Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia - Capítulo 20
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- Capítulo 20 - 20 El Precio Del Decreto
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20: El Precio Del Decreto 20: El Precio Del Decreto Una tarde de primavera, en una llanura de la provincia de Barclei, una extensa columna marchaba bajo el ardiente sol y sobre el camino hacia la provincia de Ziza, al oeste.
Los soldados en esa columna eran en su mayoría reclutas con poca o ninguna experiencia, que llevaban tres días de caminata cargando sus suministros y equipo de batalla, con breves descansos por las noches.
Pero a pesar de estar ahí obligados, buscaban la forma de animarse y entretenerse al caminar.
Compartían historias de sus vidas, presumían sus habilidades o bromeaban entre sí; esto los mantenía lejos de la incertidumbre de no saber qué les deparaba el futuro.
Casi al frente de la columna, custodiado por una tropa de élite con armaduras y escudos de bronce, se encontraba el Comandante Supremo de este ejército: Murem, el príncipe que impuso un decreto forzando el reclutamiento y que así sacrificó parte de su apoyo popular para tener un ejército lo suficientemente grande y enfrentar a los rebeldes seguidores de su hermano.
Iba montado en su caballo, vestido con una armadura hecha de bronce y armado con su lanza de punta dorada.
Sobre su cabeza yacía un casco de bronce adornado con figuras de plata en forma triangular a su alrededor, que demostraba su estatus de príncipe.
Mientras cabalgaba, Murem se replanteaba una vez más las decisiones que había tomado: ¿Estuvo bien imponer el decreto?
¿Debía quedarme en la ciudad y aguantar un asedio?
¿Podía haber negociado con los rebeldes?
Sumido en sus pensamientos, el príncipe no percibió la llegada de un conocido por su lado izquierdo.
—¡Su alteza!
Una voz grave y serena sacó a Murem de su reflexión interna.
Reconoció de inmediato a la persona que le hablaba: era Gilgag, su aliado y amigo más cercano, el gigante a quien los guardias de élite dejaban pasar libremente como la figura de confianza que era.
—Te escucho, Gilgag —respondió Murem, sin voltear a ver al coloso.
Al acercarse, Gilgag empezó a caminar en silencio, a la par del príncipe y su montura, a quienes superaba en altura por más de una cabeza.
—¿Otra vez pensaba en la decisión que tomó?
—preguntó Gilgag, mirando al príncipe.
Murem soltó un fuerte suspiro, mirando al frente y luego girando la cabeza hacia la gran columna detrás de él, preguntó: —«¿Crees que hice lo correcto?»— También al voltear la cabeza para divisar la columna, Gilgag pensó en qué responder.
—Correcto o no, ya está hecho —dijo Gilgag dudoso.
—Te parece incorrecto, esa es la verdad, solo que no tienes el valor para decírmelo —afirmó Murem en tono molesto, volviendo a mirar al frente.
—Príncipe, lo que yo opino no importa; al final siempre obedeceré y estaré de su lado —aclaró Gilgag firmemente.
—Lo mismo que le decían esos líderes a mi padre —mencionó Murem de manera despectiva, volteando a mirar a Gilgag—.
Pero ahora levantan sus armas contra él y coronan a otro rey.
Gilgag bajó la mirada, sintiéndose menospreciado ante la insinuación de falsedad que el príncipe le hacía.
Murem se dio cuenta de lo que había dicho y se arrepintió de habérselo dicho a su leal amigo.
—Sé que tú eres leal, Gilgag —dijo Murem desviando la mirada y llevando su mano hasta la parte trasera de su cuello—.
Solo que estos días estoy algo frustrado.
—Entiendo cómo se siente, príncipe —expresó Gilgag—.
Puede que se haya sublevado contra su padre y que ahora debamos enfrentarlo, pero el Príncipe Yem sigue siendo su hermano.
Debe ser muy difícil para usted.
—Lo es, es demasiado difícil, recordar que antes usábamos juguetes de madera para fingir que nuestros ejércitos se enfrentaban y ahora…
—Murem detuvo su voz antes de que sonara pesada y manifestó una expresión que insinuaba rabia.
Tanto Gilgag como los soldados cercanos de alrededor desviaron la mirada, ignorando la reacción del príncipe, creando un ambiente silencioso y algo tenso.
—Y dime, Gilgag, ¿cómo está tu ejército?
¿Cuántos reclutas se unieron a ti?
—preguntó el príncipe mientras se aclaraba la garganta.
—Bueno…
ah…
Mi ejército marcha en la retaguardia, y…
poco más de cuatro mil reclutas se unieron a mí —explicó Gilgag un tanto nervioso—.
Mis tenientes crearon escuadrones de doscientos y nombraron oficiales para dirigirlos.
—¡Cuatro mil entonces!
—dijo el príncipe con un atisbo de conformidad—.
Es un gran número, tomando en cuenta que son solo los reclutas de la ciudad de Miles.
—Sí, sobre eso, príncipe —dijo Gilgag—.
Ah…
Supe que más reclutas llegaron desde las otras ciudades y aldeas.
—Sí, así es.
—Entonces, ¿el decreto de reclutamiento fue enviado a toda la provincia?
—preguntó Gilgag intrigado y confundido.
—¡¿No era eso obvio?!
—preguntó Murem un tanto sorprendido por la confusión de su amigo—.
Los reclutas de la ciudad no serían suficientes para igualar los números de los rebeldes.
En la ciudad de Miles logramos reclutar once mil personas, pero sabes que eso no es suficiente.
Gilgag asintió intentando asimilar los detalles que se le decían, pues aunque supiera que esto era necesario para tener una oportunidad de vencer, en su interior, rechazaba la idea de obligar a la gente a pelear; sabía que estas decisiones eran tiranas, pero también entendía la desesperación del príncipe.
Ambos siguieron avanzando juntos y en silencio, cada uno sumido en sus pensamientos.
Fue entonces cuando Murem se preguntó por qué Gilgag estaba caminando a su lado y no al frente de su propio ejército en la retaguardia; no le costó deducir la razón: claramente Gilgag quería preguntar algo pero no se atrevía.
—Sabes que esta mañana me encontré con un mensajero, ¿verdad?
—dijo Murem con tono serio, girando la cabeza hacia Gilgag—.
¿Viniste y te quedaste a mi lado por eso?
Gilgag giró la cabeza hacia Murem para asentir ligeramente, tranquilo por no haber tenido que preguntar él mismo.
—Sé que habrá una reunión de líderes esta noche, pero usted sabe lo preocupado que estoy —dijo Gilgag poco seguro.
El príncipe detuvo su caballo y extendió su mano hacia arriba en señal de alto; seguido, dio la orden de montar un campamento para esa noche.
Mientras los oficiales informaban a los soldados, Gilgag aun se mantenía junto al príncipe y su montura, esperando que le respondiera para calmar su preocupación.
Dando sus últimas instrucciones para el campamento, Murem vio a Gilgag aun a su lado e hizo una pausa rápida para decir: —«Irena sigue viva, pero no le está yendo bien»— Escuchar esas palabras era lo que en parte necesitaba Gilgag; su preocupación fue reducida, pues más que la guerra en sí, a él le preocupaba la situación de Irena, su esposa y madre de sus tres hijos.
La Coronel Superior que fue la primera en dar batalla a los rebeldes y que en ese momento se encontraba en otro frente intentando detener el avance del General Kingo.
Un poco más relajado, Gilgag se despidió y se fue a organizar su propio campamento, esperando con ansias el llamado para la reunión de más tarde.
Esa misma noche, bajo el cielo estrellado y la luna en el horizonte, los reclutas yacían sentados alrededor de fogatas, comiendo una sopa de granos y gallina, servida por órdenes del Príncipe, como recompensa al esfuerzo hecho durante la marcha de tres días.
Y mientras ellos conversaban al comer, en el centro del campamento, en una tienda fuertemente custodiada por soldados, los líderes del ejército esperaban el inicio de su reunión.
En su interior, había una silla vacía, semejante a un trono, posicionada en el fondo con vista hacia la entrada.
En el lado izquierdo de esta, el Coronel Superior Gilgag yacía parado junto a su teniente Livey, mientras del lado derecho, el Capitán Wilfer y su teniente Dasira también permanecían parados; todos en silencio esperando la llegada de su Comandante Supremo.
Murem llegó unos momentos después, acompañado por cuatro de sus tenientes; al entrar, se sentó en la única silla de la tienda y sus tenientes se posicionaron detrás de esta.
Así dio por iniciada la reunión.
—Primero que nada, líderes, les pido que me actualicen sobre el estado de sus ejércitos —ordenó el Comandante Murem.
—Yo lo haré primero —dijo Wilfer de forma educada mientras bajaba la cabeza—.
Gracias a usted, he llegado a mi límite de tres mil soldados; ahora mi ejército está compuesto por novecientos cuarenta soldados antiguos y dos mil sesenta reclutas.
Los he dividido en escuadrones de doscientos bajo el mando de un oficial y distribuimos los recursos que usted nos entregó de manera equitativa, Comandante.
Murem asintió complacido, luego volteó para mirar a Gilgag: —Coronel Superior…
—dijo.
—Bueno…
Como usted sabe…
—dijo Gilgag al empezar a explicar—.
Yo tenía siete mil soldados antes de la guerra; cuatro mil reclutas se unieron a mi ejército, así que ahora tengo once mil.
Igualmente, nombré un oficial por cada doscientos y los recursos fueron bien distribuidos.
—¡Once mil!
—exclamó Murem—.
Aún te falta para llegar a tu límite de veinticinco mil —volteó a mirar a uno de sus tenientes y dijo—: Saviros, tú también cuéntame sobre la situación de mi ejército.
Rápidamente el teniente obedeció, moviéndose para estar frente al Comandante e inclinando la cabeza explicó: —Debido a su decreto, fueron reclutadas unas once mil personas en la ciudad principal de la provincia.
Si descontamos los seis mil que se unieron a los líderes Wilfer y Gilgag, quedaron poco más de cinco mil reclutas, que, añadidos a sus quince mil soldados antiguos, suman un total de veinte mil que marcharon desde la ciudad bajo su mando directo, Comandante—.
El silencio de los presentes, que cruzaban miradas entre sí, lo decía todo; eran treinta y cuatro mil en total, pero no era suficiente.
—Pero…
—exclamó Gilgag mirando hacia el teniente—.
En estos tres días han llegado grupos de reclutas provenientes de las aldeas.
¿Esos cuánto suman?
—¡Infórmanos bien, Saviros!
—ordenó Murem con un atisbo de molestia.
—Disculpe Comandante, es que todavía no había terminado —expresó el teniente, luego comenzó a explicar—.
En estos tres días de marcha, más reclutas llegaron desde las aldeas cercanas.
Varios grupos de veinte, cincuenta y hasta cien personas se iban uniendo a nosotros…
—¿Veinte?
¿cincuenta?
—interrumpió Wilfer decepcionado—.
Entonces no suman tanto como pensábamos.
—Deja que Saviros termine su informe, Wilfer —ordenó Murem seguido de una seña para que el teniente continuara.
—Como iba diciendo, Comandante.
Aunque eran grupos con pocas personas, provenían de las muchas aldeas en los alrededores.
Por eso en conjunto, suman más de veinte mil reclutas.
Wilfer y Gilgag cruzaron miradas una vez más, ambos levemente sorprendidos por la cifra de nuevos reclutas.
—Entonces, ¿Ahora mismo hay más de cincuenta y cuatro mil personas en el campamento?
—preguntó Gilgag.
El teniente asintió y luego volvió a su lugar detrás del Comandante.
—Como bien dijo Saviros, esos son los reclutas de las aldeas cercanas, aún faltan aquellos que vienen de los lugares más alejados —explicó Murem a los líderes—.
Si mis cálculos son correctos, el resto de reclutas llegarán aquí durante los siguientes diez días.
—¿Aquí?
—preguntó Wilfer.
—Creí que este era un campamento temporal, solo por esta noche —añadió Gilgag.
Enderezando su postura en su silla, Murem, con mirada decidida y voz firme, respondió: —No; este será nuestro campamento principal, en esta pradera haremos frente al rebelde General Román—.
Con solo un meneo de su mano, dos de los tenientes de Murem levantaron un gran papiro, que estaba detrás de la silla, y lo extendieron en medio de la tienda, revelando un mapa del reino en su interior, que posicionaron de forma que el sur estuviera a los pies de Gilgag, el norte a los de Wilfer, el este hacia Murem y el oeste hacia la entrada de la tienda.
—Como todos saben, el segundo Príncipe, Yem, que gobernaba la provincia de Gisia al oeste, se rebeló contra mi padre y, con el apoyo de la mayoría de líderes militares, además del respaldo de cuatro gobernadores, se autoproclamó Rey de todo el reino y ahora marcha con su ejército hacia la capital.
En una breve pausa, Murem hizo una seña a sus tenientes; estos asentaron cinco figuras redondas de cobre sobre las cinco provincias al oeste que se visualizaban en el mapa y luego otras cuatro figuras triangulares de bronce, que casi formaban una línea perfecta de norte a sur.
—Las figuras de cobre representan a las cinco provincias que se rebelaron junto a Yem y las otras cuatro de bronce son los ejércitos rebeldes —dijo Murem, luego señaló a la figura a los pies de Gilgag—.
Al sur, en la provincia de Egia, el General Kingo intenta someter al gobernador con un ejército de setenta y cinco mil.
Con una pausa, Murem levantó la mirada hacia Gilgag, notando cómo este le rogaba con la mirada que le dijese algo sobre Irena.
—La Coronel Superior Irena estuvo resistiendo un asedio en la ciudad principal de Egia, pero hace varios días se vio obligada a retirarse llevándose al gobernador y otros funcionarios.
Ahora se dirige hacia el este para unirse a Matmum, quien junto a otros líderes, aún leales, logró reclutar un ejército de setenta mil solo en su provincia.
Saber que el frente del sur estaba nivelado, alivió un poco el ambiente de tensión en la tienda, y Gilgag relajó su postura antes rígida, al escuchar que Irena ya no estaría luchando sola contra Kingo.
—Más en el centro —continuó Murem al señalar la figura de plata frente a la de Yem—.
En la provincia capital de Satom, el Rey envió al General Oren, aún leal a la corona, a posicionarse en los límites con Haragil para detener a Yem.
—El General Oren es el líder más antiguo de todos; fue soldado del Rey cuando este aún era Príncipe —expresó Gilgag con seguridad y orgullo en sus palabras—.
Por eso no me sorprende que sea el elegido para enfrentar al Príncipe Yem.
Murem asintió de acuerdo con la afirmación de Gilgag y luego continuó: —El General Oren cuenta con cuarenta y ocho mil soldados, de los cuales diez mil fueron enviados del ejército personal del Rey.
—Esa cantidad es muy inferior a la del Príncipe Yem —dijo Wilfer.
—Pero diez mil son del ejército del Rey —aclaró Gilgag—.
Sabes que son los mejor entrenados y equipados del reino, es una gran ventaja.
—Sí, y el Príncipe Yem marcha hacia ellos —respondió Wilfer—.
No creo que Yem se dirija a la capital con un ejército barato, no sabiendo que se topará con las fuerzas de élite del Rey Musem.
—En eso Wilfer tiene razón —interrumpió el Comandante—.
Según los informes, al menos la mitad de los soldados de Yem están equipados con armaduras de bronce y una buena cantidad posee escudos pesados.
Por eso mi padre envió a diez mil soldados fuertemente armados para nivelar al ejército de Oren contra el de Yem.
Un silencio angustiante se apoderó de la tienda, pues nadie sabía qué tan negativo o positivo debían tomarse los detalles.
Murem extendió la mano hacia la tercera figura más al norte.
—Por otro lado, en la ciudad principal de Haragil —dijo Murem, rompiendo el silencio—.
El cuarto Príncipe, Tecem, ha reforzado la ciudad para resistir un asedio contra el General Pasur.
Debido a la situación de su provincia, solo tiene nueve mil soldados bajo su mando.
Los fuertes suspiros de los líderes volvieron el ambiente a su estado inicial de frustración; el frente de Tecem tenía más riesgo de caer y también era el más cercano a ellos; si Pasur vencía, probablemente luego iría contra ellos y la amenaza directa sería mayor.
—Por último, estamos nosotros —Murem señaló la figura más al norte—.
En esta pradera es donde estamos ahora y dónde haremos frente al General Román.
—La diferencia entre nuestro ejército y el de Román ya no es tanta; tal vez con los reclutas que lleguen en estos días logremos estar más nivelados —exclamó Wilfer un poco inseguro.
Con la mirada al frente y un poco pensativo, Murem alzó la voz diciendo: —Calculo que en diez días seremos unos…
Ciento cincuenta mil—.
Las miradas de todos, antes centradas en el mapa, voltearon de inmediato hacia el Comandante; pues nadie esperaba que se dijera tal cifra.
—¿Ciento cincuenta mil?
¿Comandante está seguro?
—preguntó Wilfer.
—Ese es un aproximado, tal vez menos o tal vez más —aclaró Murem.
—¿¡MÁS!?
Dijeron en unísono todos los presentes.
—Sí, pueden ser más —dijo Murem con una postura más relajada—.
No deben sorprenderse, el decreto fue enviado a toda la provincia de Barclei, que es la segunda más poblada del reino.
Una vez calmada un poco la euforia, Murem buscó cambiar de tema, centrándose en lo que harían hasta la llegada del enemigo.
—Líderes —con voz firme, el Comandante llamó la atención de todos—.
Quiero que usen estos días para entrenar a los reclutas en el uso básico de las armas, formaciones y a reconocer las órdenes con instrumentos y banderas.
Los líderes asintieron aceptando las órdenes, mientras Murem vio a Gilgag y recordó que este aún no tenía a su ejército completo.
—Saviros, una vez más, infórmale a los reclutas que pueden unirse al ejército del Coronel Superior Gilgag, si así lo desean —ordenó el Comandante; luego volteó a mirar a Gilgag—.
Avísame cuando llegues a tu límite de soldados.
De esta forma la reunión llegó a su fin y los líderes se marcharon a descansar, para comenzar el entrenamiento de los reclutas al día siguiente.
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