Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia - Capítulo 22
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- Capítulo 22 - 22 La Astucia Del Zorro
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22: La Astucia Del Zorro 22: La Astucia Del Zorro En el campamento del ejército de Gilgag, con el canto del amanecer y el frío de la noche disipado por los primeros rayos del sol, los reclutas, aún con sueño, bostezando y frotándose los ojos, comían sus raciones de pan seco acompañado con agua mientras esperaban el inicio del entrenamiento rutinario que llevaban desde hacía ya nueve días.
Mientras la mayoría permanecía sentada en espera, Asur, con su armadura puesta y su lanza en mano, caminaba tranquilamente por el interior del campamento, observando lo grande que se había vuelto y la masiva cantidad de soldados que había hasta ese momento.
No sabía con exactitud cuántos eran, pero se decía que, entre los tres campamentos de los líderes, sumaban más de cien mil hombres y mujeres.
Aunque él caminaba lentamente observando a su alrededor, como si solo estuviera matando el tiempo, la verdad era que estaba buscando a alguien que le había llamado la atención el primer día.
Buscaba de un lado a otro, esperando encontrarlo, pero no parecía hallarlo.
—¿Dónde estás, viejo?
¿No me digas que estás en el campamento del Príncipe?
No, seguro debes estar aquí —se decía a sí mismo.
Pasó un momento buscando y preguntando a ver si alguien lo reconocía, pero no, nadie parecía saber de él.
Hasta que, desde la distancia, en un rincón casi escondido, vio a alguien sentado en el suelo, apoyado en un árbol, a punto de dormirse.
Notó su cabeza calva, su cuerpo robusto y su barba gris inconfundible; era Ditro, el viejo que se hizo pasar por oficial para jugarle una broma a los más jóvenes, y que dejó a Asur muy sorprendido por su habilidad para desplazarse.
Al acercarse Asur, se apoyó de un lado en el mismo árbol de Ditro y con una voz grave dijo: —Ya es hora del entrenamiento.
¿Por qué duermes, recluta?—.
Al escuchar esto, Ditro se levantó de inmediato y volteó diciendo: —Disculpe oficial, ahora mismo yo…— Detuvo su voz al instante al ver que no se trataba de un oficial, y su rostro pasó de estar preocupado a molesto.
—¿Tú…
quién eres?
—dijo Ditro con tono molesto—.
¿Y por qué finges ser un oficial?
Te pueden castigar por eso, ¿lo sabes, verdad?
Antes de que Asur pudiera contestar, una risa fuerte con carcajadas agudas se escuchó por detrás de él.
Una mano pesada se posó sobre su hombro.
Al voltear, vio a una persona: de pelo canoso amarrado en un moño, piel blanca y arrugada, de estatura baja y postura firme para su edad.
La reconoció de inmediato, era la anciana que estaba contando la historia del reino el primer día en el campamento.
—El muchacho te la devolvió, Ditro —dijo la anciana, aún riéndose, apoyada en el hombro de Asur.
—¿Me lo devolvió?
¿Qué cosa?
¿Quién es él?
¿Se conocen?
—preguntaba Ditro con actitud molesta.
—Oh…
¿Cómo no te acuerdas, Ditro?
—dijo la anciana con sus últimas risas—.
Si yo, que soy más vieja que tú, me acuerdo bien de este muchacho —volteó a mirar a Asur y preguntó—: ¿Tú te acuerdas de mí, muchacho?
—Claro, eres la historiadora, aunque no sé tu nombre —respondió Asur.
—Lo ves, Ditro, soy historiadora, no una cuentacuentos —afirmó la anciana, moviendo los hombros mientras levantaba el mentón, fingiendo ser orgullosa.
Luego volteó a ver a Asur—: Me llamo Meda, pero puedes llamarme “Sabía”.
—¿Sabía?
¿Cómo la diosa?
—preguntó Asur con una sonrisa de intriga.
—Oye, muchacho, no me juzgues —respondió Meda—.
Las personas con mucho oro se llaman a sí mismos “ricos como el Dios Rico”.
Los buenos combatientes se llaman guerreros en alusión a la “Diosa Guerra”.
¿Por qué entonces yo, que tengo mucho conocimiento, no podría hacerme llamar Sabía como la “Diosa de la Sabiduría”?
—Tranquila, no te estaba juzgando, solo tenía curiosidad —respondió Asur riendo.
—Oye, ya te recuerdo, acabo de ver tu marca.
Eres el esclavo que representa a su amo, Asur, así te llamas, ¿no?
—afirmó Ditro interrumpiendo la conversación.
—Qué bueno que te acuerdes de mí, pero te aclaro que soy un esclavo liberado —dijo Asur mientras levantaba su brazo para mostrar de cerca la marca en su muñeca—.
Ves, hay una línea sobre la marca, significa que me liberaron.
—Bien, entiendo, pero ahora dime, ¿por qué carajos hiciste eso?
—preguntó otra vez molesto Ditro.
Meda volvió a reírse sin control al escuchar la queja de Ditro.
—Pues como dijo Sabía, te lo devolví.
—Tú ni siquiera caíste en mi broma, no tenías por qué devolverla —aclaró Ditro mientras volvía a sentarse para dormir.
—Déjalo, es un gruñón —dijo Meda en el oído de Asur.
Luego se sentó e invitó a Asur a sentarse junto a ella—.
Dime, muchacho, ¿a qué has venido?
Tú no eres de alguno de estos escuadrones, te hubiéramos visto antes, lo que significa que vienes de otra parte.
—Bueno, buscaba a Ditro —respondió Asur.
—Tanto querías devolver la broma, ¡sí que eres vengativo!
—exclamó Meda sorprendida, con los ojos bien abiertos.
—No, eso se me ocurrió hace un momento, realmente quería preguntarle cómo se volvió tan habilidoso —afirmó Asur con tono apacible.
—¿Cómo sabes que soy habilidoso?
—preguntó Ditro intrigado.
—¿No ibas a dormir, viejo?
—preguntó Meda.
—El muchacho dijo una verdad innegable sobre mí, quiero saber cómo lo supo —respondió Ditro a Meda y después volteó a ver a Asur y preguntó—: ¿Acaso mi fama aún sigue creciendo?
—Eh…
No lo sé —respondió Asur algo confundido—.
Pero me impresionó lo rápido que te moviste cuando amenazaste al otro joven —volteó todo su cuerpo hacia Ditro, dándole la espalda a Meda—.
¡Fue impresionante!
¿Cómo lo hiciste?
¿Es alguna técnica?
¿Dónde lo aprendiste?
¿Cómo se hace?
¿Me enseñas?
—Parece que tienes un admirador, Ditro —dijo Meda de forma burlona.
Ditro, que no se acordaba de lo que había hecho ese día, pero ya con su ego inflado, miró a Asur de pies a cabeza, se levantó, enderezó su postura y dio un par de pasos al frente diciendo: —No es algo que cualquiera pueda aprender, son técnicas para guerreros natos—.
Esas dos últimas palabras “Guerreros Natos” recordaron a Asur que la historia contada por Meda ese día finalizaba con una teoría sobre esos “Guerreros Natos”.
—Oye, Sabía —llamó Asur, ignorando a Ditro—.
Ese día, cuando contabas tu historia, dijiste algo sobre una teoría de los eruditos sobre los Guerreros Natos.
Meda respondió: —Hablas de los “Valan”—.
—¡ATENCIÓN!
Es hora del entrenamiento, todos con sus grupos, reclutas, ¡RÁPIDO!
—los oficiales dieron la orden y todos empezaron a reagruparse.
—Muchacho, tenemos que irnos.
Sabes dónde encontrarnos, hablamos después —dijo Meda mientras se alejaba.
Luego de asentir rápidamente, Asur se alejó corriendo hacia la zona donde estaba su escuadrón, esperando no llegar demasiado tarde.
Y mientras los reclutas comenzaban otro día de entrenamiento, en la tienda de reuniones, los líderes al mando del príncipe sostenían una reunión desde temprano.
—En resumen, hay poco más de ciento cuarenta y ocho mil personas en el campamento.
Tres mil del Capitán Wilfer, veinticinco mil del Coronel Superior Gilgag y ciento veinte mil bajo su mando directo, Comandante —decía el teniente Saviros para terminar su informe.
—¿Y todos ya están siendo instruidos en lo básico?
—preguntó el Comandante Murem, sentado en su trono temporal, rodeado del resto de líderes.
—Así es, Comandante.
—Vuelve a tu lugar —ordenó Murem al teniente.
—Entonces, Comandante —dijo Wilfer—.
¿Cuáles son los siguientes pasos a seguir?
Con un fuerte suspiro y enderezando su postura, Murem respondió: —Román está a diez días de llegar.
Tenemos que informar a los soldados sobre la siguiente estrategia.
—¿Y cuál será la estrategia?
—preguntó Gilgag.
—Cuando enfrentemos a Román —dijo Murem, mirando hacia arriba, algo dudoso—.
Formaremos tres líneas, la primera y la segunda de infantería, la tercera con arqueros.
En el centro de todas las líneas estarán los reclutas y en los flancos, los soldados más antiguos.
La estrategia será esperar hasta que las tropas de Román hagan retroceder a los reclutas del centro mientras los experimentados en los flancos mantienen la posición, así, al final, el ejército de Román quedará rodeado por nuestros soldados expertos de los flancos.
Murem cruzó miradas con Gilgag, quien tenía una expresión de sorpresa e inconformidad por lo que escuchaba, pues el príncipe Murem iba a sacrificar a un gran número de reclutas por la victoria.
Un cierto aire de tensión fue creciendo a medida que ambos continuaban mirándose.
—Esa es una estrategia muy práctica en nuestra situación —expresó Wilfer, tratando de romper la tensión—.
Pero…
usted sabe que Román es astuto.
Si se da cuenta de la estrategia, puede realizar ataques con unidades pequeñas a nuestros flancos durante la batalla.
Murem dejó de ver a Gilgag y volteó hacia Wilfer para responder.
—Es ahí donde entra el terreno —respondió el Comandante—.
Nuestras líneas ocuparán casi todo el ancho de la pradera, nuestros flancos quedarán protegidos por los bosques ante cualquier intento de hostigamiento con caballería y también pondremos guarniciones pequeñas contra infantería.
Wilfer empezó a asentir, parecía de acuerdo con la estrategia de Murem.
Por otro lado, Gilgag se mantenía pensativo, con la mirada perdida; no parecía haber escuchado lo último que dijo su Comandante.
Esto fue notado por Murem, que se dispuso a preguntar: —¿Ocurre algo, Gilga…?
—¡Comandante, con permiso voy a entrar!
—la fuerte voz de un guardia desde afuera interrumpió la reunión.
Una vez dentro, el guardia inclinó la cabeza y dijo: —Comandante, uno de sus oficiales desea verlo.
Murem dejó que el oficial entrara y le preguntó: —¿Qué ocurre, soldado?
El oficial, cansado y sudoroso, inclinó la cabeza y explicó que era uno de los exploradores que el Comandante había enviado para seguir las acciones de Román.
Murem entendió que el explorador tenía nuevas noticias y le pidió que se las dijera.
—Comandante, tal y como nos ordenó, hemos seguido de cerca al ejército del rebelde General Román —empezó a explicar el explorador—.
Muchas aldeas de Ziza se rindieron y entregaron a sus jefes; algunas se resistieron, pero fueron saqueadas y quemadas.
Una de las ciudades más grandes intentó oponerse a los rebeldes, pero al ver lo sucedido con las aldeas se rindió y sus jefes fueron hechos prisioneros.
—¿Eso es todo?
¿Qué pasó con Caudal, la ciudad principal de la provincia?
—preguntó el Comandante.
—No le pasó nada —dijo el explorador—.
Román evitó ir hacia allá, siguió su camino en esta dirección, dejando guarniciones en las aldeas que se rindieron.
Los presentes entendieron de inmediato que Román estaba evitando perder tiempo en la ciudad de Caudal, a la vez que aseguraba sus líneas de suministros.
—¿Eso es todo?
¿No podías esperar hasta el fin de la reunión?
—preguntó Murem, un tanto molesto e insatisfecho—.
Todo lo que nos cuentas es algo que pudimos haber deducido, nada fuera de lo normal en una guerra.
—No, eso no es todo —dijo el explorador, apenado y preocupado—.
Román asentó su campamento a las afueras del Valle Vacío.
Murem pensó un momento en lo preocupado que parecía estar el explorador, sin entender por qué.
—Entonces Román cruzará por el Valle Vacío —afirmó Murem, creyendo comprender—.
Está bien, es el camino que pensábamos que tomaría.
—No, Comandante —expresó el explorador, mirando al suelo—.
El General Román asentó un campamento permanente en las afueras del Valle Vacío.
—¿Qué quieres decir con permanente?
—preguntó Murem, sorprendido y molesto.
—Como lo oye, Comandante, el ejército de Román se asentó a las afueras del Valle Vacío y empezaron a construir empalizadas y a cavar zanjas alrededor de su campamento.
Los líderes y sus tenientes se mostraron confundidos por la noticia.
Se suponía que Román iba en busca de Murem.
¿Por qué pondría su campamento en un lugar tan alejado de su objetivo?
—¿Estás seguro de eso?
—preguntó Wilfer al explorador.
—Estoy seguro, en este momento deben estar terminando de montar todo su campamento.
—Pero eso es extraño —dijo Gilgag—.
El Valle Vacío está a ocho días de viaje, está muy lejos como para que nos ataque desde ahí.
Los líderes se quedaron en un silencio preocupante, cada uno pensando en qué razón tendría Román para quedarse en un lugar tan lejos de su objetivo.
Al final, todos los líderes llegaron a la misma conclusión.
Wilfer y Gilgag cruzaron miradas para luego voltear hacia Murem.
—Es obvio lo que Román quiere, Comandante —dijo Gilgag.
—Quiere que vayamos hacia él —afirmó Murem, mirando al frente mientras suspiraba molesto.
Ahí mismo los líderes recordaron a quién se estaban enfrentando.
Román, un noble no muy fuerte ni hábil en combate, pero paciente, cauteloso y tan astuto como un zorro.
Para ese momento, Román debía saber que el ejército de Murem ya lo superaba en número y que lo esperaban en la pradera.
No sería propio de sí atacar a un enemigo más numeroso en su terreno.
—Nada nos obliga a marchar hacia Román —aseguró Gilgag—.
Su misión es capturarlo a usted, Comandante, y si lo quiere, tendrá que venir aquí.
—Gilgag tiene toda la razón —dijo Wilfer—.
Que Román se quede en Ziza esperando mientras nosotros aprovechamos el tiempo para entrenar mejor a los reclutas —pensó por un momento y añadió—: Además, si nos quedamos aquí y ellos allá, esto se volverá una guerra de desgaste; en eso tenemos la ventaja.
Las arcas del reino en la capital pueden abastecernos por mucho tiempo.
Murem, consciente de la verdad en las afirmaciones de sus leales, pensó en seguir el plan que le decían.
No obstante, el explorador, que aún se mantenía de pie con la cabeza inclinada frente a Murem, interrumpió: —Disculpen, líderes, pero aún no he terminado—.
—¡Habla!
—ordenó Murem.
—La gobernadora de la provincia de Ziza ha reunido un ejército de voluntarios y ha realizado pequeños ataques contra las guarniciones de Román —explicó el explorador.
—¿Mirial?
—Sí, Comandante —respondió el explorador—.
Ella y el capitán Jafir han reunido seis mil soldados.
Juntos se están dedicando a cubrir la evacuación de los aldeanos, cuyos pueblos están cerca de la ruta de Román —levantó la cabeza para mirar de frente a Murem—.
Me encontré con la gobernadora antes de venir, ella le envió un mensaje, Comandante.
—Dime el mensaje —ordenó Murem, viendo a los ojos del explorador.
—Aseguró que los provincianos de Ziza siempre le serían leales a la corona, que ella y el resto de funcionarios esperarían hasta su llegada.
—¡Cómo pude olvidar un detalle tan importante!
—dijo Murem en voz baja y viéndose frustrado—.
Román pensó muy bien en lo que hacía.
—Comandante, ella dijo que la provincia se mantendrá leal, podemos confiar en eso y seguir con nuestro plan —expresó Wilfer.
—¡¿Y dejarlos a su suerte?!
—exclamó Gilgag.
—¡Silencio!
—ordenó Murem—.
No podemos quedarnos aquí —se levantó de su silla, empezó a caminar pensativo hacia la entrada y de vuelta a su silla—.
Soy un Comandante y también Gobernador, pero sobre todo, soy un príncipe del reino y represento a la corona.
Si me quedo aquí esperando, la gente de Ziza pensará que los abandonamos, aun teniendo un ejército muy grande.
—Pero nuestro ejército es en mayoría reclutas —dijo Wilfer en voz baja.
—La gente de Ziza solo verá a un príncipe con más de cien mil soldados que no hace nada por ellos —gritó Murem, mirando a Wilfer.
Una vez más sentado en su silla, el comandante pensó por un momento hasta que finalmente ordenó: —¡Líderes, desmonten el campamento y preparen a sus ejércitos, mañana empezaremos la marcha…
Hacia el Valle Vacío!
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