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Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia - Capítulo 11

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11: Regreso Del Amo 11: Regreso Del Amo Caminando por las calles de Miles, volviendo de un viaje de siete meses, se encontraba el comerciante Sour junto a un grupo de sus esclavos, regresaba orgulloso pensando en las propiedades que había adquirido durante su estadía en Ziza.

Al llegar a su mansión, como de costumbre en cada viaje, los guardias de la puerta se acercaron a saludarlo.

—Amo Sour, volvió.

—Sí, volví —dijo Sour con una alegría en su voz que solo podía significar que había hecho un buen negocio—.

¿Algo que reportar?

—agregó, como de costumbre.

El guardia dudó sobre qué debía decir.

Había un par de cosas que podía comentar, pero no estaba seguro de si eran de importancia para Sour.

—Sí, pasaron un par de cosas —dijo el guardia al fin de decidirse.

La alegría pícara de Sour se disipó en cuanto escuchó los acontecimientos.

Primero, su hija Esther había tenido que asistir a una fiesta en el palacio en representación de su familia, algo que a él le preocupó mucho.

Luego le contaron de la paliza que Cilior le dio a Asur, algo que lo molestó, debido a su regla de no violencia en la mansión, por lo que decidió indagar sobre eso primero.

Al entrar en la mansión, fue recibido por sus hijos y sus esclavos.

Tuvo una corta conversación con todos, presumiendo de los buenos negocios que hizo en Ziza.

Por el momento, evitó hablar de lo que se había enterado, esperando primero descansar para luego encargarse de esos temas.

Por la tarde de ese mismo día, Sour se sentó en una silla de su jardín, admiraba sus flores mientras bebía unas copas de vino; ya estaba listo para hablar con Cilior sobre lo sucedido con Asur.

Hizo llamar a Cilior y cuando llegó, decidió empezar tranquilamente.

—Me dijeron que dejaste de entrenar.

¿Por qué?

¿Ya no quieres esa espada?

—Preguntó Sour, mirando hacia el frente y tomando un sorbo de vino.

—Descubrí que no soy tan bueno con las espadas, así que lo dejé —respondió Cilior, parado a un lado de su padre, viendo hacia el suelo y moviendo sus pies lentamente de forma nerviosa.

Sour, consciente del nerviosismo de su hijo, intentó animarlo a su manera.

—¿Que no eres bueno?

Osel me dijo que tenías algo de talento.

¿Acaso me mintió?

¿Debería castigarlo por mentir?

—No, claro que no —aseguró Cilior de forma nerviosa—.

Él seguro lo dijo para quedar bien y no hacerme enfadar.

—Entonces me mintió, ahora mismo haré que lo castiguen —dijo Sour con enfado fingido.

Cilior al oír esto se asustó por Osel, a quien consideraba un amigo y maestro.

—No, papá, no lo castigues —suplicó Cilior.

Tomó un poco de aire y luego se confesó—.

Yo…

renuncié…

porque me vencieron en un duelo, y…

ese alguien, me hizo sentir débil.

—Cuando dices “alguien”, te refieres a Asur, ¿cierto?

—Sí —respondió Cilior, bajando la mirada para ocultar sus ojos llorosos.

—¿Y por eso lo golpeaste?

—preguntó Sour, mientras tocaba el hombro de su hijo.

Cilior asintió, temeroso de la reacción que pudiera tener su padre, pero ya se había preparado para recibir un regaño y un castigo de él.

Por su parte, Sour lo regañó, explicándole por qué no debía realizar actos de violencia dentro de la mansión, que eso podía ser perjudicial para la moral de los esclavos y cómo eso arruinaría la lealtad de estos hacia los amos de la casa.

Y como castigo, le prohibió salir de la casa hasta que estudiara todos los papiros sobre economía y comercio que había en la casa, informándole que debía aprender a manejar los negocios de la familia.

Luego de que Cilior se marchara, Sour hizo llamar a Asur, quien se presentó en el jardín, saludando cortésmente a su amo.

Sour notó un par de cambios en el niño: ya no era tan delgado, era un poco más alto, su cabello había crecido hasta su cuello, pero lo más distintivo era su rostro, aunque ya no tenía moretones, ciertas marcas aún podían ser reconocidas desde cerca.

—Asur, has crecido —dijo Sour, mirando atentamente al niño.

—Ha pasado mucho tiempo, amo, debe ser normal que me vea diferente —afirmó Asur con una sonrisa genuina en los labios.

—Ahora hablas y sonríes más seguido —dijo Sour, igualmente con una sonrisa.

—¿Quiere que hablemos del joven Cilior o de su viaje?

—preguntó Asur de forma directa.

—En eso sí no cambias, eres muy directo y atrevido.

Asur sonrió una vez más, tomando esas afirmaciones como un halago.

—Bien, entonces, te golpearon pero no hiciste nada para defenderte ni para vengarte, ¿por qué?

—preguntó Sour dirigiendo la mirada hacia Asur.

—Le diré lo mismo que le dije al joven Cilior —dijo Asur al levantar la cabeza y mirar a los ojos de Sour—.

No estoy en la posición de buscar venganza, recibir golpes es parte de mi deber como esclavo.

Cuando me ofrecí a ser su esclavo, sabía lo que estaba haciendo.

Sour no tardó en encontrar el significado en las palabras de Asur, pues en ellas había más de lo que cualquiera podía escuchar.

—Entonces, dices que si dejas de ser esclavo, ¿buscarás venganza?

Asur no supo qué responder, pues de manera inconsciente, sabía que era eso lo que en realidad decían sus palabras, aunque tampoco sentía ningún tipo de rencor; una parte de él no quería dejar esto así.

—¿Qué es esto, no puedes responder?

—preguntó Sour de forma retórica—.

Te diré algo, Asur: no importa cuánta gracia me hagan tus ocurrencias y cuánto me agrades —bajó la cabeza hasta la altura de Asur para estar frente a frente con él—.

Si tengo que elegir entre mis hijos y tú, elegiré a mis hijos.

Asur no mostró ni la más mínima emoción, solo asintió, esperando que su amo le diera alguna orden.

Sour volvió a sentarse cómodamente, siguió bebiendo vino por un rato hasta que finalmente decidió qué hacer con su esclavo.

—Me dijeron que tanto Cilior como Esther dejaron de llamarte para que les sirvas, eso quiere decir que has estado de holgazán —afirmó mientras tomaba otra copa de vino—.

Desde mañana trabajarás en el taller de herreros, los ayudarás con lo que puedas y aprenderás el oficio para que me sirvas en el futuro.

Con esta última orden, Asur se retiró, dejando a Sour solo en el jardín.

Ahora, libre de la preocupación por los asuntos de sus hijos, el comerciante decidió centrarse en su principal inquietud: la asistencia de Esther al cumpleaños de la princesa.

Para Sour, la nobleza y el gobierno en general eran personas con las que era mejor no involucrarse; los consideraba ratas que se alimentaban de tributos, que peleaban entre sí por un trozo de lo que llamaban poder.

A pesar de su posición como la persona más rica de la provincia, nunca aceptó ningún puesto que le ofrecieran, aunque esto significase nunca ser reconocido como noble.

Incluso, en el pasado le ofrecieron ser el ministro de economía en la provincia, pero Sour lo rechazó por su convicción de no querer relacionarse con la nobleza.

El solo hecho de imaginar a su hija teniendo que tolerar a las arpías que debía haber en esa fiesta le hizo preocuparse por cómo le habría ido.

Esther acudió al jardín y se sentó junto a su padre, empezando a conversar sobre el viaje de Sour, luego sobre los estudios de Esther y la travesura de tomar sus papiros, hasta que finalmente surgió el tema que preocupaba a Sour.

—¿Por qué fuiste a esa fiesta?

Podías decir que yo no estaba y enviar un regalo como disculpa —dijo Sour, abordando su duda inicial.

—Quería salir, relajarme un poco del estudio y hacer amigas —respondió Esther, actuando complaciente.

—Pero no era necesario que fueras ahí, podrías salir y conocer gente en el mercado.

No tenías por qué ir a esa fiesta, la gente ahí es mezquina, poco fiable y despreciable —replicaba Sour de forma exaltada.

—Tranquilo, papá, era una fiesta para señoritas como yo, solo convivimos y presentamos nuestros regalos.

—¿Señoritas?

¿Desde cuándo eres una señorita?

Yo veo a mi pequeña niña y nada más —dijo Sour, aún más exaltado.

—Pues te falla la vista, mírame bien, ya uso vestidos con escote y me maquillo —dijo Esther de forma juguetona.

Ambos se desviaron del tema y empezaron a discutir jugando por un tiempo, Sour afirmaba solo ver a su niña y Esther le recordaba que estaba creciendo.

En un momento, regresaron a su seria conversación.

—Ya en serio, Esther, aléjate de la familia real y de los nobles, ese es un ambiente peligroso, yo sé por qué te lo digo.

—Eso no será posible —dijo Esther con un ligero toque de nervios.

—¿Por qué no es posible?

—preguntó Sour intrigado.

—La princesa Siram me invitó al palacio mañana y…

ahora somos amigas.

Sour se quedó helado al escuchar que su hija ahora era amiga de una princesa.

Aunque no era algo malo, su idea de la nobleza lo hacía temer por la seguridad de su hija, aún más sabiendo que no podía prohibir esa amistad.

—Está bien, Esther, no hay nada que yo pueda hacer —dijo Sour, resignado—.

Pero por favor, trata de no ser muy cercana a la realeza.

—Lo intentaré —dijo Esther, desviando la mirada.

Luego de eso, padre e hija continuaron conversando sobre diversos temas: las flores, el clima, los estudios y el paso del tiempo.

Mientras padre e hija continuaban su conversación, ajenos a lo que sucedía más allá de las fronteras, donde la tranquilidad del reino se desgarró.

En la frontera sur, bajo un cielo teñido por el fulgor rojizo de las llamas, un ejército enemigo numeroso y brutal, proveniente del reino de Kipom, asaltaba sin piedad la ciudad fronteriza de Kaelin en la provincia de Egia.

El estruendo de los arietes contra las puertas y el clamor de miles de voces en guerra rompían el aire, mientras las catapultas lanzaban proyectiles incandescentes que convertían techos en infiernos y murallas en escombros.

La invasión no era solo un ataque, sino una declaración de guerra rotunda y sanguinaria, una afrenta directa, que el reino de Cicim no tardaría en responder con la furia de su propio poderío.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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