Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia - Capítulo 15
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15: Calma Antes De…
15: Calma Antes De…
El reino de Cicim, una nación rica, próspera y poderosa, hogar de millones de personas distribuidas por doce provincias, se extendía a lo largo de un vasto territorio que albergaba desiertos, montañas, llanuras y bosques.
Este mismo reino, que hacía más de tres años venció de manera aplastante a su más antiguo enemigo, estaba a punto de enfrentar un nuevo desafío de proporciones míticas: una amenaza gestándose desde sus propias fronteras.
En las provincias más occidentales, ejércitos se preparaban y armaban para una campaña, comandados por figuras conocidas del reino.
Era el año 614 de esta era, y aquel sería el evento en el que una figura importante se daría a conocer.
Mientras tanto, en la ciudad de Miles, un mensajero llegó a las puertas de la mansión del comerciante Sour.
Un papiro fue entregado al guardia, quien lo entregó a Yara, la sirvienta principal, y esta lo dejó en manos de su amo.
Sour esperó en su jardín a que sus hijos, Sarier y Cilior, se presentaran ante él.
Apenas llegaron, les reveló el contenido del papiro, que los involucraba directamente.
Aconteció que el abuelo de ambos, por parte de madre, había fallecido en la capital del imperio Siam, donde había estado viviendo desde la muerte de su hija, madre de Sarier y Cilior.
Esta noticia no entristeció a ninguno, pues Sarier solo lo conoció en la infancia y Cilior nunca lo había visto.
Sin embargo, Sour los había llamado por algo más: el difunto dejó una fortuna y propiedades sin heredero.
Tal como dicta la ley de herencia tanto en Cicim como en Siam, los familiares más cercanos debían repartirse la herencia; en este caso, los nietos, Sarier y Cilior.
Con la noticia de las propiedades heredadas en territorio del imperio, Sour no dudó en preparar un viaje para enviar a sus hijos a reclamarlas.
Además, los envió en una caravana que transportaba mercancía, esclavos y escoltas, exigiendo que ambos aprovecharan el trayecto para aprender el rubro del comercio.
El día de su partida, los jóvenes en el jardín esperaban que los esclavos terminaran de llenar su carreta mientras bebían té y conversaban, algo que no hacían con tanta naturalidad hacía mucho tiempo.
—¿Y Cilior?
¿Qué se siente heredar de alguien a quien nunca conociste?
—preguntó Sarier bebiendo un trago de vino.
—Como una bendición del Dios Rico —respondió Cilior, dando un fuerte suspiro y mirando al cielo.
—No te tomaba por un hombre de fe —afirmó Sarier, haciendo señas en forma de oración con las manos y burlándose—.
¡Miren a Cilior, el bendecido!
¡De la nada adora a los dioses porque un viejo se murió y le dejó unas tierras!
Ambos se rieron de la burla de Sarier, pasando un momento agradable antes de su partida.
—Tú sí lo conociste, ¿cómo te sientes por su muerte?
—preguntó Cilior.
—Me da igual.
Mis únicos recuerdos sobre él son los de un viejo decrépito que siempre peleaba con nuestro padre.
Para serte honesto, me sorprende que haya vivido tanto tiempo.
En ese momento, Sour llegó al jardín y vio a sus hijos conversando a lo lejos, de una forma que no presenciaba hacía mucho tiempo.
Se acercó a ellos y, con gran emoción, preguntó: —¿Y bien?
¿Están listos para su primera caravana?— —Yo ya estuve en caravanas antes —aclaró Sarier—.
Recuerda que fui soldado; dirigí caravanas con tributos o prisioneros en numerosas ocasiones.
—Yo me refiero a una caravana de comerciantes —dijo Sour—.
Pero, como sé que ya has dirigido caravanas, te pido que le enseñes a Cilior cómo dirigir una; ya es un hombre y debe aprender estas cosas.
Por otro lado, Osel, el esclavo más leal de Sour, se encontraba supervisando que las carretas fueran correctamente cargadas.
De repente, alguien detrás de él, con una voz grave y suave a la vez, le preguntó: —«¿Llevarán bueyes?»— Ante el susto, Osel agarró su espada por instinto, pero la soltó al reconocer que la voz era de Asur, el esclavo más curioso y atrevido de la mansión, quien, a pesar de tener ya catorce años, seguía siendo un impertinente con sus mayores.
—¡Maldita sea, Asur, me asustaste, niño!
—expresó Osel con cierta molestia—.
¡Casi te apuñalo!
No vuelvas a hacer eso.
Mientras Osel lo regañaba, Asur, con una sonrisa traviesa en los labios, lo ignoró y caminó alrededor, examinando las carretas antes de volver a preguntar: —¿Llevarán bueyes?— —¿Para qué quieres saber eso?
Tú no vendrás en el viaje.
¿No me estabas escuchando?
Te decía que no debes asustarme porque…
—Osel continuó, aún más molesto por no ser oído.
—Pregunto para saber cuán lejos viajan —respondió Asur, con la misma calma ignorando la reprimenda—.
Si llevan bueyes es porque van cerca, y si solo van esclavos es porque van lejos.
Sin comprender del todo, Osel despidió a Asur y continuó con su trabajo hasta que informó al amo que todo estaba listo.
Sour se despidió de sus hijos, y también de sus esclavos más leales, Osel y Leo, quienes, a petición de Cilior, irían como escoltas en este viaje.
Tras un abrazo a Cilior, un adiós a Sarier y un consejo de aprovechar para hacer buenos negocios a ambos, los jóvenes se marcharon sin saber cuánto tardarían en volver.
No obstante, la caravana se frenó drásticamente a las puertas de la mansión, cuando un mensajero pasó cabalgando a gran velocidad hacia el palacio del gobernador.
—¡Ese loco, ¿por qué cabalga en media ciudad?!
—exclamó Cilior, visiblemente molesto por el incidente.
Luego de renegar por un momento, la caravana volvió a avanzar, con los viajeros intentando olvidar lo sucedido.
Sin embargo, Sarier, que permaneció en silencio durante todo el revuelo, no parecía estar molesto; su semblante era más de preocupación.
Pudo notar que el mensajero vestía un uniforme característico de la capital y, con su mente experimentada, supo que un mensajero tan ajetreado solo podía ser portador de malas noticias.
Por otro lado, en la mansión del príncipe, en uno de sus muchos jardines, sentadas bajo un techo de madera fina, se encontraban tres mujeres.
Deibra, la dama noble de casi cuarenta años, de pelo oscuro, ojos café claro y piel clara, ataviada con un vestido verde de bordes dorados, ocupaba el centro de un sillón rojo carmesí.
Escuchaba atentamente a su hija, la princesa Siram, de diecisiete años, una joven que era su viva imagen, mientras conversaba con su amiga Esther, de dieciséis años, quien frecuentaba la mansión casi a diario desde hacía cuatro años.
—¡Qué suerte la de tus hermanos haber heredado tierras en otro reino!
Ahora tu familia será más rica, Esther —decía Siram, emocionada.
—Dijiste que tú no heredas porque no era tu abuelo, ¿verdad?
—preguntó Deibra a Esther.
—Sí, concubina Deibra, mi madre y la de mis hermanos no son la misma persona; por lo tanto, el abuelo de Sarier y Cilior no era el mío —explicó Esther al responder.
—¿Y tu madre?
Nunca hablaste de ella.
¿Era de la nobleza o de alguna familia conocida?
—preguntó Deibra con genuina curiosidad.
Esther desvió la mirada hacia Siram, y esta entendió de inmediato que no era un tema cómodo para su amiga.
—¡Mamá…!
—dijo Siram en voz baja mientras sacudía la cabeza en negación.
—¿Qué…?
—respondió Deibra, manteniéndose firme en su curiosidad—.
Es normal que quiera saber después de tanto tiempo, más aún teniendo en cuenta la apariencia de tu amiga —volvió la mirada hacia Esther y dirigió sus palabras a ella—: No debe ser una sorpresa para ti si te digo que tu apariencia es muy especial, Esther; tus rasgos son, comúnmente, los que poseen los miembros más directos de la familia real, descendientes de Mircel.
—¡Mamá…!
¡Ya basta!
—exclamó Siram, incómoda por el aparente ataque de su madre hacia la apariencia de su amiga—.
Es obvio que Esther es descendiente de algún príncipe del pasado, igual que tú.
No es nada raro, considerando que Mircel vivió hace más de seiscientos años; sus descendientes deben ser cientos solo en este reino —explicó Siram a su madre.
Insatisfecha por esta respuesta, Deibra miró fijamente a Esther, esperando una respuesta de esta.
Al notar su mirada, Esther se dispuso a responder la pregunta: —Mi madre era una plebeya— —¿Plebeya?
—dijo Deibra, algo sorprendida.
—Sí, una plebeya.
Tenía unas tiendas en el mercado, vendía telas y vestidos; así conoció a mi padre, se gustaron y terminaron casándose —relató Esther, mirando a Deibra sin parpadear.
—¡Así que…!
¿Tu padre es un plebeyo ‘comerciante’ y tu madre otra plebeya?
Entonces no hay ni un poco de sangre noble en tus venas.
Es una pena, Esther —dijo Deibra con arrogancia, luciendo una sonrisa de burla en sus labios.
Siram y Esther cruzaron miradas incómodas y sin saber qué decir a continuación.
En ese momento, un eunuco alzó la voz para dar un aviso: —¡Su alteza, el príncipe está aquí!—.
De inmediato, las mujeres se pusieron de pie y bajaron la cabeza ante su presencia.
El príncipe Murem, de ahora veintidós años, alto, de cuerpo marcado, pelo rubio, ojos verdes y barba creciente, ya no era el joven príncipe que llegó hacía siete años a Barclei.
Ahora era un hombre consagrado como un próspero gobernador y un guerrero con experiencia en batallas.
Entró al jardín para visitar a su madre y hermana, saludando a ambas con un beso en la frente.
—Siram, eres más hermosa con cada día que pasa —afirmó Murem, halagando a su hermana.
—No solo yo, mi amiga también, ¿lo ves?
—dijo Siram, insinuando a Esther.
El príncipe dirigió su mirada por un momento hacia Esther, asintiendo solo para complacer a su hermana.
—Un placer volver a verlo, hacía mucho que no lo veía, alteza —dijo Esther con cortesía.
El príncipe no respondió a esto.
En cambio, Siram aprovechó para jugar con las palabras de Esther.
—¿Así que es a él a quien quieres ver?
¿No a mí?
—dijo Siram, fingiendo estar ofendida—.
Eres cruel, Esther; yo creí que querías ser mi amiga, no la esposa de mi hermano —volteó a ver a Murem y, haciendo pucheros, le dijo—: Parece que le gustas.
¡Deberías casarte con ella cuando tengas tiempo!
Esther bajó la mirada, fingiendo timidez frente al príncipe.
Allí mismo, la concubina Deibra tomó con recelo las palabras de su hija, sopesando cuánto de verdad había en ellas.
“¿Estaba la plebeya realmente interesada en el heredero al trono?”.
—Basta de juegos, Siram; tu hermano vino aquí por una razón seguramente —aclaró Deibra.
Murem, quien había permanecido callado disfrutando las bromas de su hermana, respondió que solo quería pasar el tiempo.
Tras esto, los cuatro se sentaron bajo el techo, empezando a conversar sobre temas como el clima, las estaciones y la belleza de las mujeres presentes.
Luego de un largo tiempo conversando, fueron interrumpidos por un eunuco que avisó sobre la imprevista llegada de un mensajero de la capital.
El príncipe, sin esperar un segundo, se dirigió al encuentro con este mensajero, dejando a las damas preocupadas por tan repentina noticia.
Al llegar a la sala de reuniones, se encontró con la presencia de su consejero Ralaz y otros pocos funcionarios.
Vio al mensajero de la capital: un soldado con un fuerte olor a sudor y polvos.
En cualquier otra situación, presentarse así sería irrespetuoso y poco ético; pero el príncipe entendía que un mensajero en esa condición solo podía significar urgencia.
—Su alteza, este sucio mensajero se negó a entregar su mensaje a nosotros y fue tan atrevido como para exigir verlo en esa condición —dijo con molestia uno de los funcionarios allí presente.
El mensajero inclinó la cabeza y extendió la mano al príncipe para entregar un papiro que traía consigo.
—Mi príncipe, este papiro fue puesto en mis manos por el mismo rey Musem, su padre, quien me dio la orden de no entregar esto a nadie que no sea usted.
Murem sintió una gran preocupación al escuchar esto.
Si el mismo rey había enviado el papiro, entonces el asunto era demasiado grave.
Él tomó el papiro de las manos del mensajero, lo abrió y empezó a leer su contenido.
La sala se llenó de un silencio casi incómodo mientras Murem quedaba absorto en su lectura.
Ralaz, el consejero principal, no tardó en notar cómo el rostro del príncipe palidecía, su expresión se mostraba confundida y temerosa; incluso al terminar de leer, volvió al inicio del papiro como esperando que las palabras, mágicamente, cambiaran de significado.
En un acto de ira o nervios, el príncipe intentó envolver de nuevo el papiro, pero terminó arrugándolo y dejándolo caer al suelo mientras miraba hacia el frente, sumido en sus pensamientos.
—¿Qué ocurre, alteza?
—preguntó Ralaz al ver la mirada perdida de Murem—.
¿Qué es lo que lo tiene así?
¡Cuéntenos!
¡Podemos ayudar!
Murem volteó a ver a su consejero, dispuesto a decir lo que pasaba, pero en ese momento, las puertas de la sala fueron abiertas para permitir la entrada de Gilgag.
Ingresaba vestido de civil, con una prenda elegante de color naranja que lo hacía parecer un noble, sin dejar de ser imponente.
—Su alteza, supe que un mensajero llegó de la capital —afirmó Gilgag al entrar, notando la tensión del ambiente y al desarreglado mensajero—.
¿Qué sucede?
El príncipe volteó a ver a Gilgag, pensando en qué decir a continuación, pues parte de la información podía preocupar aún más a su amigo.
Murem pidió a todos que se sentaran en sus respectivos lugares, dejando al mensajero quedarse para una reunión de emergencia.
Y allí, con un nudo en la garganta, finalmente dijo lo que pasaba: —«¡Se ha levantado…
¡una rebelión!»— —¿Una rebelión?
—¿Dónde?
—¿De quién?
—¿Por qué?
Los miembros del consejo inquirieron por más información, sorprendidos por lo repentino de la noticia.
No era para menos, pues esto se daba de la nada.
Normalmente, suele haber señales de rebelión mucho tiempo antes: movilización de grandes recursos, reclutamiento masivo sin autorizar, molestia popular o simples rumores entre plebeyos.
Pero esta vez, no hubo nada, ni una sola señal.
—Príncipe, ¿qué decía el mensaje?
—preguntó Ralaz, sumamente preocupado.
Murem explicó el mensaje escrito por el rey, que escribía: “El día primero del octavo mes, Yem, el segundo príncipe, en un acto de rebelión, se proclamó rey de todo el reino.
Puso como capital la ciudad de ‘Altas’, en la provincia Gisia.
Cuenta con el apoyo de los gobernadores de las cinco provincias al oeste: Fazop, Tacev, Lerol, Gura y Gisia, además de tener a diversos líderes militares bajo su mando.” —¿El príncipe Yem?
¿Él hizo eso?
—preguntó Ralaz, impactado por la revelación—.
¡¿Cómo puede ser?!
Y los que lo apoyan son gobernadores a quienes el rey nombró, ¡¿cómo pueden ser tan desagradecidos?!
—agregó con ira en su voz.
Los funcionarios empezaron a intercambiar palabras, intentando encontrar sentido a lo que escuchaban.
—Les pido silencio a todos —dijo el príncipe, alzando la voz con autoridad—.
Aún no he terminado de contarles la información completa.
Con este llamado de atención, los funcionarios guardaron silencio y Murem volvió a relatar lo que decía el papiro: “Algunos días después, Kingo, general que juró lealtad al rey, ahora servía a Yem.
Reunió un ejército más grande del que le es permitido y marchó desde el oeste, en la provincia de Fazop, hacia el este, entrando en Egia con el objetivo de conquistar la ciudad principal y someter al gobernador bajo el yugo del autoproclamado Yem.” En ese momento, Gilgag se puso de pie al escuchar que Kingo estaba en Egia.
—¿Kingo está en Egia con un gran ejército?
—preguntó con visible preocupación.
Murem, sabiendo el porqué de esa reacción, le dijo: —Fue Irena quien informó a la capital sobre el avance de Kingo—.
Gilgag no pudo evitar preocuparse aún más, pues Irena, quien lideraba la guarnición en Egia, era la primera que debía responder ante cualquier ataque en esa provincia.
Él solo podía pensar en cómo ella debía estar enfrentando a Kingo y su ejército en ese momento.
Ignorando la reacción de Gilgag, los funcionarios preguntaron qué más se sabía sobre la rebelión.
El príncipe les dijo que el rey enviaría más mensajeros con nuevos informes en los próximos días, pero que sus órdenes eran preparar un ejército para responder a la revuelta.
De esta manera, terminaría la reunión, con los funcionarios tensos, Gilgag preocupado por la situación de su esposa y el príncipe nervioso por el conflicto venidero.
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