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Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia - Capítulo 13

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  4. Capítulo 13 - 13 El Poderío De Cicim
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13: El Poderío De Cicim 13: El Poderío De Cicim Seis meses habían transcurrido desde aquel monumental choque que hirió al Rey Ardum de Kipom y trajo refuerzos a su exhausto ejército.

Las espadas se habían callado, no por la paz, sino por el agotamiento.

La tierra de Egia, ya un vasto cementerio, respiraba ahora un aire denso con el olor a hollín y la podredumbre de lo que había sido.

El ejército de Kipom, antes una marea imparable, se encontraba desmoralizado, sus números mermados por el implacable aguante de Cicim y la brutalidad de las bajas infligidas por Murem y Gilgag.

La estrategia del invasor había virado drásticamente: de la conquista sin cuartel a una defensa desesperada.

Su único objetivo ahora era conservar lo ya conquistado de Egia.

El Rey Ardum, aún convaleciente de la herida infligida por la lanza de Murem, se había retirado a la ciudad tomada de Kaelin, la cual servía como su principal bastión y base de operaciones.

Los refuerzos de Kipom, aunque significativos en número, no se lanzaban a la ofensiva; en su lugar, se mantenían dispersos como grandes guarniciones en las ciudades y pueblos que Kipom había logrado asegurar.

La guerra, por tanto, había mutado.

Las batallas a gran escala se habían desvanecido, dando paso a una miríada de escaramuzas y choques constantes entre ejércitos de capitanes.

Estos encuentros menores, aunque no menos sangrientos, se libraban en un intento implacable por recuperar cada pueblo y villa que había caído, mientras las principales ciudades tomadas permanecían fortificadas y bajo la férrea bota de Kipom.

A la par de este estancamiento militar, la diplomacia intentaba abrirse paso.

Negociaciones habían iniciado, y el Reino de Kipom, mostrando una inusual disposición a ceder, prometía poner fin a la guerra si se les permitía conservar las ciudades ya conquistadas.

El Reino de Cicim, por su parte, aguardaba con tensa expectativa la respuesta de su Rey, Musem, desde la capital.

La pausa era solo aparente; en la retaguardia, se planeaban nuevas estrategias, se fortificaban sus propias ciudades y se mantenían activas las campañas de reclutamiento para reponer las inmensas pérdidas humanas, sabiendo que, sea cual sea la decisión real, el conflicto aún no había dicho su última palabra.

En el corazón de un campamento militar, lejos del fragor de las escaramuzas diarias, al menos por un instante.

En la calidez de una tienda el coloso Gilgag, cuya estatura empequeñecía el espacio, yacía en los brazos de su esposa, la Coronel Irena.

Con su estatura igual prominente, ella no era menos imponente; su cuerpo fornido entrelazado con el de su gigante.

La luz tenue del fuego de una pequeña hoguera cercana danzaba sobre sus pieles desnudas, revelando la musculatura definida de ambos.

Con su carácter dominante, Irena se erguía ligeramente sobre él, sus piernas fuertes sometiendo con amor al hombre más fuerte del reino.

Sus ojos oscuros, rebosantes de deseo y afecto mutuo, se clavaron en los de Gilgag, En un acto de profunda intimidad, un refugio de pasión y amor.

No muy lejos, en una sección más abierta del campamento, dos figuras se movían con una agilidad deslumbrante, sus armas sin filo chocando en una danza rítmica.

Eran los hermanos príncipes, Murem y Yem, en un duelo amistoso que servía tanto de ejercicio como de entretenimiento.

Murem, el genio de la lanza, se movía con gracia y poder, pero Yem, el prodigio de diecisiete años, respondía a cada embate con una velocidad y una intuición asombrosas.

El sonido de sus armas resonaba en el aire mientras sus movimientos se entrelazaban, un ballet de habilidad y respeto mutuo.

Finalmente, con un último movimiento fluido, Yem desarmó a su hermano mayor.

Murem, con una sonrisa sincera y un suspiro de resignación, extendió la mano hacia Yem: —«Nunca podré vencerte en un uno a uno, mi pequeño prodigio»— Admitió Murem, con una mezcla de frustración y orgullo evidente, reconociendo la inigualable destreza de su hermano.

Semanas después, la espera de Cicim terminó de la manera más brutal.

La respuesta del Rey Musem llegó desde la capital, fría y concisa: «No a la propuesta de Kipom.» El reino no cedería ni una pulgada de su territorio.

Sin embargo, la astucia del Rey Ardum de Kipom se había anticipado a esta negativa.

Antes de que la noticia oficial pudiera siquiera llegar a los generales de Cicim en el frente, Ardum ya había movilizado a su ejército.

Con una rapidez letal, lanzó un ataque sorpresivo contra un gran campamento militar de Cicim que albergaba a cuarenta mil soldados.

La carnicería fue instantánea y sin piedad.

El ataque relámpago de Kipom dejó miles de muertos entre las filas de Cicim, y se llevaron consigo a numerosos prisioneros.

En el caos y la brutalidad de la emboscada, el reino perdió a tres valiosos capitanes, un coronel, y a la Coronel Superior Rakar, una figura prometedora que estaba a punto de ser ascendida a general.

La pausa había terminado.

Las hostilidades se reiniciaban con una ferocidad renovada, y la guerra amenazaba con devorar aún más vidas.

En medio del caos y la incertidumbre que siguió al brutal ataque de Kipom, una mente fría y calculadora ya se movía con una visión diferente.

El Coronel Superior Pasur, un joven de solo treinta años, una figura atípica en el brutal campo de batalla.

De piel clara y pelo oscuro, con una belleza casi femenina.

Pasur era descendiente de una familia noble e influyente; su padre, ministro de infraestructura, y su hermana, esposa de un funcionario de la capital, lo anclaban a las élites del reino.

Sin embargo, su verdadera esencia residía en su mente: despiadado, pragmático y profundamente religioso, Pasur se veía a sí mismo como un salvador o purificador de pecados, un instrumento de la diosa del combate, Guerra.

Más estratega que guerrero, sus grandes estudios lo convertían en un invaluable apoyo para otros líderes.

Su ejército de quince mil soldados, con armaduras de cuero, empuñaba lanzas y espadas cortas.

Su fortaleza radicaba en los asedios y la defensa de ciudades.

Compuesto mayormente por infantería, arqueros y artilleros, y notablemente carente de caballería, su fuerza era una unidad bien estructurada y organizada, con una disciplina férrea cimentada en la devoción religiosa de la mayoría de sus soldados a la diosa Guerra.

Durante toda la guerra, el deber de su ejército había sido el de operar en la retaguardia, cubriendo las cruciales retiradas del General Kingo.

Durante los seis meses de pausa en la guerra, su capacidad logística fue indispensable, encargándose de la intendencia y de la guarnición de las ciudades de Cicim más cercanas a los ejércitos de Kipom.

Fue Pasur el primero en notar la fatídica movilización del Rey Ardum, la señal inequívoca del reinicio de las hostilidades a gran escala.

Pero en lugar de marchar para unirse a los otros líderes de Cicim en la defensa, Pasur tomó una decisión audaz y arriesgada.

Consciente de que el ejército principal de Kipom se había movilizado para atacar el campamento de Cicim, decidió adentrarse en los territorios ya tomados por Kipom.

Su objetivo: aprovechar la poca guarnición dejada en estas zonas para recuperar terreno y asestar un golpe indirecto.

Con solo trece mil soldados tras las bajas sufridas en combates anteriores, Pasur dividió a su ejército con precisión quirúrgica.

Envió a cinco mil soldados a asediar una ciudad y a otros cinco mil para asediar una segunda ciudad, ambas de valor logístico y de almacenamiento para Kipom, y con guarniciones debilitadas.

Él se quedó con los restantes tres mil soldados, a quienes subdividió en grupos aún más pequeños, desplegándolos estratégicamente para intervenir y cortar todos los caminos desde donde el enemigo pudiera enviar informes o solicitar refuerzos.

De esta manera, Pasur cortó la línea de suministros de Kipom y aisló sus fuerzas, ejecutando una maniobra maestra sin que nadie, ni sus propios aliados, supieran lo que estaba haciendo en las sombras del conflicto.

Al mismo tiempo, el frente principal de la guerra se encendía con una violencia renovada.

El Rey Ardum de Kipom, ansioso por vengar su humillación y las vidas de sus hijos, Insam y Ogam, junto al General Mireo, lanzaron una ofensiva coordinada, cada uno avanzando en direcciones distintas con sus imponentes ejércitos.

La furia de Kipom se desató y en un meses, cuatro ciudades y sus pueblos circundantes cayeron bajo su yugo, saqueadas sin piedad.

La marea de la venganza de Ardum lo llevó directamente hacia donde se habían reagrupado los líderes de Cicim.

El destino quiso que el Rey de Kipom se encontrara de frente con el Príncipe Yem, el General Román, la Coronel Irena y el coloso coronel Gilgag.

Se desplegó una batalla estratégica de proporciones titánicas, con el Rey Ardum en clara superioridad numérica, pero con la motivación ardiente de vengarse de Gilgag, el hombre que le había arrebatado a sus dos hijos.

A la vanguardia, la Coronel Irena y el gigante Gilgag lideraron la carga.

Sus ejércitos de soldados casi salvajes, menos disciplinados pero fieros hasta la médula, chocaron con la primera línea de Kipom, abriendo brechas con una brutalidad sin parangón.

Gilgag, blandiendo su hacha descomunal, era una fuerza destructora, e Irena, con su espada larga, una danza mortal de acero y furia.

Mientras tanto, el General Román dirigía con precisión la carga del flanco derecho, sus disciplinadas tropas impactando contra el ejército del rey Ardum, buscando desestabilizar sus formaciones.

En el flanco izquierdo, el Príncipe Yem, el prodigio, maniobraba con su ejército, lanzando a su caballería en hostigamientos constantes, picoteando los flancos enemigos y sembrando el caos con cargas rápidas y retiradas audaces.

Sin embargo, a pesar de la bravura y la habilidad de los líderes de Cicim, el peso de la superioridad numérica y la tenacidad de los bravos guerreros de Kipom se impuso gradualmente.

Las líneas de Cicim, aunque resistentes, comenzaron a ceder.

La retirada se hizo inevitable.

Román dio la orden, y las fuerzas de Cicim se replegaron de manera organizada, cediendo terreno pero preservando sus fuerzas.

La victoria, no obstante, fue agridulce para el Rey Ardum.

Aunque sus fuerzas habían prevalecido y empujado a Cicim a retirarse, el avance del rey se vio frenado drásticamente.

El destrozo que Gilgag e Irena, los esposos colosales y sus ejércitos casi salvajes, habían dejado en sus líneas era catastrófico.

Cientos de sus mejores guerreros yacían vivos pero con heridas profundas, y la moral de sus tropas, aunque victoriosas, estaba mermada por el salvajismo de la vanguardia de Cicim.

La suya fue una victoria pírrica, un triunfo obtenido a un costo tan desmesurado que se sintió casi como una derrota, dejando a Kipom exhausto y su Rey frustrado en su intento de venganza total.

Pero, también en ese mismo instante, otro choque de titanes tenía lugar al oeste de Egia.

El General Mireo de Kipom se encontró de frente con un ejército de Cicim que lo esperaba en un bosque, una fuerza combinada liderada por el implacable Kingo y el astuto Príncipe Murem.

Junto a ellos, dos capitanes con sus pequeños ejércitos y un coronel recién llegado del oeste, enviado por el General Oren para reforzar las defensas de Cicim..

Ambos ejércitos, con una igualdad numérica tensa, se adentraron en la espesura del bosque.

Kingo, fiel a su estilo, se lanzó a la vanguardia, su fuerza bruta y su hacha descomunal abriendo brechas en las líneas enemigas.

Los dos capitanes, con sus ligeros ejércitos de dos mil quinientos soldados cada uno, hostigaban los flancos de Mireo, distrayendo su atención y estirando sus defensas.

Mientras tanto, Murem y el coronel, cada uno al mando de cinco mil soldados, maniobraban sigilosamente para rodear al enemigo y atacar por la retaguardia.

Sin embargo, la experiencia de Mireo le alertó sobre la trampa.

Previendo un ataque por la retaguardia, había apostado a dos de sus oficiales más leales con una fuerza considerable.

Estos, al detectar el movimiento de Murem y el coronel, formaron un muro de escudos impenetrable, frustrando el intento de rodearlos.

Pero Murem tenía un as bajo la manga.

Sus disciplinados arqueros, ocultos entre los árboles, desataron una lluvia de flechas, sembrando el caos y la confusión entre las filas de Kipom.

Mireo, consciente de que la situación se deterioraba rápidamente, ordenó una retirada estratégica, sacrificando a un gran número de sus soldados para ganar tiempo.

Sabía que Kingo, impulsivo y sediento de batalla, lo perseguiría sin dudarlo, incluso ante la negativa del más cauteloso Príncipe Murem.

La trampa de Mireo se reveló en un campo abierto, donde un oficial del ejército personal del Rey Ardum, que había ido con Mireo como apoyo, lo esperaba con dos mil soldados de élite.

En una emboscada repentina, la batalla se inclinó a favor de Kipom, atrapando a Kingo en una situación desesperada.

La marea cambió con la llegada oportuna del Príncipe Murem.

Doscientos de sus arqueros, montados a caballo, atacaron con una velocidad y una precisión aterradoras, causando pánico y desorden en las líneas enemigas.

Finalmente, el resto del ejército de Murem, con sus arqueros a pie, flanqueo a las tropas del rey bajo el mando de Mireo, obligándolo a una retirada definitiva con apenas la mitad de su ejército original.

Cicim había ganado la batalla, pero a un alto precio.

Los dos capitanes y un gran número de los soldados de Kingo yacían muertos en el campo, un recordatorio sombrío de la brutalidad y el costo de la guerra.

El Rey Ardum y el General Mireo, con sus ejércitos visiblemente mermados por las recientes y costosas batallas, se reencontraron a las afueras de una ciudad de Cicim que aún Kipom controlaba.

La frustración y el agotamiento eran palpables.

Una discusión acalorada estalló: Mireo, pragmático, insistía en reconocer la derrota y retirarse, mientras el Rey Ardum, aferrado a su orgullo y sed de venganza, clamaba por continuar la lucha.

En medio de su disputa, la dura realidad los golpeó: los suministros del ejército no habían estado llegando desde hacía tres meses, desde el inicio de su contraofensiva.

Hasta ese momento, habían sobrevivido gracias a los saqueos, lo que les había impedido notar la interrupción.

Pero no tuvieron tiempo para ponderar la situación.

Una noticia urgente les llegó: los líderes de Cicim estaban marchando hacia ellos.

La tensión se disparó.

Rápidamente, comenzaron los preparativos para el inminente choque.

Mireo abogaba por una retirada estratégica, pero el rey se impuso.

Enfrentar a sus enemigos a campo abierto, en una pradera casi desértica, era la única opción que veían viable.

Encerrarse en la ciudad sin suministros, bajo un asedio, sería una derrota segura e ignominiosa.

Mientras tanto, en la retaguardia enemiga, el Coronel Superior Pasur culminaba su tarea auto impuesta.

Tras tres meses de cortar metódicamente las comunicaciones y los suministros de Kipom, su audaz estrategia rindió frutos inesperados.

No fue una batalla sangrienta lo que le dio la victoria, sino una brillante maniobra diplomática.

Las guarniciones de Kipom, aisladas y sin esperanzas de refuerzos, fueron sorprendidas por una revuelta masiva de los habitantes de las dos ciudades sitiadas por Pasur.

Los civiles, cansados del yugo invasor y viendo una oportunidad, se alzaron, demostrando su inquebrantable lealtad a Cicim.

Como un ejemplo contundente para cualquier futura sublevación, Pasur ordenó la ejecución de todos los soldados de la guarnición de Kipom, un total de tres mil setecientos hombres.

Con las ciudades recuperadas y varios pueblos liberados gracias a las revueltas populares, Pasur pudo marchar con su ejército completo de trece mil soldados, sin haber sufrido una sola baja, listo para unirse al enfrentamiento final.

Dos semanas después de la tensa reunión de Ardum y Mireo, en la pradera casi desértica que habían elegido, el último ejército de Kipom en Cicim se topó con los defensores del reino.

Las fuerzas de Cicim, al mando de Kingo, Murem, Yem, Román, Gilgag, Irena (quien, discreta, ya llevaba tres meses de embarazo) y la Capitana Serena, se preparaban para el golpe final.

La diferencia numérica era abrumadora: cuarenta y un mil soldados para Kipom contra cincuenta y tres mil para Cicim.

La batalla final comenzó con la furia de un vendaval.

Gilgag y Kingo, las moles imparables, compartían el frente, arremetiendo contra las líneas de Kipom con una fuerza brutal.

Sus golpes resonaban como martillos sobre la piedra.

En los flancos, Román e Irena dirigían con maestría sus propias embestidas, presionando a los ejércitos enemigos y buscando fracturar sus formaciones.

Mientras tanto, Murem y Yem, con sus ejércitos más ágiles, intentaban una maniobra de flanqueo amplio, buscando rodear al enemigo y atacar por la retaguardia, con la esperanza de decidir el curso de la batalla.

El Rey Ardum y Mireo lucharon con la desesperación de quienes saben que cada golpe podría ser el último.

Las tropas de Kipom, aunque superadas en número y con la moral baja, aguantaron como muros de piedra la ofensiva implacable de Gilgag y Kingo.

Sin embargo, sus flancos, bajo la presión constante de Román e Irena, iban perdiendo fuerza poco a poco.

Mireo, en el frente, luchaba denodadamente, intentando mantener la moral de sus hombres frente a la furia combinada de Kingo y Gilgag.

Finalmente, el cerco de Murem y Yem se completó.

Su llegada a la retaguardia del Rey Ardum fue el punto de inflexión.

El rey, al ver la silueta de los príncipes y sus ejércitos, dirigió a su tropa de élite, la flor y nata de Kipom, en una formación impenetrable.

Su táctica funcionó.

Los ejércitos de los príncipes, aunque hábiles, no podían romper la barrera de esos “élites de élites” forjados en mil batallas.

Pero las horas de combate pasaron, y el Rey Ardum, con la sabiduría de un veterano, se dio cuenta de que no ganaría.

Con un tono resonante gritó: —«¡CÍRCULO!»— Y sus élites formaron una defensa cerrada, dejando un pequeño espacio a su alrededor.

En un acto audaz y calculado, permitieron que los Príncipes Yem y Murem, a caballo, entraran solos en el espacio dejado.

Sin dudarlo, los hermanos se lanzaron sobre el carro de combate del Rey Ardum, iniciando un duelo a dos contra uno.

El rey demostró hasta el último aliento por qué era reconocido en todo el continente.

Con una ferocidad inaudita, hirió a ambos príncipes en el pecho y el rostro, pero el esfuerzo fue inútil.

Un ataque certero de Murem lo hirió en la pierna, y Yem, aprovechando el instante de debilidad, clavó su espada en el vientre del rey.

El Rey Ardum de Kipom cayó muerto de su carro, y su ejército, al ver la caída de su monarca, rompió filas y se retiró en desbandada.

Mireo, que en su propio y encarnizado duelo había logrado herir a Kingo, vio a su rey morir.

Sin más esperanzas, ordenó la retirada definitiva de sus diezmadas fuerzas.

La guerra había terminado.

Cicim había ganado.

Tiempo después durante la retirada de Mireo con su ejército diezmado, de penas siete mil soldados sobrevivientes siguiéndolo, el resto muertos, prisioneros o desertores, se topó de bruces con la vanguardia de Pasur.

El Coronel Superior, aprovechando su condición de superioridad numérica y moral, lanzó un ataque fulminante.

Capturó a dos mil soldados más y abatió a otros tres mil.

Mireo, desesperado, logró escapar por muy poco con la figura de Pasur tras él en la distancia.

El General de Kipom había perdido casi todo, pero aún vivía.

Un día, sin duda, volvería para enfrentar de nuevo a Cicim.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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