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Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia - Capítulo 12

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12: Líderes, Príncipes Y Rey 12: Líderes, Príncipes Y Rey La guerra había irrumpido en el Reino de Cicim con la furia de una tormenta ancestral.

La provincia de Egia se había convertido en el primer y sangriento campo de batalla, una cicatriz viva de la ambición y el resentimiento.

El agresor no era otro que el Reino de Kipom, una potencia endurecida por desiertos y montañas, cuyo odio hacia Cicim se remontaba a siglos de disputas y humillaciones pasadas.

Para Kipom, esta invasión era mucho más que una conquista: era una deuda largamente esperada, un acto de venganza por las tierras que consideraban suyas.

De hecho, la provincia de Egia y otras más al sur habían pertenecido a Kipom hacía apenas setenta años, un recuerdo amargo que impulsaba cada golpe.

Su motivación era clara: expandir su dominio sobre las ricas provincias del sur de Cicim, asegurar nuevas rutas comerciales y, sobre todo, humillar a su antiguo opresor, despojándolo de su orgullo y su riqueza.

Al frente de esta marea de acero marchaba el mismísimo Rey Ardum, un guerrero formidable y experimentado cuya habilidad con la lanza era legendaria en todo el continente, y que no dudaba en batallar en la primera línea junto a sus hombres.

Lo acompañaban sus hijos, los Príncipes Insam y Ogam, listos para forjar su propia leyenda en el fragor de la conquista.

El ejército de Kipom era un reflejo de su tierra y sus convicciones: numeroso, incansable y brutalmente disciplinado.

Sus ejércitos, forjados en incontables escaramuzas y campañas en sus tierras, estaban compuestas por hombres y mujeres acostumbrados a las privaciones y a la crueldad del combate.

Destacaban por armaduras pesadas, soldados experimentados, por su ferocidad en la carga y una determinación implacable.

Sus infanterías se movían como una ola imparable, sus arqueros lanzaban una lluvia constante de muerte y sus escasas pero potentes unidades de caballería eran expertas en flanquear y rematar.

Las ciudades, aldeas y minas caídas en Egia eran testimonio de su eficacia y su falta de piedad.

Esta guerra era la colisión de dos naciones, el eco de viejas heridas y el presagio de futuros conflictos que moldearían el destino de Cicim.

El primer rugido de guerra que respondió al inminente descaro de Kipom fue el General Román, un noble de abolengo y orgullo inquebrantable, que comandaba uno de los ejércitos de élite del reino.

A sus treinta y cinco años, Román se veía a sí mismo por encima del común de los hombres, una superioridad que su impecable figura y su cabello siempre bien recortado, incluso en campaña, parecían confirmar.

Su ejército de veintiún mil soldados, la flor y nata de la nobleza menor y hombres de “buenas familias” con apenas algunos plebeyos, era una fuerza de élite: mejor equipada, nutrida y atendida por un séquito de sirvientes que cualquier otra.

Fue Román, siempre altivo sobre su caballo, quien se topó de frente con la marea de acero del Reino de Kipom, un enemigo ancestral resurgido.

La invasión de Kaelin fue solo el preludio.

Ante la avalancha de Kipom, y con el tiempo justo para enviar el urgente mensaje al Rey Musem, Román no dudó en plantar cara.

Durante dos semanas interminables, su orgullo se convirtió en el ancla que retuvo al invasor.

Pese a no ser un espadachín legendario, su disciplina férrea y la cohesión de su ejército, forjado para el combate ordenado, lograron contener el avance de Kipom más allá de la provincia de Egia.

Fue una victoria pírrica para la tierra, que sufrió el brutal embate del enemigo, quedando devastada y marcada por las cicatrices de la guerra.

Sin embargo, la resistencia de Román otorgó a Cicim el tiempo vital para movilizarse, demostrando la capacidad de la nobleza para defender el reino, aunque a un costo altísimo para las tierras de los plebeyos.

Mientras la provincia de Egia sangraba bajo el asedio de Kipom, la resistencia del General Román, dio el tiempo vital para la llegada de más fuerzas defensoras.

Impulsada por la lealtad al reino más allá de las órdenes directas, la Coronel Irena, esposa del coloso Gilgag, marchó sin titubear hacia el conflicto.

Imponente con sus ciento noventa y seis centímetros de altura, su cabello rubio y corto, y un cuerpo fornido forjado en la batalla, Irena era una combatiente de espada larga formidable y de carácter dominante, una guerrera nata de origen humilde que personificaba el espíritu aguerrido de su unidad.

Sus seis mil soldados, una mezcla de hombres y mujeres armados principalmente con lanzas y armaduras de cuero, conformaban la vanguardia del ejército de Cicim; no eran los más ordenados, ni poseían los mejores escudos, pero su ferocidad y su disposición a tomar las misiones más peligrosas eran legendarias.

Irena fue la primera en llegar en apoyo a Román, uniéndose a la defensa de los pueblos y ciudades asediadas.

Y aunque luchaba hombro con hombro con las fuerzas del noble general, Irena mantenía su independencia, rechazando ponerse bajo sus órdenes directas hasta que más líderes supremos arribaran al campo de batalla.

Su presencia aportó una furia inquebrantable a las defensas, conteniendo las embestidas de Kipom con cargas temerarias.

Poco después, arribó desde las fronteras del suroeste la Capitana Serena, cuya destreza para las expediciones le había labrado una reputada carrera tras su pacto con el comerciante Sour.

Al enterarse de la guerra, Serena había marchado con su ejército de mil doscientos soldados, una fuerza ligera y recién reclutada, protegida por armaduras de cuero común, pero bien armada con espadas, lanzas, arcos y flechas.

Llegó como la tercera fuerza significativa al frente de Egia y, al igual que Irena, se unió a la resistencia junto a Román.

Sin embargo, Serena no buscó la confrontación directa; astuta, aprovechó la ligereza y rapidez de su ejército para lanzar incesantes escaramuzas contra grupos de avanzada y las guarniciones más dispersas de Kipom.

Sus ataques rápidos y sorpresivos, como picotazos constantes, hostigaban al enemigo, mermando sus suministros y desmoralizando sus flancos, demostrando que no toda la guerra se libraba en las líneas del frente.

Con la llegada de otros capitanes menores de diversa procedencia, el frente en Egia se consolidó, transformando una retirada desesperada en una defensa férrea que, aunque costosa, detuvo el ímpetu inicial de la invasión de Kipom.

El clamor de la guerra no tardó en convocar a las figuras más prominentes del reino, y entre ellas, el Príncipe Yem, de diecisiete años, irrumpió en el frente de Egia como un torbellino.

Apodado “el prodigio” por su excepcional destreza en los estudios y su maestría con todo tipo de armas, Yem era un joven de piel pálida, ojos dorados como el sol y pelo rojizo claro.

Su figura alta y delgada, pero marcada por músculos esculpidos, era protegida por una armadura de hierro fino, plateado y tan brillante que deslumbraba bajo el sol.

En sus manos empuñaba dos espadas de doble filo, mientras cabalgaba un caballo color canela clara, siempre al frente de su imponente fuerza.

El ejército de Yem, que había crecido de doce mil a unos treinta mil soldados con el estallido de la guerra, era una amalgama de hombres y mujeres curtidos en combate.

Aunque la mayoría portaba armaduras de cuero, lanzas y espadas cortas, una sección formidable de seis mil soldados lucía armaduras de bronce, y de estos, dos mil seiscientos iban equipados con grandes escudos de bronce.

Pero lo que verdaderamente destacaba era su caballería, la más grande del reino, con quinientos jinetes que prometían ser el azote de sus enemigos.

Procedente de su provincia al noroeste, el Príncipe Yem se sumergió directamente en el corazón del conflicto.

Con una serie de rápidas y decisivas maniobras, recuperó dos ciudades tomadas por Kipom, expulsando además a las guarniciones enemigas de aldeas, minas y villas al oeste de Egia.

Su ascenso en el campo de batalla fue meteórico, culminando en un enfrentamiento directo con el mismísimo príncipe heredero de Kipom, Insam, quien comandaba veintisiete mil soldados.

Con una mezcla de audacia táctica y habilidad marcial, Yem venció al heredero enemigo, logrando una victoria crucial que inclinó la balanza de la guerra a favor de Cicim y sembró el pánico en las filas de Kipom.

Sin embargo, la marea de la guerra era caprichosa.

Poco después de su resonante victoria, el Príncipe Yem se vio obligado a enfrentar al formidable General Mireo de Kipom.

A pesar de su genio militar, la abrumadora ventaja numérica del enemigo obligó al joven príncipe a una retirada estratégica, sacrificando terreno para preservar a sus fuerzas.

Esta acción, aunque un revés, equilibró una vez más la balanza del conflicto, dejando claro que, a pesar del “prodigio” de Yem, la guerra contra Kipom sería larga y sangrienta, con ambos bandos probando su valía y forjando sus leyendas en el fragor de la batalla.

Dos meses de guerra habían pasado, y el conflicto en Egia se había estancado en una brutal defensa.

Fue entonces cuando el frente tembló con la llegada del General Kingo, el “Comandante Supremo en campaña”, una figura que encarnaba la fuerza indomable.

Kingo, un hombre alto de gran peso y piel morena, con una barba abundante que enmarcaba una mirada perpetuamente distante, era conocido como “El Toro”.

Su linaje, trágicamente militar, había sido aniquilado por las fuerzas de Cicim en una guerra pasada que anexionó su provincia de origen, un detalle que añadía una capa de fría determinación a su persona.

Equipado con una armadura de bronce y un casco adornado con cuernos de toro, prefería la violencia sin rodeos del combate directo a las “aburridas tácticas”.

Kingo no llegó solo.

A su lado marchaban otros líderes militares, capitanes, coroneles y coroneles superiores, todos bajo sus órdenes directas, y entre ellos, su leal seguidor, Pasur.

El ejército bajo su mando sumaba la impresionante cifra de ochenta y seis mil soldados.

Sus tropas, equipadas con todo tipo de armas, la mayoría con armaduras de cuero y solo unos pocos con bronce, se movían con una lentitud deliberada, conservando su energía para el choque.

Su caballería, trescientos cuarenta jinetes, estaba reservada para la única misión que Kingo consideraba digna de ella: la implacable persecución de los vencidos.

Con Kingo al frente, la guerra entró en una nueva y sangrienta fase.

“El Toro” no tardó en buscar la confrontación decisiva.

Se enfrentó en campo abierto al mismísimo Rey Ardum de Kipom, cuyo ejército completo, aunque “solo” de setenta y cinco mil, estaba compuesto por tropas formidablemente armadas y entrenadas.

En un choque monumental que convirtió el campo de batalla en una carnicería, Kingo y sus hombres lograron mantener a raya al monarca enemigo, infligiendo golpes devastadores.

Dos de los capitanes de Kipom cayeron bajo el ímpetu de las fuerzas de Kingo en la primer batalla, aunque la victoria no fue sin un alto precio, cobrándose la vida de un valioso coronel superior de Cicim.

Este colosal enfrentamiento no resolvió la guerra, sino que la prolongó, estableciendo un brutal juego de retrocede y avanza con continuos choques a campo abierto, donde ambos bandos sufrían pérdidas significativas, pero ninguno lograba una ventaja decisiva.

La indomable fuerza de Kingo había convertido la invasión en un punto muerto sangriento, un presagio de la tenacidad y el costo que implicaría cualquier futuro enfrentamiento con él.

Tras cuatro meses de combates, justo cuando la guerra amenazaba con estancarse en una interminable carnicería, una nueva fuerza irrumpió en el frente sur.

Desde lo más recóndito del norte, desde la provincia de Barclei, marcharon juntos el Príncipe Murem y el Coronel Gilgag.

Murem, el primer príncipe, ahora de dieciocho años, comandaba un formidable ejército de quince mil soldados reclutados únicamente en su provincia, una fuerza bien armada, equipada y suministrada.

Junto a él, el coloso Gilgag lideraba otro ejército de ocho mil soldados aguerridos, leales a su figura y listos para la vanguardia.

El Príncipe Murem, conocido ya como “el genio de la lanza”, cabalgaba su imponente caballo con su armadura de bronce pulida cubriendo sus fuertes músculos.

Su arma, una lanza larga bañada en oro, se alzaba como un símbolo de su maestría.

Bajo su mando no solo tenía una poderosa infantería y unos cientos cincuenta caballos, sino también la más impresionante concentración de arqueros del reino: ocho mil, cuya puntería era letal.

A su lado, el gigantesco Gilgag, de doscientos setenta centímetros de altura, era una visión asombrosa.

Iba montado en un carro de guerra hecho a medida, tirado por ocho caballos, y empuñaba un hacha enorme de doble filo, tan pesada que solo tres hombres ordinarios podrían cargarla, pero que él sostenía con una mano como si fuera una rama.

Sus ocho mil guerreros eran tan feroces como él, luchando con hachas y lanzas, siempre dispuestos a encabezar la carga.

La primera hazaña de esta formidable dupla no tardó en llegar.

Con una determinación inquebrantable, Gilgag se puso bajo el mando del General Kingo y cargó en primera línea contra la guardia de élite del mismísimo Rey Ardum de Kipom.

En una demostración de poderío abrumador, el coloso venció y mató al príncipe heredero de Kipom, Insam (aquel que Yem había derrotado pero perdonado antes), y a su hermano, el príncipe Ogam, asestando un golpe devastador a la línea de sucesión enemiga.

En batallas posteriores, la leyenda de Gilgag creció aún más al enfrentarse y derrotar simultáneamente a dos gigantes de Kipom, ambos de menor altura que él, demostrando su suprema habilidad en el combate singular.

Mientras tanto, el Príncipe Murem se lanzó a la acción, también enfrentando a la guardia más selecta de Kipom, cuyas filas fueron abatidas sin cesar por los siete mil arqueros del príncipe.

En un duelo legendario que se libró en el corazón de la batalla, el “genio de la lanza” logró tener un choque directo con el Rey Ardum de Kipom, “el rey de la lanza”.

En ese combate feroz, Murem consiguió lo impensable: hirió al monarca de Kipom, una derrota tan humillante para el rey que obligó al ejército invasor a una retirada masiva.

En otro sector de la provincia, el Príncipe Yem, aún lidiando con el General Mireo de Kipom, solo pudo conseguir una victoria pírrica antes de que Mireo se retirara para unirse con su rey, ahora herido.

Parecía la victoria definitiva para el reino de Cicim, un triunfo rotundo que pondría fin a la guerra.

Sin embargo, la esperanza de una paz inminente se desvaneció.

Las noticias de la retirada de Kipom fueron seguidas por informes de masivos refuerzos enemigos que llegaban al frente, aumentando drásticamente sus números y reviviendo el conflicto.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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