Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia - Capítulo 23
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- Capítulo 23 - 23 Los Valan
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23: Los Valan 23: Los Valan Mientras en el norte el ejército de Murem emprendía la marcha hacia el terreno elegido por el enemigo, en el primer día de su avance, el frente sur del reino, específicamente la provincia de Egia, era el escenario del primer gran choque entre leales y rebeldes.
El olor a sangre y heces, el sonido metálico y la visión del polvo levantado, convertían a ese desierto en la pesadilla de los débiles.
Por un lado, el General rebelde Kingo, con su salvaje ejército, cargaba de frente contra las tropas combinadas del tercer príncipe Matmum y los Coroneles Superiores Tesil y Dusor, quienes juntos resistían la carga.
Durante lo que parecía un punto muerto de la batalla, donde solo ganaría quien aguantara más tiempo, desde uno de los flancos apareció un escuadrón sorpresa.
Arqueros y lanceros sobre cien carros de combate empezaron a penetrar en las filas de los soldados de Kingo.
Uno por uno los soldados abrían espacio para que cruzaran los carros, tal vez asustados por las puntas en las ruedas que destrozaban piernas.
Al frente de este escuadrón, una mujer, alta, fornida, de pelo corto y mirada asesina, empuñaba una espada larga con la que golpeaba a todos en su camino.
Desde la distancia, Kingo notó a quien lideraba los carros, aquella mujer que lo había retrasado en sus planes.
Decidió que tendría su último duelo contra ella.
Kingo, alto y pesado, siempre cargaba con un hacha y un martillo de gran tamaño.
Al ver que ella se acercaba en un carro, tomó su martillo, dio un par de vueltas y lo arrojó hacia ella.
El martillo impactó en los caballos, que cayeron volcando el carro.
Aquella mujer cayó de frente contra el suelo; aun así, se levantó, aturdida y con el rostro ensangrentado, empezó a combatir contra los soldados que se le acercaban, hasta que tuvo de frente al mismo Kingo.
Comenzó un combate bestial entre dos guerreros acostumbrados a la vanguardia, a combatir en primera línea con sus soldados y a ser siempre llamados para las campañas.
En un duelo tan breve que para ellos fue una eternidad, finalmente Kingo enterró su hacha en las costillas de su oponente mientras ella logró clavar el filo de su espada en el cuello de su pesado rival, quien la sostuvo de la muñeca para evitar que profundizara más en su cuello.
Sin las fuerzas para continuar, ella soltó su espada y al dejarla caer vio cómo ligeros chorros de sangre se derramaban del cuello de Kingo.
Ella dibujó una sonrisa agonizante en su rostro y dijo: —¡Eres más fuerte que yo, pero no tanto como él!—.
Con sus últimas fuerzas, llevó sus manos hasta el rostro de Kingo, presionando tanto como podía y con su último aliento afirmó: —¡Mi esposo te partirá en dos!—.
Con un fuerte tirón, Kingo arrancó su hacha de las costillas de su rival, que cayó al suelo, pintándolo de rojo.
De esta manera, la batalla terminaría con ambos ejércitos retirándose: uno por fracasar en su flanqueo con carros y el otro por una herida en el cuello de su Comandante.
Por otro lado, en el frente norte, el ejército de Murem, que aún ignoraba lo sucedido en el sur, marchaba hacia su encuentro con Román en el Valle Vacío.
Ya habían pasado siete días desde que dejaron la pradera en la provincia de Barclei, y en ese momento se encontraban en las llanuras de Ziza.
Durante la marcha, Asur se dedicó a conversar y obtener información para saciar su curiosidad, pues había muchas cosas que quería aprender y había encontrado a una maestra sabia.
Ese mismo día, como ya era de costumbre durante la marcha, Asur se separó de su grupo para acercarse a su maestra y conversar.
—Muchacho, debes dejar de venir —dijo Meda mientras caminaba con Asur a su lado—.
¿No te preocupa que te castigue tu oficial?
—Voy a pelear una batalla donde es casi seguro que moriré —respondió Asur relajado mientras caminaba—.
¿Y me dices que debo preocuparme por ser castigado?
—Aun así, deberías estar con tu grupo, conociéndose, apoyándose mutuamente para la batalla —dijo Meda—.
Recuerda que ellos y tú deben cubrirse la espalda en la batalla.
—Todos ellos morirán —afirmó Asur, llamando la atención de aquellos a sus alrededores.
Por un momento, Meda se sintió confundida; no sabía cómo responder ante tal afirmación, y tampoco podía creer que Asur dijera eso de forma tan tranquila y convencida.
Pero en ese instante creyó comprender lo que pasaba.
—Bien Asur, tranquilo —murmuró Meda dando unas palmaditas en la espalda de Asur y dejando su mano ahí—.
Sé que es difícil para ti estar en esta situación.
Si yo, que soy una anciana, estoy nerviosa, no puedo imaginar lo asustado que estás tú.
Acostumbrado desde la infancia a que la gente malinterprete sus intenciones, Asur ya ni trataba de explicarse; en lugar de eso, seguía la corriente y a veces aprovechaba para sacar ventaja de ello.
—¿Y si me compartes más de tu conocimiento, Sabía?
—preguntó Asur—.
Eso me ayudaría a calmar mis nervios.
—Claro, sé que por eso vienes conmigo —respondió Meda—.
¿Ahora qué quieres saber?
—Explícame una vez más sobre el Valle Vacío —expresó Asur curioso—.
¿En serio está vacío?
¿Sin nada de nada?
—Ya te dije todo lo que sé —dijo Meda con un suspiro cansado—.
Más que un valle, es una planicie vacía, como si alguien hubiera arrancado cada árbol, movido cada roca y cortado perfectamente el pasto.
Es como un desierto pero verde.
—Y los rebeldes están acampando del otro lado —murmuró para sí mismo Asur.
—Sí, ochenta mil soldados, esperándonos en el Valle Vacío —exclamó Meda mirando al cielo—.
Hay que rezar para que la Diosa Guerra esté de nuestro lado.
—La Diosa Guerra protegerá a los que muestren valor —dijo Ditro, que se acercaba por detrás de Meda—.
Y los que mueran, seguro nacerán con su bendición en la siguiente vida como Guerreros Natos.
Asur, que estaba pensando en el campamento rebelde, volvió a la conversación en cuanto escuchó otra vez esas palabras.
—¡Ya recordé, Guerreros Natos!
Tenías que contarme sobre eso —dijo Asur emocionado—.
¿Qué son ellos?
¿Por qué se los llama así?
¿Cómo son?
A Meda le hizo gracia ver la emoción casi infantil con la que preguntaba Asur; una sonrisa genuina se dibujó en su rostro, feliz porque alguien estuviera tan interesado en aprender.
Antes de que ella pudiera responder las preguntas, Ditro rodeó el hombro de Asur en un abrazo lateral para él mismo explicar sobre los Guerreros Natos.
—Escucha bien, aprendiz mío —dijo Ditro fingiendo un tono elegante mientras caminaba abrazando a Asur—.
Los Guerreros Natos son personas que nacen con talento para usar armas, bendecidos por la Diosa Guerra.
Ellos nacen con fuerza, agilidad y rapidez, que usan para acabar con sus enemigos.
¿Entiendes?
Un poco incrédulo, Asur asintió para seguido mirar a Meda y preguntar: —¿Eso es todo?—.
—Eso es lo que la mayoría cree, en especial los militares —respondió Meda.
—Pero eso es lo que significa, las palabras lo dicen claro: Guerreros Natos, guerreros desde la cuna.
¿Qué otra cosa podría significar?
—preguntó Ditro con un berrinche.
Ignorando el berrinche, Meda rodeó los hombros de Asur, de la misma forma que Ditro, y empezó a explicar.
—Hoy en día, los Guerreros Natos son aquellos con talento para el combate —decía Meda con tono elocuente—.
Pero hace muchos años, esa era una forma de referirse a quienes lograban lo imposible.
Vencer a un enemigo más fuerte, sobrevivir en inferioridad, tomar una ciudad en tiempo récord o…
ganar una batalla sin derramar una gota de sangre.
Más allá de su habilidad para combatir, eran personas nacidas para hacer la guerra —mirando hacia el cielo, dijo—.
Y eso era preocupante si lo piensas.
Asur fue asimilando cada palabra mientras esperaba que Meda continuara, pero no solo él; Ditro y los que estaban alrededor también estuvieron escuchando y se quedaron en silencio esperando más.
—Como relaté ese día —continuó Meda, aún abrazando y caminando con Asur—.
La teoría de los eruditos dice que los verdaderos Guerreros Natos aparecieron durante la primera guerra civil de Cicim.
Fue en ese entonces cuando personas que nunca tuvieron interés en la guerra o el ejército tuvieron que pelear obedeciendo un decreto; ahí se dieron cuenta de que eran buenas para eso y que les gustaba.
Meda miró a su alrededor, percatándose del silencio, pues al parecer todos la estaban escuchando, aun cuando no volteaban a verla.
Ella miró a Asur y se encontró con que este sí la miraba, con un rostro serio y ceño fruncido, exigiendo escuchar más.
—¿No estás complacido, Asur?
—preguntó de forma capciosa Meda, pensando en lo que faltaba agregar—.
Incluso entre esos Guerreros Natos había quienes destacaban.
Personas cuyo valor era tan grande que no solo lograban lo imposible, sino también lo suicida; esos eran los “Valan”.
Una leve sonrisa se dibujó en los labios de Asur, sin que él se diera cuenta.
Meda lo notó y también sonrió al saber que había dado en el punto clave de su curiosidad.
—Si un Guerrero Nato vencía a un enemigo más fuerte, un Valan vencía a un gigante.
Si un Guerrero Nato sobrevivía en inferioridad, un Valan ganaba.
Si un Guerrero Nato tomaba una ciudad en tiempo récord, un Valan tomaba una provincia.
Si un Guerrero Nato ganaba una batalla sin derramar sangre, un Valan ganaba una guerra.
—Entonces los Valan eran la cúspide de la gloria —afirmó Asur con seguridad, calmado y complacido.
—¿La gloria?
—preguntó Meda desconcertada—.
Bueno, sí, trajeron gloria a la nación y disfrutaron de ella.
—¿Por qué nadie habla de ellos?
—preguntó Asur intrigado—.
No he escuchado nada sobre ellos en toda mi vida.
—Bueno, eso es porque la gente empezó a creer que un Guerrero Nato solo era alguien hábil en combate y, como Valan significa valiente, los soldados dejaron de usarlo y ahora solo se llaman a sí mismos “el valiente” o “los valientes” —aclaró Meda, ya cansada.
—¿Valan siempre significó valiente?
—preguntó Asur.
—Sí, eso era lo que significaba, aunque…
—Meda respondió y pensó por un instante—.
Los Valan tenían otro significado para su apodo.
—¿Cuál era?
—preguntó Asur curioso.
—¡Averígualo, muchacho!
—dijo Meda divirtiéndose con el rostro intrigado de Asur.
Meda empezó a reírse ligeramente acompañada por Ditro del otro lado de Asur.
En ese momento, una voz de alto se escuchó en el frente; los oficiales informaron que tomarían un descanso en ese lugar.
Los reclutas se sentaron en el suelo y, manteniendo la columna, empezaron a comer sus raciones.
Más adelante, sobre una pequeña colina y bajo la sombra de un árbol de tronco grueso, Murem se encontraba de pie, contemplando la extensa columna que dirigía, tan ancha que se salía del camino y tan larga que se perdía en el horizonte.
—¡Comandante!
—El llamado de Saviros, el teniente principal de Murem, fue escuchado detrás de él.
—¡Habla, Saviros!
—ordenó Murem, aún contemplando la columna—.
¿Qué nuevos informes tienes para mí?
—Los exploradores reportan una comitiva de unas veinte personas aproximándose desde el sureste, Comandante —explicó el teniente y añadió—: Deben venir desde la capital.
Sorprendido por esto, Murem mandó llamar a todos los líderes para recibir a los enviados.
Más tarde, bajo el mismo árbol, Murem, Gilgag y Wilfer recibieron a los recién llegados.
Una comitiva no de soldados, sino de estudiosos: veintitrés hombres y mujeres con vasto conocimiento en medicina, ingeniería y estrategia.
Eran miembros del séquito personal del rey, quien los enviaba a ayudar a Murem, no como un monarca a su comandante, sino como un padre a su hijo.
—Les doy la bienvenida, aprecio mucho la presencia de los eruditos del rey —expresó Murem, acercándose al líder de estos y tomándolo de los hombros.
—Es para nosotros un placer estar ante su presencia, Alteza —respondió el anciano líder del grupo.
—Su presencia nos dará mucha ventaja y serán de gran ayuda para organizar los campamentos —expresó Wilfer, bajando la cabeza hacia los eruditos.
Intercambiando sonrisas y gestos de cortesía, Murem y la mayoría de los eruditos empezaron a conversar, ignorando que, a un lado de ellos, un confundido Gilgag cruzaba miradas con otro de los recién llegados.
Aquel hombre, de pelo rizado oscuro, piel morena como la canela, ojos claros y altura media, era Muravi, el erudito más joven de la capital, parte del consejo del rey.
Y, entre otras cosas, el hermano de la Coronel Superior Irena.
Gilgag, que miraba a Muravi con molestia, era invadido por preguntas: ¿Por qué está aquí?
¿Por qué no fue con su hermana?
¿Cree que lo necesito más que ella?
Sin que ambos se dieran cuenta, el anciano líder de la comitiva le dijo a Murem que había nuevos detalles sobre los otros frentes.
—Su hermano, el Príncipe Matmum, se enfrentó en una gran batalla al rebelde Kingo —le contó el anciano a Murem—.
La batalla terminó en nada, ambos tuvieron que retirarse.
—¿Por qué fue eso?
—preguntó Murem.
—El Príncipe Matmum utilizó carros de combate para atacar los flancos de los rebeldes, pero no salió bien —explicó el erudito—: Afortunadamente, el daño hecho por los carros fue suficiente para hacer retroceder a Kingo, que también resultó herido.
—Si Kingo estaba herido, Matmum lo pudo perseguir.
¿Por qué no lo hizo?
—preguntó Murem extrañado.
—Su herida no era tan grave y, además, la moral de las tropas del Príncipe había caído por…
—el anciano se detuvo y se quedó mirando a Muravi, seguido por el resto de eruditos.
Reconociéndolo de inmediato, Murem notó que este no dejaba de mirarse mutuamente con Gilgag.
El Príncipe se acercó a Muravi y rompió la tensión diciendo: —¡Qué alegría tener al más prometedor erudito del reino!—.
La tensión entre Gilgag y Muravi fue momentáneamente disuelta por la intervención de Murem, quien junto al resto de los presentes esperaban una explicación.
—Lo siento, Alteza —dijo Muravi, bajando la cabeza con cortesía—.
Por no prestar atención.
—Ya me contaron de la batalla que tuvo Matmum, del uso de carros de combate y de la retirada por parte de ambos ejércitos —explicó Murem en voz alta para todos los presentes, luego bajó la mirada y de forma calmada añadió—: Pero aún no sé por qué Matmum no persiguió a un Kingo herido.
—La moral de las tropas del Príncipe Matmum cayó —expresó Muravi viendo de frente a Murem para luego voltear a ver a Gilgag—.
Porque la carga con carros, liderada por la Coronel Superior Irena, fracasó; y ella murió.
Un silencio incómodo se manifestó al instante, con todos volteando hacia Gilgag, esperando su reacción.
Este, se quedó parado en su sitio, con los párpados enloquecidos y moviendo la boca como si intentara decir algo.
Sin decir una palabra, el Príncipe miró a Gilgag, rodeó a Muravi y se marchó del lugar, con una expresión confusa de alguien que no sabía cómo reaccionar.
Los eruditos y militares no dudaron en seguirlo, dejando a Gilgag y Muravi solos bajo aquel árbol.
Gilgag, aparentemente nervioso, con la mirada perdida, las manos temblorosas y los hombros incómodos, se quedó por un largo rato en su lugar mientras Muravi lo observaba con tristeza, esperando que le dijera algo en un silencio largo y sofocante.
Al darse cuenta de que Gilgag no diría nada, Muravi lo hizo primero, en voz tenue y quebrada dijo: —¡Irena, ella!—.
Dos palabras, más que suficientes para causar una reacción.
De la nada, un rápido y estruendoso golpe fue escuchado por el ejército, seguido de un fuerte rugido que hizo levantar sus armas a soldados y reclutas, preparados para cualquier amenaza.
No obstante, al mirar hacia la colina, algunos notaron algo faltante; la mayoría tardó en encontrar qué.
Cuando se acercaron más, vieron que el árbol fue cortado y ahora yacía tirado unos metros más allá; en su lugar solo quedaba la raíz y una parte del tronco, al lado del coloso Coronel Superior, quien empuñaba su hacha mirando al horizonte y dándoles la espalda.
Muravi, detrás de Gilgag, se movió hacia los soldados y les indicó que se marcharan, yéndose él mismo junto a ellos.
Dejando a Gilgag solo, empuñando su hacha con postura firme, mostrando ira en su rostro, a la vez que unas lágrimas bajaban por su mejilla.
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