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Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia - Capítulo 19

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  4. Capítulo 19 - 19 Guerreros Natos
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19: Guerreros Natos 19: Guerreros Natos —El reino de Cicim: una vasta nación ubicada en el corazón del continente, con sus riquezas naturales repartidas entre montañas, cerros, desiertos, llanuras, valles, bosques y planicies.

Población tan numerosa como las gotas de lluvia durante una tormenta, territorio tan extenso, que en sus fronteras este y oeste limita con reinos que no tienen contacto entre sí.

Este reino, hoy vasto en riquezas, población y territorio, no siempre fue así.

En sus inicios, trescientos años en el pasado, Cicim era solo un pequeño reino, separado del gran imperio Mircel, con solo seis ciudades y algunas aldeas en sus dominios.

Obligado a sobrevivir a sus vecinos con aires expansionistas, se mantuvo en un estado de defensa permanente durante sus primeros cien años de existencia.

Tiempo en el que su reputación como un reino de guerreros natos se convirtió en una defensa afortunada y en un arma para las propias ambiciones del reino.

Con la confianza de su reputación y de sus victorias en esos cien años, el reino de Cicim dio inicio a sus propias campañas de conquista.

Acciones que serían un revés para su nación, pues sus ejércitos, letales a la hora de defender, demostraron no ser iguales a la hora de atacar.

Aunque cosechaban victorias y anexaban algunos territorios enemigos, sus numerosas derrotas llevaron al olvido lo que algún día fue su reputación, dejándose ver solo como otro reino más del montón.

Para el año doscientos desde su fundación, Cicim había logrado duplicar su tamaño y población; algo que podía ser bueno, pero no lo suficiente para mantener su renombre como guerreros natos.

A partir del año doscientos trece desde su fundación, un problema nunca antes enfrentado se presentaría a la nación.

El decimocuarto rey murió sin heredero al trono.

Sus hermanos ya estaban muertos y los únicos en línea para ocupar su lugar eran un sinfín de sobrinos.

Fue entonces cuando el reino quedó sumido en su primer conflicto interno en más de doscientos años de existencia.

En los siguientes catorce años, seis reyes distintos ocuparían el trono de la nación, frenando sus campañas fuera de las fronteras y casi condenando al reino al exterminio.

La primera de estas, fue la sobrina más cercana del antiguo rey, elegida decimoquinta reina por funcionarios y algunos militares; estuvo en el trono un año hasta ser envenenada.

El siguiente entró a la capital y se autoproclamó decimosexto rey, gobernó por dos años para luego ser decapitado.

El tercero decapitó al anterior, impuso su dominio con su ejército hasta gobernar como decimoséptimo rey por cuatro años.

El cuarto invadió la capital, se coronó como el decimoctavo rey y ejecutó al anterior; obtuvo apoyo de gobernadores y militares, logrando gobernar cinco años.

El quinto era el más tiránico, un militar de pies a cabeza, un hombre que se ganó a los ejércitos e inició una guerra civil contra su primo, en ese entonces rey; lo derrotó, degolló y lo exhibió durante su coronación como el decimonoveno rey.

Este último logró gobernar por un año hasta que los hijos de la reina envenenada, dos gemelos hombre y mujer, iniciaron una guerra civil en contra del tirano y sus allegados; ellos vencieron con tácticas y apoyo popular.

Fue coronado vigésimo rey, el hermano varón de estos gemelos; un joven justo y sabio.

Sin embargo, falleció enfermo a unos meses de cumplir un año como el vigésimo rey, teniendo que ocupar el trono su hermana gemela.

De esa forma, luego de catorce años donde distintos reyes ocuparon el poder, una monarca definitiva que gobernaría veintidós años sería coronada.

Ella, la vigesimoprimera reina, no solo estabilizaría el reino, sino que dio inicio a la gran expansión de Cicim.

Con diplomacia, estableció alianzas duraderas y acuerdos de cooperación militar que la llevaron a obtener grandes victorias y conquistas.

Luego, su hijo, el vigésimo segundo rey, llevó la expansión de Cicim a lo más inimaginable: en treinta y cuatro años, definió las fronteras actuales de Cicim en el este, el norte y el sur.

Y su hijo, el vigésimo tercer rey, terminó de definir las fronteras en el oeste.

Así hasta la actualidad, con el vigésimo cuarto rey, Musem, quien decidió bajar las armas y frenar la expansión del reino para dedicarse a la administración durante los veintiún años que lleva gobernando.

Pero, ¿cómo fue que esta nación pasó de estar al borde del colapso por la sucesión a convertirse en uno de los reinos más dominantes de la región?

Los escribas y eruditos del mismo reino formularon una teoría: dicen que esto tal vez se debió a causa del conflicto interno.

Un conflicto que obligó a personas del mismo reino a dividirse en bandos, y que propició el ascenso de nuevas figuras, personas diferentes a las habituales.

Pues mientras en la guerra entre naciones los enemigos son completos desconocidos, en una guerra interna, los enemigos pueden ser tus familiares lejanos, parientes de tus amigos o simplemente gente que de alguna forma se conecta contigo.

Muchos de los soldados que pelearon en esas guerras internas se retiraron de la vida militar o simplemente no volvieron a ser los mismos, pero los que se quedaron eran diferentes: eran personas con la capacidad casi cruel de acabar con quien sea, amigo o enemigo.

Personas que nunca tuvieron interés, pero que, obligados por secretos, se alistaron y aprendieron que en realidad, les gustaba la guerra.

Ese tipo de personas fueron los verdaderos guerreros natos que, junto a la vigesimoprimera reina, iniciaron la gran expansión del reino y a su vez inculcaron nuevos valores a sus descendientes: no luchar por la nación o por la recompensa, sino luchar porque les guste.

Y ahora, luego de cien años, un nuevo conflicto de este estilo se encendió en el reino de Cicim.

Un príncipe con un gran número de aliados se levantó en armas contra su propio padre y sus hermanos.

Un nuevo conflicto interno ha comenzado para azotar las tierras de Cicim.

Si la teoría de los eruditos es cierta, eso quiere decir que, finalizado el conflicto, gane quien gane, nuevas figuras se alzarán y el continente entero temblará…

—¡OIGAN!

Una voz grave y profunda se hizo escuchar con tal fuerza que los jóvenes, sumidos en la fascinante historia que una anciana les narraba, saltaron al oírla.

Esos jóvenes, de alrededor de quince años, eran reclutas en el campamento frente a la ciudad de Miles, que estaban esperando el momento de marchar.

Miraron hacia donde provenía la voz y vieron a un señor calvo, de barba gris y abultada, con un cuerpo robusto, vestido con una armadura de cuero completa y una espada en su cintura, acercándose hacia ellos.

—Oye anciana…

—exclamó aquel señor con tono agresivo mientras se acercaba a los jóvenes—.

¿Por qué les narras cuentos a estos muchachos?

Ya no son niños, ahora son soldados.

—No estaba narrando cuentos, les enseñaba sobre la historia del reino —aclaró la anciana mostrándose ofendida—.

Lo hacía para matar el tiempo y de paso educar a estos ¡soldados!

El señor ignoró a la anciana, mirando uno a uno a los jóvenes, buscando a alguien de quien había escuchado hablar.

Un joven esclavo que estaba ahí representando a su amo; era eso de lo que todos en el campamento hablaban.

Algo que no podía creer hasta que lo encontró: un joven de unos quince años, pelo largo oscuro, piel bronceada, extraños ojos dorados y rasgos faciales finos; esa era la descripción que le habían dado.

Al acercarse, se puso de frente al muchacho, bajando los ojos hacia su muñeca, donde distinguió la marca de esclavo sin problemas para luego soltar una risa incrédula.

—Entonces eres tú…

—afirmó el señor burlonamente—.

El esclavo que representa a su amo…

El joven se mantuvo con la mirada alta y tranquilo ante la hostil burla del señor.

—Dime, esclavo, ¿tienes nombre?

—preguntó aquel señor.

—Asur.

—¿Qué?

—Estás a unos pasos de mí, no finjas que no me oyes —dijo Asur apacible.

El señor mostró un atisbo de sorpresa al escuchar la respuesta del muchacho.

—Asur, eso fue lo que dijiste, ¿verdad?

Al asentir con la cabeza, Asur no dejó de mirar a los ojos de aquel hombre sin mostrar una pizca de temor.

El señor manifestó una expresión de seriedad ante la mirada directa de este joven, pues mientras Asur hacía esto, el resto de jóvenes bajaban la mirada evitando hacer contacto visual con el señor, pensando que por su armadura y autoridad al hablar debía ser un oficial o un soldado antiguo.

Durante el duelo de miradas, la anciana que presenciaba la escena desde un costado no pudo contener más su risa.

Empezó a reír frenéticamente.

—No puede ser, no puedo aguantar más —dijo en medio de su risa.

El señor que también estaba conteniendo su diversión ante lo que estaba haciendo, se acercó para unirse a la anciana con unas carcajadas agudas.

Ante la incómoda escena, uno de los otros jóvenes ahí presentes aprovechó para acercarse a Asur y decirle: —«¡Oye!

Ahora estás en problemas, seguro se ríen porque te castigarán»— —Ellos no tienen autoridad para castigarme —afirmó Asur, mirando de reojo al otro joven mientras se sentaba en el suelo—.

Los dos son reclutas, igual que nosotros.

—¿De qué hablas?

¿No ves la armadura que él tiene?

—preguntó el joven—.

Debe ser un soldado antiguo.

Asur ciñó una sonrisa burlona viendo al joven y luego a los otros que aún mantenían sus miradas hacia el suelo.

—Levanten la mirada, no tienen por qué temer a este señor —dijo Asur en voz alta para luego señalar con el mentón hacia los guardias en la entrada del campamento—.

Vean a esos guardias, sus armaduras, aunque también son de cuero, tienen colores distintivos: rojizos con hombreras marrón, es obvio que fueron hechos a petición para distinguir a los soldados del príncipe.

Ahora miren a este señor —señaló con el dedo al hombre calvo—.

Su armadura es de un tono gris y sus hombreras son oscuras; es costosa, sí, pero es del tipo que cualquier comerciante puede vender.

La anciana calmó su risa primero, asintiendo con cierto orgullo por la deducción de Asur.

—Te descubrieron, Ditro —dijo la anciana aun con unas risas escapando de su boca.

—Yo nunca dije que fuera antiguo u oficial, ellos lo asumieron solos —dijo Ditro entre risas—.

Siempre es divertido, ven a alguien con buena armadura y lo tratan como si fuera un comandante.

Los jóvenes alzaron la mirada, quejándose indignados por la sucia broma que les fue jugada.

—Ahhh…

Pensé que estábamos en problemas.

—¿Por qué hacen eso?

—¿Les parece divertido esto?

—Si los acusamos, serán castigados.

—Oye, maldito viejo, ¿cómo te atrev…?

El último joven fue interrumpido por el abrupto acercamiento de Ditro, que no se iba a dejar insultar por alguien de menor experiencia que él.

—Escúchame, muchacho —dijo Ditro con una voz grave e imponente mientras sostenía del hombro a aquel joven y lo miraba muy de cerca—.

Puede que no sea un antiguo del príncipe, pero he peleado en batallas desde antes que tú aprendieras a caminar, así que te pido un poco de respeto.

El joven asintió temeroso y presionado por la fuerza con la que era sostenido de su hombro.

Ditro se alejó de él, volviendo al lado de la anciana, para ignorar a todos y comenzar una charla con ella.

Sentado en el suelo, Asur, quien había presenciado todo, no dejaba de ver intrigado a Ditro.

Su sorpresa no era por lo imponente que se hizo ver, sino por la velocidad con la que se movió para sostener al otro joven.

En sus adentros se preguntaba: “¿Cómo hizo este viejo para moverse tan rápido?” Sin pensar más, se puso de pie y caminó hacia Ditro para preguntarle: —¡ATENCIÓN!

¡ATENCIÓN!

En ese momento, un llamado fuerte atrajo la atención de todos.

Se trataba de un soldado antiguo, que tenía órdenes de informar a los reclutas sobre la organización previa a la marcha.

—Escuchen con atención y luego pueden preguntar si tienen dudas de algo —gritó el soldado.

Debido al llamado, Asur hizo a un lado su curiosidad por Ditro, se unió al grupo de personas que rodeaba al soldado, quedando justo enfrente de él y esperó a que diera las instrucciones.

—Primero que nada —gritó el soldado—.

Todos deben crear grupos de diez personas para que sea más fácil distribuir los recursos, identificarlos y asignar tareas.

Los reclutas empezaron a cruzar miradas unos con otros, acordando silenciosamente estar en el mismo grupo.

—Más tarde llegarán unos soldados con suministros; ellos les darán raciones de comida y agua, lo suficiente para tres días —el soldado notó al joven frente a él, que no llevaba arma o armadura alguna, y mirándolo añadió—.

Aquellos que no posean el equipo necesario para combatir, me seguirán cuando termine.

El soldado hizo una pausa, esperando que la información llegara de boca en boca a quienes estaban más atrás.

—Y por último —gritó el soldado, callando las voces de los reclutas—.

Si lo desean, pueden unirse a los ejércitos del Capitán Wilfer y el Coronel Superior Gilgag.

También pueden quedarse aquí, en el ejército del Príncipe, pero no deben preocuparse si se unen a esos ejércitos; igual eso contará como cumplir el decreto del Príncipe.

Los presentes empezaron a murmurar, debatiendo a qué ejército era mejor unirse.

—Sería bueno estar al lado del gigante Gilgag.

—Si nos unimos a Gilgag, estaremos en la vanguardia.

—Los soldados de Gilgag tienen fama de ser agresivos.

—Gilgag siempre toma las misiones peligrosas.

—Si vamos con Wilfer, pelearemos en el flanco.

—El ejército de Wilfer debe estar bien financiado.

Mientras se daban estos murmullos, Asur pensaba en unirse a Gilgag; aquel gigante que había visto solo dos veces en su vida le parecía una gran oportunidad, pues según lo que sabía de él, era el líder que siempre estaba en el centro de la acción y eso era precisamente lo que él buscaba.

Al terminar, el soldado se marchó seguido por un grupo de jóvenes y ancianos, entre ellos Asur, a quienes guio hasta una tienda, donde se les empezó a repartir armaduras de cuero y armas como lanzas y hachas.

Asur recibió una armadura ligera de cuero remachado de color marrón, sin hombreras, solo para cubrir el torso, además de una lanza de dos metros con punta de bronce en forma de rombo.

Luego Asur se dirigió al campamento de Gilgag, que no le fue difícil de hallar, pues estaba justo al lado del campamento del Príncipe y sus banderas eran diferentes: mientras la del Príncipe tenía una figura romboide rojiza en la mayor parte del centro con pequeñas esquinas marrón, la de Gilgag era de un marrón más claro en su totalidad, con una figura oscura en el centro con forma de hacha rodeada por la melena de un león.

Algo que llamó mucho su atención, pues le parecía que la bandera del Príncipe era muy simple en comparación con la de Gilgag.

Al entrar, Asur fue registrado como un nuevo soldado de Gilgag, aunque algunos aun se sorprendían por ver a un esclavo liberado.

Siguiendo las instrucciones dadas anteriormente, Asur buscó un grupo al cual unirse, pero como era de esperarse, los más altos y pesados se agruparon primero, dejando a un lado a los demás.

Al ser rechazado por ser joven e inexperto, finalmente, Asur formó un grupo con tres ancianos, dos mujeres y otros cuatro jóvenes como él, sin experiencia previa en combate.

Caída la noche, un grupo de soldados llegó con carretas a repartir bolsos con raciones secas de pan y grano, junto a recipientes con agua; luego se les pidió a todos que formaran columnas con las diez personas de su grupo.

Asur se puso enfrente, ya con su armadura vestida y su lanza en mano, y los miembros de su grupo se alinearon detrás de él.

Lo mismo fue hecho por el resto de grupos, formando columnas unas al lado de otras, para luego ser separados cada veinte columnas, creando así escuadrones de doscientos que serían dirigidos por un oficial.

Estos explicaron a los reclutas que ahora estaban bajo su mando, que ellos asignarían las tareas y eran a quienes debían informar sobre problemas, además de dirigirlos en la batalla.

Como primera orden, los oficiales los mandaron a descansar y prepararse para iniciar la marcha el día siguiente.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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