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Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia - Capítulo 18

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  4. Capítulo 18 - 18 Una Apuesta
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18: Una Apuesta 18: Una Apuesta La misma noche en que la bestia fue liberada, Esther, en su habitación, esperaba para tener esa conversación pendiente con Asur.

Desde su ventana, vio cómo su padre se iba de los jardines e, inmediatamente después, Asur también se iba.

Por la expresión alegre en el rostro de Asur, ella dedujo que este logró su objetivo, sintiendo una mezcla de preocupación y orgullo.

Al asomarse al pasillo, encontró a Asur caminando pensativo; su satisfacción era palpable.

Esther golpeó su puerta lo suficiente para llamar la atención de Asur, luego le hizo una seña invitándolo a pasar.

Él se acercó, listo para dejar las cosas claras.

—Te tardaste mucho con mi padre y lo hiciste reír como nunca; se escuchó por toda la mansión —dijo Esther mientras cerraba la puerta desde dentro.

—También lo hice llorar como nunca —respondió Asur con un tono juguetón, sentándose sobre la cama.

—¿Qué?

—Tal como lo oyes —dijo Asur, sonriendo y acostándose de espaldas sobre la cama—.

¿Sabías que tu padre tenía muchos traumas de guerra?

Por eso quería enviarte a ti en lugar de ir él mismo.

—Ese cobarde, no pensó en ninguna mejor opción que enviar a su propia hija a la guerra —dijo Esther mientras se acomodaba, echándose de espaldas junto a Asur.

—Sí, claro que pensó en varias opciones, pero ninguna fue de su agrado —dijo Asur, relajado, mirando el techo de la habitación—.

Él quería evitar todo lo relacionado con la guerra, y como es un cobarde, su mejor opción era enviarte a ti.

Ambos quedaron en un silencio cómodo, cada uno sumido en sus propios pensamientos.

—Hueles horrible, estás sucio y te echas en mi cama con descaro —expresó con tono relajado Esther, también mirando el techo.

—Un esclavo no tiene mucho tiempo para limpiarse —dijo Asur, apacible como siempre.

—Supongo que ya no eres un esclavo —afirmó ella.

—Creo que ya no —dijo él, sintiendo los ojos pesados.

—¿Y nuestro pacto?

—preguntó ella.

—Por mi parte, seguirá en pie —respondió Asur, a punto de quedarse dormido.

En unos segundos, parecía que ambos se estaban quedando dormidos en la misma cama, Asur acostado del lado izquierdo y Esther del lado derecho.

—¿Por qué nunca preguntaste cuáles eran mis ambiciones?

—dijo Esther con los ojos pesados por el sueño.

—En un inicio esperé a que usted me dijera, pero con el tiempo, creo que lo descubrí yo solo —respondió Asur, más despierto.

—¿Y cuáles crees que sean?

—preguntó ella, mirando el techo e ignorando su sueño.

Asur giró la cabeza hacia Esther, viéndola con una expresión contrastante: si tapabas la mirada veías una sonrisa alegre y si tapabas la sonrisa veías una mirada de malicia; era aquello que atemorizaba a Sour.

—Una corona, un cetro y un trono —enumeró Asur con seguridad—.

Tan sencillo como eso.

—No es tan sencillo —afirmó Esther, volteando a ver el rostro de Asur y notando esa macabra expresión—.

Es más que solo esos objetos, tal y como tú dirías: no es lo material, es lo que significa.

—¡Lo sé!

—dijo él en tono relajado—.

¡Usted quiere ser reina, y yo la ayudaré!

—¿Cómo estás segura de que tendrás éxito?

—preguntó Esther, intrigada.

—De la misma forma que usted está segura de que tendrá éxito —afirmó Asur con su tranquilidad habitual.

—Yo no estoy segura de si tendré éxito —confesó Esther.

—¡Exacto!

—dijo Asur, volviendo a ver el techo—.

Es una apuesta: tú, Esther, apuestas todo al querer enfrentarte a la realeza, y yo hago lo mismo al ir a la guerra.

Si tienes éxito, lo tendrás todo; si fracasas, perderás la cabeza.

Y si yo tengo éxito, tendré más de lo que tengo ahora, pero si fracaso, moriré en combate.

¡Qué más da!

Esther sabía la verdad en las palabras de Asur: todo era una apuesta; ninguno de los dos sabía lo que les deparaba el futuro.

—Tú ya tienes tu plan: ir a la guerra y volver victorioso.

¿Pero yo qué hago?

—preguntó Esther, dudosa.

—¿No tenías un plan?

—Mi plan era seducir al príncipe y volverme reina cuando él ascendiera, pero apenas tuve contacto con él y ahora tal vez no vuelva de la guerra —explicó Esther con frustración.

—Entonces…

¿Eso es todo?

¿Te rindes y ya?

—preguntó Asur, burlón.

—No me rindo, pero ya no sé qué hacer.

—Continúa con tu plan, pero con otro de los príncipes; ya tienes a la princesa como contacto dentro de la familia real.

—Y eso fue gracias a tu ayuda —susurró Esther—.

Sin ti no habría podido acercarme a la princesa; fue el obsequio del caballo lo que me hizo ganar su amistad.

En lo que a mí respecta, tú eres el verdadero amigo de la princesa.

—Yo te ayudé a acercarte, pero fuiste tú quien la mantuvo ahí —aclaró Asur—.

En estos años, yo no hice nada para que tú y la princesa mantuvieran su amistad.

No sé cómo, pero eso lo hiciste tú.

—¿Pero y el príncipe?

—preguntó Esther, volteando a ver a Asur—.

¿Cómo me acerco a él o a cualquier otro?

Al pensar por un momento, Asur llegó a una conclusión.

—Su objetivo es casarse con un príncipe, ¿verdad?

—Sí, eso es lo que quiero.

—Entonces, no necesariamente debe seducir a un príncipe —afirmó Asur mientras se volteaba para ver de frente a Esther.

De esa manera, con ambos acostados en lados opuestos de la cama, mirándose de frente, Asur empezó a explicarse: —Puedes intentar seducir a un príncipe, pero si esto no funciona, busca hacer un trato.

Al igual que el rebelde Yem, lo más probable es que otros príncipes busquen el trono; ya debe haber facciones formadas en el palacio.

En lugar de crear la tuya, únete a la de un príncipe.

Preséntate como una aliada, aprende de ellos y haz lo que debas para ascender.

—¿Hacer lo necesario para ascender?

—preguntó Esther, confundida.

—Eres la hija del hombre más rico de esta provincia, tal vez del reino entero; usa eso a tu favor, promete apoyo económico y ayuda a resolver sus problemas para cumplir sus metas —explicó Asur, relajado y a punto de dormir.

Esther se mantuvo en silencio escuchando cada palabra.

Había lógica en ellas, pero la parte de ayudar a otros y aprender de ellos no le gustaba.

—Asur, ya tengo estudios suficientes para saber lo que hago; no necesito aprender de otros y mucho menos ayudarlos en sus propias metas.

—Si eso es así, ¿por qué estás aquí sin saber qué hacer?

—preguntó Asur con una retórica punzante.

Esther sintió un poco de vergüenza al no tener respuesta que dar.

Evitó mirarlo a los ojos mientras preguntaba: —«¿No quieres saber por qué quiero ser reina?»— —Es porque tu madre era una princesa, ¿verdad?—respondió Asur con tranquilidad.

Esther lo miró sorprendida; nadie, excepto ella y su padre, lo sabían.

¿Cómo Asur podría saberlo?

—Tú…

Tú…

—tartamudeó Esther con los párpados inquietos, casi asustada.

—Yo…

Yo…

Yo lo sé porque Sour es un lengua suelta —dijo Asur con tono y sonrisa burlona, cambiando un poco a serio—.

Pero tengo curiosidad por saber la historia de tu madre y cómo tú, la hija de una princesa, terminas como una simple plebeya hija de un comerciante.

¿Me puedes contar tu historia?

Esther calmó un poco sus nervios al escuchar que Asur no sabía toda su historia; eso le dio un alivio.

—Eres curioso, Asur, siempre lo fuiste.

Esa curiosidad tuya te impulsa a hacer todo tipo de cosas, ¿no es así?

Incluso ahora, tal vez vas a la guerra por esa misma curiosidad.

—Me conoces muy bien, Esther —afirmó Asur.

Esther volvió a acostarse de espaldas sobre su cama; Asur hizo lo mismo, quedándose una vez más en un silencio esclarecedor.

—Te propongo algo, Asur —dijo Esther con voz suave y serena, rompiendo el silencio—.

Ve a la guerra, sobrevive, y cuando vuelvas victorioso, me darás algo que simbolice tu victoria y lealtad a mí.

A cambio, yo saciaré tu curiosidad.

—¡Trato hecho!

—dijo Asur, quedándose dormido en el proceso.

Esther también cerró los ojos junto a Asur, quedando ambos sumidos en un sueño profundo hasta el amanecer.

A la mañana siguiente, Sour no quiso esperar ni un momento para deshacerse de la bestia que él veía.

No le importó nada; no dejó a Asur despedirse de nadie, ni le proporcionó un arma, ropa o comida.

Asur se fue tal como llegó: solo con la túnica marrón que vestía, unos calzados de tela y paja, y una liga para recoger su largo cabello.

Los pocos esclavos que lo vieron marcharse suspiraban, afligidos por lo que, según ellos, era el acto más cruel que su amo podría haber hecho: enviar a un niño a la guerra.

Antes de ir al punto de reclutamiento, pasaron por la misma tienda a la que acudieron al llegar a la ciudad.

Al entrar, Asur vio al mismo anciano que le había dibujado la marca de esclavo.

Allí mismo, Sour pagó cinco monedas de oro y el anciano sacó el mismo cuchillo pequeño que expulsaba tinta.

Sobre la marca de esclavo, con forma de cetro y una “R” en el centro, dibujó una línea diagonal.

El símbolo daba por terminada la esclavitud.

En la tienda, Sour sacó una pieza de oro y, mirando a Asur con molestia, le dijo: —Esto será lo último que tendrás de mí—.

Le entregó la moneda al anciano como pago por el servicio y salió de la tienda.

Asur no respondió, estaba inmerso en su nueva marca.

Más tarde, en las afueras de la ciudad, se encontraba el campamento, donde cincuenta oficiales, cada uno con sus unidades de soldados, recibían a los reclutados que venían a cumplir el decreto.

Las personas que venían a enlistarse traían sus propias armas y armaduras: los más humildes con lanzas y sin armaduras, los más ricos con espadas y armaduras de cuero.

Otros, más desafortunados, llegaban sin nada: jóvenes y señoritas con apenas la fuerza para cargar una lanza, y ancianos que apenas podían mantenerse en pie.

Todos eran dejados allí por sus familiares, como una forma de deshacerse de ellos.

En el momento en que Sour se presentó con Asur, los oficiales reconocieron la treta.

Era imposible no darse cuenta: Sour era muy conocido en la ciudad; todos sabían quiénes eran sus hijos, y Asur no era uno de ellos.

—¿Tratas de engañarnos?

—le preguntó un oficial con tono serio.

—Ningún engaño, señor, este sujeto representará a mi familia —afirmó Sour con un toque de nerviosismo.

—Debe ser un familiar tuyo para poder representarte —dijo el oficial, mirando de reojo a Asur.

Con palabras nerviosas, Sour intentó explicar que el decreto no especificaba un familiar, solo decía “representante”.

Los oficiales y los ciudadanos presentes le indicaron que eso estaba implícito, que era obvio que debía ser un familiar.

Sour intentó convencerlos de que no rompía ninguna regla del decreto, pero los oficiales se negaban a ceder, iniciando una discusión entre ellos y Sour.

Incluso empezaron a llamarlo desleal, embustero e irrespetuoso con las palabras del príncipe.

—¿¡Qué está pasando…!?

—Una voz poderosa, grave y resonante se escuchó desde dentro del campamento.

Todo el mundo volteó a ver en silencio, solo para toparse con la figura imponente del coloso Gilgag.

Él se acercó solo unos pasos, los suficientes para imponer orden.

—Coronel superior, me disculpo; ya estábamos por castigar a este impertinente —dijo uno de los oficiales, señalando a Sour.

—¿Pregunté qué estaba pasando?

—dijo Gilgag con una voz serena pero igualmente imponente.

—Él quiere entregar a su esclavo como su representante —explicó el oficial, mirando con desdén a Sour—.

Él insiste en que el decreto no especifica un familiar, pero todos saben que está implícito.

Gilgag dirigió su mirada hacia Sour, viendo que era obeso, viejo y nada más que un débil ricachón.

Luego miró hacia el esclavo que quería entregar, un muchacho con apenas el tamaño para cargar un escudo, aunque sus músculos fibrosos, manos callosas y piel bronceada indicaban una vida acostumbrada al trabajo pesado.

Además de su mirada, que carecía de temor o nerviosismo a diferencia del viejo Sour.

—Y dime, ¿trata de entregar a un esclavo viejo y enfermo?

—preguntó Gilgag al oficial.

—¿Qué?

Bueno, no; es un muchacho, pero apenas tiene la edad para combatir.

—¿Y eso qué?

Ya tenemos a muchos jóvenes así aquí; uno más no hará la diferencia —dijo Gilgag y, mientras miraba a Asur, susurró—: “O puede que sí.” —Piensa con lógica, oficial: es mejor tener un joven acostumbrado al trabajo pesado —afirmó Gilgag, mirando a Asur para luego mirar a Sour—.

En lugar de un viejo y obeso ricachón.

El oficial entendió la orden indirecta de Gilgag y, de inmediato, registró a la familia de Sour como “ya contribuyente”.

Una vez finalizado esto, Sour se fue sin despedirse ni dirigir la palabra a Asur.

Por primera vez en muchos años, desde que era niño, Asur estaba solo, fuera de la ciudad, ya sin un lugar al que regresar.

Y así, Asur entró al campamento entre las miradas y murmullos de los otros reclutados, sorprendidos de que lo hubieran dejado enlistarse.

Asur se sentó en el suelo, apoyado contra un árbol, rodeado de desconocidos, mirando la marca de esclavo en su muñeca, que ahora tenía un nuevo dibujo: una simple línea en diagonal que, por alguna razón, asemejaba una espada sobre el cetro borroso.

Asur vio esto con ironía; una sonrisa frívola se dibujó en su rostro, que llamó aún más la atención de las personas.

A él no le importó, porque en su interior solo cabía una emoción: incertidumbre por su futuro.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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