo de chico que cree en el destino o en las señales del universo.

¿Pero esto?

Esto parecía sacado de un libro. Uno de esos momentos tranquilos que significan más de lo que crees.

Me bebí de un trago el resto del zumo, me terminé la tortilla y cogí mi mochila.

Me levanté, le di un beso en la frente a mi Mamá y saludé con la mano a Papá.

—Bueno, me voy. No queméis la casa mientras no estoy.

Bajé las escaleras corriendo hacia el coche que me esperaba, con el cerebro yendo más rápido que mis pies.

Pero la emoción no duró mucho.

Al entrar en mi primera clase, la euforia se desvaneció.

El aula estaba abarrotada.

Sillas que se arrastraban. Papeles que susurraban. Conversaciones que se fundían en un murmullo sordo.

Solo quedaban unos pocos asientos libres al fondo.

Recorrí el aula con la mirada, mis ojos buscando entre la multitud.

Ni rastro de ella.

La decepción me golpeó rápido y con fuerza, como un puñetazo en el estómago.

Si estudiaba empresariales, debería haber estado aquí.

Esta era Negocios 101.

Obligatoria para todos los de primer año.

Me abrí paso hasta una silla vacía, intentando que no se me notara el bajón.

Me senté.

Se me revolvió el estómago. No era hambre. Solo esa sensación lenta y pesada de cuando te decepcionan.

Apenas la conocía.

Entonces, ¿por qué me afectaba tanto?

Sinceramente, ni siquiera éramos amigos.

Solo dos extraños que habían compartido un momento raro a altas horas de la noche.

Eso era todo.

El profesor llevaba diez minutos hablando, pero yo no había oído ni una sola palabra.

Mi mente estaba en otra parte. Tenía la mirada perdida.

Entonces alguien llamó a la puerta, y volví en mí.

El golpe me hizo incorporarme de sopetón.

Las cabezas se giraron. La puerta se abrió con un crujido.

Y allí estaba ella.

Sudadera con capucha negra. Vaqueros negros.

Igual que anoche.

El corazón me dio un vuelco en el pecho.

Pero entonces fruncí el ceño.

Algo no iba bien.

Ya era pálida de por sí. ¿Pero esto? Esto era otra cosa.

Parecía que no había dormido en toda la semana.

Su piel había pasado de ser clara a un grisáceo total. Casi transparente, como la niebla tras una ventana.

En realidad no entró caminando. Más bien flotó, como alguien que funciona con la reserva de energía.

Por un segundo, pensé que se iba a desplomar en el suelo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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