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Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia - Capítulo 16

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16: La Tormenta 16: La Tormenta Días después del informe al príncipe, en la plaza principal de la ciudad, los ciudadanos de Miles se aglomeraban bajo el inclemente sol, escuchando los nuevos detalles acerca del conflicto.

Un heraldo enviado por Murem explicaba cuán grave era la situación: la mayoría de líderes militares habían reconocido a Yem como su rey, marchaban desde el oeste hacia las distintas provincias para someter a los gobernadores, y el mismo Yem se dirigía hacia la capital para destronar al rey Musem.

Las personas allí presentes hicieron notar su preocupación.

Los líderes militares, quienes debían proteger al reino, eran precisamente quienes realizaban la afrenta.

Entre la multitud oyente, rodeado de algunos de sus esclavos, Sour se sentía frustrado.

Solo podía pensar en dos cosas: las pérdidas en sus villas y propiedades, y lo afortunado que fue al poder sacar a dos de sus hijos del reino.

Sin embargo, esto último se tornó en infortunio cuando el heraldo informó una noticia más.

—¡Así ha dicho el príncipe!

—gritó el heraldo, desenrollando un papiro y leyéndolo: —”Yo, el príncipe Murem, les hablo a ustedes, la gente de la provincia a la que he servido.

En este tiempo, limpié las ciudades de mendigos y ladrones, aseguré las rutas de comercio, evité cobrar tributos excesivos e hice cumplir la ley en igualdad; desde el más rico noble hasta el más humilde plebeyo se vio favorecido por mi rol como gobernador.” Estas palabras calaron hondo en la mente de la clase plebeya más baja, pues ellos fueron los más beneficiados con el gobierno de Murem.

El heraldo continuaba relatando las palabras del príncipe, hasta que llegó el momento de dar a conocer el decreto: —«Por todo lo que hice por esta provincia, es que hoy les pido que me demuestren su lealtad, mediante el cumplimiento del siguiente decreto.» El heraldo guardó el papiro e inmediatamente sacó otro para leerlo con voz firme: —Murem, gobernador de la provincia de Barclei, con la autoridad que le otorga su título, ordena lo siguiente: “Toda familia, noble o plebeya, deberá enviar a un representante, hombre o mujer libre y con edad para combatir, a la guerra a favor del rey Musem y bajo el mando del príncipe Murem, contra los rebeldes servidores de Yem.” Solo con esta parte del decreto, los ciudadanos se mostraron inconformes.

—¡No pueden hacer eso!

¡Nos envían a morir!

—gritaron, sus quejas no se hicieron esperar.

El heraldo detuvo las quejas al continuar con su proclamación: —”Quien se niegue a obedecer, demostrará su deslealtad al rey y al príncipe.

Demostrará ser un cobarde, igual que aquellos militares que se levantan en armas.

Los que se nieguen serán castigados severamente por la ira de los dioses que pusieron al rey en el trono.” Esta última afirmación golpeó muy hondo en los presentes, pues fueron inculcados desde la cuna con la creencia de que los dioses elegían dónde y cómo nacen las personas.

Para ellos, era un hecho indiscutible que el rey era el favorito de los dioses.

Mientras el heraldo daba las últimas instrucciones de cuándo y cómo se haría el reclutamiento, Sour, con una mirada inexpresiva, pensaba en sus nuevas preocupaciones.

Sus negocios pasaron a segundo plano; su principal problema era cómo acataría este decreto.

El ideal para enviar era Sarier, pero hacía días que se marchó.

Las únicas opciones eran Esther y él mismo.

Y el simple pensamiento de arriesgar su vida hizo que su cuerpo se tensara por completo.

Más tarde, de regreso en la mansión, Sour llegó de mal humor, estresado y sin dirigir la palabra a nadie.

Se metió en su habitación, donde se quedó intentando tomar una decisión: Esther o él, ¿quién debía acatar el decreto?

Los esclavos en la mansión notaron el mal humor de su amo.

Uno de los esclavos que estaba con Sour en la plaza principal les contó a todos qué era lo que tenía tan estresado a su amo.

Entre los esclavos que escuchaban la noticia, se encontraba Asur.

Apoyado de espaldas contra la pared y sumido en sus pensamientos, se preguntaba: ¿Por qué el príncipe tomó una decisión que le ganaría el rechazo del pueblo?

No le costó comprender que todo era por los números.

Según las noticias: el general Kingo estaba en Egia, el príncipe Yem iba en dirección a la capital, Pasur marchaba hacia la ciudad principal de la provincia de Haragil, y Román iba a la ciudad de Miles.

Cada uno de ellos contaba con el apoyo de la mayoría de líderes militares, y los ejércitos que comandaban sumaban grandes números.

Para Asur era muy obvio: el príncipe Murem buscaba reducir la diferencia numérica entre su ejército y el de los rebeldes.

Luego de esta conclusión, sintió curiosidad por saber cómo resolvería Sour el problema.

“Un miembro de su familia tendrá que cumplir el decreto”, se dijo a sí mismo.

En esa frase, un detalle llamó su atención.

De la nada, una sensación confusa lo invadió, como si su mente le gritara una idea que él no podía escuchar.

Repetía los detalles una y otra vez, pero por alguna razón, su mente no lo dejaba tranquilo.

Ese mismo día, antes de la puesta de sol, Sour se encontraba caminando lentamente de un lado a otro en su jardín, pensativo, nervioso y estresado como nunca antes lo había estado.

Esther llegó al jardín y se unió a su padre en su caminata, sin decir una palabra.

Sour se dio cuenta de su presencia, siguió caminando con ella por detrás y sin voltear a verla le preguntó: —«¿Sabes del decreto?»— —Me enteré hace poco —respondió Esther, con postura rígida y dando pasos lentos, imitando a su padre.

—Yo…

Esther…

—tartamudeó Sour, su garganta se secaba, mirando hacia el suelo—.

Tus hermanos no están y aunque envié un mensaje no llegarán a tiempo para el reclutamiento, y yo…

tengo que encargarme de los negocios, y por mi edad, no sería de mucha…

Sour continuaba explicándose, sin percatarse de que Esther se había detenido.

Esas palabras fueron suficientes para dejarla en shock.

Ella lo entendió; él estaba considerando enviarla a ella en lugar de ir él mismo.

Esther sabía que su padre era avaricioso y oportunista, pero nunca imaginó que también fuera un cobarde, capaz de sacrificar a su propia hija para asegurar su propia supervivencia.

Al mismo tiempo, desde un extremo lejano del jardín, Asur se topó con la escena.

En su mente aún se repetían los detalles del decreto: había algo que se le estaba pasando.

—¡Un representante de cada familia!

¡Un representante de cada familia!

—se repetía a sí mismo, sabiendo que esa era la parte que lo tenía confundido.

Se mantuvo así un momento.

Hasta que, viendo de lejos a Esther y Sour, tuvo una epifanía; ya lo había comprendido: era una solución para Sour, pero también una oportunidad de oro para él.

Y sin dudar, corrió hacia Sour.

Al llegar, consumido por una emoción incalculable, ignoró, sin querer, a Esther y le dijo a Sour: —«Amo…

Yo…»— —Ahora no, Asur, ¿no ves que estoy hablando con mi hija?

—dijo Sour con tono molesto—.

Vete y vuelve después.

—¡Esto es sobre su problema!

¡Yo tengo una solución!

—afirmó Asur, emocionado, mirando a los ojos de Sour—.

Yo puedo ir en su lugar, puedo representar a su familia y así ninguno de ustedes tendrá que ir.

Con esta afirmación, la atención de Sour y Esther pasó a estar centrada en Asur, quien se mostraba muy convencido.

—¿De qué estás hablando?

Solo los miembros de mi familia pueden cumplir con el decreto, tú eres solo un esclavo.

—No, en ninguna parte se especifica que debe ser un miembro de la familia, solo que cada familia debe enviar a alguien, hombre o mujer y con edad para combatir.

—Pero el decreto dice que debe ser una persona libre —dijo Sour, haciendo memoria.

—Entonces…

—dijo Asur, mirando de forma desafiante a los ojos de Sour—.

Libéreme…

Con esta explicación, Sour no pudo evitar sonreír con su acostumbrada picardía.

Asur le había dado una solución que él ni siquiera intentó buscar.

Su estrés desapareció; su cuerpo, antes tenso, ahora había vuelto a un estado de relajación.

Se puso a pensar en cómo explicaría esto a los reclutadores.

Así, perdido en sus pensamientos, Sour se marchó sin decir una palabra, ignorando a todos.

Cuando Asur vio que se iba, intentó seguirlo, pero alguien lo agarró del brazo con mucha fuerza.

Al voltear, vio a Esther frente a él, con los ojos rojos y rastros de lágrimas.

Con su mirada llena de rabia sobre él, le preguntó: —¿Qué es lo que estás haciendo?

¿Quieres ir a la guerra?

¿Por qué?

¿Quieres que mi padre te libere?

¿Qué hay de nuestro pacto?

Abrumado por la avalancha de preguntas y la presión con la que Esther sostenía su muñeca, Asur desistió de seguir a Sour.

Se detuvo, de pie frente a ella, para responder.

—Estoy dando una solución a su problema —respondió con completa calma—.

Sí, quiero ir a la guerra, porque ahí está la gloria.

No solo quiero que me liberen, es necesario.

Nuestro pacto seguirá en pie estemos donde estemos.

Esther vio la seguridad en los ojos de Asur.

Recordó que Asur siempre había sido útil desde su posición de esclavo y que, hasta el momento, nunca había mostrado señal alguna de querer alejarse o romper su acuerdo.

Pero, por alguna razón, su mente le decía que esto no debía suceder.

En sus adentros se preguntaba: “¿Y si esta es la primera señal de que quiere romper el pacto?

¿Y si solo se comportaba fiel por ser un esclavo?

¿Qué pasará si deja de serlo?

¿Y si en verdad es fiel a mí, pero muere en la guerra?

¿Tiene alguna posibilidad de sobrevivir?

Es un chico listo, pero no parece un guerrero.

¡Solo venció a Cilior una vez y fue cuando eran niños!” Perdida en sus pensamientos, no se dio cuenta de cuándo soltó la muñeca de Asur.

—¿Sabes lo peligroso que será esto?

—preguntó Esther, con su ira convertida en preocupación—.

Puedes morir, te usarán como carne de cañón, estarás en primera línea y la derrota es casi segura.

—Entonces, debemos aferrarnos a ese “casi” —respondió Asur con una pequeña sonrisa burlona.

—¡Asur!

—gritó Esther—.

¡En serio, no entiendes la situación!

¡Tú…!

En ese momento, una voz interrumpió a Esther.

Era Yara, su esclava más cercana, quien le informó de la llegada de un eunuco del palacio que traía un mensaje de la princesa Siram para ella.

—Hablaremos luego —le susurró Esther a Asur, para de inmediato ir a recibir al enviado.

Esperando que Esther se alejara, Yara se acercó a Asur y le preguntó: —¿Qué pasó?

Todo el mundo escuchó cómo la señorita gritó tu nombre.

¿La hiciste enfadar?— —Le propuse al amo que yo vaya a la guerra en su representación, y eso no le gustó a ella —dijo Asur con un tono casi bromista.

—¿Tú, qué?

Al escuchar la noticia, Yara y los esclavos de la mansión se apiñaron alrededor de Asur.

Yara, con el ceño fruncido por la preocupación, fue la primera en abordarlo: “¿Qué pasó?

¿En serio quieres ir a la guerra?

¿No ves en lo que te metes?” Otros, que lo habían visto crecer desde que llegó a la mansión, se unieron a las voces de alarma.

Lo regañaban, intentando hacerle comprender la locura de su idea, la brutalidad de la matanza y los saqueos que implicaba una guerra.

Asur, los escuchaba con una serenidad casi irritante.

Cada preocupación, cada advertencia sobre los horrores y peligros de la guerra, era algo que él ya sabía.

De hecho, era precisamente esa faceta, la razón y el sentimiento detrás de tanta violencia, lo que más curiosidad le había generado desde la invasión de su ciudad natal.

Ninguno de ellos le decía algo nuevo, y su desinterés se notaba en la calma inquebrantable de sus ojos, contrastando con el genuino afecto y temor que los demás sentían por él.

Aunque ellos se habían encariñado, él no.

Caída la noche, ya eran muchos los esclavos reunidos alrededor de Asur, que seguían insistiendo en que este comprendiera la gravedad de una guerra.

Un momento después, Asur fue llamado al jardín trasero por Sour.

De inmediato, Asur se apartó de todos los esclavos y se fue ansioso, sabiendo que era el momento de su desafío.

En el jardín, Sour estaba sentado en un sillón de cuero, semejante a un trono, bajo una pérgola, frente a unos crisantemos florecientes y mirando la luna llena que había esa noche.

Asur se acercó lentamente y, en cuanto Sour sintió su presencia, con una voz firme e imponente preguntó: —¿Por qué tú?— Asur sabía a lo que se refería: por qué él y no otro de los muchos esclavos que había allí.

Se sentó en el césped, a un lado del sillón de Sour, fuera de la pérgola, dando la espalda a los crisantemos y mirando hacia el suelo.

—Porque yo soy el que quiere —respondió con su acostumbrada serenidad.

—¿Solo por eso?

—preguntó Sour de manera tajante—.

Si se lo ordeno a cualquier otro esclavo, obedecerá sin resistencia.

—Si decide enviar a otro esclavo, este sería libre y no tendría por qué obedecer —afirmó Asur con serenidad.

—Si le ofrezco su libertad a cambio de representar a mi familia, sería un trato que debería acatar —afirmó Sour, aún siendo tajante.

—”Debería”…

¿Pero lo hará?

—preguntó Asur burlonamente—.

¿Confiará ciegamente en que alguien sacrificará su vida y bienestar para cumplir un trato?

Sabe igual que yo que la razón por la que debería ir un familiar es porque estos tendrían el peso de su familia sobre sus hombros.

Sin embargo, ¿qué esclavo, recién liberado, querría cargar con el peso de una familia que no es la suya?

Sour quedó en silencio un momento, bajó y levantó la mirada de la luna, mientras Asur alzaba la suya un poco desde el suelo.

—¿Y cómo sé que tú lo harías?

—preguntó Sour con tono grave y desafiante.

—No lo haría, no cargaría con el peso de una familia que no es mía —afirmó Asur de forma relajada, mirando su muñeca izquierda con la marca de esclavo casi borrosa—.

Sin embargo, yo quiero ir; no por usted, no por Esther y mucho menos por Cilior y Sarier.

Quiero ir, por mí, porque es una oportunidad de oro, una mejor opción que ser esclavo de por vida.

Sour mostró una sonrisa de ironía en sus labios, complacido por las palabras que solo Asur sería capaz de decir.

—¿Debo recordarte que fuiste tú quien me pidió ser su amo?

¿Que dijiste que esa era tu mejor opción para tener techo y comida?

—preguntó de forma capciosa Sour, volviendo a subir su mirada ligeramente—.

¿O es que te olvidaste de tus palabras de hace siete años?

Asur mantuvo su mirada a la misma altura y una leve sonrisa pícara se cernía en su rostro.

—Como usted dijo, “era” mi mejor opción —respondió Asur—.

Ahora tengo una mejor opción, algo que en ese entonces, con solo siete años, no hubiera tenido.

—Entonces…

¿Eso es todo?

¿Debo dejarte ir porque tú quieres y porque te conviene?

—preguntó de forma irónica Sour—.

Creo que aún no aprendes lo que es ser un esclavo.

Un esclavo hace lo que su amo quiere, no al revés.

Al acomodarse mejor en su sillón, Sour siguió mirando la luna, convencido de haber ganado esto; no sabía qué, pero ganó, o eso se decía a sí mismo.

—Ya tomé una decisión.

Enviaré a otro esclavo.

Ofreceré la libertad, mil monedas de oro y un buen equipamiento militar a quien acepte representar a mi familia.

Alguien, sin duda, aceptará.

Viendo que Sour estaba muy convencido, Asur decidió utilizar otro método, uno más atrevido y arriesgado para él.

—Dime, Sour —dijo en tono relajado, girando la cabeza hacia el lado izquierdo y centrando su mirada en Sour—.

¿Sabe Esther quién es su madre?

—¿De qué estás hablando?

—preguntó Sour, pasmado, al girar la cabeza igualmente hacia el lado izquierdo, mirando de cara a Asur—.

¿Y por qué me llamas por mi nombre?

Asur volteó a ver al frente, hacia la ventana de Esther que daba al jardín.

—Sabes, Sour; hace tiempo leí un papiro.

En él se narraba la historia de la reina Cicím, fundadora del reino.

No te aburriré con los detalles, solo te diré que algo llamó mi atención: “Pelo oscuro como la noche, piel bronceada como la miel y ojos dorados como el sol”.

—Se tomó una pausa para dar un fuerte suspiro y luego continuó—.

Por un tiempo me pregunté: ¿A quién me recuerda?

Pero, al ver crecer a Esther me di cuenta: ella es exactamente como la descripción de Cicím.

Te pregunto una vez más: ¿Sabe ella quién es su madre?

Aunque Asur ya no miraba a Sour, este aún lo miraba a él y, de repente, varias carcajadas salieron de su boca, cada una más resonante que la anterior, haciéndose escuchar en toda la mansión.

Asur se mantuvo apacible con la vista hacia el frente, esperando que las risas burlonas cesaran.

Calmando su risa de forma abrupta, Sour miró hacia el frente, contemplando sus crisantemos con una sonrisa de satisfacción para luego contestar: —¿Te basas en los rasgos de una reina de hace trescientos años para afirmar que Esther es hija de una princesa?— Con esta última palabra, Asur giró su cabeza rápidamente hacia Sour y, con tono de curiosidad burlona, preguntó: —Es gracioso, yo estaba pensando en un posible linaje noble…

pero, “una princesa” es muy específico, ¿no crees?

Sour se dio cuenta de lo que dijo y de que Asur nunca mencionó nada de una princesa.

—¿Sí sabes que sigues siendo mi esclavo?

—preguntó Sour con tono autoritario, intentando parecer intimidante mientras se inclinaba lentamente de un lado desde su sillón—.

Puedo ordenar que te den los castigos más crueles posibles por dirigirte a mí por mi nombre, o puedo solo cortarte la lengua.

¿Entiendes tu posición?

El tono de Asur, sereno y desafiante, no subió el volumen, sino que se hizo más afilado, como metal fundido: —¡Si pudieras hacer eso, yo no te estaría hablando así!

—aseguró Asur, acercando su rostro con una sonrisa atemorizante, hacia arriba contra Sour que se inclinaba—.

Tú no puedes hacer nada de eso y estoy seguro de que ni siquiera lo puedes ver.

¿Y sabes por qué?

Porque eres un cobarde.

Estabas dispuesto a enviar a tu propia hija a la guerra solo porque tú no soportas lo que se vive ahí.

Cualquiera en tu posición que no quisiera combatir, hubiera pagado a otros soldados para que lo protegieran en batalla, o, aún mejor, hubiera sobornado a oficiales para estar lejos del campo de batalla, tal vez como un simple guardia o, con tu experiencia como comerciante, podrías encargarte de la logística.

Pero no, nada de eso; para ti era mejor que tu hija fuera, ¿por qué?

Porque no querías estar cerca de la muerte y el dolor, no querías ver, oler o escuchar nada de lo que se vive en la guerra.

¡Porque eres un completo cobarde!

La inclinación lateral de Sour se detuvo.

Al escuchar esto, la figura de Asur, antes sentada, se elevó lentamente frente a él.

Asur se puso de pie, su sombra cayendo sobre el rostro inclinado de Sour.

Sour ya no se inclinó; se desplomó contra el respaldo del sillón, sus ojos fijos en Asur.

Vio algo en la mirada de Asur, algo que siempre supo que estaba, pero ignoraba: la mirada que le recordaba a alguien atemorizante de su pasado, a quien quería olvidar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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