Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia - Capítulo 17
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17: La Gloria De La Bestia 17: La Gloria De La Bestia Al ver de nuevo esa mirada, el miedo y los nervios de Sour se dispararon.
Sus párpados enloquecieron, su respiración se volvió agitada y los dedos de sus manos no dejaban de contraerse involuntariamente.
Asur notó estas reacciones.
Se impresionó al ver a Sour de una manera que nunca lo había visto: tan temeroso y vulnerable, como un niño buscando esconder un secreto a los adultos.
—¿Ocurre algo, Sour?
—dijo Asur, relajado, pero con curiosidad en su voz—.
¿Quieres decirle algo a tu leal esclavo?
Con los ojos a punto de anegarse en lágrimas, Sour no dudó ni por un momento en decidirse a hablar.
—¡Te ves…!
¡Te ves igual a él!
—¿A quién?
—preguntó Asur, intrigado.
—¡A…
la…
!
—respondió Sour con un nudo en la garganta que bloqueaba la última palabra—.
¡Bestia!
En sus adentros, sumido en la intriga, Asur se preguntaba: “¿Una bestia?
¿Qué bestia?”.
Sour miró hacia el frente, y perdido en sus memorias empezó a relatar lo que hacía tiempo quería olvidar.
—Cuando yo era tan solo un joven e inexperto vendedor, conocí a Tiran, un comerciante noble.
Él me tomó como aprendiz y de él aprendí todo.
Pero Tiran tenía un hijo, la Bestia: un líder militar cruel, vil y despiadado que destrozaba de formas asquerosas e inhumanas a cualquiera.
El único que podía ponerle un alto era su padre, quien controlaba sus impulsos.
Apretó los puños con ira, al recordar: —Al morir Tiran, las cosas empeoraron.
Creí que era momento de irme, pero la Bestia no me dejó.
A mí me trataba como a un amigo, ya que yo sabía hacer las cuentas.
Acepté quedarme unos meses a cambio de un pago, grave error.
El cuerpo de Sour se estremeció.
Sus manos, empezaron a abrirse en palma y cerrarse en puño, luchando por reprimir el miedo con ira.
—No me di cuenta cuándo empezó, pero la bestia empezó a llevarme en sus campañas con su ejército.
Sin saberlo, ya era uno de sus soldados.
Mi trabajo era solo la logística, pero aun así tenía que ver las batallas y sus resultados: campos de cadáveres con olor a carne podrida, el sonido de cuervos chillando y carroñeros masticando.
—Lo peor era ver a la Bestia, cómo se divertía con una sonrisa y una mirada que solo él podía expresar —dirigió la mirada hacia Asur con los ojos bien abiertos, a punto de soltar lágrimas—.
O eso creía, hasta ahora.
Asur, lejos de sorprenderse, quedó intrigado por la mirada de Sour.
—¿Y…
Eso qué…?
Sour sintió cómo se le revolvía el estómago, al recordar: —Él golpeaba a los esclavos y plebeyos solo por mirarlo, y abusaba de sus esclavas sin que le importara la edad.
Esos meses fueron un infierno.
—Fue ahí donde conocí a Asera.
—Su voz se quebró.
—Era la hija de un soldado de la Bestia, que murió en combate.
Asera, con su piel morena y lampiña, sus ojos verdes y su pelo oscuro; era la mujer más bella que había visto.
Yo era joven e iluso.
Empecé a alardear sobre ella.
Bajó la mirada hacia el suelo, apretando los puños con desesperación.
—La Bestia me escuchó.
Un día entré en su tienda de campaña y allí la encontré: desnuda, con moretones, marcas de dientes y sangre entre sus piernas.
La Bestia la violó.
Por mi culpa.
Una risa corta escapó de los labios de Asur, producto de la sorpresa que era ver a su amo en un estado tan patético de llanto.
—Intenté confrontarlo, lo encaré, pero fui un cobarde —expresó Sour ronco, con respiraciones agitadas—.
Cuando la Bestia se paró frente a mí, sin decir una palabra, solo con su mirada y su sonrisa.
Sentí un miedo más grande que cualquier otra emoción.
Como un cobarde, bajé la cabeza y me retiré.
Las lágrimas de Sour brotaban a mares de sus ojos mientras cruzaba miradas con Asur.
—Esa joven que dices, ¿tiene que ver conmigo o con Esther?
—preguntó Asur, ignorando el estado de Sour.
Sour asintió, tragó saliva y siguió contando: —Me sentí muy culpable por lo que le pasó a Asera.
Ella dijo que su madre vivía en la capital de un reino muy lejano.
Decidí enviarla ahí con un amigo mercader, a cambio de unas propiedades.
Antes de irse nos enteramos de que estaba embarazada…
¡de la Bestia!
Fue muy devastador para ella, pero aún así continuamos con el plan.
Trató de parar sus lágrimas antes de continuar: —El mercader nunca volvió a reclamar sus tierras, viví preocupado durante años.
Tiempo después, me enteré de que la Bestia se involucró en cosas que no le gustaron al rey.
Fue perseguido y cayó muerto bajo el filo del hacha de un joven gigante, llamado Gilgag.
La curiosidad de Asur fue despertada.
—Fui enjuiciado por estar relacionado con la Bestia, pero demostré no tener nada que ver y fui liberado.
Juré nunca involucrarme con la nobleza.
Unos años más tarde, con la suficiente riqueza, seguí la ruta del mercader y Asera.
Me enteré de que en una emboscada de bandidos, mi amigo murió, y los sobrevivientes llegaron a una ciudad.
Una mujer de una posada me dijo que Asera llegó sola, embarazada y sin dinero, se prostituyó para sobrevivir, dio a luz y murió enferma unos años después.
Pero supe que aún había algo de ella allí: una muy joven señorita que igualmente se dedicaba a la prostitución.
Sura, la hija que Asera dio a luz, engendrada por la Bestia.
De inmediato, Asur reconoció el nombre, la mujer a quien solo conoció hasta los siete años, la prostituta más joven y bella que murió durante la invasión a su ciudad natal: Sura.
Ambos seguían cruzando miradas, ahora en un silencio tenso y frío.
—En ese tiempo, me acerqué a aquella joven, Sura.
Nunca la toqué, solo iba a la taberna y me encerraba con ella para conversar.
Era tan tranquila y a la vez atrevida, nunca mostró sentirse mal por su labor.
La visité día tras día, le llevaba regalos.
Una vez le ofrecí sacarla de esa vida, pero ella no quiso.
Al final, como el cobarde que soy, me rendí y volví a casa.
Dejó de ver a Asur y volvió a su postura rígida.
Con los ojos más rojos que nunca, la garganta seca y un dolor en el pecho, expresó: —El resto ya lo sabes.
Volví ocho años después, y fui llamado a la taberna.
Sura ya no estaba ¡solo estabas tú!—.
Su tono y su rostro pasaron de un temor instintivo a una rabia primitiva producto del miedo.
Se puso de pie frente a Asur y, con su voz furiosa pero igualmente temblorosa, dijo: —«¡Tú…
eres igual a esa bestia!»— —Antes no me di cuenta, porque quería olvidarlo, pero ahora lo veo —dijo Sour con un tono grave, apretando los dientes, furioso—.
Mi pecado siempre fue haber servido a la bestia.
Pero ahora, yo alimenté, vestí y ayudé a que otra bestia sobreviviera, y no me di cuenta.
Sour soltó una pequeña risa nerviosa.
—¡No, estoy equivocado!
—dijo Sour con una sonrisa irónica y nerviosa—.
Mi pecado a partir de hoy será otro.
Bajo la mirada hacia la muñeca de Asur, con la marca de esclavo.
El tono de Sour se volvió definitivo, cargado de fatalidad.
—Ya conviví con una bestia en el pasado y por eso siempre viví con miedo.
Y aunque ahora yo tenga la correa de esa bestia, aún así no la quiero en mi casa.
Que el mundo me perdone, pero voy a liberar a la bestia.
Aunque Sour, parado frente a Asur, a simple vista se veía más imponente, la verdad en ese momento, la voluntad de ese hombre, alto y robusto, vestido con telas finas y joyas de oro y plata, acababa de ser doblegada por un joven delgado, más bajo y con solo una túnica de esclavo encima.
Ninguno de los dos dijo otra palabra.
Sour se marchó caminando rápidamente y Asur se quedó parado frente a los crisantemos, bajo la pérgola y mirando a la luna llena, que estaba en lo más alto del cielo.
Más tarde esa misma noche, Asur caminaba triunfante, embriagado por una sensación de gloria que hacía mucho tiempo no sentía.
Reflexionaba sobre lo que acababa de presenciar: el miedo en los ojos de Sour, su quiebre.
Sabía que la reacción de Sour no había sido causada por su propia presencia, sino por un trauma profundo.
Muy en su interior, Asur comprendía que aquella no era una victoria suya, sino el eco de alguien más: la Bestia, ese hombre que había dejado a Sour tan roto que era incapaz de enfrentar a quien se le opusiera.
Asur lo sabía en ese momento, no estaba sintiendo algo suyo, era de alguien más: la gloria de la Bestia.
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