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Emperador De Reyes : La Gloria de la Bestia - Capítulo 24

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  4. Capítulo 24 - 24 Amuletos En Vanguardia
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24: Amuletos En Vanguardia 24: Amuletos En Vanguardia En el último día de marcha hacia el Valle Vacío, el ejército leal del norte se movía a pasos lentos, saliendo de las llanuras y entrando en una zona más poblada de árboles.

Los reclutas, conscientes de lo cercana que era la inminente batalla, se mantenían en un silencio inquietante que no hacía más que aumentar el temor de cada uno.

Especialmente en aquellos cuyo líder directo era el Coronel Superior Gilgag.

Ellos, que se habían unido a sus filas aun sabiendo que serían la vanguardia, contaban con la presencia del gigante para sentirse seguros y mantener su moral.

Pero ahora, su líder había desaparecido; desde que retomaron la marcha el día anterior, nadie lo había visto.

Para ese momento, ya todos sabían que la esposa del Coronel Superior había fallecido y que esa era la razón de su distanciamiento.

El ejército de Gilgag, con veinticinco mil soldados en la retaguardia de la columna, en ese momento era dirigido por el teniente Livey, segundo al mando de Gilgag.

Era un hombre joven, alto, de pelo recortado, bigote opulento y barba rasurada, con armadura de bronce y una espada de un solo filo en la cintura.

Él caminaba en silencio, pensativo y preocupado por no saber el paradero de su líder.

—¿Preocupado, Livey?

—dijo alguien con una voz amigable, sosteniendo a Livey del hombro.

Al girar la cabeza, Livey vio a su amigo recién llegado, Muravi.

—¿Muravi, qué haces aquí?

—preguntó Livey sonriente y confundido—.

¿No deberías estar al frente con el Príncipe Murem?

—Él fue quien nos envió —respondió Muravi señalando a otros cinco eruditos caminando tras ellos—.

El Príncipe ordenó que ayudemos en la organización y la logística de este ejército.

Livey saludó y asintió levemente hacia los eruditos.

Luego Muravi, retomando el tema, preguntó: —¿Preocupado por Gilgag?—.

—El Coronel Superior no aparece desde ayer —dijo Livey con preocupación y mirando al frente—.

Dejé unos exploradores con él en la colina, pero lo perdieron de vista.

—¿Cómo pierden algo tan grande?

Debes entrenar mejor a tus exploradores —dijo de forma juguetona Muravi.

Livey, casi molesto por la broma, puso una mirada seria que se convirtió en pena y dijo: —Lo siento por tu hermana, Muravi—.

—Tranquilo, para mí ya pasó —expresó Muravi con melancolía—.

Me enteré hace unos días: me enfadé, lloré, me mantuve callado y solo.

Ahora seguiré con mi vida, como Irena habría ordenado.

Tras un silencio esclarecedor, Livey entendió que eso era lo que pasaba con Gilgag.

—Él necesita estar solo —afirmó Muravi aún melancólico—.

Sabes que no dejaría al Príncipe y mucho menos a los soldados que dependen de él.

Sabiendo que Muravi tenía razón, Livey siguió caminando junto a él, quien cambió de actitud y conversación.

—Tengo entendido que el ejército está dividido en escuadrones, que a su vez se dividen en grupos de diez soldados —dijo Muravi, caminando de espaldas y mirando hacia el ejército que los seguía.

—Así están divididos todos los ejércitos —respondió Livey, girando la cabeza para mirar hacia atrás.

—Veo ancianos y jóvenes, que no parecen aptos para combatir —dijo Muravi.

—Era una emergencia, no teníamos tiempo ni personal para arrestar a los que enviaran peso muerto —explicó Livey con un tono que demostraba su frustración—.

Ya de por sí la gente no estaba tan de acuerdo con el decreto de reclutamiento.

Además, en cierto modo lo estaban cumpliendo: el decreto solo decía; hombre o mujer libre con edad para combatir por familia.

Muravi solo asentía, aún mirando hacia los reclutas casi como si no escuchara a Livey.

—Incluso alguien fue tan listo que trajo un esclavo —añadió Livey con una risa aguda.

—¿Un esclavo?

—preguntó sorprendido Muravi, volvió a mirar al frente y esperó una explicación.

—Así es, un comerciante rico de la ciudad liberó a su esclavo y llegó diciendo que el decreto no especificaba miembro, solo un representante por familia —Explicó Livey mientras sonreía con gracia—.

Obviamente ahí sí hubo problemas; los oficiales del Príncipe lo vieron como una falta de respeto.

Pero el Coronel Superior lo dejó pasar, argumentó que era mejor tener un joven y fuerte esclavo, que un anciano y obeso ricachón.

—Entiendo, ese tipo encontró un error y lo aprovechó —dijo Muravi intrigado, volviendo a caminar de espaldas—.

Debe ser alguien astuto, me gustaría conocerlo.

Muravi continuó mirando la columna tras él, moviendo los ojos de un lado a otro, como si estuviera apilando unos bloques.

—Conozco esa expresión —dijo Livey sonriente—.

Lo haces desde que éramos niños —miró hacia la columna que los seguía, caminando de espaldas—.

Estás viendo mis errores y pensando en cómo solucionarlos.

—¿Te molesta?

—preguntó Muravi.

—No, ahora es tu trabajo, estratega —respondió Livey serio y burlón a la vez—.

Dime, ¿cómo puedo mejorar la organización?

—Primero contéstame un par de cosas —dijo Muravi sonriente para luego preguntar con seriedad—.

¿Qué suministros tienen?

¿Cómo los reparten?

¿Quién prepara las comidas?

¿Y los médicos?

¿Cómo se dividen las tareas?

¿De qué se encarga cada escuadrón?

¿Cuántos no aptos para el combate hay?

Con un par de risas nerviosas, Livey empezó a responder.

Mientras ellos continuaban la marcha conversando sobre la organización del ejército de Gilgag, detrás de ellos, en la columna, los reclutas aún se mantenían cabizbajos y pensativos al estar sin su líder directo.

Entre la frustración e incertidumbre de todos, Asur, que caminaba en silencio junto a su grupo, aprovechaba la calma para pensar detenidamente en cuál podría ser el significado real de “Valan”.

Su primera idea era que debía tener algo que ver con la palabra, aunque lo descartó al recordar que esta solo significaba “valiente”.

Su segunda opción era que tal vez eran siglas de una frase, pero le pareció algo muy rebuscado.

Por último, llegó a la conclusión de que debía ser algo menos directo, más como una idea que solo un Valan entendería y, por alguna razón, sentía ya saber la respuesta.

En un momento de lucidez, Asur notó una figura familiar más adelante.

Adelantándose un poco en la columna, Asur confirmó que se trataba de ella: Samara, la guerrera de la lanza.

—¡Instructora!

—exclamó Asur, rompiendo el silencio y llamando la atención de todos.

Samara miró hacia atrás, junto a los demás, sin saber que le hablaban a ella, reconoció al joven que se acercaba y de inmediato respondió: —¡El muchacho coqueto!—.

—Sí, soy yo —respondió Asur con una sonrisa traviesa, caminando junto a ella.

—¿Y qué quieres?

¿Por qué armas un escándalo?

—preguntó Samara mirando a los alrededores.

—Quería comprobar si era usted, instructora —respondió Asur, igualmente mirando alrededor.

—Bueno, sí, soy yo —dijo Samara con aparente incomodidad—.

Ahora puedes volver a tu sitio.

Viendo la postura rígida y la forma en que respiraba Samara, Asur percibió en ella la misma preocupación que el resto de reclutas.

—¡Qué extraño!

—dijo Asur confundido, mirándola mientras caminaban—.

Es natural que la mayoría aquí estén preocupados, pero usted ya tiene experiencia.

¿Por qué está tan nerviosa?

—Siempre hay nervios antes de una batalla, sin importar cuántas veces lo hayas hecho —respondió Samara casi molesta—.

¿Y tú, muchacho?

¿No estás nervioso?

—Realmente no —respondió él, seguido de un suspiro—.

Más bien tengo curiosidad.

Samara lo vio extrañada y confundida: ¿Curiosidad?

¿Qué quería decir eso?

Preguntaba en sus adentros.

Y no solo ella; el resto de reclutas, que por el silencio podían escuchar cada palabra, se preguntaban lo mismo.

—No entiendo nada de qué hablas, dime la verdad, ¿qué quieres?

—preguntó Samara.

—Solo quiero conversar, para aliviar un poco la tensión —aclaró Asur y mirando a su alrededor añadió—.

Parece que a todos les pesa la cabeza.

Samara ignoró lo que decía, continuó caminando esperando hasta que Asur se fuera.

En eso, un soldado del Príncipe montado a caballo pasó por un lado, patrullando la columna.

—Sabe, instructora, me llama la atención que no haya jinetes al mando de nuestro Coronel Superior —dijo Asur mientras miraba al jinete alejarse—.

Y tampoco arqueros.

¿El ejército de un alto mando no debería tener caballería y arqueros?

—Eso es porque el Coronel Superior los puso bajo el mando del Príncipe, él sabrá cómo aprovecharlos mejor —respondió Samara, añadiendo—: Cincuenta jinetes y quinientos arqueros.

—¿Solo quinientos?

—dijo Asur, aparentemente sorprendido.

—¿¡Solo!?

¿Te parecen pocos?

¿No sabes nada?

¿De dónde eres…?

—Samara se detuvo al mirar la muñeca de Asur, notando su marca borrosa y creyendo entender su ignorancia, explicó—: Quinientos arqueros son una gran cantidad para alguien que no es miembro de la realeza como el Coronel Superior.

—¿En serio, eso es mucho?

—preguntó Asur con un tono sarcástico bien escondido.

—Claro que sí, entrenar un solo arquero toma tiempo y recursos.

Además, solo la familia real puede fabricar arcos y flechas; si alguien más lo hace sin autorización, perderá la cabeza —explicó Samara en voz alta y más relajada—: ¿Ahora lo entiendes?

Quinientos es una buena cantidad y muy útil.

—¡Entiendo, sí, es muy interesante!

—comentó Asur de forma sarcástica y luego sonriendo añadió—.

En realidad ya sabía eso.

Fui aprendiz de herrero por cuatro años, sé que las flechas están prohibidas para los comerciantes.

Pero como usted es una guerrera, pensé que hablar de armas la ayudaría a relajarse.

Viéndolo con extrañez, Samara intentó ocultar sus risas incrédula y dijo: —Bien, lo lograste, ya estoy más relajada—.

Las risas bajas de ambos fueron contagiosas para los demás reclutas, que disfrutaban viendo lo que para ellos era el coqueteo de un joven a una mujer mayor.

—Bien muchacho, muy divertido, te lo agradezco.

Ahora regresa con tu grupo.

Juntos deben pensar en cómo van a protegerse durante la batalla —expresó Samara, en un intento por terminar la conversación.

—Eso es lo que todos me dicen —dijo Asur con tono despectivo y moviendo los ojos.

—Porque es lo que debes hacer —respondió Samara.

—Aunque quisiera, mi grupo no sirve para eso —dijo Asur suspirando de forma pesada.

Samara miró hacia atrás, al grupo de Asur y creyó comprender el porqué de su actitud.

Pues eran tres ancianos usando sus lanzas como bastón, dos mujeres a quienes les pesaba la armadura y otros cuatro jóvenes que hacían lo posible para no temblar.

Todos estaban oyendo la conversación.

—Aunque no sean un grupo de élite, no puedes menospreciarlos.

Tú tampoco eres un experto guerrero —aclaró Samara indignada.

—¡Pero al menos tengo la intención de pelear!

—respondió Asur de manera tajante.

—¿Ahora qué dices?

—preguntó Samara.

—¡Que ellos están aquí para morir!

—exclamó Asur, haciendo que muchos voltearan a verlo, casi deteniendo la marcha.

—¿Cómo dices eso?

¡Todos estamos aquí por el decreto!

¡Te sientes muy superior!

¿Dices que todos estamos aquí para morir?

—exclamaban los reclutas de alrededor sintiéndose ofendidos mientras caminaban más lento.

Asur miró los rostros de cada uno, algunos molestos y otros confundidos, pero todos esperando una explicación.

—Ustedes saben que hay personas no aptas para combatir en los escuadrones; esas mismas personas saben que no lo son, y aun así, están aquí —exclamó Asur para todos.

—¡Ellos también están aquí por el decreto!

¡Si son aptos o no, no importa!

¡Sí, ellos solo están cumpliendo con el decreto!

¡Como todos!

—gritaban los reclutas hacia Asur.

Al darse cuenta de la confusión en los demás, Asur alzó la voz: —Sí, están cumpliendo el decreto, pero…—.

Con una pausa larga, Asur siguió manteniendo la atención hacia él por un largo tiempo.

—Les recuerdo que a todos se nos dio a escoger el ejército al que queríamos servir —exclamó Asur y mirando a todos con una sonrisa molesta les dijo—.

¡Todos nosotros escogimos al Coronel Superior Gilgag!

Y creo, todos sabemos que seremos la vanguardia, la primera línea.

No hace falta pensar mucho para entenderlo.

Los reclutas, ahora en silencio y pensativos, empezaron a sacar las mismas conclusiones que Asur.

—¡Entonces ya entienden!

—siguió exclamando—.

¿Por qué personas claramente inadecuadas para el combate se unirían a un ejército de primera línea?

—Asur volvió a mirar a Samara y dijo—.

Porque buscan una muerte rápida.

Un nuevo silencio se apoderó de esa sección en la columna; los reclutas, antes disgustados con Asur, ahora habían llegado a la misma conclusión.

—¿Y, según tú, por qué buscarían la muerte?

—preguntó Samara con tono serio, negándose a creer esa teoría.

—Porque no quieren estar en la guerra —respondió Asur caminando más lento—.

Ellos buscan morir en la primera batalla, porque no quieren presenciar nada más, no quieren estar en los campamentos y no quieren marchar más.

—¿Y si eso es lo que quieren?

—preguntó Samara de forma retórica—.

¿Por qué esperar hasta la batalla?

Ahora mismo tienen armas afiladas, pueden usarlas en ellos y ya.

—Yo me pregunté lo mismo —respondió Asur con una sonrisa ganadora—.

Hasta que vi los amuletos.

—¿Amuletos?

—Los amuletos de la Diosa Guerra —dijo Asur mientras movía su dedo, señalando a todos los reclutas con amuletos colgando—.

Según los sacerdotes, si mueres en una batalla, la diosa te bendecirá en tu siguiente vida.

Una vez más, Asur señaló, pero ahora solo a los reclutas no aptos, quienes tenían más amuletos que otros, colgando de la cintura, el cuello y las muñecas.

—No solo buscan una muerte rápida, quieren ganarse el favor de la diosa —afirmó Asur de forma tranquila.

—Eso es lo que tú piensas —dijo Samara con tono desafiante y mirando de reojo a Asur—.

¿Cómo estás seguro de que quieren morir?

—Porque nadie me contradice —respondió él con seguridad.

Samara volteó a mirar atrás y notó cómo las mujeres y ancianos del grupo de Asur desviaban la mirada.

Igualmente, el resto de reclutas miraron a los más viejos y débiles de sus grupos, quienes también desviaban la mirada.

Ya sin palabras, Samara siguió caminando con Asur a su lado.

Este, cuya intención inicial era aliviar un poco la tensión, se dio cuenta de que el ambiente estaba peor que antes.

Ahora los reclutas no solo temían por la ausencia de su líder, también por la poca defensa que les brindarían sus compañeros.

El Valle Vacío Luego de un largo camino, la marcha se detuvo.

Los oficiales anunciaron la llegada a su destino, ya estaban ahí.

De inmediato, las órdenes de montar un campamento fueron dadas; los reclutas empezaron a trabajar al mando de sus oficiales, cortaban árboles y cavaban hoyos para las tiendas.

Por su lado, Asur estaba algo confundido, pues sabía que debían estar en el Valle Vacío y, según le contó Meda, este era una planicie sin árboles, sin rocas y sin elevaciones.

Pero el lugar en el que estaban tenía árboles y rocas de buen tamaño: “Tal vez este no es el Valle Vacío.

Tal vez cambiaron de planes.

O tal vez Meda se burló de mí”, pensaba para sí mismo mientras miraba el terreno.

—¡Oye!

—El llamado de un oficial sacó a Asur de sus pensamientos—.

¿Qué haces ahí?

¡Ve a trabajar!

—Señaló a unos reclutas sobre una pequeña pendiente cortando árboles—.

¡Ve a traer los troncos para las tiendas!

Asur obedeció al instante, subió aquella pendiente lentamente y con cada paso que daba podía ver algo del otro lado de la pendiente, una imagen verde que iba creciendo y tomando forma a medida que subía.

Una vez en la cima, aquello que Meda le describió tomó sentido, pues frente a él, podía ver una planicie, tan vacía como si alguien hubiera arrancado cada árbol, movido cada roca y aplastado cada elevación.

Estaba ahí, era un desierto, un océano verde; era: el Valle Vacío.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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