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Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia - Capítulo 10

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10: Sello 10: Sello Un día, en las bulliciosas calles de Miles, la población cumplía con su rutina diaria: el comercio, los servicios y el patrullaje de los soldados.

Era el constante ir y venir de cada jornada.

La ciudad había crecido en población y riqueza desde la llegada del gobernador hacía ya dos años, un hito impresionante para una urbe que ya de por sí era próspera.

Esto, para muchos, era la prueba clave de la capacidad del príncipe para gobernar y ayudó a elevar el apoyo hacia él por parte de la población plebeya y noble.

Ese día, entre esas calles y en medio de la multitud, Esther, la hija del comerciante Sour, se encontraba paseando por los mercados buscando regalos para una fiesta a la que había sido invitada en el palacio del príncipe.

Junto a ella iban cinco esclavos de la mansión como escoltas y para cargar sus compras; entre ellos estaba Asur, quien, por primera vez desde la partida de Sour hacía seis meses, pudo salir de la mansión y contemplar una vez más la belleza de la ciudad.

Mientras Esther buscaba en cada tienda el regalo ideal, Asur la seguía, observando los cambios en la ciudad.

Aunque visualmente seguía siendo espectacular, la población se notaba más enérgica y numerosa.

Las calles, que él recordaba ya de por sí concurridas, ahora sentía que apenas había espacio para caminar.

Se dio cuenta de que la mayoría de las personas eran campesinos y aldeanos de fuera de la ciudad, que no solo compraban productos allí, sino que también vendían sus cosechas a los comerciantes locales.

Esto era lo que había hecho crecer tanto a la ciudad.

Mientras caminaban, pasaron por un espacio aglomerado de personas que escuchaban atentos la predicación de un grupo de sacerdotes.

Estos relataban la historia y función de los dioses, instando a la fe en ellos.

Asur ya conocía estas deidades, pues entre los papiros que le entregó Esther dos meses atrás, había un relato sobre “Las Deidades Mircel”, donde había aprendido que, según las creencias, existen cinco dioses nacidos de la tierra, los primeros seres que habitaron el mundo: Lujuria, Diosa del placer y la fertilidad; Rico, Dios de la riqueza y la abundancia; Sabía, Diosa del conocimiento y la justicia; Guerra, Diosa de las batallas y la fuerza; y Justo, dios de la vida y la muerte.

Esther, molesta por ver su camino bloqueado, preguntó a los presentes por qué ahora tanta gente prestaba atención a los sacerdotes.

Los oriundos de la ciudad le explicaron que quienes escuchaban la prédica eran aldeanos de pueblos recientemente anexados a la provincia, que estaban en la ciudad para comerciar y adaptarse a la cultura del reino.

Así, Esther comprendió por qué la ciudad estaba tan concurrida y por qué la mayoría de personas vestían diferente a los locales.

Siguiendo con sus compras, llegó un punto en el que Esther no sabía dónde más buscar, pues por primera vez debía asistir a una fiesta sin su padre.

Nada menos que el cumpleaños de la princesa Siram, hermana del príncipe y de la misma edad de Esther.

Su ansiedad por tener que representar a su padre frente a la realeza la había impulsado a esta salida en busca de un regalo que le gustara a la princesa.

Ya había comprado joyas y vestidos de todas las tiendas posibles, pero nada la convencía.

—Asur, ven aquí —ordenó con voz nerviosa.

Atrás, junto a los esclavos que cargaban los vestidos comprados, estaba Asur, quien obedeció de inmediato la orden.

—¿En qué le ayudo, señorita?

—dijo Asur al acercarse.

—Tú siempre sabes qué responder.

Dime, ¿qué regalo puedo comprar?

—preguntó Esther insegura.

—Nunca he comprado un regalo, así que no lo sé.

—Vamos, Asur, debes tener una idea.

Es para la princesa, ¿qué crees que le guste?

Asur negó con la cabeza, aumentando la frustración de Esther.

—No creo que haya nada que le pueda dar.

Es una princesa; si quisiera algo, lo pediría y ya —agregó Asur.

—¿Crees que no lo sé?

Por eso estoy tan desesperada —dijo Esther al recomponerse.

Luego de esto, pasaron toda la tarde buscando por los rincones de la ciudad algún regalo que pudiera ser considerado especial, pero no encontraron nada que Esther considerase.

Al final, los esclavos terminaron cargando todo tipo de joyas y vestidos hacia la mansión.

Una vez allí, Esther continuó con su búsqueda, pensando en algo que los artesanos pudieran hacer.

Asur, agotado por la caminata, fue de inmediato a la habitación de esclavos para descansar, aunque su mente había encontrado un nuevo desafío, un enigma: ¿qué se le regala a quien lo posee todo?

La princesa, una joven en una posición más alta que la de Esther, Cilior y, quizás, incluso que la de Sour.

Alguien en esa posición, ¿podría querer algo?

Se preguntaba a sí mismo.

Como un ejercicio de análisis, recordó a sus amos, Esther y Cilior, dos personas que igualmente pueden tener lo que quieran, pero aun así los había visto suplicar.

En especial a Cilior, quien suplicó por ver al príncipe y luego por poseer una espada.

Esther, aunque no suplicaba, pidió a su padre tener un sirviente personal y también tuvo que esperar a que este se fuera para tener acceso a sus papiros.

Con eso, concluyó que incluso los que tienen todo desean algo.

Pero ese algo que deseaban no era solo el objeto material, sino lo que representaba: Cilior quería una espada por su interés en aprender a combatir, y Esther quería los papiros para complementar sus estudios.

Con esa conclusión, pensó en qué podría desear una princesa.

Como no conocía a la princesa, no podía saber cómo era: tal vez era como Cilior, tal vez como Esther, o tal vez como ninguno.

Con curiosidad y un objetivo en mente, Asur fue en busca de la señorita Esther para averiguar lo que pudiese sobre la princesa Siram.

La encontró en el taller de los joyeros, donde ella les pedía a los esclavos que crearan una joya única.

Sin darles detalles, solo les decía que la joya debía ser especial y nunca antes vista.

Los esclavos, confusos, trataban de explicarle que no sabían exactamente lo que quería, y ella solo les ordenó obedecer.

—Señorita Esther —llamó Asur.

—Estoy ocupada, Asur —respondió Esther con tono cortante.

—Necesito preguntarle sobre la princesa y así ayudarla con su problema —afirmó Asur con voz grave.

Esther volteó a verlo, se acercó y le preguntó: —¿Tienes una idea, verdad?

Asur asintió y empezó a explicarle cómo debería regalar algo más allá de lo material, algo significativo para la princesa.

Al comprender, Esther le contó lo que sabía sobre la princesa: Siram, hija del rey Musem y la concubina Deibra, tenía doce años, la misma edad de Esther.

Desde su llegada junto a su hermano Murem, nunca se la vio fuera del palacio; era reservada, callada y solo tenía contacto con su maestro que la visitaba todas las tardes.

Esta información no fue suficiente para Asur; aunque le confirmaba el interés por los estudios, no era seguro afirmar que le gustase.

—¿Crees que debería regalarle un papiro especial?

—preguntó Esther dudosa.

Asur negó con la cabeza y se puso a pensar en lo complicado de este objetivo.

Finalmente, llegó a una conclusión.

—Regale todo, señorita —comentó Asur en voz baja.

—¿Qué?

—Regale una joya, un vestido, un papiro y una espada.

—Eso es igual a regalarle nada, como si estuviera apostando a ver cuál le gusta, me vería estúpida —aclaró Esther con frustración.

Él entendió el problema y decidió pensar en una forma de regalar todo en una sola cosa, hasta que recordó el día que llegó el príncipe a la ciudad.

Ese día, él se veía elegante, culto e imponente, todo en uno solo, pero no por el príncipe en sí, sino por su montura.

—Un caballo, señorita Esther, un caballo —decía Asur con emoción.

—¿Un caballo?

—Sí, los caballos son imponentes, cultos y elegantes —explicó Asur de forma exaltada—.

Es el mejor regalo: imponente como las armas, culto como los papiros y elegante como las joyas y vestidos.

Todo en uno solo —agregó con seguridad.

Esther solo tuvo que pensarlo un momento para darse cuenta de cuánta razón tenía Asur.

De inmediato fue corriendo a buscar unos esclavos que la acompañaran a comprar el regalo perfecto.

Tres días después, en el palacio del príncipe gobernador —el palacio más grande después del de la capital, con muros casi tan grandes como una muralla y cuyo interior era el doble de grande que la mansión de Sour—, se celebraba la fiesta de la princesa.

Había un banquete acompañado por la gracia de bufones y los instrumentos de los músicos, quienes llenaban de confort a las invitadas, en su mayoría hijas y esposas de los funcionarios y jefes militares, con solo algunas representantes de familias ricas.

Ahí, en medio de la fiesta, sentada en una mesa solitaria, se encontraba Esther, quien, aun habiendo hallado el regalo ideal, estaba nerviosa por estar ante la presencia de la realeza.

Ella miraba desde lejos a la princesa Siram y a su madre Deibra, quienes lucían radiantes con vestidos iguales de color púrpura, hechos de seda, sentadas en una mesa ubicada sobre una plataforma que las hacía ver por encima de las demás invitadas.

Deibra disfrutaba de la fiesta; le gustaban los eventos donde pudiera mostrarse por encima de los demás, y el cumpleaños de su hija era la ocasión perfecta para enseñar a la gente de esta ciudad quiénes eran las damas principales.

Por su lado, Siram no disfrutaba de estos eventos; ninguna de las presentes era su amiga o conocida, solo era gente noble obligada a estar allí para no ser descortés.

Ella solo miraba ocasionalmente a los bufones, cuyas travesuras la entretenían un poco; esperaba que todo terminara pronto.

Extrañamente, Esther las miraba con recelo.

A pesar de sus nervios, no podía evitar sentir que ellas no debían estar allí.

Esta idea era alimentada con cada segundo que pasaba, debido a un secreto que había estado guardando desde hacía unos años.

Luego del banquete, la concubina Deibra ordenó que era la hora de entregar los regalos.

Una por una, las invitadas se formaron en base a su posición social.

Entre las primeras iban las nobles hijas de funcionarios y militares, mientras Esther se formó al último, pues aunque su padre fuera más rico que todos los funcionarios de la provincia, ellos seguían siendo unos plebeyos.

Los regalos iban siendo entregados, en su mayoría joyas y vestidos presentados como únicos, traídos del extranjero o hechos especialmente para la princesa, quien se mostraba poco impresionada, pues como era de esperarse no eran nada que ella no pudiera conseguir.

Llegó el turno de Esther y la sorpresa de muchos era palpable: sus manos estaban vacías, no tenía un regalo consigo.

Esto empezó unos murmullos y despertó la curiosidad de la princesa Siram.

—Me presento, soy Esther, hija del comerciante Sour.

—Encantada…

—dijo la concubina Deibra con arrogancia—.

Dime, Esther, ¿por qué no traes regalo?

¿No sabías que debías traer uno, niña?

—Me disculpo, pero mi regalo está en la entrada del palacio.

—¿Me trajiste una carreta con vestidos y joyas?

Si es así, gracias, ya puedes retirarte —dijo la princesa Siram, de nuevo aburrida.

—No, es algo más que joyas o vestidos —aclaró Esther y añadió—: Por favor, deje que mi esclava vaya a traerlo.

La curiosidad de la princesa y su madre despertó y permitieron a Esther enviar a alguien para recogerlo.

Esther envió a Yara, quien fue a las puertas del palacio junto a un eunuco, y ambos trajeron el regalo.

Un pony completamente blanco de pelo largo y sedoso, bien cuidado y con olor a rosas, llegó para sorprender a las invitadas, que no podían creer el simple y a la vez original obsequio que Esther se atrevió a traer.

—¿Un caballo?

¿Ese es el regalo?

—preguntó de forma orgullosa la concubina Deibra.

Por su parte, la princesa se mantuvo en silencio, encantada por el peculiar regalo.

Mientras Esther, aún nerviosa por su situación, recordó algo que Asur le había dicho antes de asistir a la fiesta: “Sea honesta con la princesa, dígale lo complicado que fue elegir un regalo que exprese lo que en verdad podría querer la princesa”.

—Este obsequio representa mis dudas respecto al regalo ideal —confesó Esther viendo a los ojos de la princesa—.

Como sabe, yo no conozco tanto a la princesa, razón por la que no tenía idea de qué obsequio sería de su agrado.

No sabía si apreciaría joyas y vestidos para resaltar su belleza, papiros para cultivar más su intelecto o armas para mostrarse imponente.

Por eso elegí este regalo: un caballo es bello, inteligente e imponente, los tres en uno.

Los presentes quedaron impactados ante la explicación de Esther.

Ver a una jovencita de doce años hablar con tanta honestidad los hizo sentir admiración.

La concubina Deibra se mostró complacida, sorprendida por lo directa que era la joven, y la princesa Siram estaba fascinada, tanto por el caballo como por Esther, saber lo mucho que se esforzó en encontrar un buen regalo la hacía destacar entre las demás invitadas.

—Muy bien, Esther —dijo la concubina Deibra con una sonrisa de complacencia—.

Tu regalo es interesante.

Normalmente los caballos son regalos hechos a los hombres, casi siempre a los guerreros, pero tú encontraste una forma de regalarlo sin hacerlo parecer un arma.

Esther tomó esto como un halago y agradeció de forma cortés.

—Esther, dijiste que los caballos son imponentes, pero el que trajiste no lo parece —comentó Deibra, señalando al pony.

Esto provocó unas risas por parte de las invitadas, que igualmente se dieron cuenta de que el caballo era solo una cría que apenas alcanzaba el cuello de Esther con su altura.

—No entiendo; si querías que simbolizara algo imponente, debiste traer uno más grande —dijo Deibra con tono sarcástico.

Antes de que Esther respondiera, la princesa Siram se adelantó y dijo: —Es para que dure más tiempo.

—¿Qué?

—preguntó Deibra desconcertada.

—Si Esther me hubiera traído un caballo adulto, lo tendría por dos o tres años —explicó Siram—.

Pero este pony crecerá y vivirá por más tiempo; en unos años se verá imponente.

—Exactamente —dijo Esther con la cabeza gacha.

La concubina Deibra se sintió ofendida, por lo que decidió cambiar de tema.

—Entonces, ¿te gustó el regalo, Siram?

—Sí, madre, me gustó mucho el regalo de mi amiga Esther —respondió Siram, sonriendo a Esther desde su sitio.

Con esto, la concubina Deibra ordenó enviar al caballo hacia los establos dentro del palacio para que la fiesta siguiera por un par de horas más.

Con la puesta de sol, el evento terminó y las nobles empezaron a despedirse una a una.

Pero Esther, a petición de la princesa, se quedó hasta el último momento para luego ir juntas a ver al pony de la princesa.

—¿Qué nombre tiene el caballo?

—preguntó Siram al caminar junto a Esther hacia el establo.

—Ninguno, es de usted, por lo que es su derecho nombrarlo.

—Bueno, no sé, ¿qué clase de nombre le puedo poner?

—Uno que signifique algo para usted o que destaque un aspecto del caballo.

—¿Preciosa?

—Puede ser, pero es un macho.

Ambas se rieron al pensar en la idea de ponerle ‘Preciosa’ a un caballo macho.

De esta manera, ambas siguieron conversando y riendo de los nombres que se les ocurrían hasta que, finalmente, a la princesa se le ocurrió un nombre.

—¿Qué te parece, Sello?

—¿Sello?

—preguntó Esther sin comprender.

—Sello, porque él es el sello de nuestra amistad —afirmó la princesa mientras se detenía a mirar de frente a Esther—.

¿Quieres ser mi amiga, Esther?

Esther marcó una sonrisa alegre en su rostro al decir: —Entonces, se llamará Sello.

Así, ese día, la princesa Siram y Esther, la hija de Sour, sellaron su amistad con un obsequio significativo; que la princesa recordaría como el origen de una buena amistad y Esther, como el primer paso hacia sus objetivos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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