Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia - Capítulo 14
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- Capítulo 14 - 14 Caras De La Gloria
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14: Caras De La Gloria 14: Caras De La Gloria El sol de la provincia de Barclei caía a plomo, denso y caliente.
En la fragua de la mansión de Sour, el aire olía a metal quemado y a carbón, un aroma que se adhería a la piel.
Asur, un muchacho de doce años, hacía girar con fuerza un gigantesco fuelle de cuero, alimentando el corazón de la forja.
Su cuerpo, aunque aún delgado, había ganado estatura y una fuerza notable; sus brazos lucían definidos y sus manos estaban encallecidas por el trabajo.
El pelo oscuro y brillante, recogido en una cola de caballo, se le pegaba a la nuca, empapada en sudor.
El crepitar de la madera, el siseo del metal y el tintineo de los martillos eran la única música que necesitaba.
Aunque aún no se le permitía forjar armas o herramientas, se había convertido en un aprendiz invaluable, dominando el arte de la fundición y el manejo de los hornos.
Se movía con la destreza de un operario experimentado, ignorando el sofocante calor.
Para él, cada gota de sudor era un precio justo por el privilegio de un trabajo que lo absorbía por completo, un reto personal que sentía como propio.
En su mundo de fuego y metal, solo había una distracción que valía la pena: la voz de la señorita Esther, un llamado que ocasionalmente rompía la monotonía de su trabajo.
Cuando oía su voz, Asur sabía que el yunque y el martillo podían esperar.
Ella le traía noticias del palacio del príncipe, relatos de una guerra ya terminada, pero que seguía resonando en las hazañas de sus líderes y en las complejas negociaciones que le siguieron.
Noticias que Esther escuchaba de su nueva amiga, la princesa Siram, y que Asur, sin saberlo, absorbía con el intelecto de un futuro líder.
Ese mismo día, el aire de la tarde estaba impregnado del calor residual de los hornos.
El tintineo rítmico de los martillos había dado paso a un silencio relativo.
En ese instante, la voz de Esther rompió la calma, un llamado claro y suave que llegaba desde el otro lado del patio.
Asur, sin dudar, se detuvo, dejando su trabajo a medias.
Se limpió el hollín y el sudor del rostro y los brazos con un trapo.
Mientras corría hacia la habitación de su ama, repasaba en su mente las noticias de la guerra que ella le había contado: la defensa de Román, el ataque de Yem, la brutalidad de Kingo y la estrategia de Murem, Gilgag y Pasur.
Al llegar, la puerta de la habitación de Esther estaba entreabierta.
Una tenue luz dorada se filtraba desde el interior.
Asur se asomó, encontrando a la muchacha sentada en su cama, absorta en la lectura de un papiro.
A sus catorce años, su rostro mantenía una seriedad elegante, enmarcado por una cascada de pelo oscuro y brillante.
Su figura, delgada y esbelta, estaba envuelta en un vestido blanco de lino.
A diferencia de él, que vestía una simple túnica marrón.
Esther levantó la vista de su lectura.
Sus ojos dorados se encontraron con los de Asur, y una suave sonrisa se dibujó en sus labios.
Le hizo una seña para que entrara.
—Señorita, buenas tardes, ¿hay más cosas sobre la guerra?
—preguntó Asur.
Su tono era respetuoso, pero había un brillo de anticipación en sus ojos.
Esther cerró el papiro.
—La guerra terminó hace más de un año, Asur.
No hay mucho más que contar.
La decepción fue visible en el rostro de Asur, que inconscientemente hizo un pequeño gesto con la boca.
Al notarlo, Esther sonrió con sinceridad.
Sabía que la sed de conocimiento de Asur era insaciable.
—Mira ahí —dijo, señalando una caja de madera en el suelo, desbordante de papiros—.
Hice tantas preguntas sobre la guerra en el palacio que la princesa Siram, pensando que me interesaba el tema, pidió a los escribas que me hicieran copias de los informes y registros oficiales.
Asur se arrodilló al instante.
Con manos temblorosas, revisó los rollos.
Su rostro se iluminó con una emoción que pocas veces mostraba.
—¡Son copias de los registros del palacio!
¡Son informes oficiales!
—exclamó, su voz llena de una excitación casi infantil.
—Sí, me los entregaron —Esther asintió, conmovida por la reacción genuina de Asur—.
Pero como yo hice las preguntas para ti…
supongo que son más tuyos que míos.
Asur se giró, con los ojos brillando.
Se inclinó en el suelo, su frente tocando la fría piedra en una muestra de extrema gratitud.
—¡Gracias, señorita, me hace muy feliz!
—susurró, con una solemnidad que desbordaba el momento.
Esther reaccionó con una ligera alarma.
—No hagas eso, Asur.
Inclinarse de esa forma es solo para los reyes.
Si alguien te viera, te cortarían la cabeza…
y a mí me arrestarían.
—Pero nadie me vio.
Si nadie me ve, es el crimen perfecto —replicó Asur, levantándose con una sonrisa pícara, un destello de su naturaleza calculadora.
Con un movimiento fluido, Asur tomó la gran caja de madera.
A pesar de su tamaño y peso, la cargó sobre su hombro con una facilidad sorprendente.
—Gracias, señorita.
Se los devuelvo cuando termine —dijo Asur antes de irse.
Esther asintió, aún sorprendida por la fuerza de Asur.
Se quedó en la puerta, observándolo alejarse, notando cuán rápido había crecido el esclavo que una vez había sido un niño.
Asur, con la caja a cuestas, guardó los preciados papiros en la pequeña habitación de los esclavos y luego regresó a la fragua, sus tareas diarias ahora acompañadas de la promesa de un nuevo y fascinante conocimiento.
Con el anochecer, la mansión de Sour bullía con rumores.
Los esclavos susurraban sobre la llegada de un nuevo amo, Sarier, el hijo mayor de Sour, un oficial de veinticinco años que había servido bajo el mando del coronel superior Rakar.
La noticia causó una mezcla de temor e incertidumbre.
Para Asur, sin embargo, Sarier no era una amenaza, sino una fuente de conocimiento.
La idea de tener a otro militar en la mansión, aparte del exsoldado Osel, lo llenaba de una curiosidad genuina.
Asur no podía esperar a que llegara.
Ya entrada la noche, cuando el silencio del sueño se había apoderado de la casa, Asur se acurrucó en un rincón de la habitación de los esclavos, envuelto en una frazada.
La única luz que lo acompañaba era un delgado rayo de luna que se filtraba por una pequeña ventana.
Con ese tenue resplandor, Asur se sumergió en los papiros.
Leyó con la intensidad de un erudito, sus ojos dorados recorriendo cada línea.
Confirmó los ascensos de Gilgag, Irena y Pasur.
Vio el nombre de la capitana Serena, ahora coronel, por sus contribuciones en la guerra, algo que le resonó por su conexión con Sour.
Pero lo que realmente capturó su atención fueron los detalles que los rumores nunca contaron.
Los papiros hablaban de una Egia devastada, con pueblos arrasados y ciudades con la mitad de su población.
Leyó sobre la desesperación de sus habitantes, obligados a emigrar y a formar grandes bandas de bandidos.
Descubrió cómo los soldados desertores de Kipom, sin líderes que los guiaran, se habían refugiado en los bosques, formando ejércitos de bandidos que ahora aterrorizaban lo que quedaba de Egia.
Luego, la información se centró en Kipom.
Con la derrota, el reino se había sumido en un caos.
Los papiros relataban cómo el reino había quedado en bancarrota y cómo se había desatado una guerra de sucesión por el trono.
Un príncipe envenenado, una princesa asesinada y, finalmente, la coronación de Igom, el príncipe más joven, de solo dieciséis años, protegido por sus propios militares.
Un papiro en particular captó su atención, una historia sobre el Coronel Superior Gilgag y su esposa, la Coronel Superior Irena.
Leía cómo Irena había luchado en las últimas batallas contra Kipom ocultando su embarazo y cómo, al dar a luz en la capital, había tenido un hijo.
La historia en sí no le interesaba, pero un pasaje lo dejó perplejo: «La gloria de Irena y Gilgag, en esta guerra, no era solo suya, pues ese fruto de la unión de dos guerreros feroces fue concebido en un campamento militar, presenció batallas desde el vientre, ahí mismo junto a su madre desafió a la muerte y, sin ver la luz del día, estuvo presente en la caída de un rey.
Ese niño al nacer tenía la gloria de sus padres en sus manos».
Asur se quedó petrificado, las palabras resonando en su mente.
¿Un no nato había conseguido gloria?
La idea era fascinante.
Inmediatamente, su mente calculadora empezó a analizar el hecho.
La gloria del niño no provenía de una acción heroica, sino de la supervivencia.
Había superado una prueba inmensa al sobrevivir tres meses en el vientre materno en los brutales campos de batalla.
La gloria, concluyó, no era solo algo que se ganaba, sino algo que se obtenía por superar lo imposible.
El cansancio de la jornada finalmente lo venció.
Con la revelación de que la gloria podía ser inherente a la supervivencia, Asur se quedó dormido, los papiros en el regazo, soñando con un nuevo amanecer y con las infinitas formas en las que la gloria podía ser alcanzada.
Seis semanas después, los rumores en la mansión de Sour se hicieron realidad.
El hijo mayor, Sarier, llegó a la casa paterna, y su llegada no pasó desapercibida.
El joven de veinticinco años era una versión más joven de su padre: alto, de piel clara y ojos oscuros, con un distintivo pelo y barba cortos de color rojizo.
Sin embargo, a diferencia de su padre, su rostro era una máscara de inexpresividad.
Cuando Sarier descendió del carruaje, los esclavos se apresuraron a tomar su equipaje.
Sour se acercó con los brazos abiertos para darle la bienvenida, pero la ilusión se disipó al instante.
El olor a vino rancio era inconfundible.
Sarier se tambaleaba ligeramente y sus palabras eran arrastradas, un claro indicio de que estaba ebrio.
Sour, con su pragmatismo habitual, hizo de cuenta que no notaba nada.
Los esclavos, entrenados para la discreción, siguieron su ejemplo.
Sin embargo, la decepción fue evidente en los rostros de Cilior y Esther, quienes lo veían por primera vez.
Los días siguientes, la presencia de Sarier se convirtió en el principal tema de conversación.
Bebía sin parar, apenas interactuaba con sus hermanos y sus raras conversaciones con Sour siempre terminaban en acaloradas discusiones.
Su apariencia se deterioraba y lo más inquietante era su mirada vacía, sin brillo, que delataba un vacío interior.
Para Asur, la llegada de Sarier fue una gran decepción.
Él esperaba ver a un militar glorioso, alguien digno de las historias que leía, pero en su lugar encontró a un hombre derrotado y sin rumbo.
Su mente analítica hizo una conexión inmediata: Sarier, al no haber obtenido gloria en la guerra, estaba sufriendo las consecuencias.
La lógica de Asur era simple y cruel: Sarier había sido oficial de Rakar, un líder que fracasó y murió en la batalla.
Si su líder hubiese sobrevivido, Asur razonó, Sarier nunca habría regresado a la mansión de Sour.
Un día cualquiera, el hedor a cerveza rancia flotaba en el aire de los talleres traseros.
Sarier, un poco menos borracho de lo habitual, se tambaleaba, buscando el almacén de cerveza de su padre.
Perdido, se topó con Asur.
—Oye, esclavo, dime dónde están los almacenes de licor, rápido —ordenó Sarier con una voz seca y molesta.
Asur, absorto en su tarea de fundición, no se percató de la presencia de su amo.
Un fuerte tirón en la muñeca lo sacó de su concentración.
Sarier lo había agarrado con fuerza, sin importarle que Asur sostuviera un recipiente lleno de metal derretido.
El líquido incandescente se derramó con un estruendo, esparciéndose por el suelo con un siseo espeluznante.
Asur al fin levantó la vista.
—¿Por qué no contestas cuando te habla tu amo, esclavo?
—gritó Sarier, con los ojos inyectados en sangre.
La rabia de Asur superó la formalidad.
—¡Qué le pasa!
¡Arruinó mi trabajo!
El amo Sour se molestará por esto y me castigará —respondió, su voz firme y llena de indignación.
Era la primera vez que fallaba en una tarea que le había sido asignada solo, y el sentimiento era tan fuerte como el calor del metal derramado.
Sarier se quedó atónito por la audacia de Asur.
—¿Cómo te atreves a hablarme así?
¡No me importa si te castigan!
Te hice una pregunta y no la respondiste; ahora me hablas con descaro.
¿No conoces tu lugar?
Asur frunció el ceño, el olor a alcohol de su amo le revolvía el estómago.
La frustración era palpable.
—¡Ahora te atreves a mirarme molesto como si yo hubiera hecho algo malo!
—Sarier apretó el agarre en el brazo de Asur.
Fue en ese momento cuando notó la borrosa marca de esclavo en la muñeca de Asur, un cetro con una “R” de la familia de Sour.
—Veo que mi padre sigue marcando con tinta en lugar de la clásica quemadura con metal caliente —dijo Sarier, su voz ahora calmada y calculadoramente peligrosa.
Soltó a Asur y se acercó a la forja, tomando un trozo de metal sólido y caliente.
—Y veo que tu marca de esclavo está a punto de borrarse, ¡resolvamos eso!
—agregó, acercando el metal caliente a la muñeca de Asur.
Asur, sin pestañear, acercó su muñeca, aceptando el destino como si fuera un acto inevitable.
Miró a Sarier con una furia silenciosa.
La actitud de Asur detuvo a Sarier, quien, con un atisbo de curiosidad en su mirada, preguntó: —¿Eres valiente o eres un lunático?
—¿Cuál es la diferencia?
—preguntó Asur, genuinamente curioso, recordando la misma pregunta que una vez le había hecho a Sour.
—Valiente es quien vence su miedo, y lunático es quien no siente miedo —respondió Sarier con una mirada penetrante.
—¿Lunático?
—dijo Asur.
—No sé si estás preguntando o respondiendo, pero aquí voy —afirmó Sarier, decidido a marcar a Asur.
Justo en ese momento, una voz resonó desde el pasillo.
—¿Qué haces?
Era la voz de Sour.
Sarier se detuvo de golpe.
Asur bajó la cabeza, listo para enfrentar a su amo principal.
—¿Qué ibas a hacer, Sarier?
—preguntó Sour, su tono gélido.
—Yo iba a disciplinar a este esclavo atrevido.
Parece que tú y mis pequeños hermanos no son capaces de imponer respeto a sus esclavos.
—¡Ibas a marcar con metal caliente a este esclavo, sabiendo mis reglas de no violencia en la mansión!
—gritó Sour, su voz cargada de ira.
—Sigues con esa estúpida regla.
Sigues pensando que debes tener la lealtad de tus esclavos.
¡Recapacita!
Ellos son esclavos; no deben ser leales, deben temer a su amo.
Este esclavo me trató mal por tu falta de disciplina —explicaba Sarier, gritando a su padre.
—No me cuestiones frente a mi esclavo y en mi propia casa, o juro que te irá muy mal —amenazó Sour, alzando la voz.
Sarier, derrotado por el grito de su padre, se dio la vuelta y se marchó.
Mientras se alejaba, Asur no pudo contenerse.
—¡Gracias por la lección!
—gritó, su voz llena de un extraño júbilo.
Sarier se detuvo y se giró, confundido.
—¿Qué lección?
—Valiente y lunático; hace tiempo que tenía esa duda.
Sin más, Sarier se fue.
Sour, dolido por la discusión con su hijo, se sentó en una silla, cubriéndose el rostro con la mano.
Al ver el metal derramado, entendió el origen de la disputa.
—¿Qué esperas, Asur?
—preguntó Sour, frustrado y exhausto.
—Limpia lo que tiraste y continúa con tu trabajo.
Asur obedeció.
A solas en la herrería, se quedó mirando el metal derramado, reflexionando sobre el encuentro.
Sarier, un militar que había perdido su honor y su brillo, era un reflejo de lo que le esperaba a quien no conseguía la gloria.
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